Niños y drogas en Ciudad Bolívar

Por: Esteban Borrero

En uno de los consultorios del Programa de Prevención de la Drogadicción en Ciudad Bolívar están María Teresa Pinilla, la mamá de Camilo, un niño de 14 años, con la siquiatra Adriana Cortés. Adriana le pregunta a María Teresa como se enteró que su hijo consumía drogas. María Teresa le cuenta que una tarde, hace como un año, llegó del trabajo y encontró que la casa estaba muy desordenada y con un olor fuerte a pegante. Camilo estaba en la cama con la cara y las sábanas untadas de boxer. Ella trató de despertarlo y meterlo a la ducha pero fue peor porque empezó una pelea muy fuerte, con muchos gritos y golpes.

- Ahora me toca estar todo el día detrás de él – dice María Teresa. – Lo dejo solo un minuto y se va con los amigos y comienzan otra vez los problemas.

María Teresa se retiró del trabajo hace una semana para dedicarse a cuidar a Camilo. La siquiatra le dice que eso es un error, que ella no puede acabar con su vida.

- Usted tiene que estar bien para que pueda ayudarle a su hijo a salir del problema. Voy a hacerle una carta para que la reintegren al trabajo- le dice Adriana.

María Teresa tiene 48 años. Desde hace dos meses está llevando todas las tardes a Camilo al Programa de Prevención. Toda su vida ha transcurrido en Ciudad Bolívar. Sus papás llegaron a Bogotá en 1955, venían de Santander. Ella recuerda con mucha nostalgia como era el barrio en la época en que era una niña: a diferencia de lo que sucede ahora no había violencia, se podía salir a la calle a cualquier hora, todo el mundo se conocía. Se casó joven con Eduardo Sarmiento, un conductor de volqueta mucho mayor que ella. Tuvo tres hijos y se separó hace seis años, Camilo es el menor. Ha trabajado como empleada del servicio en varios apartamentos del barrio La Soledad y desde hace cuatro años como aseadora de salas de cirugía en el Hospital de Kennedy.

Mientras Adriana hace la carta María Teresa se sienta en la sala de espera de los consultorios. Es una sala blanca con un árbol de alambre en el centro lleno de frases de autoayuda: “la oportunidad de hoy borra el fracaso de ayer”, “los momentos difíciles son los que más enseñan”. Al rato sale Adriana y le explica a María Teresa que la carta ya está hecha pero que no hay tinta en la impresora y que por eso toca que pase la siguiente semana a recogerla.

* * *

Diana Aguirre es la directora y la fundadora del Programa. Me explica que su objetivo es evitar que los niños de Ciudad Bolívar que ya tienen un primer contacto con la droga caigan en un problema más grave de drogadicción.

- La idea es que estén el menor tiempo posible en la calle – dice Diana – mientras no estén en el colegio deben permanecer con nosotros.

Me cuenta que el tratamiento dura seis meses y que diariamente atienden 100 niños entre 10 y 17 años. Si el caso es grave y no hay ninguna mejoría entonces lo tienen que llevar a un internado en donde le hacen una terapia de rehabilitación mucho más fuerte.

Diana me presenta el equipo que trabaja en el Programa y les dice que voy a estar una semana viéndolos trabajar, que me dejen participar de cualquier actividad que estén haciendo. Me siento en la sala de espera a hablar con algunas de las siquiatras. Me dicen que en ese Programa todos los días hay historias sorprendentes, que eso es lo interesante del trabajo. Adriana dice que por ejemplo uno de los niños tiene de mascota un perro que le robó a un portero. Patricia dice que hay otro que colecciona palomas y ya tiene invadida la casa.

Adriana y Patricia me invitan a almorzar al Colegio Juan Bosco. Por el camino nos encontramos con una mamá que llevaba de la mano a sus dos hijas, iban con maletas y uniforme de colegio. Una de las niñas estuvo en el programa de Prevención hace seis meses. Parecía una familia común y corriente. Después una de las siquiatras me contó que esa mamá trabajaba en un almacén de venta de zapatos y mató con un cuchillo al dueño porque trató de violarla. La metieron cuatro años a la cárcel y ahí tuvo a una de las niñas que acabábamos de conocer para que le redujeran la pena.

