Entre voces y sentidos

octubre 6, 2008

Por: Sandra Pérez, Gloria Esquivel, Nathan Jaccard, José Pablo Velez, Julio Caycedo, Esteban Borrero

  


 Entre voces y sentido: una crónica para radio sobre la vida de dos ciegos en Bogotá.


Algunos apuntes sobre el curso prematrimonial

septiembre 24, 2008

IMGP1218

Por: Gloria Susana Esquivel González

 Yo imaginaba que el infierno consistía en un tiquete de ida sin regreso a Miami. Pensaba  que su locación geográfica era la sala de espera del Sisben, o que se podía vivenciar al escuchar una grabación continua de un disco de Lady Noriega o en acudir un recital de poesía de Aura Cristina Geithner. Todas esas imágenes estaban erradas: el infierno se vive cuando uno se ve embarcado todo un fin de semana, 13 horas entre sábado y domingo, en medio del curso prematrimonial, requisito indispensable para casarse por la Iglesia Católica.

El curso se da en un pequeño salón lleno de íconos religiosos que no tiene aire acondicionado, con grandes ventanas que dejan pasar el sol bogotano de las dos de tarde (ese que aletarga y amodorra)  y con paredes color crema, cuya única función es crear una atmósfera tan fresca como un la de un guayabo en Girardot.

 Las ocho conferencias que se dan a lo largo del curso son dictadas por dos sicólogas, un teólogo, tres sacerdotes y un médico, quienes son los encargados de recalcar la importancia del sagrado sacramento del matrimonio en la sociedad. El público que los escucha no es muy activo. Las 24 parejas inscritas están más interesadas en  manifestar su cariño con apapuchos que en responder las preguntas de los conferencias. Los conferencistas saben esto y por eso no ponen mucho empeño en preparar de manera profunda sus charlas. Es como si quisieran apurar  la experiencia del curso. Terminar rápido. Salir de esto lo antes posible. Porque a medida que pasa el tiempo la atmósfera recalentada color crema parece entibiarse un poco más.  Cuando entran en confianza, los novios comienzan a acariciarle la oreja a su amada, a limpiarle las boronas de la boca, a darle piquitos en el cuello o a cogerse de la mano para no soltarse nunca, ni siquiera cuando quieren pedir la palabra para gritarle a las otras parejas lo mucho que se aman.

Y es que desde la primera conferencia la imagen recurrente es ‘la pareja’. Ese concepto difuso, de los mismos creadores de la ‘media naranja’, que niega cualquier articulo demostrativo y lo cambia por un incómodo posesivo: ‘mi pareja y yo nos conocemos desde el colegio.’ ‘mi pareja y yo montamos bicicleta juntos’, ‘mi pareja y yo nos besamos apasionadamente en el cine’. Puede que yo peque por falta de romanticismo, pero en esas construcciones gramaticales claramente se anula a ‘la pareja’ y éste se convierte en un apéndice que bien podría ser ‘mi codo’, ‘mi rodilla’ o ‘mi paladar blando’. En este momento yo no tengo pareja. La persona con la que estoy tomando el curso prematrimonial es un completo extraño y al pasar al frente a presentarlo me invento una historia de amor aburrida que parece no satisfacer las miradas curiosas de los contrayentes, quienes no saben qué resulta más confuso: que una chica tan joven se case, o que pase al frente y no presente a su pareja como ‘la pareja’ sino que lo llame por su nombre propio, sin adornarlo con epítetos melosos como ‘mi cosita sabrosita’ o ‘mi gatico Micifú’.

De pronto la única manera correcta de tomar el curso prematrimonial es hacerlo como yo lo hice: con un completo extraño.  Ese parecería ser el mensaje cifrado que quiere dar la sicóloga encargada de la conferencia de “Comunicación” al decir que entre las parejas que ya han convivido hay ‘una montaña de resentimiento’. Para derrotar este flagelo hay que comunicarse de manera asertiva-efectiva, que habla con respeto, valora el diálogo y es ejercido por personas realizadas, satisfechas y con alta autoestima. Todos deberíamos ser asertivos, pero como a veces eso se nos dificulta, la sicóloga amablemente esboza tres frases asertivas que nos pueden sacar de aprietos cuando estemos en medio de una embarazosa pelea con ‘la pareja’: “Te entiendo…sin embargo yo creo que…” “Puede que tengas razón, pero yo sigo pensando que….” “¿Qué es exactamente lo que no te gusta de…?” “Te entiendo, te bebiste la quincena con tus amigotes, sin embargo yo creo que la próxima vez podrías tener la delicadeza de invitarme” “Puede que tengas razón, pero yo sigo pensando que yo soy la que tiene razón” “¿Qué es exactamente lo que no te gusta cuando te pido el favor de que me saques la uña del pie que tengo encarnada?”  

Al pasar el tiempo, me voy dando cuenta de que a lo largo de todo el curso el tema de la infidelidad ha sido una constante. Para la sicóloga que da la charla de “Antropología de la pareja”,  mujer en sus treinta con un discurso que tiene dejos de Simone de Beauvoir mal leída, la infidelidad hace parte de ese yugo patriarcal que hemos heredado de los hebreos y de los griegos y no hay nada que hacer frente a esto. Es más, ella hace un génesis cultural del matrimonio en Occidente, y concluye que el hombre siempre esperará de la mujer que le cocine y que se reproduzca mientras se va de copas y de camas con otras dos o tres “señoritas”. Y entonces, ¿qué se puede hacer ante esto? La respuesta es evidente: comunicarse, no dejar entrar a terceros a la relación y siempre ser sinceros.

