Entre voces y sentidos

octubre 6, 2008

Por: Sandra Pérez, Gloria Esquivel, Nathan Jaccard, José Pablo Velez, Julio Caycedo, Esteban Borrero

  


 Entre voces y sentido: una crónica para radio sobre la vida de dos ciegos en Bogotá.


La comunicación con los muertos

agosto 20, 2008

Por: Julio Caycedo

“-¡Qué extraño!”-dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! -La tocó, al hablar, y se cerró de pronto de un golpe. -¡Dios mío!- dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte por dentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos! -A los dos no. A uno solo –dijo la muchacha. Pasó a través de la puerta y desapareció.”

I. A. IRELAND. “Visitations” (1919).

“A mi tía –dice Ligia Perdomo, una opita de 48 años que trabaja como empleada doméstica en la casa de Magda García, una fervorosa católica 10 años mayor– le hicieron brujería y casi la matan. Se lo cuento porque me consta. Primero, el marido se le fue con otra más joven; luego se quedó sin trabajo y le mataron al hijo, y para rematar, al final se enfermó de una cosa que ni los médicos sabían qué era. La salvó un brujo amigo de la familia que encontró el entierro que le habían hecho y le hizo la contra a tiempo”.

“No hable esas cosas aquí Ligia –ordena ofuscada doña Magda– mejor vaya y traiga el agua para ver si terminamos rápido y nos vamos. Y usted mijo, quédese aquí conmigo”. Ligia se agacha, levanta del suelo una botella desechable de Colombiana de dos litros, y baja cuidadosamente por las angostas escaleras. Desde el segundo piso podemos seguirla con la mirada. “Si no estuviera usted, tendríamos que ir las dos; abajo lo ven a uno los celadores de las bicicletas y no pasa nada, pero aquí arriba… le pueden hacer a uno Dios sabe qué cosas”.

Las dos mujeres están lavando con esponjilla y jabón, como religiosamente hacen cada dos meses, la lápida de un pariente que falleció en un accidente en agosto de 1967, Y cuyo nombre prometí no revelar. “Hoy –dice doña Magda– esta siendo fácil porque solo tenía pintadas un par de cruces, pero hemos visto de todo. Una vez la habían pintado con barniz negro y nos tocó limpiarla con gasolina. Claro, cómo desde abajo no se ve para arriba, se presta para que la gente haga cosas horribles. A mi lo que me da miedo es que me atraquen, me dan miedo los vivos y no los muertos que ya están descansando. En todos los años que llevo viniendo me han atracado dos veces, y en cambio, nunca he visto a un ningún fantasma ni a ninguna bruja.”

Las tumbas contiguas, algunas evidentemente profanadas, están atiborradas de toda clase de signos y peticiones escritas con marcador negro y rojo: “Acuérdate allá de los que piden por tu alma desde acá”; “Consérvalo a mi lado, núblale la voluntad, entrégame su corazón”; “Enfermedad y muerte para Lady y su hija bastarda”; “Siete rosarios, uno para ascender cada peldaño, todos a cambio de un favor”.

Doña Magda posiblemente no sabe que la tumba de su pariente accidentado está en uno de los lugares en los que más brujería se práctica en Bogotá: la Escalera de Caracol del Cementerio Central de la capital, una suerte de edificio funerario con sótano y segundo piso, que representa con su forma elíptica la ascensión de las almas hacia el paraíso… o hacia otros rumbos, podría pensarse, ya que la magia en este lugar tiene que ver con los esfuerzos de las ánimas para salir del purgatorio. Actualmente el sótano de la construcción se encuentra cerrado con candado, y solo la administración y los familiares de los restos allí depositados tienen llave. “La que hay que hacer doña Magda –dice la señora Ligia que ya viene trayendo el agua–, es cambiar la lápida por una que no diga que ahí está el alma de un accidentado, mire que eso hace que la gente le pida más cosas y no lo dejen descansar ”.

La señora Ligia tiene razón. Las creencias populares dicen que el alma de los que parten de este mundo dolorosamente, tienen que hacerles favores a los vivos para olvidar el dolor que los mató.

Son las 5:30 de la tarde, hace frío y el cielo comienza a nublarse. El aire que se respira en el segundo piso se siente denso, pegajoso, mortecino. A pesar de que el sol ha evaporado casi por completo los charcos que dejó la lluvia de la mañana en la desafortunada arquitectura, aún queda agua estancada. Veo las cucarachas que entran y salen por la abertura de una de las tumbas profanadas.

Doña Magda guarda silencio. A ella, que tiene educación universitaria, las historias y creencias de su empleada sobre brujería le parecen cuentos de gente de pueblo. Ligia, evidentemente fastidiada con su labor de limpiadora de maleficios, dice que cuando llegue a casa va a tener que bañarse con las siete yerbas de purificación. Doña Magda, aún en silencio, le da la última bocanada a su cigarrillo y le sopla el humo a las flores que le va a dejar a su pariente. Luego se persigna. Ella está protegida contra cualquier mal gracias a la acción de los rosarios que reza todas las mañanas, a los escapularios que cuelga de la cabecera de su cama, a las misas ofrecidas en su casa por un sacerdote amigo de la familia, y por la adecuada ubicación de varios elementos protectores de Feng Chui.

¿Son menos mágicas las creencias de Magda con respecto a las de Ligia? ¿Es menos mago, o brujo, el amigo de la familia de la primera, que el amigo de la familia de la segunda? ¿Existe Dios pero no existe el Diablo? Es posible que existan ambos y que no exista ninguno. Recuerdo la frase de Novalis, el escritor alemán que murió a finales del siglo XVIII, que dice que la imaginación humana no ha creado nada que sea real. Los seres humanos podemos creer, al mismo tiempo, en dos cosas que se complementen y que se contradigan entre ellas.

