Un paseo escabroso

Por: Mauricio Palma

“Parcero, hágale… córrase pa’ atrás y usted mamita no comience a llorar que va y le pasa algo más feo”…

Con esas palabras comenzó la noche más larga de mi vida. Una de esas noches que se le vuelven a uno de esas situaciones, que entre incomodas, tristes y dicientes, no se borran con facilidad del disco duro. Como cuando mi papá llorando me dijo “Mauricio, tu mamá se nos fue” o como cuando Alejandro, mi amigo de infancia, llamó a mi casa en una mañana de domingo, como a las siete, para propinarme un golpe que hirió de muerte la poca felicidad que hasta entonces llevaba en mi alma. “Gordo, Sánchez se mató anoche” es lo que recuerdo. Pero esa noche, la del 26 de octubre de 2004 tiene un eco aún más hiriente en mi imaginario. Fue la noche que entendí que todo se puede acabar en un instante, y que el polvo en el que nos convertiremos una vez estemos muertos, es del mismo grosor que aquel por donde los insectos se mueven.

Nada parecía enrarecer el ambiente, ni darle un equilibrio de bruma a la escena, como algunos escritores describen el entorno donde sus historias toman forma. Para esa época, yo era un niño de 19 años recién cumplidos, que había decidido tomar por falsas las declaraciones de amor de su entonces novia y se daba el lujo de tener un amorío escondido. Esa escabrosa relación -que realmente nunca condujo a nada bueno- con la novia de un personaje que hasta hoy odio, uno de esos que mira por encima del hombro al resto de la humanidad porque anda con un fajo de billetes que garantiza la adquisición de cuanto capricho se le ocurre, está en el centro de esa noche de octubre.

Claro, porque fue ese amor prohibido, el que me involucró en esa situación. Mientras me encontraba conversando al frente del hogar de esa mujer maquiavélicamente bella, todo comenzó. Hacía pocos minutos había parqueado mi auto en una bahía del barrio El Batán de Bogota. De golpe y sin haberme bajado, vi un revólver a través de la ventana del conductor. No sé de qué tipo ni de que calibre eran las balas con las que se cargaba, porque nunca quise aprender de armas, pese a que mi papá en su juventud practicó la caza y trató de que me le uniera en su esfuerzo por destruir la creación de Dios. Luego, pensé acertadamente que alguien que no era yo quería quedarse con mi Corsa, que sólo tenía dos meses y medio de uso. Una mano salió de la oscuridad que se adentraba en las pupilas de las personas que estaban en la calle a las 9 y media de la noche de ese día. Ésta tomó la chapa de la puerta, con una rapidez apenas descriptible, y una voz pronunció las palabras con las que se le había dado inicio al relato.

El resto transcurrió como muchos otros lo han contado. Tardíamente y al mismo tiempo que me di cuenta de que estaba siendo asaltado, víctima de uno de los planes con todo incluido que comprenden las diferentes modalidades de paseo millonario que se presentan en la capital colombiana, me di cuenta de que el carro estaba en movimiento y de que mi musa prohibida estaba todavía en él. Para mi sorpresa, cuando terminé de salir del aturdimiento que produce la agitación de este tipo de situaciones, vi que eran dos los asaltantes con los que me enfrentaba. Que uno, bizco, manejaba y que otro, que no paró de decirme en todo el trayecto que agachara la cabeza y mirara hacia abajo era quien daba las ordenes. Fue este último quien comenzó a preguntar por el dinero, por los objetos de valor y quien parecía tener la potestad para decidir sobre la suerte de sus, en ese momento, rehenes.

“Celulares, billeteras y si tienen plata ahí, dénmela de una” dijo el no muy agraciado hombre que dejaba ver una amplia cicatriz en su cuello. Mi reacción fue de inmediato darle lo que pedía. Pensé que si hacía lo que el personaje decía, no nos harían nada. El problema fue que no contaba con la reacción de Carolina, mi entonces amante. Comenzó a llorar desaforada, y la situación empeoró cuando se dio cuenta de que no había traído su cédula de ciudadanía. Nuestros dos captores, sí captores, porque por casi una hora ellos nos secuestraron, comenzaron a hacer comentarios al respecto. “Ah, que embarrada, no la van a reconocer rápido cuando dejemos su cuerpo botado” dijo el bizco. Y scarface replicó con un “pero primero la pasamos rico los tres”. Soltó luego una carcajada que me hizo pensar en lo que uno siempre oye en los relatos de las personas que han ido y vuelto del más allá. Se me pasaron por la cabeza algunas de las imágenes de mi vida, de mi familia, de la Virgen María, y sobretodo, la imagen de cuando vi a Carolina por primera vez.

