Geek punk o anarquía en la nevera

ego;

 Por: Gloria Susana  Esquivel González

(foto: http://www.flickr.com/photos/gatocalculista/)

 

Podríamos clasificar el sonido de una licuadora como una continuidad medianamente intensa. Mmmmm, mmmmmmmm, mmmmmmm. Eso nos daría el beat. El choque de los tacones contra las baldosas del piso, clac clac clac, podría hacer las veces batería, pero tendría que estar acompañado por un sonido que llevara la melodía. Pensemos, pensemos…tal vez el de la lluvia de tarde de domingo sobre tejas de barro (ese sonido es como un murmullo, resulta irreproducible en una onomatopeya), o el golpe de la hoja del cuchillo contra la tabla plástica cuando se corta un tomate, sac sac sac. “Todos los eventos sonoros de la vida diaria pueden ser eventos musicales plenos.”, me dice Andrés Gualdrón, teclado, voz y programación de ego; , mientras intenta explicarme el núcleo de su proyecto musical. Ego; es un grupo de pop-punk que intenta introducir en sus composiciones elementos experimentales para cuestionar de manera directa lo que se entiende como música. “Asimilamos sonidos del mundo en nuestra música, pero lo más lindo seria que nuestra música se asimilara a la vida diaria. Que nuestra música no interrumpa el continuo de las músicas que hay.” Intento hacer un compendio de mis sonidos favoritos: el clic clic clic del teclado cuando escribo muy rápido, el maullido seco y profundo de mi gata cuando se pone a cazar moscas, mi esfero negro micropunta cuando hace un primer contacto con la hoja y la rasguña, tras tras tras. Puede que Andrés tenga razón, somos participes de múltiples eventos sonoros, pero no sé hasta que punto eso pueda llamarse música.

 

Andrés no es muy alto. Sus ojos y su pelo son muy negros. No se puede quedar quieto y lo primero que le dice a Juan Pablo Bermúdez, guitarra, voz, programación y contraparte de Andrés en ego; , cuando lo ve es: “Toes que care’ Vietnam”. Ése es el tipo de humor de Andrés; algo hermético y con referencias cruzadas. Cuando le digo a Andrés que me hable de él se ríe y cuestiona mis métodos periodísticos. Después me responde con la voz más seria que tiene que es un ‘pelao descomplicao’, que le gusta la rumba joven, la rumba cross over. Se ríe y baja la mirada. Su voz cambia y se aterciopela. Si las voces tuvieran texturas, la voz de Andrés tendría la textura que tiene el chocolate cuando se derrite y se vierte, pero esa textura y ese tono sólo aparece cuando se pone serio. Me dice que es una persona volátil que se deja llevar por la emocionalidad. Que tal vez esa emocionalidad es la que lo ha llevado a cometer los mayores aciertos y desaciertos que ha tenido en su vida. Su hermano Miguel confirma la pasión con la que Andrés vive la vida, pero asegura que esa emoción puede ser contraproducente, que Andrés fácilmente pasa de la euforia a la tristeza y que a veces no puede soportar el golpe del fracaso. Andrés sabe que es así y muy probablemente eso fue lo que lo llevó a ego; .

 

Su interés por la música comenzó desde muy pequeño. Su papá se desesperaba con él porque era imposible hablar con Andrés sin que estuviera haciendo ruido. Golpeaba las cucharas y los platos a la hora de comer y en el colegio tamborileaba sobre su escritorio con el lápiz. Este interés por generar ruido derivó en la compra de una batería, de la compra a la práctica, de la práctica al estudio, del estudio a la duda: “A mi me interesó la batería desde muy chiquito, pero cuando tuve que mantener el interés por el instrumento, pues, no pude porque llegó mi ser emocional a recordarme que mi verdadera obsesión era la composición.” En ese momento Andrés decidió dejar sus estudios de batería y comenzar a estudiar composición en el programa de música de la Pontificia Universidad Javeriana. Para él, la composición le abrió el horizonte como persona que quiere reflexionar sobre el arte, aunque lo alejó del interés por la interpretación de instrumentos.

Sin embargo, Juan Pablo piensa que Andrés es un muy buen músico. “Él es muy bueno en el nivel mas chévere en el que uno puede ser bueno. La mayoría de las personas piensan que un buen músico es un duro con un instrumento y a él no le interesa eso, sino los aspectos más estructurales del asunto. Además es un duro.” Juan Pablo sabe que no podría haber encontrado mejor ‘partner in crime’. Él ve a Andrés como un tipo de mente abierta que puede disfrutar tanto una copla llanera como una obra serialista, y con el que puede compartir un montón de influencias pop. Juan Pablo dice que Andrés es lo que sale si se mezcla un hippie con un punk con un geek. Yo me pregunto que tipo de música puede salir de esa mezcla.