Si me preguntan a mí, me parecería más útil que en este curso enseñaran como desplazar a esos terceros, como mentir sobre el “viaje de negocios” sin ninguna culpa o como ser lo suficientemente sinceros para mirarse a los ojos y saber que la relación se está comenzando a desgastar. Si están tan preocupados por “el león rugiente que se encuentra en la puerta esperando devorar” (como define la infidelidad el hombre que  enseña sobre los rituales de la liturgia y el matrimonio)  deberían anexar un folletico con los teléfonos y las direcciones de esas agencias de detectives que cazan infieles y enseñar a interpretar extractos bancarios para descubrir cuentas secretas.

Tal vez ese componente práctico puede sonar un poco misógino y radical, pero una de las lecciones más valiosas del curso las recibí en la clase de “Madurez Sicológica” en donde un amable sacerdote resalta que las diferencias entre hombres y mujeres no son solamente biológicas. “El hombre tiene una inteligencia discursiva, racional, argumentativa. La inteligencia de la mujer se llama astucia. El indio también tiene esa astucia. El indio sabe quien lo va a robar y quien no.” Y es que este docto conferencista recalca constantemente que el matrimonio tiene dos componentes básicos: los hijos y el dinero. “¡Qué cosa tan rara que el amor dependa de la plata! Pues así es, qué le vamos a hacer.” De esta forma, la astucia de la mujer resulta ser un componente importantísimo a la hora de hacer negocios. “La mujer le dice al esposo: no te fijaste en tal detalle, en tal palabra, nos van a robar…” Fíense de sus mujeres hombres del mundo, así como Dionisio Pinzón sentaba a su Caponera al lado para que le trajera suerte, la esposa debe ser la india astuta que ayuda al marido a detectar torcidos.

Ahora, importante recalcar que “un matrimonio sin hijos es un jardín sin flores”. Tal vez por esta razón se de una conferencia sobre salud sexual y reproductiva, la cual busca esbozar los métodos de anticoncepción y las enfermedades de transmisión sexual. Por alguna extraña razón, el hombre que da esta charla entre chiste y chanza desdeña de los métodos de anticoncepción mecánicos bajo el argumento de que todos somos alérgicos al látex del cual están hechos los condones, reprocha los métodos químicos y hormonales y advierte que el único método 100% efectivo es la abstinencia. Como eso de “quedarse quietos” puede resultar complicado para los futuros contrayentes, el simpático médico procede a explicar con pelos y señales como funciona el método del ritmo. Su explicación es clara. Por primera vez entiendo cómo es que el ciclo menstrual de la mujer permite distinguir los días más fértiles de los no fértiles. Podría comenzar a usar el método del ritmo para planificar. Y también podría tirarme de un paracaídas roto de la torre Colpatria. ¿Qué sería de la vida si no se toman riesgos?

El clímax del curso prematrimonial llega con la clase “Dimensión litúrgica y sacramental del matrimonio”. En esta conferencia, un teólogo que tiene como manía hablar en refranes y nunca terminarlos para que el entusiasta público participe, puntualiza que el matrimonio es un sacramento…sagrado pero que en la vida real esto no se cumple porque del dicho al hecho hay mucho….trecho. “Dios nos llama a la vida matrimonial como realización de vida.” Para mí, palabras vacías que articuladas en conjunto me dan la sensación de que me voy a condenar en el infierno por solterona. Creo que lo que intenta decir mi amigo conferencista, entre refranes incompletos y frases interrumpidas, es que si uno no se casa no es nadie;  porque no se reproduce, y si uno no se reproduce pues se saltó un paso importantísimo entre crecer y morir y en esa última etapa sólo quedará la soledad, y soledad puerca, con imagen clichesuda de  gatos que se comerán mi solitario cuerpo y todo. Acto seguido, comienza a leer algunos pasajes de la Biblia (como la primera carta a los Corintios) en donde se explica que el amor verdadero es paciente, comprensivo, soporta y perdura por los siglos de los siglos…Amén.

Después de esta conferencia comienzo a creer que el curso prematrimonial debería ser enteramente consecuente. La Iglesia católica debería velar por el cumplimiento de aquello que se predica en esta clase y llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Si Juan 4, 9-10 exige que para casarse uno debe dar la vida por el otro, pues en las horas previas al matrimonio el novio debería caminar sobre brasas ardientes por la novia y ésta debería lamer las llagas de los pies de su suegra. Aquél que esté dispuesto a pasar esas pruebas, y sólo aquél que las pase, recibe su certificado del curso prematrimonial y de casi mártir de la Iglesia. Podría matar dos pájaros de un solo tiro, y hasta mandar a enmarcar ambos diplomas en el mismo sitio.

Si lo que Dios ha unido no lo puede separar el hombre, pues deberían ser excolmugados aquellos impíos que se divorcian. Debería haber un ente fiscalizador que hiciera visitas domiciliarias para corroborar, en primer lugar, que la mujer que se está casando es virgen; luego, que el matrimonio se está consumando y que ningún anticonceptivo demoniaco está obstruyendo la proliferación de la descendencia y en último lugar, que la pareja estará junta hasta que la muerte, y no la moza, los separe. Así, en realidad sería una celebración genuina el contraer matrimonio por la Iglesia Católica, pues significaría una convicción ni la verraca por parte de la pareja.

