La voz detrás de Satanás. Tres pinceladas sobre Mario Mendoza

Por: Julio Caycedo

En el 2002 la novela Satanás hizo que Mario Mendoza se convirtiera en el primer y único colombiano que ha ganado el Premio iblioteca Breve Seix Barral, galardón otorgado también a autores de la talla de Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Guillermo Cabrera Infante. Hoy, seis años después, Satanás ha sido exitosamente traducido al cine, al italiano y al portugués. Mendoza, entre tanto, ha publicado 4 novelas más, ha cultivado un público de miles de lectores y otro de incontables enemigos.

Mendoza le dio voz al Satanás que camina entre los bogotanos

Mendoza le dio voz al Satanás que camina entre los bogotanos

Mario Mendoza (Bogotá, 1964) vive en el apartamento 701 de uno de los edificios sin ascensor de un conjunto cerrado que queda sobre la calle 140 arriba de la carrera 10. Su apartamento, ocupado por varias bibliotecas y cuadros enormes, tiene grandes ventanales y claraboyas por los que entra mucha luz. Al autor de Satanás, contrario a lo que piensan muchos de sus lectores y desconocidos, no le gusta para nada la oscuridad.
Llegué a la cita con él 15 minutos antes de lo que habíamos acordado. Mario estaba ocupado enviando correos electrónicos para tratar de solucionar la falta de un certificado de vacunación contra la fiebre amarilla que le exigían para entrar a Ecuador, país al que viajará en pocos días auspiciado por la revista Don Juan para escribir la semblanza de un personaje sorprendente. “Pero no puede decir nada marica, si llega a decir algo no le vuelvo a contar un culo. Pero venga, siga guevón, espéreme un minuto que no me demoro nada y ya hablamos con calma”. Lo seguí hasta su estudio y me senté en una butaca alta que él acomodó cerca a su escritorio.
El estudio, al igual que el resto del apartamento, me pareció la antítesis de lo que muchos imaginan sobre un apartamento de soltero. Todo estaba milimétricamente organizado. La cocina estaba limpia. Los papeles puestos por ahí, sobre los muebles, dispuestos de grandes a pequeños. Los libros de sus bibliotecas (Mario lee mínimo un libro semanal, es decir, 52 al año) habían sido decididamente organizados por autores, temas y nacionalidades. Desde la butaca observé que Mario, incluso cuando escribe para internet, es ultra cuidadoso, como con todo, con sus tildes, sus comas y sus puntos.
En la puerta de madera del estudio hay clavado con chinches un afiche en el que aparece de cuerpo entero Raúl Gómez Jattin, con la mochila terciada, caminando sonriente por las calles de Cartagena. Frente al computador, a espaldas del escritor que mira la pantalla, hay un tablero de acrílico blanco en el que están enumeradas las características de todos los personajes principales de su próxima novela. Bajo el tablero, en una biblioteca de un metro de alto por dos de ancho, hay un par de cabezas del Buda y algunos papeles de esos que hacen evidente que las personas famosas también tienen vidas como las de el resto de mortales: recibos de servicios públicos, papelitos con anotaciones varias y un certificado de inscripción para correr en la media maratón de Bogotá. “Ese es mi otro lado guevón. Yo soy deportista. Pero espéreme un segundo y le muestro cosas del putas”.
Para no interrumpir más su sesión de gmail que evidentemente tenía que despachar, saqué de mi maleta un six pack de Poker, le ofrecí una y le pregunté si podía salir a fumar a la terraza. Mario ahora estaba revisando el buzón de entrada. “Claro guevón, pero también puede fumar aquí sin problema. Qué rico que se le ocurrió traer cervezas, qué pena, debería haber sido yo el que tuviera algo de tomar para su visita, pero es que me agarró ocupadísimo por estos días, usted vio cómo fue la Feria del Libro, pero espéreme un segundo que ya voy a terminar.”
La terraza se extiende por toda la cara occidental y sur del apartamento. En un extremo hay una mesita con cuatro sillas metálicas en las que parece delicioso sentarse a leer; al otro lado hay un barbecue que el mismo Mario mandó a construir porque le gusta cocinar. Una vez hizo una lasaña con salchichas bastante sabrosa de la que los invitados incluso repitieron a pesar de las salchichas. “Espéreme un segundo ya salgo guevón, qué pena, ¿quiere un vaso para su cerveza? yo me voy a servir en uno”.
Conocí a Mendoza ocho años atrás cuando entré a estudiar literatura en la Pontificia Universidad Javeriana. Él dictaba la “introducción a la literatura” en la que muchos estudiantes vislumbramos emocionados la multiplicidad sicológica que parece habitar a los seres humanos, idea que ejemplificaba, entre otras, con la lectura de El extraño caso del Dr. Jeckill y Mr. Hyde, el mismo título que la policía encontró en un bolsillo de la chaqueta del cadáver de Campo Elías Delgado, el excombatiente de Vietnam que asesinó el 4 de diciembre de 1986, en un lapso de 12 horas, a una veintena de personas en el restaurante Pozzeto de Bogotá antes de suicidarse. Mario lo había conocido. Había cruzado un par de charlas con él en los mismos pasillos javerianos por los que caminábamos los estudiantes. Todos oímos obnubilados las distintas versiones que Mario contaba, semestre tras semestre, sobre el asesino. Para él el episodio siniestro marcó una nueva era negra de Bogotá: el ingreso en las tinieblas, el descenso a los infiernos que retrataría en Satanás.