Media hora después de haber comenzado una travesía por algunos barrios del norte de Bogotá, de repente nos detuvimos. Reconocía esa calle y el banco frente a nosotros. Estábamos en Colina Campestre, el sector donde había crecido. “Bueno, espero que me haya dado bien la clave de la tarjeta” dijo mi acompañante del puesto trasero. Guardó su arma por primera vez en toda la noche. Seguramente estaba cansado de ponérmela en la sien. Caminó hacia el cajero y volvió pocos minutos después. “Listo chino. Por ser legal, sólo los vamos a asustar. Bizco, camine pa’l ghetto” dijo con la cara de satisfacción que produce tener 800.000 pesos robados en el bolsillo. A partir de ese momento el ambiente se logró caldear un poco. Nos dirigimos por la calle 138 en dirección hacia Suba. Carolina se había calmado, y aprovechando la coyuntura, decidí empezar a hablar con mi nuevo amigo, que entre otras cosas, encontraba de buen gusto la forma en que me había puesto lo pantalones con el fondillo casi en las rodillas. “Yo estudio derecho de día y soy ratero por la noche. Así toca” dijo, no sé si mintiendo o diciendo la verdad. En todo caso, ya nos acercábamos al final del camino. De esto me había percatado cuando comenzamos a subir por una carretera alterna que conduce hacia unas colinas despobladas en la mitad de la localidad de Suba.

Lo último que recuerdo haber oído de mis captores fue “comiencen a correr o les echamos bala”. Una extraña fuerza se apoderó de mi cuerpo, tomé a Carolina de la mano y corrimos en la mitad de la nada por cinco o diez minutos. Lo mejor de haberme percatado de que los sujetos nos habían dejado ir sin habernos tocado un pelo, no fue respirar el aire de libertad en mis atareados pulmones que aguantan 22 cigarrillos al día, sino sentir el cuerpo tenso y las lagrimas de felicidad de Carolina en mi cara y en mis manos. El saldo material del incidente no fue poco. 1’350.000 pesos en efectivo, un bajo Washburn XB 100 con el cual había aprendido a tocar y el dolor que dejó el vació de mi Corsa Active color azul rey, del cual sólo había pagado las tres primeras cuotas se perdieron para siempre. Carolina perdió 25.000 pesos y un celular Nokia 3300.

Para hablar enteramente de lo que pasó después necesitaría escribir un tratado que explique el origen del comportamiento incompetente e insultante de la policía bogotana. Lo que quedó de esa noche me hizo ver simplemente que todo puede acabar en un instante. Así fue de hecho con Carolina. Aunque tendremos la misma marca por toda la vida, preferimos entonces no hacer comentario alguno, salvo a nuestras familias. Pocos meses después, ella empacó sus maletas y se fue a vivir a Suiza. Los maleantes, por supuesto gracias al interés de la fuerza pública por las necesidades de los ciudadanos, nunca fueron identificados. Luego del trauma que me causó esa divergente y extraña noche, de la cual restan en mí algunas secuelas que no me dejan caminar tranquilo por las calles de mi ciudad, comencé a pensar en algo. El polvo en que me convertiré será la pared del hogar de miles de insectos. En cualquier momento, sin que yo lo sepa, mutaré en esa forma, sin poder hacer nada para cambiarlo.

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2 Responses to Un paseo escabroso

  1. Unidos contra el paseo Millonario..
    visite http://www.clave-del-panico.org Unamonos!

  2. mteheran dice:

    Este es el pais que tenemos los colombianos, un pais sin justicia, un pais donde la gente no puede pensar en su futuro por a todos nos matan nos destruyen, donde un asesino no dura mas de un año en un carcel ese es mi pais.

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