“Buenos Aires, hoy te falta mambo”

noviembre 11, 2008

 

 

Por: Carolina Rincón

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Desde niña soñaba con tangos y milongas, amaba el acento y el fútbol argentino, deliraba con las canciones de Charlie García y  de Fito Páez. Sin embargo, después de haber pasado una larga estadía en Buenos Aires, capital del tango y de la República Argentina, y aunque la sigo queriendo y hasta la añoro; la realidad que viví convirtió al paraíso que habitaba en mi mente infantil, en una ciudad de la furia.

 

En noviembre de 2004 finalmente se cumplía un presagio. Después de desearlo con todas mis fuerzas, compré un tiquete de vacaciones a mis sueños, empaque una maleta llena de ilusiones y desembarque en tierra gaucha, en el Aeropuerto Internacional Ezeiza de Buenos Aires.

 

Desde que llegué, amé el color barro del río de la Plata, el olor a carne asada, la antigüedad de las construcciones, la belleza de los hombres y de las mujeres, los alfajores, la presencia de los diarios y las revistas en kioscos callejeros, la nostalgia que guardan los bares de tango en San Telmo, un antiguo barrio porteño, y las tardes  en las que las onces eran sorbos de mate, acompañados con unos panecitos deliciosos en forma de luna creciente, a los que llaman “facturas”.

 

Los ojos del turista brillan, todo el mundo sabe cuándo pasa un forastero porque esa persona indaga, se maravilla, quiere encontrar la belleza en cada piedra, en cada pedazo de aire. Yo disfrutaba todo, de cada lugar que visitaba y de cada conversación que entablaba. Estaba disfrutando tanto mi corta estadía, que el día programado para tomar el vuelo de regreso, irreflexivamente decidí perderlo.

 

Salí del lindo hotel que me había incluido la agencia de viajes en el plan que adquirí en Bogotá, y visité un par de inmobiliarias para encontrar ayuda en la búsqueda de un apartamento alquilado. No tardaron en aparecer las dificultades; los lugares disponibles tenían precios exorbitantes y los requisitos para extranjeros resultaban mucho más estrictos por la cantidad de garantías que solicitaban.

 

Yo contaba con un  dinero que me alcanzaba, según mis cálculos, para vivir dos meses. Aspiraba haber conseguido un trabajo en ese lapso, y en realidad sabía que tenía que hacerlo porque no obtendría ayuda de mi casa paterna. Mis padres estaban consternados y ofendidos con mi decisión de quedarme en ese lugar.

 

Después de reflexionar lo anterior, terminé llegando al Hostel Buenos Aires o “la resi”, una residencia universitaria, que quedaba en una casa amarilla que muy lejos estaba de parecerse a la casa de Van Gogh. Desde el primer día que llegué, me recibió en la puerta una cucaracha negra y peluda de tres centímetros de largo y uno y medio de ancho. Ese mismo bicho o uno igualito a él, fue mi anfitrión durante toda la estadía en “la resi”.

 

Me tocó compartir una habitación, que no llegaba a los tres metros cuadrados, con Javiera Molina Mallea, una chilena noctámbula que me odió tan pronto me vio llegar, puesto que hacía unos días, la administradora del lugar le había propuesto que pagara 30 pesos más mensualmente, unos 10 dólares, por no seguir ofreciendo la cama de arriba de su litera en el cuarto número 12. A pesar de su rechazo inicial, el tedio de la convivencia nos obligó a hacernos amigas.

 

Las dos empezamos a vivir Buenos Aires desde el otro lado de la moneda. Comenzamos a ser habitantes, a tener afán, a buscar oportunidades, a comprar comida en el supermercado chino de al lado, a cocinar en una cocina sucia, a compartir el baño con 27 jóvenes más, a esperar un turno eterno para usar un computador, al que al prenderlo, emergían páginas pornográficas y muñequitos emotivos.

 

Salir a la calle también lo puedo contar en un antes y un después.  Cuando era turista, miraba la arquitectura, los grandes teatros, la publicidad y las vitrinas; ahora, observaba cuidadosamente el piso para no pisar mierda de perro o alguna cucaracha gigante de las que pululan por todos los rincones de la ciudad del tango.

 

Aunque ya no era lo mismo, y la ciudad ya no me olía a carne recién asada, sino a humedad y a basura, todavía no me había desencantado del todo. Escribí mi propia historia de amor con un músico paranoico, muy argentino, que me hizo leer poemas y que luego  me rompió el corazón; conseguí un trabajo en una fundación, en la que aprendí entre otras cosas trascendentales, sobre la corrupción de quienes protegen asuntos de derechos humanos; también, y eso fue lo más importante, encontré amigos leales a quienes todavía llevo en mi corazón.

 

Después de 5 meses a mi amiga chilena y a mi nos echaron a la calle porque yo me había envalentonado y no había querido firmar una cláusula de convivencia que adicionaron al contrato de alquiler del Hostel Buenos Aires, inmediatamente después cometí un error y no hubo tregua, la misma cucaracha o una igualita a la que me había recibido, fue la única que salió a despedirse en la puerta de la casa amarilla, en el verano de 2005.

 

Iniciamos un recorrido macabro por las calles porteñas, en tres meses pasamos por 6 hostales. No conseguimos ninguno mejor que el otro, todos muy sucios; en uno nos tocó compartir habitación con otras 5 personas;  el otro, sin que nos diéramos cuenta inicialmente, resultó ser un motel de mala muerte que frecuentaban homosexuales; en el otro encontramos una nueva cucaracha, más grande aún que la de “la resi”, a la que no nos pudimos acostumbrar… Al final, llegamos a un hotel que se acomodaba a nuestro presupuesto y en el que nos daban desayuno y ahí nos quedamos el último mes. Estábamos trajinadas, feas, desencantadas y económicamente arruinadas.

 

Después de mucho buscarlo, encontramos un apartamento que quedaba en el barrio donde vivían muchos judíos, sus calles estaban llenas de excrementos, pero qué más daba, por fin un sitio de donde no nos echaran y que tuviera llaves.  Nos lo alquiló sin garantía, un amigo de un amigo que nos lo prometió amueblado. Al final, nos dio un par de colchonetas, una nevera vieja cundida de pequeñas cucarachas, un televisor que nunca nos enteramos si era o no a color, y unas sillas rimax. No había teléfono,  no servían las luces de la cocina y tampoco la chapa de la puerta, los bombillos de la luz sacaban chispas de vez en cuando y una vez nos quedamos encerradas toda una mañana porque la puerta de entrada no sirvió más. 

 

Era el invierno de agosto de 2005, estábamos muertas del frío y tan desencantadas del producto argentino que no queríamos salir de la casa por desagradable que nos resultara. La realidad era muy cruel, nos dimos cuenta de  que muchos argentinos, de esos tan hermosos que antes no parábamos de mirar en la calle, eran unos aprovechados, que estábamos en riesgo permanente de que nos estafaran en cualquier tipo de negocio que hiciéramos, que las cosas que comprábamos venían con defectos de fábrica, y que la ropa que nos poníamos se descosía en la primera puesta. A pesar de todo ello, ahí seguía intacta la Avenida Corrientes, aún había librerías abiertas hasta las 2 de la mañana, aun se ofrecían recitales gratuitos y los teatros seguían presentando su arte. Aun estaba el tango.