***

De pronto, con los ojos del amor el mundo sí se ve más bello. Tal vez como dice Chayanne, estar completamente enamorados equivale a estar “como borrachos yo no sé de qué”. Dos días, sábado y domingo, encerrada en una parroquia para mí traducían tortura, para las parejas, una oportunidad de afianzar su relación. La falta de aire acondicionado en el salón de las conferencias para mí traducía soroche, para las parejas, otra manera de ‘entrar en calor’. El ensayo de los votos matrimoniales, con pajecitos falsos y todo, para mi traducía ridiculez, para las parejas, la emoción más grande. Hasta el certificado final, impreso en papel Kimberly con letras de colores y la foto de una pareja de casados mirando hacia el ocaso infinito de su amor mientras caminan por la playa, para mí resultó ser el complemento perfecto para explicarle a un extranjero lo que significa el adjetivo ‘mañé’, para las parejas era la materialización de su amor puro y verdadero.

La gran moraleja que cierra el curso es una cita atribuida a William Shakespeare: “El secreto de la felicidad  conyugal consiste en exigir mucho de sí mismo y poco del otro.” Cita completamente romántica que nos da un mensaje de entrega y de tolerancia con el otro. Ni Walter Riso habría podido poner en palabras más precisas lo que significa en realidad el matrimonio.

 No necesariamente.

Creo que Shakespeare, aparte de hacer famoso el clásico ser o no ser también dijo en el soneto 130: “Los ojos de mi señora no se parecen en nada al sol (…) Admito que nunca vi caminar a una diosa (mi señora cuando anda pisa el suelo). Y, sin embargo, por el cielo tengo a mi amor por tan extraordinaria como cualquiera a la que contradijo con falsa comparación.” Mensaje un poco más realista que no habla de un amor subyugado de autoayuda, sino del abrir los ojos y ver en realidad al otro, no como un apéndice extra sino como a un ser humano. De pronto eso significaría desemborracharse y quitarle toda la mística y el romance al amor.

Podría significar pasar un guayabo más terrible que el de Girardot.


Geek punk o anarquía en la nevera

septiembre 24, 2008

ego;

 Por: Gloria Susana  Esquivel González

(foto: http://www.flickr.com/photos/gatocalculista/)

 

Podríamos clasificar el sonido de una licuadora como una continuidad medianamente intensa. Mmmmm, mmmmmmmm, mmmmmmm. Eso nos daría el beat. El choque de los tacones contra las baldosas del piso, clac clac clac, podría hacer las veces batería, pero tendría que estar acompañado por un sonido que llevara la melodía. Pensemos, pensemos…tal vez el de la lluvia de tarde de domingo sobre tejas de barro (ese sonido es como un murmullo, resulta irreproducible en una onomatopeya), o el golpe de la hoja del cuchillo contra la tabla plástica cuando se corta un tomate, sac sac sac. “Todos los eventos sonoros de la vida diaria pueden ser eventos musicales plenos.”, me dice Andrés Gualdrón, teclado, voz y programación de ego; , mientras intenta explicarme el núcleo de su proyecto musical. Ego; es un grupo de pop-punk que intenta introducir en sus composiciones elementos experimentales para cuestionar de manera directa lo que se entiende como música. “Asimilamos sonidos del mundo en nuestra música, pero lo más lindo seria que nuestra música se asimilara a la vida diaria. Que nuestra música no interrumpa el continuo de las músicas que hay.” Intento hacer un compendio de mis sonidos favoritos: el clic clic clic del teclado cuando escribo muy rápido, el maullido seco y profundo de mi gata cuando se pone a cazar moscas, mi esfero negro micropunta cuando hace un primer contacto con la hoja y la rasguña, tras tras tras. Puede que Andrés tenga razón, somos participes de múltiples eventos sonoros, pero no sé hasta que punto eso pueda llamarse música.

 

Andrés no es muy alto. Sus ojos y su pelo son muy negros. No se puede quedar quieto y lo primero que le dice a Juan Pablo Bermúdez, guitarra, voz, programación y contraparte de Andrés en ego; , cuando lo ve es: “Toes que care’ Vietnam”. Ése es el tipo de humor de Andrés; algo hermético y con referencias cruzadas. Cuando le digo a Andrés que me hable de él se ríe y cuestiona mis métodos periodísticos. Después me responde con la voz más seria que tiene que es un ‘pelao descomplicao’, que le gusta la rumba joven, la rumba cross over. Se ríe y baja la mirada. Su voz cambia y se aterciopela. Si las voces tuvieran texturas, la voz de Andrés tendría la textura que tiene el chocolate cuando se derrite y se vierte, pero esa textura y ese tono sólo aparece cuando se pone serio. Me dice que es una persona volátil que se deja llevar por la emocionalidad. Que tal vez esa emocionalidad es la que lo ha llevado a cometer los mayores aciertos y desaciertos que ha tenido en su vida. Su hermano Miguel confirma la pasión con la que Andrés vive la vida, pero asegura que esa emoción puede ser contraproducente, que Andrés fácilmente pasa de la euforia a la tristeza y que a veces no puede soportar el golpe del fracaso. Andrés sabe que es así y muy probablemente eso fue lo que lo llevó a ego; .

 

Su interés por la música comenzó desde muy pequeño. Su papá se desesperaba con él porque era imposible hablar con Andrés sin que estuviera haciendo ruido. Golpeaba las cucharas y los platos a la hora de comer y en el colegio tamborileaba sobre su escritorio con el lápiz. Este interés por generar ruido derivó en la compra de una batería, de la compra a la práctica, de la práctica al estudio, del estudio a la duda: “A mi me interesó la batería desde muy chiquito, pero cuando tuve que mantener el interés por el instrumento, pues, no pude porque llegó mi ser emocional a recordarme que mi verdadera obsesión era la composición.” En ese momento Andrés decidió dejar sus estudios de batería y comenzar a estudiar composición en el programa de música de la Pontificia Universidad Javeriana. Para él, la composición le abrió el horizonte como persona que quiere reflexionar sobre el arte, aunque lo alejó del interés por la interpretación de instrumentos.

