Contra viento y marea

Por: Nathan Jaccard

¡Terrorista! ¡Bandido! ¡Guerrillero! ¡Vendido! ¡Traidor! A Jorge Enrique Botero, el periodista que tumbó al ex-Ministro de Defensa Fernando Botero, el que filmó en la selva a los 500 soldados y policías secuestrados por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el que divulgó la existencia del Emmanuel, el hijo de Clara Rojas, le han dicho de todo. Retrato de un hombre que ha sacrificado todo por su verdad.

Jorge Enrique Botero escarba entre fotos, libros y documentos que invaden su viejo escritorio de madera oscura, buscando unas pilas AA para ponérselas a su grabadora. Ingenioso, se las termina sacando al control del televisor gris pantalla plana de su estudio. La voz de una mujer con marcado acento antioqueño se cuela por el cuarto, bajo la mirada de un asombrado retrato de Simón Bolívar, libertador de Colombia y líder de la izquierda latinoamericana. “Por que eres así, tan pirobito. Te quiero mandar un mensaje, contestá, contestá” recita con cierto placer la mujer. “A que horas va a salir tu vuelo, decíme. Yo sé que te vas. Lo que has dicho es mentira, estás muy farreado. Necesitamos saber donde estás. ¿No querés contar nada?” agrega impaciente. Jorge Enrique Botero, con cierta sonrisa irónica, contempla los cerros de Bogotá, enmarcados por el balcón de su cómodo apartamento del centro de la ciudad, colgado en un vertiginoso piso 17. “Yo trato de rellenar el vacío informativo, de nivelar la vaina” dice acostumbrado a que lo aprieten por su trabajo periodístico. En un país en guerra, dominado por una derecha triunfante, Jorge Enrique Botero es para muchos el publicista de la guerrilla, la voz de las FARC, un enemigo del orden establecido.

Regadas sobre una mesita, fotos recientes del periodista, bigote impecable, el pelo blanco reluciente, con el jean de siempre, un saco sport bastante casual y una bufanda con los colores rastas, rojo, amarillo y verde. Lo acompañan Piedad Córdoba, senadora Liberal, Yolanda Pulecio, la madre de Ingrid Betancourt y otros personajes de la política colombiana. Las imágenes retratan el lanzamiento de su último libro, Simón Trinidad, el hombre de hierro, en el que Jorge Enrique Botero relata la historia de Ricardo Palmera, alias Simón Trinidad, un banquero de Valledupar que dejó todo para ingresar a las filas de las FARC. Sin pelos en la lengua, Jorge Enrique Botero clama en una entrevista a la revista Semana que Simón Trinidad “es uno de los hombres más sobresalientes del siglo XX en Colombia”. Las ideas ante todo.

Cada uno tiene sus referencias. Jorge Enrique Botero nace “el año que los rusos mandaron los primeros hombres al espacio”, 1956. Viene de una familia acomodada, de origen antioqueño, de un padre ingeniero textil y una madre chapada a la antigua. Su abuelo, Darío Botero Isaza, es un importante político, “conservador de ultratumba” dice Jorge Enrique Botero. Ministro de Obras Públicas en el gobierno de Mariano Ospina Pérez, senador del departamento de Antioquia, habitaba en una casona en la 71 con Novena en Bogotá, donde Jorge Enrique Botero estuvo en los primeros años de su adolescencia. El joven vivía un poco solitario, rodeado de libros y de mucha servidumbre, tres empleadas, un jardinero y un chofer, Carlos Julio Ramírez. El hombre era comunista, a escondidas del patrón. Sentados en el Opel Kapitan 61 verde del abuelo, el viejo conductor charlaba con Jorge Enrique sobre lucha de clases, materialismo histórico y barbudos que habían escrito complicadísimos manifiestos. El veneno estaba sembrado.

A Jorge Enrique Botero lo echaron del elitista Gimnasio Moderno y terminó graduándose del Juan Ramón Jiménez, colegio liberal, tal vez hippie. Doña Maria Eugenia de Botero, la madre del periodista, cuenta que era un estudiante promedio, sobretodo muy noviero, “lo llamaban el churro maravilla”.

Después de aburrirse un par de semestres en Derecho, en la universidad Externado de Colombia, se pasa a Comunicación Social. En una época en que muchos estudiantes de Colombia vivían una fiebre ideológica, no pasa mucho tiempo antes de que Jorge Enrique Botero se enfile en las Juventudes Comunistas (JUCO). Una de sus compañeras de facultad y de luchas, Gloria Ortega, alias Bunker, recuerda que “Quique” era un líder carismático, “era reguapo y lo sabía, tenía el don de atraer”, un pensamiento muy estructurado, íntegro y sobresaliente. Bunker añade que “de tanta gente que estaba en la JUCO, Quique es de los únicos que se ha mantenido fiel a su pensamiento”.