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El profesor Salomón: mi gurú por una semana

noviembre 5, 2008

Por: Felipe Cuervo – http://nianversonireverso.wordpress.com/

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Requisitos para ser un discípulo

Escuchar diariamente los designios que formula el profesor Salomón inspirado en los astros y llevar a cabo los rituales que prescribe, no es una tarea para nada sencilla. Primero que todo, hay que contar prácticamente con toda la mañana, de seis a diez, para seguir sus revelaciones a lo largo del Tropishow, el programa matutino de la estación radial Tropicana. Eso requiere de mucho tiempo libre: habrá que ser millonario o desempleado, digo yo. Parece que el profesor Salomón se dirigiera a un público de desocupados que hacen pereza en piyama, esperando que él les indique qué color lucir en sus prendas, con qué agüita especial bañarse, qué color de vela encender y hasta qué les va a pasar y cómo deben actuar. Todo para que puedan sintonizarse con la energía del día y, tal vez, ganarse el chance, con los números que el mismo profe proporciona.

Me imagino que muchas personas se gozan el Tropishow, pero en mi caso constituye un ejercicio de mucha paciencia. Fueron mañanas difíciles de sobrellevar, tengo que admitirlo. Me gusta la salsa vieja, la contemporánea más bien poco. El merengue no es que me mate. Pero de cualquier manera considero un esperpento despertarse con música de rumba, sea la que sea. Es como cuando lo encandelillan a uno prendiendo la luz de la habitación mientras aún está oscuro, o como tener un vecino vallenatero con un equipo de sonido con mil vatios de potencia, que madruga todos los domingos. Todo en su lugar y a su debido tiempo. Extrañé, pues, en la semana, un despertar tranquilo. Un discípulo como yo, rockero, rolo y meditabundo, necesita armarse de mucha paciencia.

El profesor Salomón también requiere de sus adeptos una despensa bien completa para poder preparar sus pócimas: miel, manzanas, romero, ruda, mandarinas, perejil crespo, canela en polvo, naranjas, velas de colores. En su defecto, un supermercado cerca de la casa o una tienda de barrio, de esas que venden de todo, para poder seguir las instrucciones del maestro. La mayoría de los ingredientes son para preparar baños: se agregan siempre a un litro de agua caliente y, también siempre, hay que bañarse sólo del cuello hacia abajo. Menos mal, no me imagino los pegotes en el cabello.

Otra exigencia que hace el profe a sus oyentes es la de poseer un armario bien completo o, al menos, bastante colorido. Es importante recalcar la necesidad de que el discípulo disponga de prendas de todos los colores, pues no se sabe cuál será el que al profe se le ocurra elegir para el día. Yo no soy homofóbico ni tengo nada contra los hombres que incluyen el rosa o colores similares en sus atuendos. Pero carajo, ¿me tengo que poner algo violeta? Ni siquiera tengo qué. Profe, le tocará prestarme una de las camisas de satín morado, de esas que van hasta las rodillas, con las que se le veía antes por Caracol T.V.

Instrucciones para algunos rituales

1. El ritual de endulzamiento

*Ingredientes:
– Un litro de agua
– Tres cucharadas de azúcar
– Una manzana roja
– Miel de abejas
– Un plato blanco

*El baño:
Caliente un litro de agua y agregue el azúcar. Báñese del cuello hacia abajo. Repita: “voy a endulzar mi temperamento”.

Cada una de las pócimas del profe está acompañada por una oración que debe repetirse literalmente, como un conjuro. Supongo que de no hacerlo así, corro el riesgo de que no se produzca el efecto deseado y en vez de convertirme en un príncipe, me convierta en un sapo. Para fortuna de todos, el buen profe suele repetir un par de veces el intrincado conjuro, de manera que un novicio como yo tenga el tiempo necesario para anotarlo.

“Voy a endulzar mi temperamento”. Repito la frase mágica formulada por el profe mientras me baño del cuello hacia abajo. Sigo cuidadosamente las instrucciones y trato de convencerme de que, por qué no, tal vez el baño puede ayudar a relajarme y a ser más tolerante. Pero siento la piel un poco pegajosa y no es nada cómodo. Hay que tener fe, dicen. ¿Será que los poros de mi piel absorben el azúcar y me endulzan por ósmosis metafísica el temperamento?

*La ofrenda:
Coloque una manzana roja sobre un plato blanco y báñela con miel por encima. Repita: “que me endulce en el amor con estabilidad y firmeza”.

Mucho dulce para mi gusto, me está hostigando, profe. ¿Y por cuánto tiempo debo dejar la manzana ahí, sobre el plato? Se ha adherido una capa de polvo sobre la de miel. Espero que no se pudra pronto. Si la lavo, ¿me la puedo comer? ¿O se desconfigura el conjuro? ¡Necesito instrucciones más avanzadas, profe!

2. El ritual de armonización de chacras

*Ingredientes:
– Naranja rallada
– Miel
– Canela en polvo

*Instrucciones:
Ralle la naranja y mézclela con la miel y la canela en polvo. Aplique sobre el plexo solar y pida: “que se armonice el chacra del amor” Después de cinco minutos, retire.

Mientras me aplico el ungüento ese en el chacra del plexo solar (un par de centímetros arriba del ombligo), repito el mantra que ha pronunciado el profesor Salomón para iluminarme durante el ritual: “que se armonice el chacra del amor”. Recomiendo este ritual los presidentes Chávez, Bush y Putin. Y por supuesto, a las FARC, a los paras y a Uribe. Mejor dicho, a todos los guerreristas. Repítanlo profusamente, quien quita que den resultado las palabras místicas del profe. Nos harían un gran favor.

Luego de estar cinco minutos sin camiseta, que fue el tiempo que el profe ordenó mantener la pócima haciéndose costra sobre la panza, me limpié y descubrí esa área de mi piel más tersa. Un mejor uso: podría ser la fórmula de una mascarilla. Aunque personalmente preferiría untárselo a un pan en el desayuno: tiene buen sabor.

Vislumbrando el futuro

El don que lanzó al estrellato al profe Salomón es el de la videncia. Puede predecir el futuro con base en la interpretación del movimiento de los astros y de la lectura de las cartas del tarot. A finales del año pasado publicó un libro con sus predicciones para 2008. En él, vislumbra el porvenir de los famosos colombianos al mejor estilo de la Negra Candela o Sweet: Juanes cosechará nuevos triunfos en su carrera; Shakira estará en un dilema grande con su pareja Antonio de la Rua; Verónica Orozco tendrá una participación muy destacada en una novela; Adriana Arboleda consolidará su relación. Al fin qué: ¿astrólogo o paparazzi? No me confunda, profe, socava mi fe.