Sin embargo, Juan Pablo piensa que Andrés es un muy buen músico. “Él es muy bueno en el nivel mas chévere en el que uno puede ser bueno. La mayoría de las personas piensan que un buen músico es un duro con un instrumento y a él no le interesa eso, sino los aspectos más estructurales del asunto. Además es un duro.” Juan Pablo sabe que no podría haber encontrado mejor ‘partner in crime’. Él ve a Andrés como un tipo de mente abierta que puede disfrutar tanto una copla llanera como una obra serialista, y con el que puede compartir un montón de influencias pop. Juan Pablo dice que Andrés es lo que sale si se mezcla un hippie con un punk con un geek. Yo me pregunto que tipo de música puede salir de esa mezcla.

Juan Pablo es muy alto y usa gafas. También tiene el pelo negro, pero el de él es liso y por esta razón se ve, bajo cierta luz, azulado. Juan Pablo va a otra velocidad. Su hablar es pausado y tras cada pregunta que le hago toma la grabadora y comienza a examinarla bajo diferentes ángulos. Siempre me advierte que se va a tomar su tiempo para responder y yo sólo me quedo observándolo y disfrutando los diferentes juegos que entabla con los objetos que están encima de la mesa. Toma una manzana y la hace girar, golpea un candelabro repetidamente y me pide que escuche el retorno que genera el sonido. Después de mucho pensarlo me dice que él piensa que es una persona a la que le gusta mucho escuchar. Andrés piensa algo diferente sobre él. Me dice que Juan Pablo es un hombre muy valiente, como un primitivo que se mete entre la selva a luchar contra lo desconocido. Resalta de Juan Pablo su gran tenacidad y me confiesa que si no fuera por esa tenacidad el concepto de ego; seguiría estando en pañales. Marleny, quien ha trabajado en la casa de Juan Pablo durante once años, opina igual que Andrés. Para ella Juan Pablo es un bacán, cariñoso y colaborador. No obstante, me dice que desde hace algún tiempo como que se volvió loco porque se la pasa por la casa tirando platos al piso y golpeando las puertas con todo tipo de objetos.

 

Podría decirse que soy testigo fiel de esa experiencia. Juan Pablo decide que hoy será en día en el que se grabará el sonido de un plato metálico golpeándose contra el piso de ladrillo de su casa, splaaat splaaat splaaat, y que le gustaría que yo tirara algunos platos. Después del primer golpe, Marleny sale de su cocina. “Ya me está comenzando a asustar”, dice con un tono resignado y vuelve a entrar seguida de Juan Pablo, a quien se le ha ocurrido una mejor idea. Hoy quiere grabar el sonido de la olla exprés en donde Marleny está cocinando el almuerzo, bluup bluup bluup. Yo le pregunto a ella si no le molesta nuestra presencia y desde sus ojos gigantescos me responde que ya está acostumbrada, que Juan Pablo la ha puesto a cantar, a saltar y a tomarse fotos. Y es que si entramos al myspace de la banda: http://www.myspace.com/egomusica, encontramos que en sus principales influencias, al lado de Chuck Norris y de Lucho Herrera está Marleny Cano. Ella participa en “música concreta”, le samplearon la voz diciendo “weird weird lady” y en la galería de fotos se puede ver una imagen de Marleny con una camiseta roja, frente a una pared blanca entre dos arbustos muy verdes, preparándose a saltar.

 

Ego; se llena de imágenes bonitas y de analogías visuales que complementan lo sonoro. Juan Pablo y Andrés afirman que se encontraron en un momento en el que ambos tenían ganas de hacer lo que se les viniera en gana, sin regirse bajo ningún tipo de regla externa para hacer música. Ellos lo llaman “anarquía”, pues consideran que no hay nada que gobierne su música y que se podría hacer una labor política al intentar recuperar la musicalidad de los objetos que no son categorizados socialmente como musicales. Piensan que su música es geek pop – punk y para mí ese es un gran problema. No entiendo cómo una música tan pensada desde la reflexión estética puede ser pop. Las influencias de ego; se agrupan bajo el título “intelligent dance music” (otro nombre que me pone a pensar en mil y un problemas de marketing y difusión), y entre ellos se encuentran Matmos (reconocidos por grabar junto a Björk y por configurar armonías utilizando samplers de liposucciones) y The Books (quienes se autodenominan coleccionistas de sonidos). Andrés me explica que a la hora de hacer su música, la regla no es ser experimentales sino hacer lo que sienten. Para él una de las influencias más grandes que tiene ego; es Café Tacuba pues “son la prueba viva de que la absoluta libertad puede ser comunicativa”. Juan Pablo lo complementa diciendo que “no por ser experimentales vamos a negar que una batería bien puesta suena una chimba, o que una canción pop bien amarrada es una obra de arte maravillosa. Como “Niño” de Belanova.”

Ver a ego; en escena es una experiencia diferente. El espectador puede encontrar en medio de dos baladas un reggetón que toma como base una fuga de Bach, o una canción cuyo instrumento principal es la voz de Andrés leyendo las instrucciones para usar el shampoo marca “Ego”.  Este tipo de ejercicios en escena hace que algunas personas que los han visto los tilden de “chocolocos sin sentido” o que no entiendan que lo que buscan hacer es otro tipo de “música anarquista” a la que no se está acostumbrado.