Exspectamus resurrectionen mortuorum

La entrada del Cementerio Central ostenta en su portón el latinajo imprecatorio de la fe cristiana: “esperamos la resurrección de los muertos”, lo que tiene que ver también con el origen mismo de la noción del camposanto. La palabra cementerio viene del griego koimetérion, que significa dormitorio, porque según las creencias antiguas al cementerio se iba a dormir hasta el momento de la resurrección.

Sobre la frase latina, un ángel blanco y anciano sostiene paciente una guadaña negra y observa a los visitantes que cruzan bajo sus ojos. El Cementerio Central fue el primer camposanto que se construyó en la Bogotá del siglo XVIII, luego de que fueran prohibidas, por motivos de salubridad pública, las inhumaciones en los atrios de las iglesias. Originalmente estaba localizado en el área perimetral del entonces casco urbano y se llamaba Cementerio Universal, sin embargo, el crecimiento de la ciudad a lo largo del tiempo, lo encerró en la zona céntrica, y entonces fue necesario cambiarle el nombre por el que tiene actualmente. La construcción, declarada Monumento Nacional en 1984, que aloja los cuerpos de los próceres de la República, favorece con su abarrotada arquitectura los más escabrosas prácticas mágicas. Todo aquí se lee, significa algo, simboliza y materializa referencias espirituales, fervorosas, ultraterrenas.

Para la muestra: un par de encantamientos

Doña Estela Chitiva, una mujer introvertida de 47 años, trabaja frente al cementerio vendiendo estampitas y novenas de santos locales. En su pequeño puesto móvil –un cajón de madera que pone boca abajo– exhibe atados de velas blancas y amarillas, estampitas de José Gregorio Hernández, de las benditas ánimas del purgatorio y de San Leo Sigfrido Koop, el antiguo fundador de Bavaria cuya estatua funeraria permanece atenta, broncínea, escuchando desde el más allá los deseos de sus penitentes.

Doña Estela no hace contacto físico con nadie. Les indica a sus compradores con el dedo índice el precio de los objetos que exhibe, y cuando alguien compra algo, le pide que deje el dinero sobre el pequeño mostrador de donde ella lo toma y luego, ahí mismo, si es necesario, deja las “devueltas” para el cliente. Se excusa –sin mirar nunca a los ojos– diciendo que no tiene las manos limpias y que no toca a su clientela para no ensuciarla, pero después de que le compro un par de estampitas de santos milagrosos y le pago algunos miles de pesos, me confiesa que no toca a nadie porque al cementerio “van gentes” con muy malas intensiones y uno no puede saber “quién es quién”. Los penitentes en los cementerios piden cosas buenas y malas, piden salud y enfermedad. Y es que la magia, o la brujería para que las ánimas den salud y para que la quiten, tiene extensiones peligrosas: “si uno está de malas y toca al que no es, se le mete a uno un frío en los huesos que le va quitando la vida desde adentro”.

Le explico a mi desconfiada proveedora de objetos milagrosos que necesito al más milagroso de los huéspedes del cementerio para pedirle un favorcito, y entonces ella me señala con el índice la Novena en Sufragio de las Benditas Almas del Purgatorio. “Vaya con los N. N. [ningún nombre] que son las más poderosas, las que más oyen y las que más milagros hacen ¿Por qué? Pues por la fe, todos les tenemos fe y ellas nos tienen fe a nosotros… Hay una relación de interés de lado y lado, del lado de acá y del de más allá.”

Me voy en busca de los N.N. esperanzado en encontrar a alguien encendiendo velas negras o chorreando las lápida con sangre de animal, pero no veo a nadie. La brujería, como se puede suponer, se práctica sin testigos. Entre los pabellones silenciosos y ordenados, y los mausoleos elocuentes de los próceres y las eminencias nacionales (entre ellos, para sorpresa de muchos un suicida, el poeta José Asunción Silva), el cementerio confirma lo que dice doña Estela. Sin flores están las tumbas de Santander, de Rafael Pombo, de Miguel Antonio Caro, y no, para envidia suya, las de los muchos “Ningún Nombre”, que ostentan cruces e inscripciones muy variadas, testimonio de las múltiples visitas que sus devotos les hacen. La emergencia popular y la fortaleza con que el referente de estas tumbas sin nombre habla a los visitantes del cementerio sugieren otras formas simbólicas de la democracia y la historia patria. Aquí los héroes son otros. Los agentes del evento mágico, aún anónimos, son quienes extienden su poder sobre la ciudadanía.

“Muchas son las penas que sufren las benditas almas del Purgatorio pero la mayor de ellas consiste en pensar que por los pecados que cometieron en vida han sido ellas mismas la causa de sus propios sufrimientos”, dice la Novena que me vendió la intocable doña Estela. Este principio es el que activa las prácticas mágicas, pues para bien o para mal –tal es la moral del más allá, las ánimas necesitan hacer favores a los vivos para salir del Purgatorio (entidad que ahora, como sabemos, la Iglesia dejó en el Limbo) y conseguir el anhelado descanso eterno en el que brilla la luz perpetua.

La magia, dicen los expertos, funciona por extensión y por imagen. Para efectuarla por extensión, es necesario que quien pide el favor proporcione alguna extensión del cuerpo de la persona a la que se quiere afectar (fluidos como sangre, orina, lágrimas o residuos como pelo y materia fecal); para usar la imagen se acude a fotografías, o en su defecto, a dibujos. Siguiendo el principio bíblico aquel que dice que “primero fue el verbo”, se utiliza también la palabra y se escriben invocatorias con toda suerte de plegarias y usos flexibles de la ortografía, en papelitos que prometen desgracias si no se copian “a puño y letra” varias veces y se distribuyen por el cementerio (tal como en las cadenas de internet en las que hay se distribuye el mensaje por la web). Igualmente se usan los “muñecos”, otra forma de representación a la que acuden los interesados en este intercambio de favores con las ánimas. Y son poderosos.

