Conflicto, identidad y FARC

Por: Mauricio Palma

Conflicto. Una palabra que retumba en el oído de seis mil millones de personas. De Filipinas a Chiapas y del Xinjian a Angola se libran disputas entre ciudadanos y rebeldes, entre ejércitos y tribus, entre creyentes y no creyentes. Lo extraño es que aunque esto al parecer ha sido la constante de la humanidad, pues no ha habido a ciencia cierta un periodo de la existencia donde la paz haya estado presente de manera perpetua -y seguramente nunca lo habrá-, la tipología de los conflictos en el mundo ha cambiado. Esto es cierto por lo menos desde el fin de la Guerra Fría hace casi veinte años. Hoy las excepciones son pequeños grupúsculos de agitadores que aún se baten dentro de un conflicto ideológico al mejor estilo de la guerra de guerrillas. ¿Por qué éstos pretenden seguir dentro de un juego que al parecer tienen perdido? ¿Acaso la nueva suerte de disputas a partir de características mayoritariamente étnicas, culturales y religiosas hacen que los últimos conflictos herederos de la Guerra Fría terminen por ser obsoletos y por desvanecerse ante un mundo que tiene otros intereses como el establecimiento de una identidad clara y definida entre los pueblos?

Los conflictos que han tenido algún tipo de resultado y que han sido seguidos de cerca por el lente de los medios internacionales en los últimos años, poco y nada tienen que ver con las luchas de guerrilleros que se daban en los años sesenta y setenta en continentes como el americano, al africano y el asiático. Dos marcadas excepciones, las FARC en nuestro país y, tal vez, el Ejército Popular de Liberación de Nepal, alcanzaron a tener algún grado de relevancia en el exterior –como por ejemplo en el momento del rescate de los quince secuestrados por parte del gobierno colombiano-. Sin embargo, fueron los casos de la partición en diferentes Estados independientes en el territorio de la antigua Yugoslavia, las depuraciones étnicas entre Hutus y Tutsis en Ruanda, la acentuación del conflicto arabo-israelí a partir de la proclamación de la segunda Intifada, la aparición de redes terroristas del estilo de Al-Qaeda o los atentados de grupos como ETA los que han tenido la mayor atención de la audiencia en los últimos veinte años.

Esto, sin duda, no debería ser considerado como una novedad. Cuando la Cortina de Hierro cayó, y la mayoría de los países autoproclamados como “comunistas” cambiaron su forma de afrontar la economía, -como lo hizo China desde la época de Deng Xiaoping a través de su proclama de “un sistema, dos economías”- los intereses de la gente en el globo cambiaron. Las proclamas nacionalistas, con un estrecho sentimiento de pertenencia cultural, religiosa y en muchos casos étnica, fueron las que configuraron el nuevo mundo de los conflictos en los años noventa. Además, la tecnología, el acceso a los medios de comunicación, y en un sentido claro, el “aplanamiento del mundo” a partir del proceso de globalización, hicieron que los individuos pudiesen manifestarse directamente de manera individual y así influir en la construcción de su mundo sin intermediarios. Este es el caso de las redes terroristas, las cuales pueden coordinar esfuerzos de lucha sin estar territorialmente localizados.

De esta manera se puede ver como la forma de hacer la guerra, y sobretodo, las motivaciones para hacerla ya no caen en el eco de una ideología que parece perdida. Los campesinos del mundo ya no están interesados en una reforma agraria conseguida después de una lucha abierta en contra del gobierno. Están interesados en no perder sus cosechas por culpa de los alimentos subvencionados que logran permear sus economías desde el exterior, cuando no están preocupándose por los extraños fenómenos metereológicos que deben afrontar. Todo lo anterior se ha catalizado dentro de una idea de “identidad”. Ésta ha cogido una extrema fuerza, muchísimo más diciente que la ideología. El debate sobre lo que es ser musulmán, croata, turco-chipriota, chechenio o vasco es más importante en nuestros días que ser comunista, moderado, verde, liberal o conservador.

Hoy en día, en Osetia del Sur, Abjazia y Tranistria un grupo de personas étnica y culturalmente afines luchan por dejar de depender de gobiernos que no comparten sus concepciones identitarias. Kosovo se convierte en un nuevo Estado y los bosnios musulmanes celebran el arresto de Karadzic. En Bélgica se reabre el debate entre los dos principales grupos étnicos del país, Flamencos y Walones. En China Tibetanos y Uigures buscan la autonomía de un gobierno constituido por terceros. En Sudan y Chad, en medio de gobiernos tiránicos, algunos grupos de ciudadanos tratan de traer a colación su identidad religiosa como forma de resistencia. Mientras tanto en Colombia nos tenemos que aguantar a una guerrilla corrupta cuyo único punto a favor es haber permanecido activa defendiendo un discurso que ya pocos creen gracias al mercado negro del narcotráfico, la extorsión y el secuestro.

La ideología ya no compone al conflicto en el mundo. El caso de las FARC es simplemente una excepción que perduró gracias no sólo al conformismo y al letargo de una sociedad como la colombiana, sino a gobiernos y fragilismos en la población que no habían entendido que la identidad era el nuevo vehículo. Este componente lo vemos hoy materializado en el concepto de nacionalidad. El actual gobierno ha apelado a la movilización de las personas a partir de una identidad nacional hasta hace poco dormitante y los resultados se están comenzando a ver. Aunque este componente trae consigo consecuencias, como cegar a la población de los diferentes problemas que también hacen parte de Colombia –que no son sólo institucionales y económicos, sino de justicia social-, cabe remarcar y de una vez entender que ésta es la tendencia mundial. No es un invento de un gobierno ni de un grupo de personas. Es simplemente el conducto natural del mundo. Este instrumento de lucha hará que llegue el momento en que las FARC desaparezcan, de forma violenta o negociada, pero este no será sino el resultado de un proceso, donde la ideología quedó atrás.

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