Sin embargo, existe un público que si está interesado en la manera en la que ellos conciben la música y que piensan que son originales dentro de la escena bogotana. Esa originalidad resulta muy valiosa para quienes los escuchan y piensan que su música aunque industrial y electrónica resulta orgánica, “la música está muy viva, es un pequeño caos organizadito”.

Juan Pablo me cuenta que alguna vez pensó que Andrés era el gas del briquet y él la chispa, que en determinando momento él quitaba la rendija y se armaba la llamarada. Para ellos el cuestionar la materia prima de la música es un interrogante que les sale de las entrañas. Y dice Juan Pablo: “si uno hace lo que le nace de las entrañas y lo que realmente quiere hacer debe, inevitablemente, salir algo valioso.”

 


Vaticinios para escépticas

septiembre 7, 2008

Por: Gloria Susana Esquivel G

Después de ir a dos lugares donde se me prometía la más certera adivinación sobre mi futuro, el pensamiento de que en Bogotá los astrólogos, numerólogos y quiromantes se encuentran hasta debajo de las piedras no podía abandonarme. Todos los conocidos con los que me topé, antes y durante mis consultas, me recomendaron con su brujo de cabecera y aquellos desconfiados que nunca irían a leerse las cartas o el chocolate me decían que conocían a un amigo de un amigo, a una tía política o a una prima segunda que tenía un adivino acertadísimo con el que podían contactarme.

Tan sólo en el periódico “El Tiempo”, uno de los más importantes del país, se pautan diariamente un aproximado de 35 anuncios sobre lugares en donde se prometen dar los números ganadores de la lotería, el regreso de la persona amada o los tratamientos más efectivos que pueden curar desde una gripa hasta el cáncer más terrible. Es como si todos los bogotanos, en algún momento, quisieran encontrar las respuestas sobre su salud, el dinero y el amor por medio de brujas llaneras, indios amazónicos o refinados psíquicos que están dispuestos a saciar esas ansias de saber lo impredecible por medio de una modesta suma de dinero, pues los precios para la consulta de adivinación pueden oscilar entre los $5000 a los $60.000 dependiendo de la buena o de la mala suerte del cliente.

1. Un pedazo de la Amazonía en La Caracas

 

Edipo, rey de Tebas, afligido por una peste que azotaba a su ciudad va a consultar el Oráculo de Delfos, lugar de adivinación para los griegos y templo del dios Apolo, en busca de una solución que anticipe el fin de la plaga. Apolo no da respuesta a su problema, pero sí predice que el joven rey cometerá un parricidio y se casará con su madre. Las circunstancias se desenvuelven de tal manera que la predicción se cumple y el destino, que para los griegos era una fuerza que no podía ser controlada por los hombres, lleva a Edipo a cometer tal atrocidad.

En Bogotá existe un templo similar al de Apolo, al cual acuden los afligidos en busca de curas para sus males. Es el Templo del Indio Amazónico, que se encuentra localizado en la Avenida Caracas con carrera 39, en el centro de la ciudad. Este lugar presta los servicios de la lectura del tarot, de la mano, del aura, de la bola de cristal, de la lengua y de los caracoles. Está abierto de domingo a domingo y, como anuncia su sitio web (www.indioamazonico.com) “atiende desde un niño recién nacido hasta un anciano moribundo y no falla en una.”

El Indio Amazónico se ha autoproclamado “clarividente e iluminado, superdotado, el avatar de la nueva era, el que ve lo que otros no pueden ver ni escuchar, el que hace lo que otros no han podido ni pueden hacer” y asegura que quienes visitan su templo pueden encontrar la solución a todos sus males, que pueden ir desde problemas de concentración en el estudio hasta impotencia sexual, siempre y cuando estén dispuestos a comprar variados talismanes, baños y pócimas de amor.

Y es que desde la entrada, el visitante puede encontrar los diferentes testimonios de sus clientes que alaban de los poderes curativos del Indio grabados en las baldosas del piso: “Era muy de malas en el amor. El Indio Amazónico me dio un atrayente especial. Ahora tengo buena suerte con las mujeres”, reza el primero con el que me atravieso, “Mi hogar era un fracaso. Consulté al Indio Amazónico y gracias por su ayuda, ahora vivo feliz” proclama otra de las tapias que esbozan un camino que lleva al salón principal del templo, lugar que está dispuesto a modo de auditorio o de iglesia, y en cuyo altar se encuentra un buda gigante, una estatua de José Gregorio Hernández y otra de Jesús crucificado.

El negocio ha crecido tanto que en Roosevelt Avenue, en medio de Jackson Heights, Queens, en Nueva York, el desprevenido turista puede encontrarse frente a frente con una sucursal de este templo bogotano. El Indio ha expandido su negocio hasta tal punto que su lugar de residencia es ahora la ciudad de Los Ángeles, California, en donde actualmente existen 12 de estos centros esotéricos. Tal vez esto puede explicar por qué a la entrada del templo bogotano el cliente puede observar diversas fotografías de este personaje junto con Ronald Reagan, Bill Clinton, Mario Baracus (de la serie Los Magníficos) y Julio Iglesias.

Ahora el templo es atendido por la “profesora” Gloria, hija del Indio, quien me recibe vestida con un pantalón multicolor y una blusa beige. Calza alpargatas, tiene líneas verdes y rojas pintadas debajo de sus ojos y en sus mejillas y usa un tocado de plumas sobre su cabeza. Tal vez este atuendo sirva para reforzar la verosimilitud del ambiente amazónico del lugar, que se complementa con tarántulas de peluche, tigrillos disecados y papagayos de trapo que cuelgan del techo. Ella será la encargada de leerme las cartas del tarot, cuya consulta cuesta $20.000 y resulta ser la más barata, frente a la lectura de la mano que cuesta $30.000 o la del aura que cuesta $250.000.