* * *

Don Iván Rodríguez, el encargado de la clase de panadería, anota la receta del pan de coco en el tablero y le pide a sus alumnos que se laven las manos. Les ayuda a uno por uno a ponerse el delantal, el gorro, el tapabocas. Les explica que en una panadería lo más importante es la limpieza.

Don Iván tiene 65 años y es panadero desde los 16. Ha trabajado en varias panaderías de mucha tradición en Bogotá. Estudió durante tres años cocina en el SENA y después fue profesor. También fue militar durante el gobierno de Rojas Pinilla. Lleva dos años dando clases en el Programa de Prevención en Ciudad Bolívar. El trabajo lo consiguió gracias a que lo recomendó el chofer de un senador.

- yo ayudo a lo que puedo poniendo mi granito de harina – dice Don Iván.

Mientras todos amasan, engrasan moldes y llenan con distintas figuras las latas para hornear, Cubides, un niño de 12 años, muy delgado, que habla poco, se sienta en una esquina de la panadería. No se siente bien, está muy pálido. Al rato comienza a vomitar y después pierde el conocimiento. Llegan las siquiatras y también muchos niños que estaban en otras actividades. La panadería se llena de gente. Don Iván pide que por favor saquen a Cubides de la panadería. Llaman a una ambulancia para llevarlo al Hospital Bella Vista. La ambulancia llega una hora después.

* * *

Por la tarde las siquiatras Adriana y Patricia organizan un juego con los niños. Hay más o menos cincuenta en un pequeño salón. Las siquiatras les dicen que cada uno tiene que entrevistar a un compañero y escribir en una hoja todo lo que haya podido averiguar sobre su vida. Las preguntas de todos son muy parecidas: ¿cuál es su comida favorita? , ¿qué quiere ser cuando grande?, ¿de que equipo es hincha?, ¿es virgen?, ¿consume pegante?. Casi todos quieren ser soldados, policías o estudiar criminalística.

No hay suficientes lápices en el salón y eso hace que comiencen las peleas. Las dos siquiatras deciden suspender la actividad: los regañan, les dicen que con ellos es imposible hacer cualquier cosa, que al menos respeten al invitado (es decir a mí). Salen del salón y cierran la puerta. Miguel, un niño de catorce años, con arete, con tenis, con camiseta del Nacional, toma impulso, manda una patada y le pega un puertazo en la cara a Adriana.

* * *

Al día siguiente Lucía Peña, una de las trabajadoras sociales, me invitó a hacer una visita domiciliaria a la casa de Miguel. Su novia, Carolina, de 14 años, iba a tener un bebé muy pronto y estaba viviendo con Miguel porque la mamá la había echado de la casa. Además, la hermana de Miguel, Juliana, de 15 años, había denunciado que el padrastro intentó violarla. Lucía quería mirar como estaba Carolina y ver que decía la mamá de Miguel sobre el comportamiento del padrastro.

Subimos por calles empinadas y destapadas por los barrios El Paraíso y Los Alpes en una camioneta del hospital. La vista de Bogotá desde el barrio El paraíso es impresionante: al sur se ve Usme, toda otra ciudad. Al fondo están los edificios del centro y los cerros de Monserrate y Guadalupe.

El barrio Los Alpes queda pasando las montañas de Ciudad Bolívar. El paisaje es rural, las casas están separadas unas de otras, casi no hay servicios públicos y las construcciones no son de bloque de ladrillo sino de tabla de triplex, de retazos de teja y con piso de tierra. El clima es distinto, hace mas frío y hay viento.

Después de mucho preguntar y de buscar una dirección que no existía logramos llegar a la casa de Miguel. El último tramo había que hacerlo caminando porque en ese sector casi no hay calles. Por fuera la casa de Miguel se parecía a las otras, estaba hecha de tablas azules y no tenía ventanas.