También toca en su libro temas medioambientales y predice catástrofes en el mundo. ¡Qué novedad! Dice que se van a seguir derritiendo los polos: sí, profe, yo también veo Discovery Channel. Y nos hace una advertencia ecológica: “la urgencia y la complejidad de los cambios observados en las regiones polares exigirán la aplicación de un enfoque científico amplio e integrado”. No, mejor dicho, está para representar a Colombia en las conferencias internacionales sobre cambio climático.

Pero cuando en verdad intenta adivinar, pues a veces acierta, otras falla. Los deportes son un buen ejemplo. Dijo que el golfista Camilo Villegas se ganaba su primer torneo en la PGA y así fue. Pero también dijo que Mauricio Soler mejoraría su participación en el Tour de Francia: no contó con que se fracturaría la muñeca y se retiraría comenzando el Tour. Ojalá no le haya botado platica a esa predicción. De Montoya dijo que mejoraría en la Nascar, pero le va tan mal que hasta ha perdido a su principal patrocinador para el próximo año. Predijo para Millonarios la obtención de la estrella número 14. Hágale fuerza profe, todavía se puede, aunque hace veinte años no ganen.

En sus predicciones sobre política y conflicto interno, el profe sí está viciado. Decir que la paz llegaría a Colombia en el cuarto mes del año… ¡Plop!

La patrona de las causas imposibles

Santa Marta es la recipiente de la devoción del profesor Salomón. Precisamente tiene su templo místico ubicado de manera estratégica a pocas cuadras de la Parroquia de Santa Marta, en el barrio Chapinero de Bogotá. De esa manera, le da la oportunidad a los devotos de la Santa de complementar su fe católica con la astrología. Los fieles le rezan a Santa Marta por su poder para interceder en casos imposibles. Supongo que debo hacerme devoto también, para que promueva mi fe en el profe. Mientras tanto, no seré un discípulo idóneo y permaneceré inmune a las energías cósmicas que de él emanan.

Los que sí deben querer mucho al profesor Salomón, son los empresarios del chance. Ellos también deben ser devotos de Santa Marta. Puedo verlos orándole fervientemente para que les conserve al profe por siempre y, como siempre, incitando a sus discípulos a apostar. Yo no me gané el chance. Supongo que el designio de los astros para mí es que me gane la vida con el sudor de mi mente y no con la fe del de enfrente.

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La reina del camino

octubre 25, 2008

Por: Nathan Jaccard
De Usme a Torca, Bogotá de extremo a extremo, un purgatorio entre la 240 con autopista norte a la 140 sur. Un día en una buseta que circula por la ruta más larga de la capital de Colombia.

 
Los huesos le tiemblan, sus músculos suspiran y su cuerpo parece poseído por un hipo satánico. Va bajando, acelerada, la calle 48 sur, una flaca anaconda de asfalto que se enrolla en el cerro de Guacamayas, en el sur de Bogotá. A sus pies, se despliega un enorme tapete de concreto, decenas de kilómetros de la vista más hermosa de la capital colombiana. Un cálido vaho de smog grisáceo envuelve el horizonte.

Está llena, a punto de vomitar. El calor y el tufo a sudor se hacen insoportables, pero todavía faltan más de 30 kilómetros antes de llegar a Torca, en la 240 con Séptima, al lejano norte de la ciudad y poder respirar un rato.
Salió a las cinco de la mañana de Usme, un antiguo pueblo de placita, chicherías y ruanas que Bogotá está a punto de engullir. Su hogar, un lote de piso de tierra con un humilde quiosco de caldo de costilla a 1.000 pesos queda en la carrera 3 con calle 140 sur. No tiene intención de parar de correr hasta las nueve y media de la noche. Incansable.

Ella es la reina del camino, ella es la Menta.

Pesa 5200 libras, mide tres metros con cincuenta. Ostenta diez metros de largo, cuatro de ancho de pura carrocería made in Fontibón. Tan solo tiene dos años pero sus rines grasientos han recorrido 178.893 kilómetros. Como darle cuatro veces y media la vuelta al mundo. Engulle a 550 personas por día y se toma 180.000 pesos de ACPM. Su costo, 170.000.000 de pesos, lo mismo que un Porsche Boxster 2.7 último modelo.

A la Menta le gusta ponerse linda, lucir su falda blanca reluciente, con esos rayos rojos que le dan velocidad y su apellido tatuado en amarillo, Transconfort, para no perderse. Por dentro, su panorámico enseña pesadas cortinillas grises con flecos, como si se le hubiera ido la mano con el rimel. Poderosas centellas plateadas atraviesan su tablero azul eléctrico y un enorme bulldog café se asegura desde el timón de que nada malo vaya a pasar. Del retablo cuelgan chapas de Mercedes, Cadillac y la Virgen del Carmen, la trinidad del motor. Y por todo lado, luces azules que titilan como un árbol de navidad cada dos minutos, cuando la Menta frena.

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“Quien eres tú, de que te las picas, que todo te ofende, que nadie te entiende”, escupen los bafles. La robusta voz de Giovanni Ayala, el ídolo de la música popular colombiana, arrulla a Willington López, el amante de la Menta, que fatigado trata de controlarla. Tiene 26 años, 8 domando motores, 2 hijos, camisa blanca de cuadros azules, bozo, pantalón beige, zapatos de cuero café recién embetunados, un anillo plateado y corte de gallo: rapado en la base de la cabeza y el resto parado con gel.

La Menta es una puta de lujo. Su proxeneta, Alirio Guzmán, que posee 12 mozas más, le exige a Willington 320.000 pesos diarios para poderla sacarla. Y de 1.200 pesos en 1.200 pesos, que es lo que vale el pasaje, Willington espera conseguir 50.000 o 60.000 pesos limpios en 4 recorridos, 16 horas de trabajo y casi 300 kilómetros de camino. Seis días a la semana. La Menta y sus 20.000 colegas de la capital producen, según la Secretaría Distrital de Movilidad, entre 5.000 y 5.600 millones de pesos por día.

Willington se levanta a las tres de la mañana y sale de Comuneros, el barrio donde vive en la calle 65 sur, a Usme para recoger a su doncella. Tendrá que aguantarse la cantaleta de la Menta hasta las nueve de la noche, cuando vuelve a casa, visita sus hijos y se va a acostar en el hogar de sus padres. “Duermo como 4 horas diarias, pero igual esa cama es dura como una piedra”, sonríe viendo la carrera 10, a la altura de San Victorino, una de las manzanas más mercantiles del centro de Bogotá.

La Décima es el reino de los motores, una avenida de cuatro calzadas abarrotadas de ejecutivos, cebolleros, busetas y colectivos que luchan en una nube de exostos por los 1.200 pesos del viaje. A los costados, con la cara impávida, el gentío sale de centros comerciales de poca monta como El Mayorista, Puerto Locura o Edificio Cosmo.

