El amor de una vida

Por: Mauricio Palma

Michael encontró a Marisela un día cualquiera mientras estaba trabajando. Ella era una de los cientos de inmigrantes que visitaban anualmente su oficina en Berlín, en búsqueda de una ayuda que le proporcionara una salida viable a su situación de ilegalidad. Al Doctor Wagner, como era conocido este alemán en aquella época, cupido lo flechó desde que vio a la hermosa morena que había entrado por la puerta de su oficina. Desde entonces son inseparables. Ya han pasado 20 años, y hoy, desde su apartamento en Bogotá, Michael recuerda como el momento más diciente y hermoso de su vida se condensa en ese instante, pese a que se ha desenvuelto en su vida como un verdadero trotamundos y ha vivido más cosas que un mortal promedio, trabajando siempre sin perder sus ideales herederos del 68 alemán.

Tal vez fue la mirada cálida y penetrante de Marisela la que convenció a Michael que frente a él se encontraba el amor de su vida. Algo que no podía encontrar en las mujeres del pueblo donde nació y creció. Holzminden, un pueblo de veinte mil habitantes ubicado en la rivera del Weser en el Land de Sajonia se caracterizaba por el aburrimiento y el desasosiego de sus pobladores. Estos eran totalmente diferentes a las personas que Michael encontraba todos los días en su oficina de Caritas, una ONG de inspiración católica que trabaja hasta nuestros días con inmigrantes ilegales que quieren regularizar su situación en Alemania.

Sin embargo, no era sólo la composición de esas dos perlas brillantes en un fondo negro que daban la entrada al alma de su hoy esposa las que inspiraron a Michael a unir su vida con esta colombiana. Desde mucho antes este alemán que hoy tiene cincuenta y ocho años, se había embarcado en una vida distinta, por lo menos de las vidas que la gente de su edad y de su pueblo habían querido llevar. Una vida en búsqueda del amor verdadero, siempre aprendiendo y enseñando, tomando como propias las alegrías y desavenencias de los que conoció en ese camino y que lo trajo hasta Colombia, mucho tiempo antes de unirse con el amor de su vida.

Con dieciocho años Michael tenía claro que las fronteras del mundo no se acababan en el río Weser. Apenas pudo, en el sesenta y ocho se fue a estudiar Ciencia Política a Berlín. Es toda una anécdota recordar cómo se llegaba a esta histórica ciudad alemana en esos días. Como residente de Alemania Occidental, Wagner tenía como única opción atravesar una carretera a través de Alemania Oriental, exclusiva para los residentes occidentales. Era necesario tener una visa y no hablar más de lo debido con las personas que atendían los cafés de paso que se ubicaban en las orillas de la vía. Esta situación cambiaría un poco luego de la llegada del Canciller Willy Brandt, quien a comienzos de los años setenta a través de una política de acercamiento a la división oriental alemana, la Ostpolitik, simplificó la labor de transportarse hasta Berlín para los alemanes occidentales. El resultado: menos burocracia y más facilidades para llegar a su destino.

Ya en la ciudad dividida desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Michael se empapó del espíritu de los movimientos estudiantiles europeos de la época. En pleno 1968, el nacimiento de una nueva generación – la primera luego de la guerra- le dio nueva vida al pensamiento político de izquierda. Como estudiante, este alemán estuvo en el seno de algunas de las más dicientes protestas reivindicativas, caracterizadas entre otros factores, por diferentes personalidades que luego darían de qué hablar. Dentro de su foco de acción estudiantil, residente en el interior de la Universidad Libre de Berlín, Michael conoció a algunos de los ideólogos de lo que sería después la Rote Armee Fraktion (RAF), que en los años setenta desestabilizarían por medio de atentados terroristas no sólo el contexto alemán sino internacional.