Todos los estudiantes de Mario lo admiramos, lo oímos, lo leímos y luego lo odiamos. El cabrón, durante el recorrido por los pasillos que llegaban al salón hablaba de fútbol, nos saludaba a todos por nuestros nombres y nos comentaba sus opiniones sobre los trabajos que le habíamos entregado y que él calificaba y comentaba cuidadosamente con frases como “Muy lúcidas interpretaciones”, “Muy buena relación entre los textos”. Adentro del salón, el tiempo parecía detenerse. Sus ejemplos, tonos de voz y representaciones gestuales, hacían que la realidad del texto que estuviéramos leyendo, fuera el que fuera, se sobrepusiera a la realidad real. El tipo tenía, y tiene aún, la capacidad de traer la realidad literaria.
Sus ejemplos y profundo amor y conocimiento sobre los temas sobre los que hablaba, acababan sobreponiéndose a la realidad tangible. Uno de pronto dejaba de estar en la Bogotá del siglo XX en clase de literatura, para estar en el manicomio frente al cual Nerval, el autor de Aurelia, había terminado con su vida colgándose de una farola parisina. Luego, al salir de clase, el buen Mendoza olvidaba los rostros de sus estudiantes. Si uno no le cortaba el paso para saludarlo, el muy arrogante –decíamos sus estudiantes- no era capaz siquiera de saludar. Luego me enteraría que la moral de Mario no solo le impide hacerse amigo de sus estudiantes ya que él está ahí para calificarlos, sino también acceder a las mujeres que se le ofrecían por su seductora condición de escritor: “él no obtiene favores sexuales a través de sus conocimientos de literatura, porque siente que si lo hace está prostituyendo su oficio, su pasión”, dice uno de sus amigos de más tiempo.
¿Podía haber algo más infame para el estudiante que quería pasar más tiempo con el maestro al que admiraba que el desdén? Muchos opinaron que no y dejaron de saludarlo. Incluso se crearon grupitos de estudiantes, abalados por varios profesores hipócritas, que lo llamaban el gran actor, aquel que solo seducía. Un buen día Mario renunció a la Universidad y hasta la fecha, según uno de los jesuitas que fundaron la Facultad de Literatura de la Javeriana, nadie ha podido darle la talla al reemplazarlo. Mario había decidido, después de once años de docencia como catedrático, dar el salto al vacío en el que le apostaría a convertirse de tiempo completo en escritor. Eso era lo que deseaba y estaba dispuesto a jugársela completa. Aún hoy, con la experiencia de haber aguantado hambre por dejar de trabajar y dedicarse solo a su obra, está absolutamente seguro de que nadie puede ser escritor de medio tiempo, de que los que llegan lejos son únicamente los rigurosos. “Yo encuentro la inspiración trabajando todos los días, escribiendo durante siete horas al día sin parar, releyendo, corrigiendo. ¿Usted cree que se puede escribir una novela trabajando únicamente durante los fines de semana…? Me mira a los ojos y hace una pistola enfática al aire con la que parece querer decir: ¡las guevas!
Durante la última edición de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, después de una conferencia en la que nuevamente vi al público embrujado con la voz y la precisión bibliográfica de Mario, lo abordé para preguntarle si me ayudaría a escribir un perfil sobre él. No solo me respondió que “claro guevón”, sino que además me dio los teléfonos de las dos personas que según él mejor lo conocen. Era cierto. Uno de ellos es filósofo, es su guía de lecturas de filosofía y estudió con él durante el pre-grado; el otro no solo lo salvó del hambre prestándole todo su dinero para que pudiera comer antes de que se ganara el Seix Barral, “creía en él desde siempre”, sino que además actualmente es su contador.
Cuando Mario finalmente apagó el computador, yo ya había abierto la segunda lata de cerveza y él apenas se había tomado la mitad de la primera. Dos horas más tarde, cuando yo me estaba terminando la cuarta y él apenas comenzaba la segunda, me enteré que aunque le gustaba la cerveza fría, en general no disfrutaba el trago. Su padre -ya fallecido- había sido alcohólico, motivo por el que Mario había tenido suficiente tiempo para darse cuenta de que lo suyo no era por ahí. Mario es un personaje que está cómodo entre su piel. Cuando entré de la terraza y me senté nuevamente en la altísima butaca, comenzó a hablarme, con los pies subidos ahora sobre el escritorio, del país y de su generación con ejemplos deportivos. “Mire guevón, un gringo que es vencido en una competencia deportiva, se levanta al día siguiente para entrenar desde más temprano; un colombiano en cambio, vencido en las mismas circunstancias, pide que le hagan al hijueputa que le ganó un control de doping”. Eso es lo que tiene sumido al país en el subdesarrollo: la envidia. En Colombia al que le salen las cosas bien, o es un tramposo o es un rosquero.
“Usted no se imagina la cantidad de enemigos que me gané después del 2002. Antes no, porque yo no era nadie conocido, pero ahora hay un resto de personas que me sonríen y me hacen pistola ente los bolsillos de la chaqueta”. La generación de escritores del boom latinoamericano se tiraron rayo entre ellos. En cambio en la de Mario, según él, integrada por tipos como Jorge Franco, Héctor Abad Faciolince y Santiago Gamboa, la generación mutante como los llamó el Orlando Mejía Rivera, ha funcionado más como un equipo de ciclismo. “¿Ha visto como operan?” El que va de líder es el que va poniendo el pecho y los que van atrás van chupando rueda. Nosotros funcionamos en bloque y no como individuos independientes.