A finales de los setenta Colombia vivía violentas manifestaciones, lideradas por universitarios mechudos que se lanzaban a la calle a sabotear el sistema capitalista. En un operativo, las autoridades capturan a Jorge Enrique Botero regando puntillas en alguna polvorienta avenida de la ciudad, quería paralizar la circulación. Un decreto regía el orden público en la época, dándole a la policía el poder de condenar a los “revoltosos” sin pasar por un tribunal. El joven militante supo entonces que el capitán Ramón Alfonso Obispo Hernández lo había sentenciado a 180 días de prisión, seis meses en la Cárcel Distrital, un hervidero de rateros, atracadores y delincuentes de poca monta. Pasados los primeros días tras las rejas, azotado por el robo de sus zapatos, una humillante rapada y caldo fangoso decide seguir el combate. Era el mundial de 1978, en Argentina, y logra conseguir una televisión. Los otros reos podían pegarse y gritar los goles de Kempes, Cubillas y Rossi pero primero tenían que aguantarse la charla política de Jorge Enrique y los otros “políticos”. Lo soltaron un par de días antes de la final.

Sale de la cárcel y abandona a su familia para irse a vivir con Danoli Salas, caleña, hija de un zapatero. “Una mujer muy militante, un animal político, muy decidida”, recuerda con los ojos brillosos Jorge Enrique Botero. Tuvieron dos hijos, Alejandro en 1979 y Juliana, un año más tarde. Se separaron y Jorge Enrique se tuvo que hacer cargo de los niños, por el arriesgado activismo político de la madre. “Me tocó hacer de papá y mamá, pero fue muy enriquecedor, más que una familia fuimos cómplices, aliados”. Danoli desaparece en 1985, los Botero creen que la asesinaron.

En los ochenta trabaja para el semanario comunista Voz, para la agencia soviética Novosti y termina uniéndose a la agencia cubana Prensa Latina en La Habana. Regresa a Colombia en 1991 tras el colapso de la Unión Soviética. Con dificultad, consigue un puesto en Colcultura, en radio y después en el noticiero AMPM donde cubre Congreso y política.

En 1994 trabaja en Buenos Días Colombia, el primer noticiero mañanero del país. La madrugada a las 3 de la mañana todavía le saca muecas pero el sacrificio le cambia la vida. Estaban en pleno proceso 8000, investigación que buscaba determinar si la campaña de Ernesto Samper, presidente electo, había sido financiada por el cartel de Cali. Recuerda que Samper estaba contra las cuerdas, hacía un par de días Santiago Medina, tesorero de Samper Presidente, aseguraba que el presidente y el jefe de campaña, Fernando Botero, si sabían del ingreso del dinero sucio. Fernando Botero, que era Ministro de Defensa y su par de Interior, Horacio Serpa, dieron una rueda de prensa, limpiando el presidente, desmintiendo el contenido de la indagatoria de Medina. “Yo les pregunté que como habían obtenido la indagatoria de Medina, si era parte de la reserva del sumario de la Fiscalía”. Fernando Botero balbuceó, se puso blanco y no pudo justificar estar en posesión de documentos que habían sido robados. Al día siguiente, Fernando Botero renunció.

“Quedé como el que tumbó al Ministro de Defensa”. Aparece una nueva estrella en el firmamento mediático, todos los noticieros quieren a Botero, le proponen sueldos suntuosos, condiciones de príncipe. Termina yéndose a 24 Horas, donde después de seis meses es el presentador principal. Autógrafos, gente que se queda mirándolo, a Jorge Enrique Botero le llegó la fama. Cuenta aburrido que, cuando iba al Campín a ver a su Santa Fe del alma y se dirigía al baño toda la tribuna coreaba “va orinar, va orinar, va orinar”.

De ahí se pasa al ministerio de Cultura, como director de comunicación y trabaja un tiempo en NCA, Noticias de la noche como subdirector hasta que le proponen montar un programa de grandes reportajes en el recién nacido Canal Caracol. El primer número tenía que ser muy impactante, escogieron producir un relato sobre los policías y soldados secuestrados por las FARC. “Me fui para el Caguán, donde me encontré con mucha gente de la JUCO, lo que me facilitó un poco las cosas. Después de cuatro viajes llegué hasta donde el Mono Jojoy y le expliqué el proyecto. Aceptó.” Se fueron un equipo de tres y dos madres, Marleny Orjuela y Amparo Rico. Una aventura de más de quince días por trochas embarradas, caños solitarios, un aguacero constante y mucha caminata. Grabaron cada campamento, imágenes de soldados enmarcados en afiladas rejas de alambre, ahogados por las chicharras de la selva. “Yo estaba asustado, era un mundo desconocido de armas, conspiración, secretos. Una situación desgarradora, el camarógrafo lloraba todo el tiempo”. Apenas llegaron a Bogotá editaron el documental El verde mar del olvido, para que salga rápido al aire. “La partió, Botero” lo felicitaron los colegas. Al par de días lo llamaron de la dirección, argumentando que esas imágenes no podían ser publicadas, muy delicadas, que desprestigiaban a las fuerzas armadas, que era mala influencia para los niños. “No sale dijeron, mejor déselo a Yamid para que muestra algunas tomas”.