Creer y no creer, esa es la cuestión

Luis Alfredo Pérez encontró uno de aquellos “muñecos” en su época de estudiante universitario. Merodeaba el cementerio, me cuenta, tratando de entender cómo funcionaba la brujería. Entre una de las tumbas tuvo la suerte, o la mala fortuna, de encontrar un “muñeco”. Estaba envuelto y amarrado con tres retazos de tela arrancados a la ropa de un muerto desenterrado. Cada retazo (uno arrancado de la camisa, otro del pantalón y otro de alguna prenda interior) le daba siete vueltas al muñeco y finalizaban con un nudo doble que unía las dos puntas.

La factura del muñeco era tan limpia y cuidadosa que parecía haber sido comprado en un almacén de artículos de decoración para bebés. Estaba hecho con dos capas de fieltro negro cosidas una a la otra, una tenía ojitos y una sonrisa bordada, el interior estaba relleno de hueso de humano molido. Un alfiler, con el que presuntamente se pretendía dominar la voluntad del hechizado, lo atravesaba. Luis Alfredo lo removió en un acto de escepticismo puro. El trabajo fue un éxito dice, sin embargo, siete meses después, sufrió sin precedentes ni explicaciones la terrible parálisis que ocasiona el Síndrome de Guillain-Barré. Hoy, aunque aún es un escéptico, cree que su enfermedad pudo haberse originado aquel día.

Comunicaciones virtuales de ultratumba

En la tumba de Aquileo Parra aparece la forma más singular de comunicación con las almas. Los interesados encontrarán un pequeño papel pegado a la lápida de su tumba con el siguiente mensaje:

“Soy don Aquileo, deseo comunicarme con ustedes. 750 60 31”.

Cuando le pregunté a Luis Alfredo si se animaría a llamar a nuestro ilustre expresidente – pues, reconozcámoslo, es tentadora la idea de aclarar la historia nacional con una llamada al más allá –, me contestó que no con el eterno refrán, “yo no creo en brujas mi hermano, pero que las hay, las hay”.

Llamé muy tarde por la noche, y colgué con vergüenza al oír la voz de un pobre cristiano que yo acababa de despertar, quién sabe si del sueño eterno.


La voz detrás de Satanás. Tres pinceladas sobre Mario Mendoza

agosto 16, 2008

Por: Julio Caycedo

En el 2002 la novela Satanás hizo que Mario Mendoza se convirtiera en el primer y único colombiano que ha ganado el Premio iblioteca Breve Seix Barral, galardón otorgado también a autores de la talla de Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Guillermo Cabrera Infante. Hoy, seis años después, Satanás ha sido exitosamente traducido al cine, al italiano y al portugués. Mendoza, entre tanto, ha publicado 4 novelas más, ha cultivado un público de miles de lectores y otro de incontables enemigos.

