Lust for life

Por: Nathan Jaccard
La idea es tomar trago desde por la mañana. Somos cuatro amigos, estudiantes en París, un poco desubicados, con la adolescencia todavía desbocada y, sobre todo, ganas de joder.

Huevo perico, baguette y un vaso de Coca Cola fría, el desayuno de siempre. Arrancamos para el supermercado, con una vaca – monto común de dinero – de 40 euros. Un barril de plástico de 5 litros de vino barato Vieux Pape, dos botellas de vodka Gorbatchov, jugo de naranja y un maxi pack de cerveza, 30 botellas de ácida Kronembourg. Son las 11h30 de la mañana.

Lo increíble es que a las 11 de la noche la bebida se agota y todavía no vomitamos.

En París, después de las 8 de la noche todos los supermercados están cerrados y hay que caminar cuadras y cuadras antes de encontrar una épicerie, las tiendas atendidas por toscos argelinos, para conseguir alguna botella de vino.

Con las venas empapadas de alcohol, tambaleándonos, cantando y gritando por los mojados adoquines de la ciudad luz, juntamos las últimas monedas, para terminar la noche en grande.

De pronto, como un volador sin palo, Marie, una de las compañeras de borrachera, se encarama a un carro, muerta de la risa, saltando de capó en capó como en un juego de Nintendo. Fechorías que solíamos hacer, cuando la madrugada nos cogía con licor en la cabeza, cobijados por la soledad de París.

Pero ese día empezamos temprano, y la rasca nos pilló cuando los parisinos se tomaban el café de sobremesa en algún bistrot, uno de los cientos de restaurantes que plagan el Marais, céntrico barrio del tercer distrito de París.

Como Atila, alias “el azote de Dios”, ese bárbaro vandálico que despedazó la mitad de Europa, emprendemos nuestra carrera destructiva. Vuelan retrovisores, motos inocentes muerden el polvo y algún Mercedes queda descabezado, sin insignia.

De pronto, una roca del tamaño de una patilla se cruza con mi camino. Al frente, una vitrina grande y solitaria, como si los astros se hubieran conjugado.

Con una sonrisa de oreja a oreja, tomo la piedra, cruzo la calle y sin pensarlo una vez siquiera, la arrojo con fuerza contra el vidrio.

Salgo corriendo, riéndome como nunca, una alarma aullando en el fondo.

Estoy en la película Trainspotting, cuando Renton y Spud huyen imperturbables por las calles de Edimburgo, al son de Lust for life de Iggy Pop. Lujuria de por vida.

De la nada, un Peugeot blanco sport nos cierra el paso, chirriando llantas. Salen tres tipos, altos, con cara de pocos amigos y abultadas chaquetas negras. “Ojala no sean fachos”, pienso con esperanza.

-“Police Nationale”, gritan. “Todos contra la pared, hijueputas”.

Nos requisan con esmero, nos pasan las esposas, apretándolas con odio, para que duela.

Altanero, pido ver las placas y clamo que somos inocentes hasta prueba del contrario. Cortan mi ingenuo reclamo.

-“Lo cogimos en flagrante delito, idiota”.

Estamos tan ebrios que no nos dimos cuenta que el carro de policía encubierta nos seguía desde los primeros destrozos. La ley esperó algo grave para caer con fuerza. Sueltan a Franco, un cineasta cartagenero narizón y Marie, la francesa del grupo, por haber dominado mejor la rabia loca. Quedamos Jack, mi amigo barbudo, que mide 1,90, con ínfulas de director de cine y yo, chaqueta militar verde de piloto, un año de Historia y fama de contar chistes pésimos.

La legislación obliga a las autoridades llevar a los presos a un chequeo médico antes de meterlos a los calabozos.

Un par de policías, con un fuerte acento del sur de Francia, nos montan a un Renault blanco, surcado por rayas rojas y azules que distinguen a las patrullas.