La Menta, como en la batalla de Stalingrado, avanza palmo a palmo, combatiendo con rabia contra sus congéneres. Se detiene cada cinco metros. Sedujo un par de nuevos clientes con su tabla azul clarito y rosado fluorescente “Torca-Lijacá-Usaquén-7ª-240”. En Bogotá, según el DANE, hay 19.274 vehículos de transporte público que riñen día a día en 661 rutas diferentes por 3,6 millones de pasajeros.

“Lo más difícil del negocio es que toca pelear con los compañeros, por que cada uno tiene que hacer lo suyo”, dice Willington, mientras recibe la plata, vigila los pasajeros, está pendiente del chillido del timbre para la parada, mira el retrovisor y tiene un ojo sobre el tráfico. El pulpo del volante.

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Después de San Victorino, medio centenar de personas se apeñuscan en las 30 sillas de plástico y los ocho metros cuadrados del pasillo metalizado de la Menta. Sufren en silencio, recostados contra las ventanas, dormitando o viendo la ciudad con ojos pensativos. El recorrido es largo. Según la Secretaría Distrital de Movilidad, los habitantes de Usme tienen que viajar 17 kilómetros para ir a trabajar. Los que viven en Chapinero tan solo se desplazan seis kilómetros.

“Omar me encargó un trabajo y después la china no nos quería pagar. Le puse un abogado, como cuatro millones y medio me debía. Ahora voy para la Aurora a reclamar la plática”, le cuenta un joven de pantalón de pana café, camisa y pelo corto a la vecina que se acaba de encontrar en el sofocante vientre de la Menta.

El pregón de Antony, joven de cara torturada, tenis de tres pisos, Jean Thommy Hilfiger chiviado y maletín negro, corta de un soplido la conversación. “Damas y caballeros, excúseme interrumpirlos”, entona robotizado. “Represento el ministerio cristiano de rehabilitación Maná. Vendo flores de papel de seda aromatizada para que esto siga adelante, para ayudar a más personas que sufren el flagelo de las drogas, el alcohol, las pandillas”, añade. “1500 una flor, pero cualquier colaboración es bienvenida”. Cuatro pasajeros escarban sus bolsillos y sueltan alguna moneda. Anthony agradece. Cierra con un exaltado Corintios 5:17 “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.

Dos vendedores más tarde, la Menta le da la mano a José, trigueño de bufanda y sombrero negro, mirada amable y uñas largas. Rasgando su tiple, entona unas oscuras coplas de Joropo, la música de los Llanos orientales:
“Un cantante llega desde el lejano Orinocooooo
He caminado mi patriaaa
He andado con tristezaaaaa
La paz se perdióooo
Hoy Colombia es odio y venganzaaa
La injusticia engendra guerraaaaaa
La paz viene de Dios
Si estoy con Cristo seré el hombre más feliz”
Tímidos, los aplausos se hacen más fuertes y cubren, por un momento, el rugido de la Menta. El músico hace pasar su sombrero de vaquero y logra recoger 3.200 pesos. Continuará con su concierto sobre ruedas, hasta completar lo del diario vivir para sostener a su familia.

*****

El día se acaba y la Menta duerme, plácida, en su lecho de polvo aceitoso de Usme. Algunos ladridos de perro callejero rompen la noche, perdiéndose entre las miles de luces que cuelgan del cerro vecino.
Al fin, la Menta descansa. Y sueña. Sueña con una ciudad sin huecos. Sueña con una ciudad sin metro. Sueña con una ciudad sin carros. Sueña con una ciudad sin buses. La Menta sueña con quedarse sin frenos y quedarse varada un rato.


Entre voces y sentidos

octubre 6, 2008

Por: Sandra Pérez, Gloria Esquivel, Nathan Jaccard, José Pablo Velez, Julio Caycedo, Esteban Borrero

  


 Entre voces y sentido: una crónica para radio sobre la vida de dos ciegos en Bogotá.


Algunos apuntes sobre el curso prematrimonial

septiembre 24, 2008

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Por: Gloria Susana Esquivel González

 Yo imaginaba que el infierno consistía en un tiquete de ida sin regreso a Miami. Pensaba  que su locación geográfica era la sala de espera del Sisben, o que se podía vivenciar al escuchar una grabación continua de un disco de Lady Noriega o en acudir un recital de poesía de Aura Cristina Geithner. Todas esas imágenes estaban erradas: el infierno se vive cuando uno se ve embarcado todo un fin de semana, 13 horas entre sábado y domingo, en medio del curso prematrimonial, requisito indispensable para casarse por la Iglesia Católica.

El curso se da en un pequeño salón lleno de íconos religiosos que no tiene aire acondicionado, con grandes ventanas que dejan pasar el sol bogotano de las dos de tarde (ese que aletarga y amodorra)  y con paredes color crema, cuya única función es crear una atmósfera tan fresca como un la de un guayabo en Girardot.

 Las ocho conferencias que se dan a lo largo del curso son dictadas por dos sicólogas, un teólogo, tres sacerdotes y un médico, quienes son los encargados de recalcar la importancia del sagrado sacramento del matrimonio en la sociedad. El público que los escucha no es muy activo. Las 24 parejas inscritas están más interesadas en  manifestar su cariño con apapuchos que en responder las preguntas de los conferencias. Los conferencistas saben esto y por eso no ponen mucho empeño en preparar de manera profunda sus charlas. Es como si quisieran apurar  la experiencia del curso. Terminar rápido. Salir de esto lo antes posible. Porque a medida que pasa el tiempo la atmósfera recalentada color crema parece entibiarse un poco más.  Cuando entran en confianza, los novios comienzan a acariciarle la oreja a su amada, a limpiarle las boronas de la boca, a darle piquitos en el cuello o a cogerse de la mano para no soltarse nunca, ni siquiera cuando quieren pedir la palabra para gritarle a las otras parejas lo mucho que se aman.

Y es que desde la primera conferencia la imagen recurrente es ‘la pareja’. Ese concepto difuso, de los mismos creadores de la ‘media naranja’, que niega cualquier articulo demostrativo y lo cambia por un incómodo posesivo: ‘mi pareja y yo nos conocemos desde el colegio.’ ‘mi pareja y yo montamos bicicleta juntos’, ‘mi pareja y yo nos besamos apasionadamente en el cine’. Puede que yo peque por falta de romanticismo, pero en esas construcciones gramaticales claramente se anula a ‘la pareja’ y éste se convierte en un apéndice que bien podría ser ‘mi codo’, ‘mi rodilla’ o ‘mi paladar blando’. En este momento yo no tengo pareja. La persona con la que estoy tomando el curso prematrimonial es un completo extraño y al pasar al frente a presentarlo me invento una historia de amor aburrida que parece no satisfacer las miradas curiosas de los contrayentes, quienes no saben qué resulta más confuso: que una chica tan joven se case, o que pase al frente y no presente a su pareja como ‘la pareja’ sino que lo llame por su nombre propio, sin adornarlo con epítetos melosos como ‘mi cosita sabrosita’ o ‘mi gatico Micifú’.