Mendoza le dio voz al Satanás que camina entre los bogotanos

Mendoza le dio voz al Satanás que camina entre los bogotanos

Mario Mendoza (Bogotá, 1964) vive en el apartamento 701 de uno de los edificios sin ascensor de un conjunto cerrado que queda sobre la calle 140 arriba de la carrera 10. Su apartamento, ocupado por varias bibliotecas y cuadros enormes, tiene grandes ventanales y claraboyas por los que entra mucha luz. Al autor de Satanás, contrario a lo que piensan muchos de sus lectores y desconocidos, no le gusta para nada la oscuridad.
Llegué a la cita con él 15 minutos antes de lo que habíamos acordado. Mario estaba ocupado enviando correos electrónicos para tratar de solucionar la falta de un certificado de vacunación contra la fiebre amarilla que le exigían para entrar a Ecuador, país al que viajará en pocos días auspiciado por la revista Don Juan para escribir la semblanza de un personaje sorprendente. “Pero no puede decir nada marica, si llega a decir algo no le vuelvo a contar un culo. Pero venga, siga guevón, espéreme un minuto que no me demoro nada y ya hablamos con calma”. Lo seguí hasta su estudio y me senté en una butaca alta que él acomodó cerca a su escritorio.
El estudio, al igual que el resto del apartamento, me pareció la antítesis de lo que muchos imaginan sobre un apartamento de soltero. Todo estaba milimétricamente organizado. La cocina estaba limpia. Los papeles puestos por ahí, sobre los muebles, dispuestos de grandes a pequeños. Los libros de sus bibliotecas (Mario lee mínimo un libro semanal, es decir, 52 al año) habían sido decididamente organizados por autores, temas y nacionalidades. Desde la butaca observé que Mario, incluso cuando escribe para internet, es ultra cuidadoso, como con todo, con sus tildes, sus comas y sus puntos.
En la puerta de madera del estudio hay clavado con chinches un afiche en el que aparece de cuerpo entero Raúl Gómez Jattin, con la mochila terciada, caminando sonriente por las calles de Cartagena. Frente al computador, a espaldas del escritor que mira la pantalla, hay un tablero de acrílico blanco en el que están enumeradas las características de todos los personajes principales de su próxima novela. Bajo el tablero, en una biblioteca de un metro de alto por dos de ancho, hay un par de cabezas del Buda y algunos papeles de esos que hacen evidente que las personas famosas también tienen vidas como las de el resto de mortales: recibos de servicios públicos, papelitos con anotaciones varias y un certificado de inscripción para correr en la media maratón de Bogotá. “Ese es mi otro lado guevón. Yo soy deportista. Pero espéreme un segundo y le muestro cosas del putas”.
Para no interrumpir más su sesión de gmail que evidentemente tenía que despachar, saqué de mi maleta un six pack de Poker, le ofrecí una y le pregunté si podía salir a fumar a la terraza. Mario ahora estaba revisando el buzón de entrada. “Claro guevón, pero también puede fumar aquí sin problema. Qué rico que se le ocurrió traer cervezas, qué pena, debería haber sido yo el que tuviera algo de tomar para su visita, pero es que me agarró ocupadísimo por estos días, usted vio cómo fue la Feria del Libro, pero espéreme un segundo que ya voy a terminar.”
La terraza se extiende por toda la cara occidental y sur del apartamento. En un extremo hay una mesita con cuatro sillas metálicas en las que parece delicioso sentarse a leer; al otro lado hay un barbecue que el mismo Mario mandó a construir porque le gusta cocinar. Una vez hizo una lasaña con salchichas bastante sabrosa de la que los invitados incluso repitieron a pesar de las salchichas. “Espéreme un segundo ya salgo guevón, qué pena, ¿quiere un vaso para su cerveza? yo me voy a servir en uno”.
Conocí a Mendoza ocho años atrás cuando entré a estudiar literatura en la Pontificia Universidad Javeriana. Él dictaba la “introducción a la literatura” en la que muchos estudiantes vislumbramos emocionados la multiplicidad sicológica que parece habitar a los seres humanos, idea que ejemplificaba, entre otras, con la lectura de El extraño caso del Dr. Jeckill y Mr. Hyde, el mismo título que la policía encontró en un bolsillo de la chaqueta del cadáver de Campo Elías Delgado, el excombatiente de Vietnam que asesinó el 4 de diciembre de 1986, en un lapso de 12 horas, a una veintena de personas en el restaurante Pozzeto de Bogotá antes de suicidarse. Mario lo había conocido. Había cruzado un par de charlas con él en los mismos pasillos javerianos por los que caminábamos los estudiantes. Todos oímos obnubilados las distintas versiones que Mario contaba, semestre tras semestre, sobre el asesino. Para él el episodio siniestro marcó una nueva era negra de Bogotá: el ingreso en las tinieblas, el descenso a los infiernos que retrataría en Satanás.
Todos los estudiantes de Mario lo admiramos, lo oímos, lo leímos y luego lo odiamos. El cabrón, durante el recorrido por los pasillos que llegaban al salón hablaba de fútbol, nos saludaba a todos por nuestros nombres y nos comentaba sus opiniones sobre los trabajos que le habíamos entregado y que él calificaba y comentaba cuidadosamente con frases como “Muy lúcidas interpretaciones”, “Muy buena relación entre los textos”. Adentro del salón, el tiempo parecía detenerse. Sus ejemplos, tonos de voz y representaciones gestuales, hacían que la realidad del texto que estuviéramos leyendo, fuera el que fuera, se sobrepusiera a la realidad real. El tipo tenía, y tiene aún, la capacidad de traer la realidad literaria.
Sus ejemplos y profundo amor y conocimiento sobre los temas sobre los que hablaba, acababan sobreponiéndose a la realidad tangible. Uno de pronto dejaba de estar en la Bogotá del siglo XX en clase de literatura, para estar en el manicomio frente al cual Nerval, el autor de Aurelia, había terminado con su vida colgándose de una farola parisina. Luego, al salir de clase, el buen Mendoza olvidaba los rostros de sus estudiantes. Si uno no le cortaba el paso para saludarlo, el muy arrogante –decíamos sus estudiantes- no era capaz siquiera de saludar. Luego me enteraría que la moral de Mario no solo le impide hacerse amigo de sus estudiantes ya que él está ahí para calificarlos, sino también acceder a las mujeres que se le ofrecían por su seductora condición de escritor: “él no obtiene favores sexuales a través de sus conocimientos de literatura, porque siente que si lo hace está prostituyendo su oficio, su pasión”, dice uno de sus amigos de más tiempo.
¿Podía haber algo más infame para el estudiante que quería pasar más tiempo con el maestro al que admiraba que el desdén? Muchos opinaron que no y dejaron de saludarlo. Incluso se crearon grupitos de estudiantes, abalados por varios profesores hipócritas, que lo llamaban el gran actor, aquel que solo seducía. Un buen día Mario renunció a la Universidad y hasta la fecha, según uno de los jesuitas que fundaron la Facultad de Literatura de la Javeriana, nadie ha podido darle la talla al reemplazarlo. Mario había decidido, después de once años de docencia como catedrático, dar el salto al vacío en el que le apostaría a convertirse de tiempo completo en escritor. Eso era lo que deseaba y estaba dispuesto a jugársela completa. Aún hoy, con la experiencia de haber aguantado hambre por dejar de trabajar y dedicarse solo a su obra, está absolutamente seguro de que nadie puede ser escritor de medio tiempo, de que los que llegan lejos son únicamente los rigurosos. “Yo encuentro la inspiración trabajando todos los días, escribiendo durante siete horas al día sin parar, releyendo, corrigiendo. ¿Usted cree que se puede escribir una novela trabajando únicamente durante los fines de semana…? Me mira a los ojos y hace una pistola enfática al aire con la que parece querer decir: ¡las guevas!