Con los años Wagner no perdió sus ideas. Al contrario. Se comenzaron a materializar paso a paso. Para 1974 el ya politólogo empezó con sus estudios de doctorado. Fueron estos los que lo llevaron a dar sus primeros pasos en un idioma totalmente desconocido para él hasta entonces. Ya desde su época escolar, él hablaba inglés y francés con fluidez. Sin embargo, un estudio sobre la composición de los tugurios y la desigualdad en América Latina, específicamente en una republica bananera con costas en los dos principales océanos del mundo, motivó a este estudioso a aprender español. Durante cuatro semanas y por ocho horas diarias en un laboratorio de Hamburgo, Michael y cuatro amigos más que también tenían una fijación con nuestro subcontiente, empezaron a leer “El Capital” y “El Manifiesto del Partido Comunista” en el idioma de Cervantes.

Y así se dio el viaje. Con una antigua novia, Marianna, y con algunos ahorros, Michael decidió emprender una nueva etapa de su vida en Colombia. Un día de Mayo de 1974 en el cual se libraba una recordada pelea boxística – Cassius Clay, más conocido como Mohamed Ali y George Foreman se encontraban cara a cara peleando por el titulo de los pesos completos en Kinshasa, hoy Republica Democrática del Congo- llegó este alemán al aeropuerto El Dorado de Bogotá. Pese a que los taxistas quisieron aprovecharse de su condición de extranjero, la mejor pregunta para librarse de toda estafa fue simplemente: ¿Quién gana este año, Millonarios o Santa fe?

Conforme pasaron los días, este alemán ya docto en estudios gastronómicos colombianos a través de la experiencia en las calles bogotanas (con menús que incluían empanadas, carne y helado) fue estableciendo sinceras amistades, con personalidades importantes e influyentes de la izquierda colombiana y latinoamericana. Cercano a los editores de la revista Alternativa y a algunos disidentes del régimen de Pinochet en Chile, Michael empezó a entender que su patria ya no era Alemania. Él mismo, define esta transformación en una frase: Crecí en Alemania pero maduré en Colombia. Fue aquí donde todo se confirmó. Sus ideas, su lucha y sobretodo, su idea de calidez en la gente.

En este primer viaje a Colombia, Michael conoció a un importante amor. Teresa era una paisa que conoció en Leticia, a bordo de un bote sobre el Río Amazonas. La relación fue corta y las cosas no se dieron para que perdurara –aunque años después en un segundo viaje a Colombia se encontrasen horas antes de que Wagner tomara un avión para retornar a Europa y se evidenciara un cruce de caminos, de esos que el destino pone en la vida de las personas para que estas tomen decisiones importantes y se fortalezcan internamente-. Sin embargo, esto sentaría las bases afectivas que se consolarían diez años después en la oficina de Berlín. La afección y la calidad humana que Michael encontró en su primer viaje a Colombia, sin duda influirían en el comienzo de la relación entre el alemán que trabajaba en Caritas y la colombiana inmigrante que buscaba establecerse en Alemania.

En sus casi dos años de estadía en Colombia, Michael viviría en Bogotá y en Cartagena. Entendió al mismo tiempo por qué no podía terminar su Tesis de doctorado. No era justo utilizar a aquellas personas que compartían con él lo que no tenían para conseguir un diploma. No podía ya exponer sus vidas como ratones de laboratorio. No obstante, decidió volver a Alemania para comenzar su vida laboral. Logró vincularse con organismos que propendían al intercambio social y cultural con América Latina y al equilibrio económico en esta región. Volvió a Colombia por pocos meses en 1978 como jefe de una excursión con nuevos estudiantes que veían en esta región del globo una opción para desarrollar sus conocimientos en ciencia política. Pero en ese momento, Michael consideró que podía hacer más trabajando desde Alemania. No fue por dinero ni por un interés personal que lo engrandeciera frente a los demás. Simplemente se mantuvo fiel a sus ideas, como lo sigue haciendo hasta hoy a través de una metodología diferente.