De pronto la única manera correcta de tomar el curso prematrimonial es hacerlo como yo lo hice: con un completo extraño.  Ese parecería ser el mensaje cifrado que quiere dar la sicóloga encargada de la conferencia de “Comunicación” al decir que entre las parejas que ya han convivido hay ‘una montaña de resentimiento’. Para derrotar este flagelo hay que comunicarse de manera asertiva-efectiva, que habla con respeto, valora el diálogo y es ejercido por personas realizadas, satisfechas y con alta autoestima. Todos deberíamos ser asertivos, pero como a veces eso se nos dificulta, la sicóloga amablemente esboza tres frases asertivas que nos pueden sacar de aprietos cuando estemos en medio de una embarazosa pelea con ‘la pareja’: “Te entiendo…sin embargo yo creo que…” “Puede que tengas razón, pero yo sigo pensando que….” “¿Qué es exactamente lo que no te gusta de…?” “Te entiendo, te bebiste la quincena con tus amigotes, sin embargo yo creo que la próxima vez podrías tener la delicadeza de invitarme” “Puede que tengas razón, pero yo sigo pensando que yo soy la que tiene razón” “¿Qué es exactamente lo que no te gusta cuando te pido el favor de que me saques la uña del pie que tengo encarnada?”  

Al pasar el tiempo, me voy dando cuenta de que a lo largo de todo el curso el tema de la infidelidad ha sido una constante. Para la sicóloga que da la charla de “Antropología de la pareja”,  mujer en sus treinta con un discurso que tiene dejos de Simone de Beauvoir mal leída, la infidelidad hace parte de ese yugo patriarcal que hemos heredado de los hebreos y de los griegos y no hay nada que hacer frente a esto. Es más, ella hace un génesis cultural del matrimonio en Occidente, y concluye que el hombre siempre esperará de la mujer que le cocine y que se reproduzca mientras se va de copas y de camas con otras dos o tres “señoritas”. Y entonces, ¿qué se puede hacer ante esto? La respuesta es evidente: comunicarse, no dejar entrar a terceros a la relación y siempre ser sinceros.

Si me preguntan a mí, me parecería más útil que en este curso enseñaran como desplazar a esos terceros, como mentir sobre el “viaje de negocios” sin ninguna culpa o como ser lo suficientemente sinceros para mirarse a los ojos y saber que la relación se está comenzando a desgastar. Si están tan preocupados por “el león rugiente que se encuentra en la puerta esperando devorar” (como define la infidelidad el hombre que  enseña sobre los rituales de la liturgia y el matrimonio)  deberían anexar un folletico con los teléfonos y las direcciones de esas agencias de detectives que cazan infieles y enseñar a interpretar extractos bancarios para descubrir cuentas secretas.

Tal vez ese componente práctico puede sonar un poco misógino y radical, pero una de las lecciones más valiosas del curso las recibí en la clase de “Madurez Sicológica” en donde un amable sacerdote resalta que las diferencias entre hombres y mujeres no son solamente biológicas. “El hombre tiene una inteligencia discursiva, racional, argumentativa. La inteligencia de la mujer se llama astucia. El indio también tiene esa astucia. El indio sabe quien lo va a robar y quien no.” Y es que este docto conferencista recalca constantemente que el matrimonio tiene dos componentes básicos: los hijos y el dinero. “¡Qué cosa tan rara que el amor dependa de la plata! Pues así es, qué le vamos a hacer.” De esta forma, la astucia de la mujer resulta ser un componente importantísimo a la hora de hacer negocios. “La mujer le dice al esposo: no te fijaste en tal detalle, en tal palabra, nos van a robar…” Fíense de sus mujeres hombres del mundo, así como Dionisio Pinzón sentaba a su Caponera al lado para que le trajera suerte, la esposa debe ser la india astuta que ayuda al marido a detectar torcidos.

Ahora, importante recalcar que “un matrimonio sin hijos es un jardín sin flores”. Tal vez por esta razón se de una conferencia sobre salud sexual y reproductiva, la cual busca esbozar los métodos de anticoncepción y las enfermedades de transmisión sexual. Por alguna extraña razón, el hombre que da esta charla entre chiste y chanza desdeña de los métodos de anticoncepción mecánicos bajo el argumento de que todos somos alérgicos al látex del cual están hechos los condones, reprocha los métodos químicos y hormonales y advierte que el único método 100% efectivo es la abstinencia. Como eso de “quedarse quietos” puede resultar complicado para los futuros contrayentes, el simpático médico procede a explicar con pelos y señales como funciona el método del ritmo. Su explicación es clara. Por primera vez entiendo cómo es que el ciclo menstrual de la mujer permite distinguir los días más fértiles de los no fértiles. Podría comenzar a usar el método del ritmo para planificar. Y también podría tirarme de un paracaídas roto de la torre Colpatria. ¿Qué sería de la vida si no se toman riesgos?

El clímax del curso prematrimonial llega con la clase “Dimensión litúrgica y sacramental del matrimonio”. En esta conferencia, un teólogo que tiene como manía hablar en refranes y nunca terminarlos para que el entusiasta público participe, puntualiza que el matrimonio es un sacramento…sagrado pero que en la vida real esto no se cumple porque del dicho al hecho hay mucho….trecho. “Dios nos llama a la vida matrimonial como realización de vida.” Para mí, palabras vacías que articuladas en conjunto me dan la sensación de que me voy a condenar en el infierno por solterona. Creo que lo que intenta decir mi amigo conferencista, entre refranes incompletos y frases interrumpidas, es que si uno no se casa no es nadie;  porque no se reproduce, y si uno no se reproduce pues se saltó un paso importantísimo entre crecer y morir y en esa última etapa sólo quedará la soledad, y soledad puerca, con imagen clichesuda de  gatos que se comerán mi solitario cuerpo y todo. Acto seguido, comienza a leer algunos pasajes de la Biblia (como la primera carta a los Corintios) en donde se explica que el amor verdadero es paciente, comprensivo, soporta y perdura por los siglos de los siglos…Amén.

Después de esta conferencia comienzo a creer que el curso prematrimonial debería ser enteramente consecuente. La Iglesia católica debería velar por el cumplimiento de aquello que se predica en esta clase y llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Si Juan 4, 9-10 exige que para casarse uno debe dar la vida por el otro, pues en las horas previas al matrimonio el novio debería caminar sobre brasas ardientes por la novia y ésta debería lamer las llagas de los pies de su suegra. Aquél que esté dispuesto a pasar esas pruebas, y sólo aquél que las pase, recibe su certificado del curso prematrimonial y de casi mártir de la Iglesia. Podría matar dos pájaros de un solo tiro, y hasta mandar a enmarcar ambos diplomas en el mismo sitio.