“Me emputé y escribí un artículo en Semana, La autocensura está de moda”. Cuando vuelve a Caracol ya nadie lo saluda, no le hablan, se apartan de él. Lo despidieron del canal, pero se llevó sus latas y una muy buena indemnización. “Con esa plata compré una cámara y fundé una empresa, TV MULA, Mundo Latino” dice mientras echa madrazos y muestra recortes sobre el incidente, clasificados con esmero en un fólder rojo. Ahora trabaja de independiente, produciendo documentales y escribiendo libros sobre el mundo insurgente.

Botero parece estar condenado al reconocimiento internacional. No es profeta en su tierra. Ha ganado el premio Rey de España, en el género crónica de televisión (Madrid, 1995) y el premio Nuevo Periodismo Iberoamericano (México, 2003), además mostró sus documentales en programas tan prestigiosas como 60 Minutes de la CBS norteamericana, universidades en Europa y es publicado por Random House Mondadori, una editorial italiana. En Colombia poca gente conoce su trabajo. Insatisfecho declara “me jodo para que vean mis cosas y nada, todo se va afuera. Hay que tratar de penetrar la radio, la televisión, superar el tapón Es muy frustrante, pero no bajo los brazos”. Alejandro, su hijo, resalta con admiración su empuje de “guerrero”. “Pudo llegar a ser uno de esos periodistas ricos, pero dio un paso al lado por sus ideales” subraya. Doña Maria Eugenia, la madre del periodista, rescata que “siempre tuvo sus convicciones y las tendrá hasta el final”.

Jorge Enrique Botero tiene un carácter fuerte, testarudo, a veces extremo, lo que lo ha llevado a pelear con muchos colegas, ex amigos y ex novias.

Sus colegas le reprochan de ser a veces muy exagerado, demasiado extremo y de creerse superior a los demás. María Elvira Samper, de la revista Cambio, cree que “alimenta el morbo nacional”. Una misteriosa organización que se esconde detrás del nombre de Observatorio Independiente de Medios de Colombia (OIMC) declara que Botero se aprovecha del dolor ajeno, “se beneficia del amarillismo humano con el fin de lograr un objetivo económico, político o simplemente egocéntrico”. En el foro virtual que dio el eltiempo.com para el lanzamiento de su último libro, varios participantes le reprochan su “falta de equilibrio”, que “rellena la falta de datos con imaginación y simpatía política” y que “encubre secuestradores y asesinos”.

Jorge Enrique Botero sabe lo que significa la palabra sacrificio, le ha tocado más de uno. Por cuestiones políticas desapareció la madre de sus hijos. En el 2001 saca a sus hijos de Colombia, los manda a Cuba y después a España. Alejandro, el mayor, que está de visita en Colombia, cuenta que se perdió unos días, no llamó a la casa, como le puede pasar a cualquier adolescente. Jorge Enrique se puso loco, hasta sale en la televisión pidiendo la liberación de su retoño, “parecía una hecatombe” recuerda Alejandro. Vuelve a una casa ahogada de gente y lágrimas, sorprendido de tanto alboroto. Jorge Enrique no soporta más la situación y se los lleva para afuera. Gloria Ortega sostiene que “Botero siente miedo por los suyos, las relaciones a distancia han sido muy dolorosas”.

Las amenazas, intentos de secuestro y una paranoia constante empapan el mundo de Jorge Enrique Botero. La triste situación parece serle familiar a muchos colegas que hacen periodismo independiente. El corresponsal de la CNN Karl Penhaul, que ha trabajado con las FARC no quiso dar declaraciones sobre sus condiciones de trabajo, argumentando que estaba de viaje, que no podía y finalmente, que creía que organismos del estado lo estaban intimidando. Dick Emanuelsson, periodista sueco declara que está por fuera de Colombia por que “las amenazas fueron muy duras, y eso también es una confirmación de que hacer periodismo cuestionando, hacer periodismo crítico, periodismo con principios éticos –como debe ser- es imposible hoy en día en Colombia. Por eso han asesinado a tantos colegas”. Según Eduardo Márquez, catedrático de periodismo de la universidad privada Sergio Arboleda, “desde 1988 hasta la fecha en Colombia han sido asesinados 126 periodistas, la gran mayoría por cuenta del ejercicio del oficio. Para Reporteros Sin Fronteras, ONG que defiende la libertad de prensa, Colombia atraviesa una situación difícil, en el ranking el país está en el puesto 126 de 169 en el mundo. Es el peor notado en Sur América. Amiga personal de Jorge Enrique Botero y ex directora de Medios para la paz, colectivo de periodistas que buscan un cubrimiento ético del conflicto nacional, Gloria Ortega asegura que el periodista “carga con la cruz de ser un colombiano que cree en cosas diferentes, ha generado confianza en la guerrilla y en este país eso es peor que ser el diablo”.

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One Response to Contra viento y marea

  1. Valeria Ugarte dice:

    Excelente artículo!

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