Durante la última edición de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, después de una conferencia en la que nuevamente vi al público embrujado con la voz y la precisión bibliográfica de Mario, lo abordé para preguntarle si me ayudaría a escribir un perfil sobre él. No solo me respondió que “claro guevón”, sino que además me dio los teléfonos de las dos personas que según él mejor lo conocen. Era cierto. Uno de ellos es filósofo, es su guía de lecturas de filosofía y estudió con él durante el pre-grado; el otro no solo lo salvó del hambre prestándole todo su dinero para que pudiera comer antes de que se ganara el Seix Barral, “creía en él desde siempre”, sino que además actualmente es su contador.
Cuando Mario finalmente apagó el computador, yo ya había abierto la segunda lata de cerveza y él apenas se había tomado la mitad de la primera. Dos horas más tarde, cuando yo me estaba terminando la cuarta y él apenas comenzaba la segunda, me enteré que aunque le gustaba la cerveza fría, en general no disfrutaba el trago. Su padre -ya fallecido- había sido alcohólico, motivo por el que Mario había tenido suficiente tiempo para darse cuenta de que lo suyo no era por ahí. Mario es un personaje que está cómodo entre su piel. Cuando entré de la terraza y me senté nuevamente en la altísima butaca, comenzó a hablarme, con los pies subidos ahora sobre el escritorio, del país y de su generación con ejemplos deportivos. “Mire guevón, un gringo que es vencido en una competencia deportiva, se levanta al día siguiente para entrenar desde más temprano; un colombiano en cambio, vencido en las mismas circunstancias, pide que le hagan al hijueputa que le ganó un control de doping”. Eso es lo que tiene sumido al país en el subdesarrollo: la envidia. En Colombia al que le salen las cosas bien, o es un tramposo o es un rosquero.
“Usted no se imagina la cantidad de enemigos que me gané después del 2002. Antes no, porque yo no era nadie conocido, pero ahora hay un resto de personas que me sonríen y me hacen pistola ente los bolsillos de la chaqueta”. La generación de escritores del boom latinoamericano se tiraron rayo entre ellos. En cambio en la de Mario, según él, integrada por tipos como Jorge Franco, Héctor Abad Faciolince y Santiago Gamboa, la generación mutante como los llamó el Orlando Mejía Rivera, ha funcionado más como un equipo de ciclismo. “¿Ha visto como operan?” El que va de líder es el que va poniendo el pecho y los que van atrás van chupando rueda. Nosotros funcionamos en bloque y no como individuos independientes.
A Santiago Gamboa, el autor de El Síndrome de Ulises, que fue compañero de Mario en la universidad y estuvo casi a punto de vivir con él cuando apenas cumplían los 19, le escribí para preguntarle por sus impresiones sobre Mario como persona y como escritor. El mutante me respondió en breves líneas que lo que necesitara saber sobre Mario debía preguntárselo a él, ya que sus opiniones serían simplemente eso: impresiones. La impresión que tuve es que ellos ya no son los amigos que la gente dice que fueron en alguna época. Mario habla con afecto sobre Gamboa, Gamboa en cambio, entre líneas, parecía desear un análisis de doping para su antiguo compañero de clases. Un lector agudo, de esos que no comen cuento, me dijo que la diferencia entre la obra de Mario y la de Santiago, en donde posiblemente radica su aparente enemistad, es que el primero estaba tratando de solucionar un problema vital, y el segundo uno estético.
Luego nos sentamos en la sala. Mario se acomodó cuan largo es en el sofá y puso a Jethro Tull en el equipo. A él le gusta el rock sinfónico y la salsa, ritmo con el que dicen que se desenvuelve muy bien a la hora del bailar. Hablamos durante largo rato ahí sentados y me contó que el día que Cabrera Infante le dijo, 45 minutos antes de la rueda de prensa, que el jurado del Seix Barral lo había elegido como ganador, se volvió polvo. Miró para atrás y se acordó de toda el hambre que había aguantado. En esa época tenía pegado en la nevera, vacía claro, un papelito que decía: “No puedo ir a restaurantes lujosos, no puedo comprar ropa, no puedo comprar libros (eso era lo que más le dolía)… Sí puedo ir a cine porque es barato”. Mario tuvo que encerrarse en su habitación del hotel. Lo primero que hizo fue llamar a su papá, despertar al viejo que en la madrugada colombiana estaba ya durmiendo y decirle que a pesar de todos los pronósticos, se había ganado el premio. Luego llamó a su amigo Quintero, el contador ordenado como budista zen, y le dijo feliz que por fin tenía para pagarle toda la plata que le había prestado.
Mario me mostró sus manuscritos de Satanás y de Los hombres invisibles (titulada originalmente La tribu de los hombres invisibles) archivadas cuidadosamente en fólderes divididos por capítulos con post it. Me dijo que aunque lo que más le gustaba era escribir con lápiz Berol Mirado No. 2, ahora escribía directamente en el computador porque era menos trabajo. Antes escribía a lápiz, borraba, corregía y luego pasaba al computador, proceso en el que acababa corrigiendo una vez más. “El doble de trabajo guevón”. Luego me llevó a la biblioteca del comedor para enseñarme algunos párrafos que le habían encantado. “Esto se lo tiene que leer guevón, es una putería, mire este párrafo”, y así me leyó varios párrafos de varios autores distintos. Miraba las estanterías, abría los libros y me leía párrafos que sabía exactamente en qué páginas se encontraban. En algún momento timbró el teléfono y se fue a contestar. Yo me quedé leyendo un fragmento de una novela de un Mendoza mexicano en la que un personaje reflexionaba sobre la cantidad de vulgaridades que usaba su interlocutor. La reflexión comenzaba en lo molesto que le resultaba que su interlocutor hablara así, y terminaba en que la molestia seguramente se originaba en que él también era vulgar pero tenía “menos cojones para admitirlo”. Cerré el libro, lo puse en el estante del que Mario lo había sacado y le dije en voz alta tan pronto como oí que colgó el teléfono: “que putería de párrafo, estas mierdas sí que vale la pena leerlas”.
Mario tenía que salir y me invitó a que nos reuniéramos nuevamente, esta vez con un amigo mutuo que descubrimos teníamos en común. A la salida del edificio, ya con el sol a punto de ocultarse, Mario me mostró unos limoneros que estaban plantados en el jardín de la casa del lado. “¿No los vio cuando entró? ¡Eso es lo que tiene que aprender guevón!, ¡tiene que aprender a observar! Yo creo que soy una persona que está pensando nuestro tiempo, el de la avalancha de la información, porque soy un tipo que observa. Mis libros, ese clima psicológico que los atraviesa, se nutren de la realidad, de la vida que ocurre frente a los ojos de todos.
Hablamos de libros durante un par de cuadras y luego nos separamos. Yo me senté en un andén esquinero a ver pasar los carros y las personas y a pensar un poco en lo que había hablado con Mario. A los pocos minutos, ya con el sol detrás del horizonte, se parcharon cerca de mi un grupo de skin heads jóvenes, todos con botas militares, pantalones entubados y chaquetas bomper. Uno de ellos le estaba contando a sus amigos que el man de la película Satanás, que era una putería, sí había existido de verdad, que era cierto que le había pegado un tiro a la mamá y que luego había envuelto el cadáver en periódico para quemarlo. Les dijo también que el man que había escrito el libro del que habían hecho la película vivía en el barrio, que él lo había visto en YouTube y que lo había reconocido un día en Carulla. Uno de los calvos dijo que había que buscarlo para preguntarle si la vaina del tal Campo Elías era cierta, y el otro le respondió que ni por el putas, que al tipo ese -a Mario- se le veía la maldad en la mirada. Yo entendí entonces, en la vida real, qué quería decir Mario cuando decía que la realidad y la ficción se alimentaban constantemente la una de la otra
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Un midas en el trópico