Llegamos a la Pitié Salpêtrière, uno de los hospitales públicos de París. Encadenados y ebrios, entramos en una sala de espera, donde pocos parecen asombrarse con nuestra presencia. Un joven con la cara ensangrentada se sienta a nuestro lado, hay harapientos durmiendo en las bancas y una viejita que refunfuña sin razón. Un borracho que ronda los cuarenta años, de chaqueta de cuero y barba de tres días se nos acerca.

-“Sí solo fuera un flic – como les dicen a los policías en Francia – los podría liberar fácil, pero con dos me queda muy complicado” añade picándonos el ojo. Jack y yo nos miramos asombrados.

Una enfermera malhumorada nos examina los reflejos, esculca nuestras pupilas y realiza el test de alcoholemia. “2,3” dice asombrada.

En Francia, la tasa para poder conducir es de 0,5 gramos de alcohol por litro de sangre. Según webcultural.org, un sitio Internet, con más de 1,5 gramos, “el 90% de los individuos presentan claros signos de intoxicación, que se caracterizan por momentos de euforia alternados con melancolía, agresividad o sumisión”.

Volvemos a la comisaría y empieza el interrogatorio.

-¿¡Qué tomaron!?

-¿¡Dónde estaban!?

-¿¡Con quién estaban!?

-¿¡Consumieron drogas!?

El tono va subiendo y los tragos todavía no han bajado.

-¿Y por qué hizo esa estupidez?, me grita un policía de civil, de origen árabe.

-“Para ponerme a su mismo nivel”, le contesto inflando el pecho.

¡Zás!, vuela una cachetada. ¡Zás!, otra. Al fin se me quita la borrachera.

Mirando para abajo, esposado, el orgullo hecho añicos, sigo a cuatro uniformados hasta un cuartito contiguo.

-“Quítese el pantalón”, ordenan. “La chaqueta. El saco. La camiseta. El calzoncillo”.

-“¿El calzoncillo?”, digo en voz baja.

Asienten sin palabras.

Ya desnudo, una mano cubriéndome el órgano, caen tres palabras.

-“Haga una cuclilla”. Miro y solo veo caras asesinas.

Me inclino y le pido a Dios el favor de no perder mi virginidad anal esa noche.

¡Ufff! Respiro, sólo es una requisa rectal, para revisar si escondí alguna droga en la punta de mis intestinos. Y humillar.

Jack pasa por las mismas, viendo mi cara vencida, para confirmar que me habían dado el mismo trato.

Nos quitan cordones, pulseras, collares, nos vacían los bolsillos. Todo va a parar en un sobre de manila, estampillado Police Nationale, que archivan en un armario de lata. Para que no nos suicidemos en el calabozo.

Celda 3, muros que fueron blancos antes de mayo del 68, un fuerte olor a orín, dos largas bancas en baldosín frío y un muro de plástico grueso transparente que hace las veces de rejas. Estamos solo los dos. Me duermo como un bebé mientras Jack se retuerce, teniendo pesadillas, desvelado.

A las doce del día nos sacan y arrancan una larga declaración, donde prometemos pagar los estragos de la noche anterior si no queremos ir a juicio. A l’amiable, como dicen en Francia. Amigablemente.

Salimos deprimidos, por una cerveza.

La parranda me cuesta 700 euros. Un tiquete a Colombia ida y vuelta, en temporada alta. Más de 104 horas de trabajo en Mex&Co, el restaurante latino donde soy mesero. Casi un mes de vida, incluyendo arriendo, transportes, comida y…borracheras.

Al par de meses vuelvo a pasar por esa calle, al frente de esa vitrina. Con rabia, veo que mi reflejo casi desborda el vidrio.

-“Es enano”, grito desesperado, tratando de tapar las burlas de mis amigos, que se imaginaban una hazaña homérica.

El flash de violencia vuelve a cruzar mi cabeza. Pero esta vez, me aguanto las ganas.

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One Response to Lust for life

  1. gloria esquivel dice:

    este es buenisimo!

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