Crónica roja

Por: Nathan Jaccard

Una inmersión en una familia de comunistas, los Díaz, militantes de una ideología culpable para muchos y víctima para otros, de la guerra interna que Colombia padece desde hace más de 50 años.

De cerca o de lejos parece que el comunismo siempre ha estado merodeando en el conflicto armado colombiano. Ideología asesina para muchos, luz de esperanza para otros, la doctrina inspirada en Marx y Lenin ha dejado sin duda una marca en la memoria del país.

Los Díaz son tres generaciones de comunistas, hombres y mujeres que reflejan todas las facetas de la historia nacional, sus contradicciones, sus sufrimientos, sus guerras. Comandantes de las FARC, militantes pacifistas, católicos marxistas, ex hippies, presos políticos, guerrilleros de la época de la Violencia, conviven con el mismo apellido, una tajada de sucesos colombianos.

“¡Llegaron los tiras, llegaron los tiras!” Los gritos retumbaban en la casa de los Díaz, en Chapinero, un barrio de Bogotá, apenas se perfilaba la sombra del DAS, la policía secreta de Colombia. En este hogar de militantes comunistas, había que vivir alerta, quemar libros “subversivos”, negar a los padres y hablar lo mínimo por teléfono. Marta, de 53 años, pelo corto negro y una sonrisa radiante, cuenta la historia de su padre, Jorge, su tío Germán, su hermano Augusto y su primo Vladimir. “Nosotros éramos los diferentes, éramos como el diablo”, dice.

Jorge Díaz, 78 años, vive en una casa esquinera de ladrillo, en el populoso barrio de San Fernando, al occidente de Bogotá, entre una tienda y un restaurante de menús a 4.500 pesos. En su sala, dos grandes cuadros a color de Lenin y Hegel, con pie de página en ruso, vigilan las bibliotecas abarrotadas de libros, las fotos de los nietos y las chucherías. Un retrato de Augusto Durán, dirigente del Partido Comunista, completa esta trinidad revolucionaria.

Jorge, rolo de pura cepa, abundante pelo plateado, cara de pícaro, traje y chaleco azul oscuro y corbata gris se toma, con tranquilidad, el chocolate de las 5 de la tarde. “Gracias compañera”, le dice a su esposa, Aida.

“Cuando era adolescente me levantaba a las cuatro de la mañana, me iba frente a las fábricas para echar un discurso y vender el periódico del partido”, recuerda, con humildad.

Don Jorge vivió una juventud empapada de comunismo, donde todos los aspectos de la vida tenían que ser consecuentes a los pesados y aburridos libros de la teoría marxista. Los hermanos Díaz, que adhirieron todos al partido, tenían un temible equipo de baloncesto, uno de los mejores de Bogotá. “Éramos muy disciplinados, no fumábamos, no tomábamos, queríamos ser un ejemplo para la juventud. Hoy me doy cuenta que era exagerado, no gozábamos tampoco”.

En 1948, tras el asesinato del caudillo Liberal Jorge Eliécer Gaitán, la mecha de la violencia se prende, una orgía desbocada de sangre que duraría más de cincuenta años. El campo arde, las ciudades se callan y muchos comunistas son perseguidos. Germán Díaz, el hermano de Jorge, matemático de 82 años, barba tipo Lenin y una cara pensativa, recuerda que había que formarse militarmente, sino no era Marxista, no era revolucionario. Ningún joven que se decía comunista dudaba sobre la utilidad de la lucha armada, “tuvimos que leer a Klausewitz, aprendimos a manejar armas, nos fuimos al campo”, añade. Germán era comisario político del frente Tequendama, guerrilla dirigida por Juan de la Cruz Varela que hacía presencia en la región de Girardot, Tocaima y del Sumapaz. Nunca combatió pero daba las orientaciones políticas a uno de los grupos armados más fuertes de la década, uno de los míticos precursores de las FARC.

“Yo era católico, me consideraba comunista, pero eso era pecado”, recuerda Vladimir, el hijo de Germán Díaz, 56 años, de candado, pelo blanco, saco y jeans. Como para muchos colombianos, que no querían traicionar su religión, la llegada de Camilo Torres en los años sesenta fue la de un mesías. El cura revolucionario, uno de los precursores de la Teología de la Liberación, una lectura marxista de los evangelios, declaró hasta la saciedad que “el deber de todo cristiano es ser revolucionario, y el deber de todo revolucionario es hacer la revolución”. Camilo Torres se unió en 1966 al ELN, guerrilla de tendencia guevarista. Al mes, el cura murió en la primera emboscada en la que participó.

“Después de su muerte, organizamos los Frentes Camilistas. Nos ocupábamos de la propaganda y de la logística urbana del ELN, consiguiendo drogas y atendiendo heridos”. El grupo también luchaba en los barrios de invasión, como el Policarpa y Las Colinas en el sur de Bogotá, alfabetizando, creando conciencia y cultura popular.

En los sesenta y setenta, gran parte de la izquierda colombiana apoyaba la resistencia violenta. “Todo estaba para incitarnos a irnos, se decía que el campo nos iba a purificar y que morir por la revolución era lo máximo que nos podía pasar”. Conoció al ELN, al M-19 y a las FARC, pero dice que nunca se fue por que no lo reclutaron. “Era lo que yo quería, yo sí me hubiera ido”, dice.

“Él da la apariencia de ser un verraco pero no mata ni una mosca” dice Marta, al recordar a su hermano mayor Augusto, excomandante de las FARC exiliado en España. Augusto se unió a la guerrilla en los años ochenta, en Santander, donde fue uno de los líderes de la agrupación en la zona del Magdalena Medio.

A veces, las razones que empujan a una persona a empuñar las armas, arriesgar su vida y cortarse de la sociedad por una causa son más simples de lo que se puede pensar. Marta cree que su hermano se marchó al monte porqué no le ponían límites, vivía en un mundo de fantasía y siempre quiso ser un héroe. “De chiquitos nos contaba que exploraba la selva y mataba tigres”, se acuerda.

Tras la radical decisión de Augusto, la familia Díaz, siempre respetó su elección, a pesar de que no la compartían. Tener un ser querido en la clandestinidad es anticipar un luto. “Sonaba el teléfono a la 1 de la mañana y todos pensábamos que era el cuerpo de Augusto que habías aparecido”, suspira Marta.

En el monte Augusto conoció a una guerrillera, Elsa, una joven que llevaba en las FARC toda la vida, una dura que no le tenía miedo a nada. Tuvieron un hijo, criado por sus abuelos Díaz en Bogotá. En las FARC, tener un hijo está prohibido.

Un día, a mediados de los noventa, Andrés y Elsa aparecieron en Bogotá. Se acababan de volar de las FARC. Dijeron que la ideología se había perdido. “Pero lo que los jaló fue el hijo”, recuerda Marta. Elsa estaba además embarazada. Don Jorge Díaz los sacó del país, como exiliados, gracias a contactos con la Cruz Roja y presidencia. Están amenazados por el Mono Jojoy, miembro del secretariado de las FARC. Dejar la organización guerrillera siempre se castiga con la muerte.

Andrés no ha vuelto a Colombia, odia el país. Se volvió cristiano, “mi Diosito me ha sacado adelante” le dice a su familia por teléfono. Piensa que las FARC son uno hijueputas y le lanza vivas a Uribe, el presidente de derecha de Colombia. Elsa les cobra a los inmigrantes ilegales para abrirles cuentas, porqué ella si tiene papeles. Andrés y Elsa están separados.

“Es la lucha final: Agrupémonos y mañana la Internacional será el genero humano”, manifiesta la Internacional, uno de los himnos comunistas más famosos.

Uno de los baluartes de la familia Díaz, Augusto, cree que lo peor que puede ocurrir es el triunfo de un hombre armado. “La lucha armada, a pesar de haber sido una de mis elecciones hace años, no tiene vigencia ni nunca la ha tenido”, añade. “Por encima de ser policías o ladrones o cualquier cosa, somos seres humanos. La revolución no es violenta”, sentencia.

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