agosto 4, 2008

Un midas en el Trópico

El Estado tiene al Grupo DMG bajo la lupa, pero no ha logrado descifrar el enigmático negocio. Aunque muchos opinan que mientras se permita su funcionamiento, es legal, la falta de claridad de la llamada “empresa de dinero fácil” despierta sospechas.

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En las calles, las tiendas y en las busetas de Bogotá, y de otras 30 ciudades del país, se habla de que hay una empresa que multiplica la plata. Se llama Grupo DMG, siglas del nombre de su presidente David Murcia Guzmán, de Diversificación de Mercado Global, y de “Dios mío gracias, dame más ganancias”, como la llaman algunos de sus clientes: miles de personas que conforman la gran familia DMG.

En la Autopista Norte número 197-35, rodeado por las primeras vacas de la sabana de Bogotá, e improvisados vendedores de mazorcas, pinchos, merengón y obleas, se alza el Megaoutlet, una enorme bodega de dos pisos de concreto gris y techo verdoso, que funciona como centro operativo de DMG en Bogotá.

Largas filas de carros esperan un puesto en el atiborrado parqueadero. Los que vienen en el alimentador de Transmilenio desde el Portal del Norte, cruzan el puente peatonal de la 197, custodiados por la seguridad privada de DMG. “Es que hubo muchos robos porque todo el mundo trae plata en efectivo, entonces comenzamos a vigilar nosotros mismos”, comenta Díaz, uno de los celadores de turno.

En la entrada, como en cualquier otro centro comercial, hay algunos guardias armados. “Una requisita”, invita uno de los empleados de chompa negra de 123 Logística. Una mujer mayor marca una X en su planilla cada vez que alguien entra, y afirma que “los fines de semana pueden venir hasta cinco mil personas al día”.

A continuación, esbeltas jóvenes de jeans ceñidos y zapatos plateados de tacón puntilla, reciben a los clientes con una sonrisa y los invitan a seguirlas hasta una fila interminable que acaba en la entrada de un auditorio. “Ese es posiblemente el mayor defecto del sistema. A veces las colas son muy largas y se puede uno demorar hasta cinco horas para oír la charla explicativa. No importa que uno sea cliente viejo, siempre hay que oír la charla”, dice una persona que lleva tres años comprando con DMG.

Al interior del auditorio, sobre un carrasposo tapete azul oscuro, hay 200 sillas Rimax en las que cada 25 minutos se sientan nuevos grupos de personas a escuchar
exactamente cómo funciona el sistema de tarjetas prepago de DMG. Entre ellas hay taxistas, militares, amas de casa, estudiantes, y en general, personas deslumbradas con la promesa de invertir y confiar en DMG, para multiplicar su dinero.

La conferencia la dicta, micrófono en mano, Jefferson Alfonso, un joven administrador de empresas de 22 años, vestido con saco anaranjado, camisa blanca y estricto pantalón negro. Cada vez que habla a un nuevo grupo, inicia ofreciendo el servicio gratuito de guardería y recreación de DMG: “Los menores aquí se aburren porque no entienden de qué estamos hablando, así que mejor pueden salir a divertirse y cederle su puesto a alguno de los adultos que están esperando afuera”.

Continúa en voz alta: “DMG NO es una pirámide, ni un multinivel, ni una empresa de inversiones. Es una entidad comercial que vende productos, bienes y servicios para suplir todas las necesidades de la familia colombiana. Nos parecemos al Éxito, por ejemplo, porque somos una empresa comercializadora, pero no nos parecemos, porque nuestro portafolio es mucho más amplio”.

Hacia las 12 del día, la fila de gente que espera entrar al improvisado auditorio supera las 500 personas y crece como arroz.

Para comprar a través de DMG, cada cliente debe comprar dos tarjetas prepago[1] como las que usan Transmilenio y la telefonía móvil. La diferencia está en que al comprar y cargar las tarjetas de DMG, el comprador firma un contrato por seis meses con Global Marketing Colombia S.A., en el que se compromete a prestar “servicios como activador de marcas y promotor de publicidad personalizada para activación de diferentes marcas que maneje o manejare el contratante”.