Entramos a la casa. En el primer cuarto había dos camas muy pegadas separadas por una tela colgada del techo. En una de las camas dormía la mamá de Miguel, Marina, con su compañero, y en la otra Juliana. La cercanía de estas camas hacía más creíble la denuncia de violación de Juliana. A pesar de que eran las tres de la tarde estaba muy oscuro y Marina tuvo que prender la luz.

Al lado de las camas había una pequeña mesa con un mantel de navidad, muchas cajas de cartón, platos y vasos, un racimo de plátanos, una televisión con la pantalla rota, un pedazo de un teclado de un computador. En esa mesa nos sentamos para hacer la entrevista.

Marina ha tomado varios cursos de manejo de armas. Ha estado dos veces en la cárcel, una por maltrato infantil. Trabaja como celadora en un conjunto residencial en la calle 140 con carrera 11. Pero ese trabajo es esporádico, por lo general son solo reemplazos. Por eso le toca complementar sus ingresos con el reciclaje. Sale tres veces por semana con Miguel, toda la noche, al barrio 20 de Julio a buscar entre las bolsas de basura cartones, envases plásticos y botellas.

Nos contó que el viernes pasado habían tenido que ir de emergencia con Carolina al Hospital Meissen porque pensaron que ya iba a nacer el bebé. El médico les dijo que todavía faltaba más tiempo, que esperaran otra semana, que no se angustiaran. También nos contó que las peleas con la familia de Carolina han sido constantes. Cuando el papá de Carolina se enteró que su hija estaba embarazada amenazó con matar a Miguel. La mamá la echó de la casa. Marina dice que la recibió porque ella también quedó embarazada muy joven y sabe lo que es eso.

Pasamos al cuarto en donde estaba Carolina. Estaba dormida. Marina prendió la luz y la despertó. Tenía mucha gripa. Dijo que ya se sentía mejor pero que la semana pasada había estado muy mal. Lucía le hizo un chequeo médico y varias preguntas sobre el embarazo. Carolina le contó que iba a ser una niña y que todavía estaba pensando que nombre ponerle. En una esquina de la cama tenía colgada una maleta con algunas cosas para el bebé por si le tocaba volver a salir de emergencia al hospital.

* * *

El viernes por la tarde fueron los ediles de la localidad a conocer el Programa de Prevención. Diana, la directora, estaba muy nerviosa: cada año le han ido reduciendo el presupuesto y ya es prácticamente imposible mantener abierto el centro. La mirada de todos los ediles era de indiferencia, algunos ni siquiera entraron. Tenían afán: querían terminar rápido el recorrido por el barrio.

También fueron Marina y Miguel a hablar con una de las siquiatras para hacer una terapia de reconciliación. Miguel dice que no se aguanta más que su mamá le pegue y lo insulte. Marina se queja que Miguel no ayuda a nada en la casa y se la pasa en la calle con los amigos perdiendo el tiempo sin importarle que va a ser papá en unos días. La siquiatra les pide que intenten perdonarse y dar lo mejor que cada uno tenga en estos días porque de eso depende en gran parte la vida de la niña que va a nacer.

* * *

El discurso oficial es que en Colombia somos productores de droga por culpa de los consumidores de los otros países. Este discurso ha hecho que se niegue el problema de la drogadicción en Colombia, que se mantenga en la sombra. La consecuencia es que a los programas de prevención como el de Ciudad Bolívar les toca sobrevivir con pocos recursos y sin apoyo del Estado: no existe una política nacional sobre el tema y la inversión en prevención y rehabilitación es mínima.

En Colombia hay cerca de 100.000 niños entre 8 y 14 años que consumen regularmente alucinógenos. Según un estudio que hizo las Naciones Unidas en el 2007 estamos entre los tres países de Suramérica con mayores índices de drogadicción de menores. Según el informe el 7.1% de los estudiantes colombianos ha fumado marihuana durante el último año, el 2.2% ha inhalado cocaína y el 1.8% bazuco.