Fue en este momento de su vida que llegó el trabajo que cambiaría su vida. Y no porque fuese el trabajo menos pesado que haya tenido o en el que menos problemas haya afrontado. Simplemente porque fue gracias a éste que Marisela comenzó a ser su complemento, en otras palabras, quien perfeccionara a Michael como un ser humano íntegro.

Caritas es una ONG, como Wagner la describe, en la derecha del catolicismo. Michael, evangélico y con ideas de izquierda, no era realmente un candidato idóneo para ocupar un cargo que detentaba una amplia responsabilidad, al tener contacto con inmigrantes mayoritariamente ilegales de todo el mundo. Pese a esto, Michael caló desde el principio en su nuevo trabajo. Su forma de vida, sus convicciones y su visión sobre los inmigrantes, como personas de las cuales se podía aprender y también a las cuales se podía ayudar, complementaron su labor diaria. Aunque fue una época en la cual no había tiempo –Michael alternaba su oficio con la docencia y con la administración de una tienda donde se vendían productos fruto del desarrollo sostenible- fue tal vez una de los mejores periodos en la vida de este alemán. Fue así como el día que desde hace mucho tiempo él estaba esperando, llegó. El día en que Michael conoció a Marisela.

Ella buscaba al Dr. Wagner, el mismo que había ayudado a palestinos, tamiles, africanos y hasta norteamericanos a conseguir la residencia alemana. Alguien le había dicho que era él quien la podía ayudar a legalizar su situación. Esta colombiana se había ido de Cali buscando forjar un camino diferente lejos de su país. Sin embargo, para poder trabajar y luego estudiar, debía pasar por el engorroso trámite de conseguir un papel que así lo autorizara.

Michael la vio entrar por la puerta de su oficina. Fue amor a primera vista. Hacía años que no veía una mujer así de bella. Alta, esbelta y con unos oscuros y brillantes ojos, Marisela representaba toda la belleza de la raza negra. Podría venir de África o de América Latina. No fue coincidencia. Simplemente fue el destino. Este les tenía preparado a ellos dos un lugar y un tiempo exacto para que la historia cambiara su curso, y desde entonces, no se volvieron a separar. Dos semanas después de ese primer contacto Michael y Marisela estaban juntos. Hasta hoy son una familia feliz. No tienen hijos. Una vida llena de viajes deja poca libertad para que un niño pueda tener un entorno que configure adecuadamente su educación. Sin embargo, así son felices. Simplemente es una historia de amor de las que ya casi no se ven. Un complemento perfecto que justifica la larga espera, que sin querer se había venido prolongando en la vida de Michael.

Veinte años han pasado ya desde entonces. El trabajo en Caritas se volvió una carga progresiva para Michael. No obstante, él aguantó lo suficiente para que su esposa se recibiera como licenciada en educación preescolar en Berlín. Con el paso del tiempo el destino los llevaría a vivir ocho años en Tenerife, en el Mediterráneo. En ese entonces y paradójicamente, Michael ejerció como profesor de español y Marisela como profesora de alemán. Hace cuatro años, una oferta laboral condujo a la familia Wagner a reencontrarse con sus raíces. Marisela pasó su hoja de vida al Colegio Andino de Bogotá y fue llamada inmediatamente para que fuera profesora de esa institución. Michael, a su vez, se contactó con el Goethe Institut, el centro cultural del gobierno alemán para la enseñanza de su cultura y su idioma en el exterior. Hoy viven en el norte de Bogota en un tercer piso de un edificio en un barrio residencial.

La historia de este alemán es un claro ejemplo de que la convicción y la honestidad consigo mismo solo pueden tener un final feliz. El amor encontrado en la figura de Marisela es la recompensa a una vida interesada por el desarrollo y el bienestar de otros. Eso se refleja en la mirada tranquila de Michael y en su constante sonrisa. Es esta última la que le deja ver al resto de la humanidad que son sólo los pueden reír de esa forma tan sincera quienes podrán dar un parte de tranquilidad al final de sus días. Un resultado que sólo puede ser mostrado por aquellos que tienen la satisfacción del haber cumplido con creces su deber.

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