El inusual negocio es explicado por Jefferson de la siguiente forma: “No le pagamos grandes sumas a tres medios, o a tres familias que ya lo tienen todo, sino al colombiano común que trabaja duro, para que hable bien de nuestra empresa. A ver, ¿cuántas personas llegaron hoy porque alguien les habló bien de nosotros?” -pregunta con una sonrisa inocultable-. Todo el auditorio levanta la mano. “¡Esa es la prueba, nosotros tenemos fe en que nuestros clientes están felices de hacer su trabajo y de pertenecer a la gran familia DMG!”.

A pesar de la aparente legalidad del contrato, DMG no entrega una copia a los nuevos miles de contratistas, ni estos se lo exigen. Para rematar, nadie verifica que hagan su trabajo. A DMG llega tanta gente, que la eficacia de la publicidad personalizada, o “voz a voz”, habla por si sola. Hacia las cuatro de la tarde al Megaoulet no le cabe ni un alfiler más.

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¿Cómo paga DMG a los contratistas?

Con puntos que pueden ser redimidos por dinero en efectivo, productos o servicios. Según Jefferson, DMG tiene en cuenta la carga inicial de cada tarjeta para hacer sus pagos. Un peso equivale a un punto, alguien que carga 100.000 pesos, obtiene 100.000 puntos. Lo que varía -casi a diario y con una lógica que nadie en la compañía revela- es la cantidad de puntos que la empresa paga por publicidad.

Un día cualquiera DMG puede ofrecer la misma cantidad de puntos por dinero, lo que significa una rentabilidad del 100%, y al día siguiente solo del 35%. La inversión mínima es de 100.000 pesos y la máxima supera los 50 millones.. “No hay pierde -afirma Gerardo López, un cajero de banco que ha firmado ya dos contratos en un año-, si Murcia se volara, que no creo, la gente perdería un sueño y no su dinero; aquí uno gasta y luego gana por hablar bien del negocio… en cambio, si usted mete 100.000 en una cuenta de ahorros de un banco, al final del año no solo no ha ganado, sino que le han descontado por manejo de tarjeta, transacciones telefónicas o de internet, y hasta por entrar al banco a pagar sus cuentas”.

A continuación, más de la mitad de la sala se dirige, turno en mano, a dos oficinas contiguas en donde compran y cargan sus tarjetas prepago con dinero. Según Jefferson, 3 de cada 5 personas que asisten a la charla firman el contrato.

Si bien los empleados de DMG, una empresa catalogada como “empresa del dinero fácil” por la Superintendencia Financiera, no revelan cifras sobre los ingresos de la empresa, Andrés Caro·, estudiante universitario recién independizado de sus padres, dice que la señorita con quien firmó su contrato tenía apuntado en una planilla, entre otros datos, la cantidad de dinero que la gente dejaba. “En la hoja que vi, había más de 120 millones de pesos cargados por menos de 15 personas”. El Megaoulet dispone los fines de semana, entre las nueve de la mañana y las siete de la noche, a más de 50 personas para atender a un cliente cada 15 minutos.

¿Qué se puede comprar en el Megaoulet?

Lo mismo que en Unicentro, con la diferencia de que en el Megaoulet puede costar un 30% más. El abanico de ofertas de los cientos de pequeños locales que comparten los 16 mil metros del enorme centro comercial es muy amplio. Los visitantes pueden gastar su dinero en bicicletas BMX o Specialized, en lavadoras Whirpool de última generación, en televisores de plasma Panasonic, en neveras Icasa, en computadores Hewlett Packard, en perfumes Lacoste, y en joyas, relojes, ropa o licor de distintas marcas reconocidas. Las mujeres pueden hacerse desde una permanente, hasta sacar una cita para mandarse a poner un par de tetas nuevas.

Al ritmo de Juanes, proyectado en un concierto sobre una enorme pantalla en el centro del establecimiento, muchas familias averiguan entusiasmadas por las vacaciones todo incluido que vende la agencia de viajes de DMG para ir a Tolú, Santa Marta, los Llanos, Capurganá, o distintos destinos en Latinoamérica y Europa.

En el sótano, entre carros de marcas chinas, ostentosas camionetas Ford, motos y scooters, un Mickey Mouse medio tuerto y un Bob Esponja trajinado, reparten a las familias invitaciones para que los niños participen en la actividad recreativa que se realiza, en rotativa, en la zona verde junto al parqueadero. La mayoría de los asociados que venden sus productos o servicios en el Megaoulet, le pagan al Grupo DMG una comisión, mínima, del 10% diario sobre el total de sus ventas.

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Cuándo el río suena…

El director de DMG Holding, Martín Márquez, explicó que el Grupo DMG está conformado por 28 empresas [3]. Unas pertenecen al Grupo y otras, asociadas directa o indirectamente, se vinculan mediante contratos de corta duración.

Aunque Márquez es más que amable al atender a quienes desean saber más sobre la empresa, también es más que hábil para no responder sobre el “don de Midas” que le permite a DMG pagar sumas tan altas a sus publicistas voz a voz.

¿Cuánto invierte DMG en publicidad personalizada respecto a empresas que invierten en publicidad tradicional?

Martín Márquez: Desde el punto de vista de publicidad nosotros gastamos más pero fidelizamos al cliente que habla bien de nuestra empresa y trae a más clientes. Un comercial de televisión es menos efectivo que el voz a voz, porque muestra un producto pero no lo respalda.

¿Cómo hace DMG para pagar cifras tan altas?