Si lo que Dios ha unido no lo puede separar el hombre, pues deberían ser excolmugados aquellos impíos que se divorcian. Debería haber un ente fiscalizador que hiciera visitas domiciliarias para corroborar, en primer lugar, que la mujer que se está casando es virgen; luego, que el matrimonio se está consumando y que ningún anticonceptivo demoniaco está obstruyendo la proliferación de la descendencia y en último lugar, que la pareja estará junta hasta que la muerte, y no la moza, los separe. Así, en realidad sería una celebración genuina el contraer matrimonio por la Iglesia Católica, pues significaría una convicción ni la verraca por parte de la pareja.

***

De pronto, con los ojos del amor el mundo sí se ve más bello. Tal vez como dice Chayanne, estar completamente enamorados equivale a estar “como borrachos yo no sé de qué”. Dos días, sábado y domingo, encerrada en una parroquia para mí traducían tortura, para las parejas, una oportunidad de afianzar su relación. La falta de aire acondicionado en el salón de las conferencias para mí traducía soroche, para las parejas, otra manera de ‘entrar en calor’. El ensayo de los votos matrimoniales, con pajecitos falsos y todo, para mi traducía ridiculez, para las parejas, la emoción más grande. Hasta el certificado final, impreso en papel Kimberly con letras de colores y la foto de una pareja de casados mirando hacia el ocaso infinito de su amor mientras caminan por la playa, para mí resultó ser el complemento perfecto para explicarle a un extranjero lo que significa el adjetivo ‘mañé’, para las parejas era la materialización de su amor puro y verdadero.

La gran moraleja que cierra el curso es una cita atribuida a William Shakespeare: “El secreto de la felicidad  conyugal consiste en exigir mucho de sí mismo y poco del otro.” Cita completamente romántica que nos da un mensaje de entrega y de tolerancia con el otro. Ni Walter Riso habría podido poner en palabras más precisas lo que significa en realidad el matrimonio.

 No necesariamente.

Creo que Shakespeare, aparte de hacer famoso el clásico ser o no ser también dijo en el soneto 130: “Los ojos de mi señora no se parecen en nada al sol (…) Admito que nunca vi caminar a una diosa (mi señora cuando anda pisa el suelo). Y, sin embargo, por el cielo tengo a mi amor por tan extraordinaria como cualquiera a la que contradijo con falsa comparación.” Mensaje un poco más realista que no habla de un amor subyugado de autoayuda, sino del abrir los ojos y ver en realidad al otro, no como un apéndice extra sino como a un ser humano. De pronto eso significaría desemborracharse y quitarle toda la mística y el romance al amor.

Podría significar pasar un guayabo más terrible que el de Girardot.


La promesa…

septiembre 23, 2008

Por: Miguel Saldaña

Todo aquel que armó los arcos con dos piedras y jugó un buen picado de fútbol en el asfalto áspero de la calle de su barrio, sabe la sensación de dolor que produce llegar a la casa, entrar a la ducha y tener que poner en contacto las peladuras de sus rodillas con el agua y el jabón. Para mis pobres articulaciones era una rutina que no se podría cambiar. Sin importar que las heridas hubiesen cicatrizado, aun así, al día siguiente sacaba mi balón y me reunía con mis amigos para comenzar un nuevo encuentro. El fútbol desplazó la química, la matemática y la física. El fútbol se convirtió en una pasión.

Las aulas de clase se transformaron en campos de fútbol. Pasar, rematar y controlar el balón bien, eran mis tareas. Comencé a los 13 años a competir representando a la selección de mi colegio en campeonatos intercolegiados de Bogotá y Cundinamarca. Ganamos varios torneos. Mi experiencia como jugador y como persona crecía, pensaba que mi destino estaría ligado con ser un profesional del deporte más lindo del mundo. “Es una promesa” decían entrenadores, amigos y familiares que me veían jugar, y no es por dármelas pero mi nivel en ese entonces era superior al de muchos niños de mi edad.

Después de jugar un partido por un torneo de Bogotá, llegó la oportunidad. El entrenador del otro equipo se interesó por mis aptitudes para jugar al fútbol y se acercó para decirme que si quería empezar a entrenar con uno de los equipos profesionales de Bogotá, el Independiente Santa Fe. No me gustaba mucho el equipo, pues siempre le he seguido los pasos al equipo azul de la capital, al equipo más veces campeón del fútbol colombiano. Pero para conseguir buenas cosas hay que hacer sacrificios y sin pensarlo dije que si.

A mis 14 años ya entrenaba con las divisiones menores de Santa Fe. Con buenos entrenamientos y buenos partidos consolidé un lugar en el equipo. Mis expectativas crecían y tenía la certeza de que llegaría a jugar en el fútbol profesional, pero no contaba que por algún motivo las cosas se podrían truncar. Un día lluvioso y gris presagiaba que en el entrenamiento algo iría a pasar. Un balón dividido entre el defensa central y yo, que era volante de recuperación lo fuimos a disputar. Comenzamos a correr, ambos tomamos velocidad para acercarnos al balón. Llegamos casi al mismo tiempo, yo extendí mi pierna izquierda para contactar primero, él en su afán de poseer la pelota se lanzó en una barrida con los taches hacia arriba que arrasaría con mi tobillo, dejando como saldo un pie destrozado y mis esperanzas hechas trizas. Los médicos no dieron esperanzas, el fútbol de competencia se había acabado para mí.

Por obligación me aleje de lo que más me gusta. En ese momento el fútbol quedó reemplazado por problemas con la química, la matemática y la física que por poco no me dejan graduar. Mis padres al verme estático e imposibilitado para volver a pisar un campo de fútbol me dieron la oportunidad de comenzar a estudiar una carrera universitaria. Y tal cual jugador retirado me ilusioné con llegar a ser un profesional en el tema futbolístico.

Empecé a estudiar y aprender sobre técnicas, tácticas y conceptos del deporte. Ya no jugaba fútbol pero si lo practicaba por medio de un papel. Plantear estrategias para meter el balón en medio de los tres palos eran mis retos. Después de 6 años de estudio me gradué.

Con 25 años, ahora soy un profesional del deporte, que escribe y plasma el fútbol en un papel, que recuerda con nostalgia y alegría los grandes momentos que logré pasar con el deporte y los grandes momentos que aún me hace pasar. Y cada vez que veo en mis piernas las cicatrices marcadas por intentar hacer una jugada fabulosa, o un gol de fantasía me enorgullezco de hacer parte este mundo maravilloso del fútbol.


El precio no enCaja

septiembre 18, 2008

Por: Mauricio Palma

 

Bogotá, un día de septiembre como cualquier otro. Son las dos de la tarde pero está oscuro, como si fueran las cinco. Sentado en el mismo céntrico Oma de siempre, veo las bellezas universitarias contemporáneas. Algunas, con un alto grado de desatino geográfico (o con ínfulas de exhibicionismo), portan blusas ampliamente reveladoras. Es hora de irme a casa. Tengo trabajo y no quiero quedar mal con mi jefe. De pronto suena el celular.

