La promesa…

Por: Miguel Saldaña

Todo aquel que armó los arcos con dos piedras y jugó un buen picado de fútbol en el asfalto áspero de la calle de su barrio, sabe la sensación de dolor que produce llegar a la casa, entrar a la ducha y tener que poner en contacto las peladuras de sus rodillas con el agua y el jabón. Para mis pobres articulaciones era una rutina que no se podría cambiar. Sin importar que las heridas hubiesen cicatrizado, aun así, al día siguiente sacaba mi balón y me reunía con mis amigos para comenzar un nuevo encuentro. El fútbol desplazó la química, la matemática y la física. El fútbol se convirtió en una pasión.

Las aulas de clase se transformaron en campos de fútbol. Pasar, rematar y controlar el balón bien, eran mis tareas. Comencé a los 13 años a competir representando a la selección de mi colegio en campeonatos intercolegiados de Bogotá y Cundinamarca. Ganamos varios torneos. Mi experiencia como jugador y como persona crecía, pensaba que mi destino estaría ligado con ser un profesional del deporte más lindo del mundo. “Es una promesa” decían entrenadores, amigos y familiares que me veían jugar, y no es por dármelas pero mi nivel en ese entonces era superior al de muchos niños de mi edad.

Después de jugar un partido por un torneo de Bogotá, llegó la oportunidad. El entrenador del otro equipo se interesó por mis aptitudes para jugar al fútbol y se acercó para decirme que si quería empezar a entrenar con uno de los equipos profesionales de Bogotá, el Independiente Santa Fe. No me gustaba mucho el equipo, pues siempre le he seguido los pasos al equipo azul de la capital, al equipo más veces campeón del fútbol colombiano. Pero para conseguir buenas cosas hay que hacer sacrificios y sin pensarlo dije que si.

A mis 14 años ya entrenaba con las divisiones menores de Santa Fe. Con buenos entrenamientos y buenos partidos consolidé un lugar en el equipo. Mis expectativas crecían y tenía la certeza de que llegaría a jugar en el fútbol profesional, pero no contaba que por algún motivo las cosas se podrían truncar. Un día lluvioso y gris presagiaba que en el entrenamiento algo iría a pasar. Un balón dividido entre el defensa central y yo, que era volante de recuperación lo fuimos a disputar. Comenzamos a correr, ambos tomamos velocidad para acercarnos al balón. Llegamos casi al mismo tiempo, yo extendí mi pierna izquierda para contactar primero, él en su afán de poseer la pelota se lanzó en una barrida con los taches hacia arriba que arrasaría con mi tobillo, dejando como saldo un pie destrozado y mis esperanzas hechas trizas. Los médicos no dieron esperanzas, el fútbol de competencia se había acabado para mí.

Por obligación me aleje de lo que más me gusta. En ese momento el fútbol quedó reemplazado por problemas con la química, la matemática y la física que por poco no me dejan graduar. Mis padres al verme estático e imposibilitado para volver a pisar un campo de fútbol me dieron la oportunidad de comenzar a estudiar una carrera universitaria. Y tal cual jugador retirado me ilusioné con llegar a ser un profesional en el tema futbolístico.

Empecé a estudiar y aprender sobre técnicas, tácticas y conceptos del deporte. Ya no jugaba fútbol pero si lo practicaba por medio de un papel. Plantear estrategias para meter el balón en medio de los tres palos eran mis retos. Después de 6 años de estudio me gradué.

Con 25 años, ahora soy un profesional del deporte, que escribe y plasma el fútbol en un papel, que recuerda con nostalgia y alegría los grandes momentos que logré pasar con el deporte y los grandes momentos que aún me hace pasar. Y cada vez que veo en mis piernas las cicatrices marcadas por intentar hacer una jugada fabulosa, o un gol de fantasía me enorgullezco de hacer parte este mundo maravilloso del fútbol.

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