La leona del Borsalino

Por: Nathan Jaccard

Doña Rosa Bermúdez vende sombreros en el centro de Bogotá desde hace 50 años. Una mujer de temple e ímpetu que ha sabido mantener el improbable negocio a flote.

Barbisio, Borsalino, Stetson, Merino, Charlot y Panamá. A usted le sonará a chino, pero para Rosa Bermúdez de Ayarza, 81 años, son nombres que retumban en su tienda de sombreros de la calle 11 con 8-88 desde hace casi medio siglo. Con autoridad, pasión y un alma de vendedora feroz lleva las riendas de un negocio anacrónico, un islote cachaco en el centro de Bogotá, cercado por cachuchas de los Yankees de Nueva York, la charrera calentana y la deprimente extinción de los verdaderos caballeros.

Rola de toda la vida, Doña Rosa se enamoró hace 55 años de Ernesto Ayarza y se casó con la industria del sombrero. Su esposo trabajaba en la tienda de en blanco y negro, un páramo con tranvía y gabardinas, que vestía un inevitable sombrero, gardeliano de preferencia. “El negocio era bueno, todo el mundo usaba la prenda. Pudimos levantar una familia, comprar tres tiendas más”, declara Doña Rosa, rodeada de sus tres hijos, Germán, Marta y Marina.

La tienda queda a media cuadra de la plaza Bolívar, epicentro histórico del país. Desde su mostrador, la matriarca, de tez blanca y mirada verde, maquillaje coqueto y un elegante conjunto terracota recuerda cuando estalló el grito de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, caudillo liberal asesinado en 1948, y tocó cerrar la tienda. “Corra, corra gritaba la gente. Nos encerramos cinco días en la casa y cuando volvimos toda la cuadra se había quemado, la mercancía perdida, robada por la turba”, dice Doña Rosa.

“Pero también han venido muchos famosos”, resalta con orgullo. La foto de Rafael Escalona, legendario compositor vallenato, posando con un distinguido vaquero de ala ancha comparte muro con un emotivo ‘para Rosa con cariño’, firmado Armando Manzanero, afamado músico romántico mexicano. Uno de los más asiduos es Wilson Borja, sindicalista, baluarte de la izquierda colombiana y representante a la Cámara, que tiene un sombrero para cada pinta. “El otro día vino y le compró uno a Uribe, un Panamá. Se lo tenía prometido hace rato”, sonríe Doña Rosa.

La calle 11, es su entorno natural, su territorio, su monopolio. El comercio es su lucha, un reto diario. Los Ayarza tienen cuatro tiendas de sombreros, un parqueadero. Doña Rosa es un felino al acecho, “prácticamente es dueña de la cuadra, la quisieran toda para ellos”, se queja Rafael Mendoza, valiente vecino de Sombreros Finos, uno de los dos almacenes que hacen competencia.

En una buena jornada despachan hasta diez sombreros. Otras días, ninguno. Los hay de mariachi, rojo y plateado, el volteado de la Costa, unos chatos, de paño verde oliva, otros tipo australiano, en cuero café, cachuchas de pana y el rey del almacén, el Stetson Cowboy 4X, un tejano de 600.000 pesos. El negocio es muy variado, vienen campesinos, cachacos, políticos, carrangueros, grupos de música llanera, ganaderos, esmeralderos. Lo mejor son las producciones de telenovelas, como Pasión de gavilanes o El zorro que compran de a veinte. De todo, pero siempre fanáticos del sombrero. “Es un estilo de vida, una personalidad”, cree Doña Rosa. “Hay una evolución de materiales, de modas, pero sigue por que es una prenda elegante, con clase”, añade con entusiasmo. La dueña es un imán, una hechicera que ha atornillado a más de un cliente. “Siempre vuelven, son muy fieles”, se alegra la octogenaria. “El negocio es peculiar, lo adoro”, comenta, mientras se fija con cariño en la montaña de sombreros que la rodea.

Rosa no madruga mucho, llega tipo diez y media al almacén, de lunes a sábado sin falta, eso sí. Se instala en una butaca empinada, con oficio de trono y pone a correr a todo el mundo. Observa, manda, atiende. “Es una mujer de armas tomar, con una vitalidad impresionante”, indica su hija Marina, que a retomado las riendas del negocio familiar. La última vez que la vio el médico dijo, medio aterrado medio fascinado, que era un general de tres soles. “Un temperamento recio, estricto, un poco autoritaria tal vez”, añade Germán, arquitecto, el varón de los Ayarza. Sus empleados le tienen afecto pero hay un halo de respeto, un poco de temor también. Poco conversan, no les gusta hablar sobre la patrona, se esconden detrás de un “apenas llevo tres meses trabajando”, no muy persuasivo.

El día está flojo. Los empleados matan el tiempo planchando los sombreros en una máquina de metal en forma de sandía, ordenándolos, cuidándolos como recién nacidos. Un viejo teléfono verde de los setentas repica, quebrando las rancheras mal sintonizadas que escupe la radiola. La gente pasa por delante de la tienda, con la cara del que va al museo. De pronto, el afiche autografiado de Bilardo Ariza “una voz gigante de la música norteña”, chaqueta de flecos y sombrero blanco, ve llegar un comprador. Un tipo con aire campesino y su nieto, joven adolescente, de jean y camiseta Puma chiviada. Doña Rosa no suelta al cliente, no lo deja escapar. “Si entró tiene que comprar”, subraya Marina Ayarsa.

“Busco un sombrerito negro, talla 30, que aguante el aguacero”.

El vendedor saca con delicadeza columnas de Barbisios apilados, una de las marcas más prestigiosas de la tienda. Operación demorada, no es el cliente que encuentra el sombrero sino el sombrero que acierta una cabeza.

“¿Cuanto?”

“125 000 pesos”

“¡Uy, no! 120 000 pesos”

“Vea que es bien elegante. Me echan si no paga lo que es. Son cinco mil que no le duelen”, convence Doña Rosa.

¡Vendido!

Germán cree que pese a ser católica, muy practicante, su mamá tiene sangre judía.

Con un pulso de acero, esta matrona de “raca mandaca” como le dice Germán, ha logrado ser inevitable en el difícil medio del sombrero. Una mujer completa, que ha basado el éxito en la familia, la pasión y una autoridad sin límites.

Doña Rosa sale a la calle y ve a un viejito, de saco roído, corbata azul clarita, camisa amarillenta y una cachucha de béisbol azul y blanco. Mira la vitrina con envidia, pensando a voz alta: “Han subido berracamente, bárbaro. Yo nunca he sido de cachucha, pero ya no tengo pelo.”

Doña Rosa lo mira de arriba abajo, “esa cachucha si está horrible”.

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3 Responses to La leona del Borsalino

  1. Juan REGALADO dice:

    Hey Nathan,

    qué bàrbaro y qué redacci’on!!!!!!.

    un abrazo mexjicano

  2. Mario Fernandez dice:

    que mujer tan emprendedora mujeres asi son las que le hacen falta a colombia !!!

  3. Yo Soy cliente de la tienda..y doy fe de que la calidad y atención son inigualables. Doña Rosa es simplemente una mujer excepcional. Romel Alexander Santamaria Benavidez (Filòsofo)

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