Antes de comenzar la lectura, la “profesora” Gloria me pregunta si soy periodista. Esta no es una prueba de su clarividencia, ni de su comunicación con los espíritus de la selva, sino una clara muestra de mi imprudencia, pues desde que entré al templo he estado tomando notas y fotos. La “profesora” me comenta, de manera algo agresiva, que a ellos no les gustan los periodistas, que ella no va a responder ninguna pregunta personal en mi consulta del tarot, y que si no me voy a tomar en serio la lectura que mejor no entre. Después me dice que la siga a un pequeño cubículo que se encuentra ambientado con elementos selváticos similares a los del salón principal. Dentro de este cuarto se escucha una grabación de sonidos de la selva que, supongo, pretende llevar al cliente al medio de la Amazonía sin tener en cuenta que el ruido de los automóviles y del Transmilenio que pasa por la Caracas hace que esta empresa resulte imposible.

La baraja del tarot está constituida por 78 cartas que se dividen en Arcanos mayores y menores. La palabra Arcano viene del latín arcanum que significa misterio o secreto. Los orígenes etimológicos de la palabra “tarot” se remiten a las palabras egipcias “tar”, que significa real, y “ro”, que representa el camino, lo que constituiría al tarot como “un camino real” que, según la tradición, se dirige a la sabiduría. Desde que tomo asiento frente a la “profesora” y observo una lámpara de lava decorada con telarañas que hace las veces de bola de cristal, pienso que me encuentro en un camino real hacia la estafa.

La voz de la “profesora” Gloria se automatiza y, como si fuera una grabación, comienza a repetir una retahíla sobre mi futuro, sin siquiera mirar las cartas que va botando sobre la mesa. Me dice que me rodean muchas mujeres envidiosas y que esas “malas vibras” están bloqueando mi capacidad para establecer relaciones amorosas, pero que no me preocupe porque por tan sólo $50.000 podría comprar un baño amazónico y dejar mi aura limpia y reluciente. Señala que tengo muy buena suerte y que por eso resulta favorable que juegue a la lotería y también me dice que puede darse la posibilidad de que ahora o tal vez después, en algún momento de mi vida, se dé una muerte en mi familia. Después de diez minutos se acaba la consulta y yo sólo quedo con un interrogante: ¿Será que la “profesora” Gloria ha vaticinado también las propiedades líquidas del agua, o que el sol sale por el oriente?

2. La diosa de la zona rosa

En la esquina de la carrera 11 con calle 85, justo donde empieza lo que se conoce como la “zona rosa” (el epicentro de la rumba bogotana en el norte de la ciudad), se encuentra Apollo’s Men, uno de los pocos lugares de streptease de hombres. Este sitio queda en el segundo piso de un edificio con locales comerciales y justo en la puerta de al lado, oficina 206 C, está el consultorio de Diosa, quien tiene la facultad de leer el cigarrillo y de interpretar entre las cenizas el pasado, presente y futuro amoroso de quien la consulta.

El imaginario de la hechicera anciana, con verrugas en su cara y sin dientes, se desarrolló durante 1450 y 1750 en Europa Central durante la gran persecución de brujas, que dejó un saldo de 60.000 ejecutadas. Diosa no tiene verrugas, pero sí una gran mancha blanca en su mejilla izquierda. A todo el que entra en su consultorio le cuenta que se mandó a quitar una cicatriz con laser y que por esa razón tiene que estar constantemente aplicándose cremas humectantes y bloqueador solar, pues espera recuperarse rápido.

Cada cigarrillo que lee Diosa tiene el costo de $5000 y atiende diariamente, desde las 12:30 pm hasta las 8:30 pm, a un estimado de veinticinco personas. Su local cuenta con una puerta de vidrio que separa el lugar de la consulta de una sala de espera que, generalmente, se encuentra atiborrada de mujeres desesperadas por encontrar algún norte en su vida amorosa. “Todas acá venimos a lo mismo”, me dice entre risas Marcela, una morena de veintiséis años que ha visitado a Diosa en tres ocasiones y sostiene que en todas ha acertado: “Ella me dijo que mi ex novio me iba a poner los cachos y que luego iba a volver arrastrándose como un perro. Yo no creía, pero a los seis meses ahí estaba de vuelta en la casa.”

La mayoría de clientes de Diosa son mujeres. Mientras espero mi turno veo como entran tres colegialas nerviosas que, entre risas, matan el tiempo pensando cómo quitarse el olor del cigarrillo de Diosa del uniforme; cuatro mujeres costeñas muy hermosas con ropa de última moda que sólo hablan de lo mal que las han tratado los hombres y dos señoras cincuentonas que examinan los diversos rostros que se encuentran en la sala de espera con expresión de ¿qué estamos haciendo aquí? Ninguna llegó allá por avisos de periódico, todas han sido referidas por personas de confianza que creen en los vaticinios que puede hacer Diosa sobre sus vidas.

Hay una canción del Gran Combo de Puerto Rico que dice así: “Que me habrá echao esa chica, que me tiene arrebatao, que me tiene medio loco, que ya estoy enamorao. Que tú me tienes temblando de noche y de día, tu me hiciste brujería” y expresa todas las necesidades de la clientela de Diosa. Aunque ella no se especializa en brebajes ni en pociones de amor, asegura que puede descifrar el verdadero carácter de los hombres y que puede adivinar las intenciones con las que acercan aquellos que están por venir dentro de los próximos cuatro meses. Esto puede resultar más útil que cualquier hechizo, pues Diosa dice que al conocer la verdadera personalidad del hombre uno puede saber a que atenerse.

Entro a la consulta y lo primero que llama mi atención es la capacidad que tiene Diosa para prestarle atención a múltiples cosas. Mientras “reza” el cigarrillo, atiende una llamada de su cuñada y comienza a preguntarle por el paseo que ambas realizarán el fin de semana a Girardot. Cuando cuelga, me pide que chupe y bote el humo del cigarrillo sin aspirarlo porque, según ella, si me trago el humo del cigarrillo me puede “dar la pálida”, tener mareo y hasta desmayarme. No estamos solas, ni estamos en silencio. Frente a mí se encuentra un televisor prendido en donde están pasando “Padres e hijos”, un seriado muy popular entre los colombianos que lleva quince años al aire y que es fuertemente criticado por la pobreza histriónica de sus protagonistas y por sus historias escabrosas.

Diosa me dice que si quiero saber por una persona en especial, doy el nombre de un amigo y ella comienza a describirlo físicamente. “Este pelado es alto, mono, ojos verdes.” Mi cara es de desconcierto, no hay nada cierto en lo que ella me dice. “Acuérdese de su amigo bien, es blanco como yo.” Y señala su cara, como para probar que el color de su tez, que no tiene nada de blanca, es uno de los signos de la revelación de las cenizas. Hago un gesto de aprobación y ella continúa con su lectura. “Aléjese de ese hijueputa. Ese man se la pasa de rumba en rumba. Consume marihuana y hasta pepas.” Yo sólo pienso en el pobre de mi amigo, que a duras penas se toma una cerveza, y ratifico con sonrisas incómodas cada mala referencia que me da. “Ese man no la quiere para nada serio. Créame. Usted ha dejado a muchos pretendientes por esa obsesión tan maluca. Si quiere vuelva en ocho días y le leo el cigarrillo sobre su futuro amoroso, ahí si le digo quien la quiere de verdad.”

Salgo de ahí pensando que a Diosa no le creo ni el nombre.

3. Poderes Mágicos

El espionaje británico recurrió a los poderes psíquicos de Ludwing von Wohl para anticipar las estrategias bélicas de Adolfo Hitler, en la segunda guerra mundial. Raymond Domenech, el técnico de la selección de Francia en el mundial de Alemania 2006, no dejaba jugar a los futbolistas nacidos bajo el signo de escorpión argumentando que “siempre terminan matándose a sí mismos y eso es perjudicial para un grupo”. Sin ir más lejos, Mario Iguarán, fiscal general de la nación, se vio envuelto en un escándalo en el año 2006 cuando se descubrió que una de sus manos derechas era Armando Martí, un afamado psíquico que había sido contratado por el fiscal para “sanear el ambiente laboral.” Walter Mercado, mentalista puertorriqueño, ha vaticinado la muerte de Hugo Chávez en dos ocasiones. Algunos intérpretes creen que Nostradamus profetizó la llegada del comunismo a Rusia. Pareciera que frente a lo impredecible se mueve un amplio espectro de ambigüedad en donde la habilidad del mentalista tiene que ver más con la manera en la que se enreda al cliente que con un don milenario. Tal vez, en el fondo, resulta más fácil encontrar la solución a las situaciones adversas en un jabón o en un polvo mágico que en nuestros propios actos.

El poema “Poderes Mágicos” de Blanca Varela dice así:

No importa la hora ni el día

Se cierran los ojos

Se dan tres golpes con el

Pie en el suelo,

Se abren los ojos

Y todo sigue siendo exactamente igual.

Escépticos o no, al final todo pareciera ser cuestión de fe.


Ay…sobre la agorafobia

agosto 20, 2008
Por: Gloria Susana Esquivel

Creo que el primer error, en una cadena interminable de errores, fue irme con Nathalia y con Andrea de paseo a San Gil, Santander, a hacer “deportes extremos”. Yo sabía desde antes que el deporte más extremo que había hecho era botarme del columpio cuando era chiquita, y ni siquiera, porque siempre me daba mucho miedo no atinarle a la arenera y prefería charlarme a mis amiguitos y decirles que dejaba la acrobacia, que ellos hacían tan naturalmente, para después. El segundo error fue descubrir el verdadero espíritu aventurero de mis amigas tan tarde. Por un lado, yo pensaba que al primer aviso de rumba la carreta del rafting y del parapente se les iba a olvidar y si eso no funcionaba pues me inventaba una vieja herida de guerra, una alergia a los zancudos o una intolerancia a la pepitoria y confiaba que cualquiera de esas excusas me iba a zafar de caminatas, baños en el río o escaladas de montaña.

El tercer desacierto fue no pensar dos veces que, de pronto, esa idea extraña que se me había ocurrido apenas llegué a Santander de bajar una piedra de ochenta metros colgada de una pita no iba a ser del todo de mi agrado. Yo que toda la vida le he tenido miedo a las alturas, que sudo pasando un puente peatonal, que habilité educación física en el colegio porque el examen final era escalar una malla de cincuenta centímetros de alto quería “seguir mis instintos” y aventurarme a hacer rappel.

Sospeché que algo iba a salir mal cuando llegamos a una parte del sendero y el instructor nos señaló unas varas metálicas fijadas a una roca que hacían las veces de escalera. “No hay forma de que yo baje por ahí. No hay forma,” fue lo único que atiné a decirle a mis compañeras, mientras ellas bajaban las barritas totalmente relajadas, como si estuvieran bajando escaleras eléctricas. “Mujer, vamos, no seas remilgada.”Y yo, no, no hay forma. Ahí les expresé el pensamiento más sensato que he tenido en toda mi vida; una cuasi epifanía: “Si me estoy cagando del susto pensando solamente en bajar esas barritas, ¿cómo pretenden que me bote desde una altura de 80 metros sólo cogida de un arnés?”

En ese momento, ese “carpe diem” que se había callado en mi cabeza se despertó en las mentes de Nathalia, de Andrea y de los dos instructores que entre risas me decían no mona, no se preocupe, eso no es nada. Paralizada, me mantuve firme en mi negativa hasta que uno de los instructores me confesó, casi en secreto, que nos encontrábamos a dos horas de la carretera, que no me podía devolver sola y que él y su compañero necesitaban hacer el descenso del rappel porque era un atajo para la carretera. Me transformé en una especie de Robinson Crusoe feminista y le dije que no había problema, que yo podía devolverme sola, que a mí como mujer independiente ninguna montaña me quedaba grande y mucho menos ninguna carretera abandonada en medio de la nada. De repente, el instructor, en un afán por preservar mi vida y tal vez por evitar demandas y escándalos, me dijo las ocho palabras más falsas que alguien ha podido pronunciar: “No se preocupe. Uno siempre puede vencer sus miedos.”

El cuarto error fue escucharlo.

El quinto desatino fue pensar que cuando el hombre me decía que, para mi tranquilidad, íbamos a bajar juntos significaba que íbamos a bajar los dos por la misma cuerda, como si yo fuera un bebé canguro. En ese momento yo me desentendí de cualquier recomendación de seguridad y de cualquier instrucción de manejo de equipo (sexto, séptimo, octavo y noveno error) y me imaginaba haciendo mi descenso triunfal, abrazada a este hombre, pensando que por fin había vencido mi miedo. Para el instructor, bajar juntos era un sinónimo de bajar simultáneamente: él por la cuerda izquierda y yo por la derecha.

Cuando finalmente entendí esto, me encontraba de espaldas, al borde de una piedra inmensa, ochenta metros arriba del suelo, con las rodillas temblando y completamente confundida. El instructor encargado del descenso estaba esperando a que mi espíritu aventurero aflorara y comenzó a indicarme cómo debía iniciar la bajada. La primera instrucción fue descabellada. El hombre quería que yo apoyara mis pies en el borde de la roca y que arqueara mi espalda mientras hacia una sentadilla en el aire. Todo esto de frente a la piedra, de espaldas al mundo, y confiando que la cuerda no se rompiera mientras hacía esta hazaña. La idea era que mis piernas estuvieran siempre apoyadas y que mi cuerpo formara una especie de “L” en donde el soporte se encontraba en las plantas de mis pies, que debían descender paralelas a la peña, mientras que mi torso y mi cabeza gravitaban en la nada, supongo que para disfrutar el paisaje.

El instructor que “bajaba conmigo” sólo me decía “eso dele cuerda mona, dele cuerda” asumiendo que yo entendía ese extraño arte del dar cuerda. Mientras hacía la sentadilla en el aire, intentaba acordarme del Padre Nuestro que no rezo desde hace quince años y decía hueputa, hueputa, hueputa como mantra, este hombre pretendía que yo abriera y cerrara mi mano derecha, la que sostenía la cuerda que me sostenía al mundo, y que la dejara deslizar para que el mosquetón pudiera correr y cargar mi peso a lo largo del lazo.

¿Cómo explicarle que bajo ninguna circunstancia las leyes de la física iban a permitir esto?

Décimo error: intentar dar cuerda.

Entre golpes de mi cuerpo contra la piedra, resbalones y espasmos paralizantes logré descender la primera etapa. Algo así como unos cuarenta metros. Pero, como dice la propaganda del shampoo, “cuando uno está enredado está enredado”. En ese momento, un mechón de pelo que se salía por el casco se enredó en el mosquetón y, literalmente, quede colgada de las mechas. Esto ya no fue un error, fue un impasse doloroso.

Para este punto, yo era un solo alarido. No sabía que era peor, si la sensación de pánico o ese agudo dolor de cabeza. Los instructores al ver la situación tan ridícula no sabían si reírse o llorar conmigo. Finalmente el que se encontraba arriba bajó por mi misma cuerda, engarzó su arnés al mío y entre risas me decía “ya monita, ya le traje la tijera.” Yo sólo asentía entre sollozos y me imaginaba en Bogotá intentado explicarle a mis papás, quienes se habían reído como locos el día que les conté la idea de irme a aventurarme con los “deportes extremos”, el por qué llegaba a mi casa de vacaciones medio calva.

-Tranquilo, corte lo que tenga que cortar. Yo sólo me quiero bajar ya.

-No mi monis, fresca. Era un chiste. Eso se desenreda solo.

Ya no pude hacer nada más sino reírme con el instructor del absurdo, al cual yo solita me había llevado, e intentar seguir bajando, no de manera diestra, sino de una forma más torpe, pegándome aún más con las rocas y resbalando mis piernas temblorosas que no podían sostenerse sobre la piedra.

Cuando llegué a la etapa final, unos cinco metros arriba del suelo, mis amigas entre vivas y gritos de “sí se puede”, me recibían con una sonrisa inmensa. Tenían la expresión de orgullo más grande que he visto.

-Glori, sonriéle a la cámara. Tómate la foto de la victoria. ¡Superaste tu miedo!

-Ojalá la montaña se les caiga encima ¿En qué andan pensando? ¿Es que no escuchaban mis gritos? Me llegan a tomar una foto y yo las mato, perras. Las mato.