Mañana miércoles, en el Hospital Meissen, nace la hija de Carolina y de Miguel. Una niña hija de niños; lejos del ambiente de bonanza que se vive en el país por estos días. Nace en medio de un problema que para el gobierno no existe y que por lo tanto no va a solucionar. Se necesitaría un milagro para que su vida no sea una repetición de la tragedia.

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6 respuestas a Niños y drogas en Ciudad Bolívar

  1. jenny paola dice:

    pienso que este es un problema, como decia el articulo, el cual no es de mayor importancia para el gobierno colombiano, y por lo tanto no se veran tal vez en mucho tiempo ayudas provenientes del mismo, soy estudiante de relaciones internacionales. y pienso que el gobierno actual brinda seguridad nacional, esto no se niega, pero hay otros problemas urgentes como la drogadiccion y ademas los embarazos en niñas tan jovenes y cada vez mas sobretodo, de que srive la lucha por la seguridad? sabiendo que no se esta brindando la educacion adecuada a los niños que son los futuros ciudadanos y que por andar en estas situaciones tal vez no pensaran antes de robar y consumir drogas a causa de los problemas economicos, esto es un ciclo, que tal vez nunca acabe o puedan pasar muchos años antes de que en colombia nos demos cuenta de que hay que solucionar primero lo primero.

  2. Alizon Torres dice:

    La drogadiccion, los embarazos no deseados, etc… son la consecuencia de la degradaccion de la familia en el pais y la falta de atencion y preocupacion del gobierno por soluccionar problematicas como estas. Como lo decia el articulo el estado no pondra a corto plazo atencion a estas problematicas pues no son notorias como un problema de violencia entre grupos armados ilegales que dañan la imagen del pais a nivel internacional y el estado solo sana su conciencia tapando estas problematicas dando algunos recursos pero no prestando atencion y dando solucion oportuna y eficiente a estas situaciones.
    Un agradecimiento a las trabajadoras sociales y en general a todas las personas que con corazon generoso se atreven a darlo todo por estas poblaciones tan vulnerables
    olvidadas por un pais….

  3. catalina dice:

    yo tambien pase por estas situaciones….Y lo unico
    que puedo decir es que el gobierno el estado.. o como se diga.. le importa mas lo extranjero… pensando ke haci vamos a mejorar..
    primero se tiene ke mirar ha si mismo.. en este caso el pais…solucion…brindar mas educacion, orientacion y conocimiento acerca de esta area..gracias a dios sigo viva…ya que mi caso era algo dificil
    pero aqui les muestro que querer es poder
    quizas el estado ni el gobierno..estuvieron conmigo
    pero tuve la mano de mi familia
    y de mi propio autoestima para seguir adelante
    tambien tienen que tener en cuenta que no son solo en los sectores marginales que ocurre esta elocuencia…
    en mi caso si fue gracias a la situacion trabajo desde muy pequena por mis “amistades” me deje llevar a un callejon sin salida
    del cual pude vencer
    gracias!!!
    z-14

  4. yeunibeth dice:

    esta historia es muy importante pero yo necesito q me ayuden q tengo el mismo problema con mi sobrino

  5. sebastián dice:

    Un saludo Catalina. Es verdad que uno con lo único que cuenta en los momentos difíciles es con la familia y con las ganas de salir adelante. Un abrazo.

    Sebastián.

  6. blanca dice:

    yo me encuentro con la misma situacion con mi hijo, y aunque he pedido ayuda por todos los lados no la he encontrado, he tratado por cielo y tierra sacarlo de la drogadiccion, no he podido, yo opino que el gobierno en vez de tratar de andar haciendo las pases con otros paises deberia inventarse un nuevo decreto aqui en el pais recoger a cuanto drogadicto vieran en la calle y mandarlo a la fuerza a alguna institucion.

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