 

-¿Farid?… ¿Que tiene que comprar qué?… Bueno yo lo acompaño… No ni idea cuanto cueste… Si algo, regateamos… Ya nos vemos-

 

Mi mejor amigo aparece a los veinte minutos. Me cuenta rápidamente que en su viaje –acaba de llegar de España luego de haber trabajado en la oficina comercial colombiana en Madrid durante un año- compró una consola de videojuegos. Un playstation II. Sin embargo, no tomó en cuenta que el voltaje de las conexiones americanas es diferente al de las europeas. Son los problemas de un mundo globalizado.

 

Debemos conseguir un regulador de voltaje que transforme de 220 a 110 voltios la carga eléctrica de su dichoso aparato, para que pueda seguir embruteciéndose todas las noches cuando llegue a su casa. A mí no me gusta jugar FIFA, ni Doom ni nada de eso. Poco me interesa el tema. Es más, me produce furia pensar que existan personas que gasten su tiempo de esa forma pudiendo dormir. Pero al buen Badrán (un apellido muy raro, según sé viene de Omán en Oriente Medio) poco lo he visto en el último año. Es una buena oportunidad para intercambiar chismes. Además, que más da. ¿Cuántas veces no me he ido de compras por la ciudad tratando de conseguir el mejor precio hasta para la chucheria más inoficiosa?    

 

***

 

Caminando por la calle diecinueve, al son de historias de búlgaras, paraguayas y argelinas regaladas, observo las interacciones del comercio bogotano. Almacenes formales que venden desde un tarro de anabólicos para fisiculturistas hasta cajas llenas de tajalápices recién traídas de Taiwán. Comerciantes informales, que venden chontaduro, chocolates, aerografías, retratos y elixires de la eterna juventud. Y nosotros, compradores indecisos que no tenemos ni idea de que estamos buscando. De todas formas hay algo que nos une. Ellos tienen ofertas, precios bajos y “encimes” de toda clase. Farid y yo, buscamos no gastarnos más de lo debido, aunque no sabemos cuanto podría ser. Pero que no se nos olvide la máxima de los abuelos: “un descuento ganado, es un peso ahorrado”.

 

***

Juemadre, va a llover. Por fin vamos a llegar. Tengo más que curiosidad, miedo a que me roben. Más que ganas de caminar buscando el tal aparato ese, ganas de irme. Leo el aviso institucional romantizado por la banda sonora del sonido infernal que exhala un megáfono que publicita el Kama Sutra ilustrado. Av. Calle 19, Carrera 9. Llegamos a la calle con más almacenes de utensilios y armatostes electrónicos en toda la ciudad. Según dicen, el primer almacén de eléctricos que se asentó aquí, fue el “Mundo del Bombillo”. Había llegado exiliado desde la Séptima, cuando su primer habitáculo fue incendiado en el Bogotazo. Al principio, sólo los pudientes de Teusaquillo y Chapinero venían por focos nuevos. Sin embargo, la energía eléctrica se democratizó rápidamente y dejó de ser un privilegio de ricos. En los sesentas, el setenta por cien de los hogares bogotanos contaba ya con electricidad.

 

-Entremos al primero, al de la esquina- dice Farid.

 

Letrero grande en fondo azul y con letras rojas. Voy a entrar a “El Centro de la Electrónica”, y no estoy emocionado.

 

-Buenas señora. Estoy buscando un adaptador o un regulador de voltaje, creo que es lo mismo –

-Si le tengo el de nueve voltios, para el computador, para…

-No no, es uno especial. De 220 a 110 voltios. Que cambie de las paticas redondas a las planas. Pa’ poder conectar un playstation

-¿Luego eso no viene ya con eso? Reclama la dama

-No no, es que me traje un playstation de Espana y…

 

(Farid le cuenta la historia de su vida a Dona Clara –porque así se llama esta cincuentona regordeta-. Luego reacciona y vuelve en sí)

 

-¿Tiene el aparato?

-Sí. Véalo en la vitrina. Es ese blanquito. Cuesta cincuenta y nueve mil.

-¿Y lo mínimo?

-No es que no se puede, ese es el precio. Véalo marcado y todo.

-Es para llevárselo ya

-Cincuenta y cinco…

-¿Me regala una tarjetica? Yo ahorita vuelvo…

 

¿Cincuenta y cinco mil por una cajita blanca, inerte y seguramente oxidada que ha pasado más de dos años en esa vitrina? No… Preferible ir a buscar en otro lado. No es por nada, pero estamos en la calle de la electrónica. Desde la entrada del almacén se vislumbran opciones potenciales. “Eléctricos plus”, “Sonido y efectos electrónicos”, “El zorro electrónico No. 2”…

***

Seis de la tarde del mismo lunes. Luego de emparamarme y de haber ingerido dos tintos de termo ambulante y siete cigarrillos, llego a mi casa. Me despedí de Farid en el Transmilenio, pero antes le pedí que me dejara todos los papelitos que nos dieron. Parecen llamativas tarjetas de presentación con dibujos y fotografías de consolas y parlantes, pero son en realidad cotizaciones. En ellas está descrito el mismo aparato. Las especificaciones técnicas del transformador de 220 a 110 voltios Step and Down marca Sun, de fabricación china, fueron condensadas a mano por los diferentes vendedores que nos atendieron. Además dice el nombre de quien hizo la oferta.

 

Yolanda de “El zorro electrónico No. 2” nos dejaba la bendita cajita en treinta cuatro mil doscientos, IVA incluido. Rosa de “Sonidos y efectos electrónicos” después de un aguerrido toma y dame regateador, nos lo dejaba en dieciocho mil ochocientos. Pero el ganador fue Jaime de “El imperio electrónico”, quien después de haber probado el aparato nos lo dejo en Once mil cerrados.

 

No puede ser que nuestra habilidad comercial haya producido tal efecto minimizador en el precio. Si bien es sabido que el arte de regatear hace parte de la herencia hispánica de nuestro pueblo (aunque algunos crean que es el legado de los mal llamados “turcos” libaneses y demás pueblos árabes que entraron en nuestro país a principios del siglo pasado, y no tomen en cuenta que el pueblo español ya había sido influido por ocho siglos de dominación mora antes de llegar a América), no creo que Farid y yo seamos la prueba fehaciente de ello. ¿Cuánto se están ganando los comerciantes? ¿Cuánto vale un cacharro de estos al por mayor? ¿Y en China deben ser regalados, o no? Esto de la plusvalía es bravo en este contexto globalizado…

***

Sábado, tres de la tarde. Carrera treinta y ocho con Calle novena. Hoy sí hace un calor del demonio que no se presta para hacer el ejercicio con juicio. Se me había olvidado por qué odio Sanandresito. Huele a lechona con bolsillo de loco. Budweiser, Amstel y Löwenbrau contrabandeada es ofrecida en la vía. “Si no está fría, le devuelvo la plata” grita el vendedor. Pero paso. Ni siquiera con este preludio del averno me tomo una pola tan temprano. Me quedaría un tufillo delatador, y más tarde tengo que verme con mis tías. No quiero que me la monten.