A Santiago Gamboa, el autor de El Síndrome de Ulises, que fue compañero de Mario en la universidad y estuvo casi a punto de vivir con él cuando apenas cumplían los 19, le escribí para preguntarle por sus impresiones sobre Mario como persona y como escritor. El mutante me respondió en breves líneas que lo que necesitara saber sobre Mario debía preguntárselo a él, ya que sus opiniones serían simplemente eso: impresiones. La impresión que tuve es que ellos ya no son los amigos que la gente dice que fueron en alguna época. Mario habla con afecto sobre Gamboa, Gamboa en cambio, entre líneas, parecía desear un análisis de doping para su antiguo compañero de clases. Un lector agudo, de esos que no comen cuento, me dijo que la diferencia entre la obra de Mario y la de Santiago, en donde posiblemente radica su aparente enemistad, es que el primero estaba tratando de solucionar un problema vital, y el segundo uno estético.
Luego nos sentamos en la sala. Mario se acomodó cuan largo es en el sofá y puso a Jethro Tull en el equipo. A él le gusta el rock sinfónico y la salsa, ritmo con el que dicen que se desenvuelve muy bien a la hora del bailar. Hablamos durante largo rato ahí sentados y me contó que el día que Cabrera Infante le dijo, 45 minutos antes de la rueda de prensa, que el jurado del Seix Barral lo había elegido como ganador, se volvió polvo. Miró para atrás y se acordó de toda el hambre que había aguantado. En esa época tenía pegado en la nevera, vacía claro, un papelito que decía: “No puedo ir a restaurantes lujosos, no puedo comprar ropa, no puedo comprar libros (eso era lo que más le dolía)… Sí puedo ir a cine porque es barato”. Mario tuvo que encerrarse en su habitación del hotel. Lo primero que hizo fue llamar a su papá, despertar al viejo que en la madrugada colombiana estaba ya durmiendo y decirle que a pesar de todos los pronósticos, se había ganado el premio. Luego llamó a su amigo Quintero, el contador ordenado como budista zen, y le dijo feliz que por fin tenía para pagarle toda la plata que le había prestado.
Mario me mostró sus manuscritos de Satanás y de Los hombres invisibles (titulada originalmente La tribu de los hombres invisibles) archivadas cuidadosamente en fólderes divididos por capítulos con post it. Me dijo que aunque lo que más le gustaba era escribir con lápiz Berol Mirado No. 2, ahora escribía directamente en el computador porque era menos trabajo. Antes escribía a lápiz, borraba, corregía y luego pasaba al computador, proceso en el que acababa corrigiendo una vez más. “El doble de trabajo guevón”. Luego me llevó a la biblioteca del comedor para enseñarme algunos párrafos que le habían encantado. “Esto se lo tiene que leer guevón, es una putería, mire este párrafo”, y así me leyó varios párrafos de varios autores distintos. Miraba las estanterías, abría los libros y me leía párrafos que sabía exactamente en qué páginas se encontraban. En algún momento timbró el teléfono y se fue a contestar. Yo me quedé leyendo un fragmento de una novela de un Mendoza mexicano en la que un personaje reflexionaba sobre la cantidad de vulgaridades que usaba su interlocutor. La reflexión comenzaba en lo molesto que le resultaba que su interlocutor hablara así, y terminaba en que la molestia seguramente se originaba en que él también era vulgar pero tenía “menos cojones para admitirlo”. Cerré el libro, lo puse en el estante del que Mario lo había sacado y le dije en voz alta tan pronto como oí que colgó el teléfono: “que putería de párrafo, estas mierdas sí que vale la pena leerlas”.
Mario tenía que salir y me invitó a que nos reuniéramos nuevamente, esta vez con un amigo mutuo que descubrimos teníamos en común. A la salida del edificio, ya con el sol a punto de ocultarse, Mario me mostró unos limoneros que estaban plantados en el jardín de la casa del lado. “¿No los vio cuando entró? ¡Eso es lo que tiene que aprender guevón!, ¡tiene que aprender a observar! Yo creo que soy una persona que está pensando nuestro tiempo, el de la avalancha de la información, porque soy un tipo que observa. Mis libros, ese clima psicológico que los atraviesa, se nutren de la realidad, de la vida que ocurre frente a los ojos de todos.
Hablamos de libros durante un par de cuadras y luego nos separamos. Yo me senté en un andén esquinero a ver pasar los carros y las personas y a pensar un poco en lo que había hablado con Mario. A los pocos minutos, ya con el sol detrás del horizonte, se parcharon cerca de mi un grupo de skin heads jóvenes, todos con botas militares, pantalones entubados y chaquetas bomper. Uno de ellos le estaba contando a sus amigos que el man de la película Satanás, que era una putería, sí había existido de verdad, que era cierto que le había pegado un tiro a la mamá y que luego había envuelto el cadáver en periódico para quemarlo. Les dijo también que el man que había escrito el libro del que habían hecho la película vivía en el barrio, que él lo había visto en YouTube y que lo había reconocido un día en Carulla. Uno de los calvos dijo que había que buscarlo para preguntarle si la vaina del tal Campo Elías era cierta, y el otro le respondió que ni por el putas, que al tipo ese -a Mario- se le veía la maldad en la mirada. Yo entendí entonces, en la vida real, qué quería decir Mario cuando decía que la realidad y la ficción se alimentaban constantemente la una de la otra
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4 Responses to La voz detrás de Satanás. Tres pinceladas sobre Mario Mendoza

