Sao Luis, bang, bang, bang

Por: Nathan Jaccard

 

 

 

 

 

 

 

“No cometerás actos impuros”, leí alguna vez, no recuerdo donde. Sordo a estas palabras, iba recorriendo Brasil, mochila al hombro. A mi compañero de viaje le había dado mamitis y a esta altura del paseo vagaba solo por el Nordeste, la región más pobre, seca y africana del país.

Mis andares me guiaron a Sao Luis de Maranhao, calurosa ciudad colonial a 1500 kilómetros al norte de Barsilia.

 

Bang

 

No llevaba treinta minutos en Sao Luis y ya me había hecho mi primer “amigo”, Alex, un negro de 35 años, rasta, guía, profesor de Capoeira, el arte marcial brasilero, músico, en fin, el paquete completo. Me dio una vuelta por la ciudad, botándome dudosos datos históricos y me invitó a convidarlo a unas cervezas. Están sedientos en esos países.

Unas cinco botellas más tarde, con los bolsillos vacíos, sueño y ganas de zafarme del pseudo rasta paz y amor que se estaba aprovechando de mí, decidí irme al hostal.

          “Espera, espera, no te vayas”, me increpó Alex.

          “Ya vuelvo, vengo de 30 horas de bus (Brasil es muy grande), todo bien”, contesté.

          “Bueno, pero que Eunice te acompañe para estar seguro de que regreses rápido”, me dijo, ofreciéndome la mano de una esbelta mulata, que llevaba varias cervezas con nosotros.

 

Subimos al cuarto y  me duché con chanclas en los baños comunitarios. Volví al cuarto, limpiecito, me cambié y empecé a hablar con Eunice, en portuñol, la mezcla del castellano y del portugués, sobre el amor, el lenguaje internacional por excelencia. Mientras me contaba de su hijito, de su trabajo de vendedora de celulares, empezamos a besarnos, estilo brasilero.

Fuertes golpes en la puerta partieron el encanto.

Era el pesado de Alex, que me pedía un par de reales, la moneda brasilera, prestados. Se los dí, para deshacerme de él y seguir con mi faena.  Sólo me recomendó usar camisinha, condón en brasilero. Muchas horas después (bueno, seguro fueron diez minutos después), salimos a la calle, abarrotada. “Hoy es sexta feria, viernes, y todo las ciudad sale a bailar a la calle” me dijo Eunice al presentarme a Danielle, una amiga, e irse a cuidar al hijo. “Perfecto”, pensé  al despedirme.

 

Bang

 

Danielle tenía 19 años, bajita, mezcla entre brasilera y boliviano, de trenzas reggaetoneras tipo Don Omar y charladora. Nos fuimos errando por los callejones empedrados de Sao Luis, tomando cerveza y zapateando al ritmo del Pagode,  una especie de Samba infernal. Difícil cuando ni siquiera domino el merengue.

Envalentonado por mi éxito femenino de la tarde y pensando que ya no había nada que perder, le planté un beso. Besuqueándonos, cogidos de las manos como recién ennoviados, seguimos vagabundeando por las discotecas del centro.

Al final de la noche Danielle me dijo que vivía lejos y que tenía problemas con su compañero de cuarto, un misterioso personaje que no quería citar. 

Como buen samaritano, le ofrecí un puesto en mi solitaria cama doble. “Está un poco destendida, no le pongas cuidado”, le sugerí. A esa hora, mi portugués fluía como la brisa de la madrugada.

 

Bang

 

El guayabo entró con cuatro golpes mañaneros, secos, empapados de gritos, que trataban de tumbar la puerta. Temeroso, me levanté y Danielle abrió.

Era Alex, el rasta, iracundo. Sin entender la situación, veía con terror a un negro de dos metros arrimándose, los puños de frente. Alex rapó mis cosas, arrojándolas al suelo.

          “Qué te pasa, cálmate, estás loco”, atiné a decirle, levantando las manos al aire en son de paz.

          “Perdiste niño”, gritaba entre dientes,  tirando patadas Ninja.

El administrador del hostal, un holandés molido por el trópico, nos separó. Bueno, más bien apartó a Alex de mi garganta y lo echó del albergue. Sin decir palabra, me asomé por la ventana, viendo a Alex jalando a Danielle por el brazo, vociferando delante de un Sao Luis atónito.

Me volteé, perdido. El holandés me dio un vaso de agua. “Alex es el novio de Danielle, viven juntos”, informó. “Te tienes que ir rápido”, añadió. Las peores escenas de La ciudad de Dios, violente película brasilera, atravesaron mi cabeza. Temblando, con ganas de vomitar, empaqué, cogí un mototaxi al la terminal y me monté en el primer bus a Recife, ciudad del Nordeste.

 

De rey pasé a bufón, inocente actor de una obra de teatro callejero que daban delante de todo el pueblo. Maldije a mis papás ateos por no enseñarme el maldito sexto mandamiento. “No cometerás actos impuros”. Ah, y Alex nunca me devolvió los reales que le había prestado.

Anuncios

3 Responses to Sao Luis, bang, bang, bang

  1. Giorgio All Bar & Sin dice:

    Caqueto, nada mal este relato, lastima el ultimo parrafo (De Rey…prestado) que no aporta nada y si le quita ligereza al resto. Saludos pana

  2. Jalule dice:

    EXCELENTE…
    excelente.

    El cierre, sí es cierto, no tiene la misma densidad de lo primero que escribiste, pero muy bueno el texto…
    ¿para cuándo, el próximo?

    😀

  3. Alex dice:

    Jajaja q bueno el relato me gusto mucho ^^
    suerte !

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: