Entre voces y sentidos

octubre 6, 2008

Por: Sandra Pérez, Gloria Esquivel, Nathan Jaccard, José Pablo Velez, Julio Caycedo, Esteban Borrero

  


 Entre voces y sentido: una crónica para radio sobre la vida de dos ciegos en Bogotá.

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¿Que pasa Willy?

septiembre 10, 2008

por: José Pablo Vélez

Era Halloween de 1990, yo tenía 13 años y mi mama me disfrazó de ALF. Sí, el mismo que ustedes están pensando, el alienígena de Melmak. Eso fue algo que nunca olvidaré.

A esa tierna edad, a los 13 años, se están forjando cosas en uno que no tienen ni nombre. Se están haciendo valer ciertos derechos de un prematuro adolescente. Se están imponiendo los derechos a sentarse en la mesa con los adultos, a opinar con propiedad, a no ser llamado un niño, para que mi mama me haga semejante retroceso.

Esa misma tarde mis compañeros de colegio y yo, teníamos la intención de enfrentarnos contra “Camino Real” un barrio del sur de Cali en una batalla campal con bombas de agua y yo era uno de los protagonistas. – “José Pablo, usted tiene que ir con sus hermanos donde sus tías y después lo dejo donde quiera”. Esta fue la respuesta de mi mama. Como si yo pudiera llegar a Camino Real así no más, con una bolsa llena de bombas de agua y un atuendo de ALF.

Mi hermano ya lucía su parche de pirata y mi hermanita un disfraz de hada rosado. Cuando llegué al cuarto lo vi ahí, inmóvil, ese atuendo peludo sobre mi cama. Me voltee con ojos de asombro hacia mi madre y le planteé mi protesta categórica, me negué rotundamente a ponérmelo. No había forma de explicarle a mi mama que a pesar que yo disfrutaba la serie televisiva de los 80’s no había poder humano que me iba a hacer poner un traje enterizo de ALF. No había.

Aparentemente sí había, todo mi esfuerzo fue en vano, el poder humano existía y era la terquedad de mi mama. Traté de convencerla que podía ir de mimo, pintarme la cara y listo. Que podía coger el parche de mi hermano y voltear la varilla de mi hermana e ir de pirata, pero nada. Ella ya había comentado el disfraz entre mis tías y yo tenía que llegar a la reunión anual vestido de ALF. Odie a mi familia entera.

No sé donde fue mi lapso mental pero me lo puse y me quedaba estrecho. El disfraz parecía robado del set. Pies peludos de 4 dedos gigantes, traje enterizo hasta el cuello, guantes de 5 dígitos que hacían ver los dedos enanos y peludos y una mascara similar a los disfraces de bebe que promociona “Parmalat” solo que con trompa larga y un lunar “melmakiano” sobre ella.

Ya en el carro, con el traje peludo, tratando de hacer explotar la cabeza de mi mama con mis pensamientos, deshidratándome y habiendo perdido por completo el respeto de mis hermanos, empecé a meditar sobre esta situación tan absurda. Por un lado, trataba de entender como funcionaba el cerebro de mi mama, ella no había captado que su hijo había crecido a pesar de su tamaño. Pasamos por donde vivía mi traga infantil y nos detuvimos un instante y visualizaba lo peor. El carro deteniéndose abruptamente, yo bajándome a empujar en mi traje peludo y Maria Alejandra doblándose de la risa enfrente mío. Me escurrí lo que más pude en el asiento repitiendo “Es imposible, es imposible” tratando de prevenir mi completo fracaso. 

Llegamos donde mis tías:

-“¡Diviiiiiino!”

– Las miré asesinamente. – Coooma mierda –pensé, mientras buscaba desesperadamente a mi papa que ya nos esperaba ahí.

Pensaba reclamarle sobre esta prematura emasculación. Al verme se regó el whisky que se estaba tomando y mi tío se cagó de la risa. Me paré enfrente de él con mis brazos peludos abiertos y le dije: “¿que pasa willy? Ve y habla con tu mujer. Mirá lo que me ha hecho”. Vi a mi mama lanzarle una mirada asesina desde el final de la sala como diciendo: “¡No me vas a desautorizar enfrente del niño!”.

Estaba jodido. Mi papa también había sido emasculado hacia ya un tiempo y no había salvación esa noche, el disfraz permanecía. Me iba tocar salir por el barrio a pedir dulces, cruzarme quizás con alguna chica bonita y perder completamente mi honra, volver a los 8 años o pretender que tenía síndrome de Down. Mi novia todavía me pregunta por qué no me gusta disfrazarme.

Uno de los puntos que abogaban a favor de mi madre en el publico familiar era que mi estatura oscilaba alrededor de la de ALF, casi el metro con cincuenta, y eso me hacía ver digamos: “mas tierno”. Me hubiera gustado comérmele el gato a mi tía a ver si le parecía tierno.

Después de los apretones de cachetes de mis tías, me arrodillé en el baño, junté mis manos peludas, cerré los ojos y le pedí a Dios que me dejara crecer. Para Octubre del siguiente año había crecido 14 centímetros y parecía un adulto de 15. Crecí tanto que sufrí una patología de las rodillas adolescentes llamada “Osgood Schlatter”. (Me gustaría darle las gracias a ALF por esta patología). Recuerdo preguntándole a mi mama el siguiente año sino me tenía un disfraz de Plaza Sésamo o de He-Man. Solo sonrío y terminó de disfrazar a mi hermana de alguna de las Malibú Barbies.

Esa noche, donde ALF y yo fuimos uno, me di cuenta que la boleta llega tan lejos como uno deja a la mamá llegar. Al siguiente día en el colegio las interrogativas por mi ausencia en la batalla campal no se hicieron esperar. Respondí furtivamente que algo me había sentado mal y no pude salir de mi casa. Los oí contar sus historias mientras yo recreaba mentalmente una escena donde me hubieran visto sentado en esa sala al lado de mi papa en un traje peludo. Sonreía ocasionalmente con las historias y por dentro pensaba: “ojala cancelen ese pinche programa”. 


Protegido: ¿Por qué no vamos al Amazonas?

agosto 22, 2008

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“Yo soy GiGi”

agosto 22, 2008

Por: José Pablo Vélez

I'm Gi-Gi

Salió al escenario una mujer entera, pero sin tetas. Se le notaba el bulto masculino entre las piernas mientras se contoneaba lentamente en su strapless de lycra rojo. Cantaba Happy Birthday Mr. President, de Marylin Monroe. Llevaba una peluca larga negra azabache, casi hasta las caderas, brazos finos pero marcados. Uno de ellos se apoyó en su rodilla y sus caderas apuntaron al infinito mientras hacía pucheros sexis con los labios pintados de rojo intenso, buscando una mirada en el público que lograba tornar cabezas de machos a favor y en contra.

Su inglés se mezclaba con colombianismos vocales mientras se acariciaba el pecho y jadeaba profusa y exageradamente sobre el micrófono. Eran alrededor de las 2 de mañana y este sería el último de 3 shows que se daban en una noche disfrazada de maniquíes aperados, de flores sicodélicas, arlequinescos montajes, colores rojos-naranjas de unicornios alados, figuras escarchadas pasajeras que aparecían entre aguardientes alternados como en pesadillas de Dalí y una sensación de fábula infantil latente con fondo púrpura casi escabroso pero divertido.

Esto fue un sábado en Vinacure, una discoteca recientemente inaugurada en la 63 con 13, abajo del parque Lourdes en Bogotá, donde antiguamente quedaba el Teatro Libertador. Afuera y encima del corredor de baldosín setentero que comunica la calle 13 con la avenida Caracas cuelga un afiche que dice: “El hogar de tu evento”. Gigi es el evento y este su hogar.

Gilberto Garrido Williams usó sus primeras dos iniciales pronunciadas en inglés y nació “GiGi”. Me dice que la gente piensa que es italiano o a veces francés, pero que en últimas que le digan como quieran. Gigi no es un travesti, no se cree mujer, sabe y se muestra como un hombre. “Yo sé que tengo pipí, pero soy un ser ambiguo”.

Dice que todos somos transformistas, todos nos transformamos de nuestro estado natural para mostrar algo que queremos proyectar. Una imagen de abogado, una imagen de papá, una imagen de mujer. “Para mí es un juego, es como estar en Halloween todo el tiempo. Yo le doy vida a esa ropa que está andando por ahí”. Nadie vive en su estado natural, nadie vive en desnudez. Todos nos transformamos.

A él simplemente le parece más atractivo ser mujer, más excitante, más colorido. “Es más vida” aunque se muere por un esposo hombre, macho y que llore. Nunca ha probado carne femenina pero anhela algún día tener hijos. No se angustia por el protagonismo de ver sus manos en otra criatura o su sonrisa, que en él es gigante y abrupta. Mientras habla se contonea como una diva y en sus intentos femeninos trata de encontrar con su mirada alguna infidencia en mi heterosexualidad y se divierte con mi incomodidad mientras busca el músculo masculino en mí de manera tosca y frontal bastante evidente.

Gigi nació en Barranquilla, el mayor de 3 hermanos. No le gustaba cómo lo vestían de gris, azul o negro. Más bien le gustaban “los lazitos, las florecitas, la muñequita y eso”. A sus 6 años ya sabía lo que era. Su tendencia hacia lo femenino no afectó a sus hermanos, y parece que enorgulleció a su mamá.

No quisiera culpar a su madre como muchos optarían.— ¡Sí ve, mija! ¡Por consentir tanto a ese muchacho mire lo que pasó!

Es más fácil saltar a ese carril y así poder justificar por qué Gigi existe, aunque él existe desde que nació, desde que su ser escogió el lado más femenino del mundo y su tensión sexual se alivianó con los hombres. “Los colores, el arte, las danzas, el drama son de hombres y mujeres” me dice, – sólo que escogemos no explorarlos. Todos somos creativos y tenemos el potencial de ser travestis o transformistas, sólo que no lo escogemos.

Gigi me había sorprendido. No esperaba que mis argumentos tan bien cuidados sobre mi masculinidad quedaran derrumbados. No se fracturó mi inclinación sexual, no se me contagió tampoco lo “marica”, se me estaban dando argumentos más claros para escoger ser hombre heterosexual.

JUEVES de ENSAYO

Llegué el jueves a las 6 de la tarde a Vinacure, la cueva del Fauno. Las hojas gigantescas colgadas al techo se me habían pasado en mi primera visita. Tampoco noté al lobo feroz en la mitad de la pasarela que guía hacia el escenario de tablas viejas. Tres imágenes gigantes de Beethoven, Bach y Mendelssohn, colgaban del costado derecho del teatro, fosforecían de verde y rojo iluminando la noche.

Gigi ya saltaba sobre las tablas con una peluca Roja que mantendría en su cabeza durante estos 3 días de entrevista. No se atrevía a quitársela delante de mí. Luego me confesó: “no soy capaz de ser Gilbert contigo”. Asumo que es por que fui a entrevistar a Gigi, y este es su disfraz. Me muestra lo mejor que tiene, su mejor performance, su lado más “loca”.

Gilberto vestía de pies a cabeza de negro con unos guantes sin dedos. Usaba un collar de taches y una camisa esqueleto. Dirigía algunas canciones y todos giraban alrededor de él como mariposas alrededor de un reflector. Valga la redundancia. Traían lámparas y elementos para organizar el escenario. De la parte de atrás salió un tigre de peluche gigante que era arrastrado por la única mujer en el show. Lo llevó hasta el escenario, donde lo acomodaron entre varios personajes. Unos alegaban su descontento con la escena y Gigi respondía: “así es la naturaleza, ¡descontrolada!”. Sobre las tablas, una escena igual de bizarra como Vinacure, cogía forma.

“El alma no tiene género” me dijo Gigi en nuestra entrevista inicial. Esa idea rondaba en mi cabeza, mientras sentado ahí en medio de este circo de andróginos aparecía Dana, otra diva de la escena artística gay de Bogotá. Dana es más glamorosa y también es “Kevin” pero es más fácil coger un pescado de las huevas que él se deje llamar así. Se viste con una peluca mona casi blanca y le tienen que estar diciendo a cada minuto: “¡estás divina!”. Es sensible y se ofende con que Gigi, hoy, sea el centro de atención. Corre hacia la escena, sube a las tablas y se saludan con un beso de señoras “bien”. Kevin es toda una mujer, nada de hombre salvo algo en medio de las piernas. Sospecho.

Gigi me contaba que los amigos y sus tías le preguntaban, para concluir lo evidente, si el era niño o niña. El siempre respondió: niño. Su mamá se encolerizaba siempre que esto sucedía y sembró una rivalidad con sus tías por ver cual conseguía marido primero. “La cosa va empatada, parece” me cuenta con algo de orgullo. De niño, su madre siempre lo llevaba a ver El mártir del calvario y su abuela lo llevaba a misa para pedir por su alma, pero Gigi se dormía en medio del lobby que su abuela hacía ante Cristo. Despues de esta somnolienta experiencia con la religión, decidió a través de los años y varias experiencias que mejor de ahora en adelante le pediría “a la tierra” que es donde caminaron los dioses. “Siempre le pido a la tierra, una amiga me dijo un día que era una luna con varias caras bonitas, así me veo, como parte de la tierra”. Era innegable, esta visión fantástica tenia su lógica, él también vive en esta tierra y su nueva y adaptada religión era una respuesta para él, que es tambien un ser nuevo y adaptado.

Salí pronto de Vinacure con el compromiso de hacerle un seguimiento desde su casa hasta la disco. ¿Como sería un día de trabajo de Gigi?

Viernes, el show de Hollywood

Llegué a su casa a eso de las 5 de la tarde para ver cómo se alistaba y como vivía “Gilbert”. Entré en su pequeño mundo, su pequeño departamento, en su pequeño cuarto, en su diminuto palacio de cristal. No es muy diferente a Vinacure. Hay muñecas sin ningún orden específico ni de una colección determinada, casi todos son princesas, hadas y “kents” rapados con diminutas pelucas.

La mayoría de estos juguetes están sentados sobre una repisa y da la sensación de una juventud confusa. Sólo basta con pensar en Gigi empacando su maleta desde Barranquilla, clasificando esa fabula rosada intangible, llegando a Bogotá y desempacando su juguetería, sus pelucas, sus medias veladas al lado de unos tacones de puntilla.

Me siento a observar su ritual de arreglos. Es similar al de cualquier mujer. Mientras me comenta lo incomodo que es para él afeitarse, esta mujer/hombre delgada se para y corre hacia el baño. Se refriega la espuma de afeitar en la cara mientras habla por su celular, con un amigo que supongo también es gay. Le pide le hagan un “foursome”. Para ser más exacto, le pregunta: “¿cuándo es que me van a comer los 3 al tiempo, o mejor me dejo de ilusiones?”. Se me revuelve el estómago y la sensación Davivienda, “de estar en el lugar equivocado” me invade por completo. Fue solo el disgusto de una imagen visual imaginaría la que me golpeó.

Debo confesar que nunca me sentí amenazado en su presencia. Nunca me imaginé un forcejeo absurdo tratando de salvaguardar mi virginidad anal. Nunca se presentó ese pánico. Eran más mis preconceptos sobre algo que no conozco y mis argumentos heterosexuales parecían estar barnizados de acero sin necesidad de justificación.

Se demora como una de mis hermanas en alistarse. Se echa algo de base que le falta, se pinta los labios, se quita un pelito de más y repite: “ojos listos, boca lista, piel lista”. Por último se sienta en frente de un pequeño tocador y se rocía desde el cuello hasta la axilas con un pequeño tarro semitransparente de algo similar a un pachulí. Me invade el olor de nuestra primera entrevista. “Creo que estamos listos” dice a lo que yo me volteo y alcanzo a leer sobre una de sus paredes: “el amor sana”. Su pared está atiborrada de miles de pensamientos escritos con marcadores multicolor.

Después de verlo afeitarse vestido de mujer en su pequeño cuarto en la 59 con 8va, lleno de barbies, banderas multicolor, un pene de goma gigante en la repisa, un ángel de unos 6 píes tallado en polietileno y una pared llena de cuentos y letras que le repiten constantemente su misión, salimos hacia “El teatrón” con el ángel.

"¿Cuando es que me van a comer entre los cuatro ó mejor me dejo de ilusiones?"

Caminamos 2 cuadras, cargando el ángel entre los dos. Era un encargo para Edison, el gurú de la rumba gay en Bogotá. Es el dueño de Teatrón, una cuadra de discotecas gay entrelazadas. Recibió a Gigi con un enorme abrazo y un beso. Se ríen y comentan sobre el show de Vinacure. Edison no está muy contento con Gigi, pues no se está haciendo valorar lo suficiente y dice: “No es ponerse en el plan de diva pero sí que las cosas salgan pulidas”. Empiezan a discutir como productor y artista y luego como amiga y amigo y luego como dos personas que están enamoradas el uno del otro.

En este momento comprendo claramente que para Gilbert, Edison sería el esposo perfecto, lo que ella busca. Gigi me lo confiesa, asume que este es su macho. “Él es el que me da estabilidad y me va a sacar adelante como artista”. No tengo cómo entender este mundo, que por cierto no debería estar sesgado, pero sí entiendo entre tantas cosas que me pasan por la mente, que Gigi no es una loca, un travesti o un transformista. Es un artista que le gusta interpretar papeles vestido de mujer y escogió amar hombres.

Por último, mientras nos chiflan caminando por el andén de la calle 13, camino a Vinacure, le pregunto de manera ingenua a Gigi: ¿Si alguien pregunta quién eres, dirías que eres el travestí de Vinacure o de Teatron?

—¡No!, les diría: Hola, mucho gusto. Yo soy Gigi.

Esa noche pedí una cerveza en una de las barras de Vinacure donde un maniquí de “el tío Sam” yacía sobre un inodoro, que por cierto, es donde siempre debería estar. Me senté y vi cómo el público se tornaba inmóvil y boquiabierto mientras Gigi entraba al escenario en medio de luces multicolor. Interpretó a Madonna de manera idéntica. Besó a Dana que hacía de Britney Spears y a Diana que hacia de Cristina Aguilera. Entre sorbos de cerveza, la revelación de esa noche es que realmente lograron convertir ese escenario y esa noche en “Hollywood” justo en la mitad de Chapinero.

No sé, ni sabría cómo clasificar a Gigi. Si él o ella, ser o alma. Creo que el día que vuelva a encontrármelo es simplemente Gilberto, Gigi o un ser de otro planeta que se volvió un amigo. Ya no es simplemente un travestí, alguien no que encaja dentro de lo convencional. Dios lo mando a él, a mí y a todos.

Mejor repito como dice Gigi: “la naturaleza es loca, no pide explicaciones”.


La “bisectriz” de Carlos Antonio Vélez

agosto 20, 2008

Por: José Pablo Vélez

Vaya explíquele a un futbolista colombiano con 3ero de primaria, que llegó a donde está, partiéndose las canillas en un tierrero de mala muerte y bajo un sol inclemente, qué-es-una-bisectriz. El problema no es que al futbolista se le impida patear como un neardental 6 metros por encima del arco porque a “Dios-Antonio” le parece que esa palabrita le da un peldaño o un semi nivel por encima de los otros ilustres comentaristas deportivos colombianos. El problema es que se convierte en una bacteria. Muy pronto el técnico, que no entiende la palabra y por no quedar como un cromañón empieza a usar la palabra “bisectriz” sin la más mínima pista si es una señora o un estado de ánimo.

“¡Si ve hermano, por andar pensando en la bisectriz!” ó “No oyó al ilustre Carlos Antonio Vélez? Hasta él nota que usted anda deprimido”

La bisectriz es una recta que pasa por el vértice de un ángulo y lo divide en dos ángulos iguales. Yo no lo entiendo del todo y tengo estudios universitarios.

Si vamos a ver fútbol, ya tenemos suficiente con que la novia no quiere compartir el control, con los comerciales de Harina de Trigo que tapan la jugada, con los jingles inmamables re-enlatados del ’90 que gritan en coro un recordatorio de malas experiencias, como para tener que ir a los espacios más recónditos del razonamiento humano un domingo y discernir si el comentario tiene una connotación adicional a que un mal-fundamentado jugador medio rozó el ángulo o trató de centrar.

La invitación a omitir esta palabra, que sí bien explica muchas cosas cuando se esta diseñando un edificio, es porque en el fútbol sobra. Es un deporte muy simple de 11 “muchachos”, algunos negros de nacimiento y otros por el sol, a cada lado de un arco tratando de divertir y entretener a 40 millones de colombianos. Hacen lo que se puede con lo que se tiene, es cierto y aplaudo nuestra recursividad colombiana, pero explíquele a una población que en su mayoría apenas está tierna en los principios básicos de la geometría, cómo una pecosa de casi 1 libra divide un ángulo en dos ángulos iguales. Yo creo que ningún jugador colombiano sabía que podía hacer eso.

La mayoría va a ignorar el comentario, el partido va a continuar y el comentarista terminó por comentarse a si mismo. Narró que él no tiene “ni idea” que es una bisectriz y que no sabe que para verse inteligente es mejor usar pocas, pero útiles palabras.