  1. marta dice:

    essta novela es muy vacana

  2. jhon eduard dice:

    bueno, soy estudiante de español y literatura, estoy trabajando el libro de Mario Mendoza Scorpio City para mi trabajo de grado, y si tienes informacion al respecto te lo agradecerìa. si tienes el correo del autor enviamelo. gracias. con elaciòn a la novela dejame decirte que, tal vez, es una novela que permite dejar ver una realidad que muchas veces se quiere ocultar, que bueno que exista un tipo de literatura urbana critica que indage sobre esa verdadera realidad que existe en las diferentes ciudades de nuestro pais…

  3. Natalia dice:

    Julio, te felicito sinceramente. Qué perfil tan espectacular. También tuve la oportunidad de ser alumna de Mario hace varios años en la Javeriana. Y recuerdo igual, lo absortos que nos mantenía en clase, tal cual lo dibujaste. Y sí, ese es el Mario Mendoza de ahora. Un ser humano dedicado por entero a lo que más ama y sin mayores pretensiones que la de retratar la historia de su tiempo. Sus escritos tienen la cualidad de poner al lector contra la pared.
    Felicitaciones Julio.

  4. SAMUEL dice:

    Hola. cuando uno comienza a leer algún libro de Mario Mendoza comienza a internarse en una realidad que muchas veces se intenta mantener oculta ¿por qué, nos preguntaríamos? Diría que al respecto entran en juego múltiples intereses de orden político, económico, cultural o social. Mendoza nos muestra una realidad atravesada por el caos, la incertidumbre y el abatimiento de sus personajes. la ciudad que modeliza atrapa a sus personajes en su labrinto, los confunde, los hace presas de sus miedos y, finalmente, los destruye, tanto física como espiritualmente. ciudad apocalíptica que impide a sus moradores ulgún atisbo de esperanza…tal vez esa sea la razón por la cual me interesa la lestura de Mendoza. A lo mejor me siento identificado con esas personas que frecuentan sus libros..

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