Juan Pablo es muy alto y usa gafas. También tiene el pelo negro, pero el de él es liso y por esta razón se ve, bajo cierta luz, azulado. Juan Pablo va a otra velocidad. Su hablar es pausado y tras cada pregunta que le hago toma la grabadora y comienza a examinarla bajo diferentes ángulos. Siempre me advierte que se va a tomar su tiempo para responder y yo sólo me quedo observándolo y disfrutando los diferentes juegos que entabla con los objetos que están encima de la mesa. Toma una manzana y la hace girar, golpea un candelabro repetidamente y me pide que escuche el retorno que genera el sonido. Después de mucho pensarlo me dice que él piensa que es una persona a la que le gusta mucho escuchar. Andrés piensa algo diferente sobre él. Me dice que Juan Pablo es un hombre muy valiente, como un primitivo que se mete entre la selva a luchar contra lo desconocido. Resalta de Juan Pablo su gran tenacidad y me confiesa que si no fuera por esa tenacidad el concepto de ego; seguiría estando en pañales. Marleny, quien ha trabajado en la casa de Juan Pablo durante once años, opina igual que Andrés. Para ella Juan Pablo es un bacán, cariñoso y colaborador. No obstante, me dice que desde hace algún tiempo como que se volvió loco porque se la pasa por la casa tirando platos al piso y golpeando las puertas con todo tipo de objetos.

 

Podría decirse que soy testigo fiel de esa experiencia. Juan Pablo decide que hoy será en día en el que se grabará el sonido de un plato metálico golpeándose contra el piso de ladrillo de su casa, splaaat splaaat splaaat, y que le gustaría que yo tirara algunos platos. Después del primer golpe, Marleny sale de su cocina. “Ya me está comenzando a asustar”, dice con un tono resignado y vuelve a entrar seguida de Juan Pablo, a quien se le ha ocurrido una mejor idea. Hoy quiere grabar el sonido de la olla exprés en donde Marleny está cocinando el almuerzo, bluup bluup bluup. Yo le pregunto a ella si no le molesta nuestra presencia y desde sus ojos gigantescos me responde que ya está acostumbrada, que Juan Pablo la ha puesto a cantar, a saltar y a tomarse fotos. Y es que si entramos al myspace de la banda: http://www.myspace.com/egomusica, encontramos que en sus principales influencias, al lado de Chuck Norris y de Lucho Herrera está Marleny Cano. Ella participa en “música concreta”, le samplearon la voz diciendo “weird weird lady” y en la galería de fotos se puede ver una imagen de Marleny con una camiseta roja, frente a una pared blanca entre dos arbustos muy verdes, preparándose a saltar.

 

Ego; se llena de imágenes bonitas y de analogías visuales que complementan lo sonoro. Juan Pablo y Andrés afirman que se encontraron en un momento en el que ambos tenían ganas de hacer lo que se les viniera en gana, sin regirse bajo ningún tipo de regla externa para hacer música. Ellos lo llaman “anarquía”, pues consideran que no hay nada que gobierne su música y que se podría hacer una labor política al intentar recuperar la musicalidad de los objetos que no son categorizados socialmente como musicales. Piensan que su música es geek pop – punk y para mí ese es un gran problema. No entiendo cómo una música tan pensada desde la reflexión estética puede ser pop. Las influencias de ego; se agrupan bajo el título “intelligent dance music” (otro nombre que me pone a pensar en mil y un problemas de marketing y difusión), y entre ellos se encuentran Matmos (reconocidos por grabar junto a Björk y por configurar armonías utilizando samplers de liposucciones) y The Books (quienes se autodenominan coleccionistas de sonidos). Andrés me explica que a la hora de hacer su música, la regla no es ser experimentales sino hacer lo que sienten. Para él una de las influencias más grandes que tiene ego; es Café Tacuba pues “son la prueba viva de que la absoluta libertad puede ser comunicativa”. Juan Pablo lo complementa diciendo que “no por ser experimentales vamos a negar que una batería bien puesta suena una chimba, o que una canción pop bien amarrada es una obra de arte maravillosa. Como “Niño” de Belanova.”

Ver a ego; en escena es una experiencia diferente. El espectador puede encontrar en medio de dos baladas un reggetón que toma como base una fuga de Bach, o una canción cuyo instrumento principal es la voz de Andrés leyendo las instrucciones para usar el shampoo marca “Ego”.  Este tipo de ejercicios en escena hace que algunas personas que los han visto los tilden de “chocolocos sin sentido” o que no entiendan que lo que buscan hacer es otro tipo de “música anarquista” a la que no se está acostumbrado.

Sin embargo, existe un público que si está interesado en la manera en la que ellos conciben la música y que piensan que son originales dentro de la escena bogotana. Esa originalidad resulta muy valiosa para quienes los escuchan y piensan que su música aunque industrial y electrónica resulta orgánica, “la música está muy viva, es un pequeño caos organizadito”.

Juan Pablo me cuenta que alguna vez pensó que Andrés era el gas del briquet y él la chispa, que en determinando momento él quitaba la rendija y se armaba la llamarada. Para ellos el cuestionar la materia prima de la música es un interrogante que les sale de las entrañas. Y dice Juan Pablo: “si uno hace lo que le nace de las entrañas y lo que realmente quiere hacer debe, inevitablemente, salir algo valioso.”

 

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