 

Básicamente el destino hizo que viniera a buscar mi cacharrito en este otrora pseudo-puerto libre que vivió grandes épocas gracias al contrabando. Aunque el comercio negro -que no fue sino el resultado de los excelentes lineamientos que propendían el desarrollo económico nacional a partir de la sustitución de importaciones- se haya casi extinguido, algo debe quedar. Hoy todo lo venden con factura, por lo menos al comprador que se acerca de primerazo. Para mí, es posible que encuentre al SUN Step and Down 220-110v más barato que en el centro. Pese a que ya había sido comprado, y que gracias a él, Farid quema diariamente sus neuronas, yo quiero ir más allá. Es que me puse a buscar el codiciado artículo en internet y los resultados fueron sorprendentes.

 

Sun electronics, el fabricante del trasformador está domiciliado en Miami, Florida. Sin embargo con esto del e-commerce, es posible que lo único que haya allá sea un box (casillero) de correo, y una oficina que es operada por tres jóvenes, dependientes de la banda ancha de ocho gigas. Lo que hacen es recibir los pedidos de sus clientes vía e-mail, y así, envían otros correos a su central productiva en la ciudad china de Kaiping, a 150 kms al oeste del antiguo enclave portugués de Macao. Desde allí, contenedores de veinte pies son enviados directamente para Asia y Europa con millones de cajitas blancas que regulan el voltaje. Si son pedidos para el hemisferio occidental llegan a Panamá -si tienen como destino final América Latina- o a Miami -si son para los consumidores norteamericanos-. El aparato es producido en masa en la ciudad china especializada en producción de eléctricos, y contando sueldos, insumos y demás, cada cajita tiene un costo neto de menos de dos dólares (cerca de cuatro mil pesos colombianos). En Florida negocian la tarifa con los clientes mayoristas, y dependiendo de cada caso (y del marrano) cobran entre cuatro y cinco dólares por transformador.   

 

Tengo la duda sobre quien es el distribuidor para Colombia del aparato. Cuando volví en la semana a preguntar por él, Doña clara –la que al principio había pedido cincuenta y nueve mil por el transformador-  guardó el secreto con recelo. Sin embargo, me dio pistas sobre el almacén del mayorista, que supuestamente estaba  ubicado en algún recoveco de este compendio de centros comerciales mal organizados y sobrepoblados.

 

Empecé a buscar ferreterías y almacenes de eléctricos por los andenes de Sanandresito, entre Refurbish (una mezcla de colesterol que no había visto antes, papas, salchicha, colombina de ala, todo freído y servido en un cucurucho de papel por la módica suma de mil doscientos el pequeño y dos mil el grande), libros piratas (que ya no son sólo confesiones de prepagos, ni García Márquez sino escritores contemporáneos como Quiroz y Gamboa) y hip hoppers que me trataban como su pana, su llave, su hermano y su perro (ofreciéndome lo último en moda skate y pantalones para dama). Luego de quince minutos en ese caos odiado, sudado y destilando cebolla (que buen día para haber llevado chaqueta) encontré un almacén llamado “Osrram ferretería”.

 

Les pregunté a los dos vendedores por el transformador, y aunque para mi infortunio se les había agotado, me comentaron que lo vendían a veintitrés mil pesos. No obstante, me dijeron que a dos cuadras, en el centro comercial “Islas del Rosario”, tenían todos los que quisiera –es extraño pasar de Providencia a Panamá y luego a la Mediterranee (sin tilde) atravesando la calle-. No quise darle espera y en dos minutos estuve allí.

 

***

La “Cerrajería y eléctricos Islas del Rosario” tiene una apariencia sospechosa. Exhibe en sus vitrinas a parte de cuanto candado, llave y tubo pueda existir, un certificado de la DIAN que la acredita como contribuidora honesta. Su vendedora, treinta y tantos, ombligo destapado y ojos de experiencia (y no precisamente en ventas) me atiende con un seseo deleitante:

 

-si, que se te ofrece

-no buenas, es que quería saber si venden un adaptador… (Finalmente no me puse de acuerdo, ¿es un transformador o un adaptador, o es lo mismo?)

-Ah sí, esos se venden muchos… cuesta veinticinco mil

-No no, pero es que yo quiero una cantidad grande. Estoy cotizando y me dijeron que ustedes eran los distribuidores…

-Ahh bueno. Si son más de cien, te salen a dieciocho pero si son más de mil te salen en quince…

-hmmmm (pensando en la gran cantidad que le debieron haber despachado al almacén del centro en donde me lo vendieron a once mil o en la cara de marrano inexperto que me vieron) ¿y lo mínimo, mínimo?

-No mira lindo, lo mínimo, si compras mil te los dejo a catorce. Más no puedo porque me regañan…

-Ay, dale, mira que pueden ser muchos…

-Si llamo a mi jefe de pronto te los dejan en trece. Pero menos no creo…

-Y ustedes… ¿Traen esos bichos de donde?

-Ahh no sé… el jefe es el que hace eso, pero no está (ya me había dado cuenta, y además ya lo había hecho explicito sumercé) pero ¿vas a comprar o no?

-Sí sí, regáleme una cotización…

***

Haciendo cuentas, y pensando concienzudamente, veo que el margen de ganancia de un aparato de estos puede llegar a ser muy grande. El costo neto del Sun Step up and Down es de USD 2 por unidad, que van para los operarios de las máquinas (quienes en China es bien sabido son laboralmente explotados), la materia prima y los costos operativos de la fábrica. Luego se le suman USD 3 que se reparten para los dueños de la empresa y las navieras que lo transportan (por el envío de un contenedor con unos cien mil de estos transformadores entre China y América se pueden pagar entre seiscientos y setecientos dólares, lo que daría un costo por cajita de 7 centavos de dólar, un costo mínimo). Cuando llegan a Panamá, el cliente-proveedor –en nuestro caso el dueño de la cerrajería en Sanandresito- debe pagar el transporte hasta su destino final (si es FOB –Free on Board-, el INCOTERM, o tarifa de comercio internacional, más utilizado para estos casos). Así, entra por Buenaventura y luego es traído hasta Bogotá por tierra (por lo que pagan más o menos cuatrocientos mil pesos –es decir doscientos cincuenta pesos por cajita-). Y ya en Bogota, puede suceder cualquier cosa. Le pueden cobrar al consumidor final entre once mil y cincuenta y nueve mil pesos.

***

 

Lunes, nueve de la noche. Ahh el comercio, la globalización, la desigualdad… ¿Cómo se ha vuelto de pequeño el mundo, no? Hasta ahora caigo en cuenta que el dichoso aparatejo ni siquiera era para mí… no tiene que ver nada conmigo ¿o sí?