M.M.: Hay que dividirlo por seis meses. Pagar el 100% equivale a pagar el 16% mensual. Con la rotación que tenemos de productos podemos ganar el doble, o incluso el triple de ese 16%. El producto llega y se va rápido y genera consumo. Nosotros no descontamos cuota de manejo, ni cuatro por mil, como los bancos; no le ocasionamos gastos a nuestros clientes, solo les damos beneficios. Banqueros como los Sarmiento, a final de cada año, se han ganado miles de millones de pesos; nosotros no, pero estamos fidelizando a nuestros clientes.

¿Cuántas tarjetas venden mensualmente?

M.M.: El número es variable y confidencial, no puedo dar cifras porque asustaría a los bancos.

De la gente que redime sus puntos por dinero, ¿cuánta reinvierte nuevamente en DMG?

M.M.: El 80% de las personas que redimen sus puntos por dinero, lo reinvierte en DMG.

¿Le pagan a la gente que redime sus puntos por dinero con la plata con la que gente carga sus tarjetas?

M.M.: Sí, es una operación comercial. Nosotros quedamos con un capital que inyectamos a nuestras empresas. Ese sistema es el que nos genera altas utilidades. Cada empresa paga un rubro por publicidad.

¿DMG paga IVA?

M.M.: Vendemos el plástico de las tarjetas y ahí pagamos IVA, igual pasa con los productos que vendemos de nuestras empresas. Cuando un cliente redime sus puntos por dinero, es responsabilidad de él declarar sus ingresos, nosotros expedimos un certificado de ingresos por concepto de publicidad personalizada.

¿Cuál es el futuro de DMG?

M.M.: Tenemos la meta de abrir quinientas oficinas durante el resto del 2008. El pago por publicidad no se va a acabar, podemos reducir nuestros planes de mercadotecnia en el futuro, pero no dejar de pagar bien.

¿A que otros países se van a extender?

M.M.: David no tiene metas definidas al respecto. No es sino que llegue alguien y le diga que quiere abrir una oficina en la Cochinchina, le explique su actividad comercial, y listo. A continuación David le pregunta cuánto necesita para arrancar a trabajar.

¿Es verdad que hay municipios donde la gente ya no trabaja porque vive de DMG?

M.M.: En el Putumayo hay una gran fidelización de nuestros clientes, porque hemos hecho una labor más grande que la del mismísimo Plan Colombia. Allá generamos una mejor calidad de vida y ya nadie tiene que vivir del narcotráfico, o de los cultivos ilícitos: ¡ahora trabajan para DMG que es una empresa honesta y legal!

¿Se puede caer DMG

M.M.: No, las transacciones que realizamos están respaldada por las empresas de la compañía. Estamos seguros de que jurídicamente no nos pueden cerrar. No hay nada que temer, cerrar no es la intención de David Murcia Guzmán.

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Dios Mío Gracias, de eso tan bueno sí dan tanto

A pesar de la vigilancia por presunta captación de dineros del público y de los ataques mediáticos que han tildado a Murcia de paramilitar, narcotraficante y estafador, DMG cada día tiene más clientes que se dan fe del milagroso negocio.

Los milagros ocurren únicamente cuando hay testigos que puedan difundirlos mediante su testimonio. Hoy, por ejemplo, nadie hablaría del Jesús de Nazaret que murió y resucitó a los tres días, si los apóstoles no hubieran visto su tumba vacía y luego, para rematar, hubieran hablado personalmente con él. Igual ocurre con DMG: los testigos del milagro financiero difunden la buena nueva entre sus conocidos, dan testimonio de su experiencia personal y vinculan a nuevos clientes que también desean percibir las bendiciones de la publicidad personalizada.

Fernando Aristizabal·, comunicador social y publicista independiente, llegó a DMG luego de que muchos de sus amigos le habían contado de su rentable experiencia personal. “Yo era de los que le decía a mis amigos que se acordarían de mí cuando perdieran su platica y se quedaran con los crespos hechos. En este país nadie ayuda así no mas, sin gato encerrado”.

Un día un amigo de Fernando llegó estrenando un Volkswagen Jetta que había comprado en DMG, seis meses después, la empresa la pagó 50 millones por su “publicidad personalizada”, de manera que el carro le salió gratis. Según Fernando ese tipo de compras ya no se puede hacer, “el pago del 100% en gastos millonarios lo acabaron porque los concesionarios que vendían carros en el Megaoulet, estaban comprando su propia mercancía y ganándose la plata por publicidad. La filosofía de la empresa es ayudarle al que no tiene y no multiplicar las arcas del que ya tiene”.

Lilia Facundo·, empleada domestica, llegó a DMG con 180 mil pesos en monedas y compró su tarjeta al 100% de rentabilidad. Los gastó en el hipermercado El Gran Trigal y a los seis meses le dieron de vuelta sus ahorros: “Es increíble -dice- “he hecho dos mercados con la misma plata…”

El hijo de Blanca Rosero·, un joven economista en serios aprietos económicos, fue a un banco y pidió un préstamo de diez millones al 30% de interés mensual. Fue a DMG quince días seguidos hasta que le ofrecieron 100% de puntos por su dinero. Actualmente le faltan 4 meses para que le paguen, y aunque está muerto del susto, dice que cree ciegamente en DMG. “¿Por qué habrían de robarme si le han pagado a todo el mundo? Tendrían que cambiar las leyes para que el negocio se caiga. Cuando me paguen saldo mi deuda en el banco, compro otra tarjeta con lo que me paguen y listo, soluciono mis problemas”.

“Yo quiero tener un millón de amigos”

Internet es el nuevo espacio en el que se libran todas las batallas por, o en contra de las causas más insólitas. Cada vez que un medio de comunicación cuestiona la empresa de Murcia, los comentaristas que lo defienden a capa y espada se reproducen como conejos. “La entrevista a Murcia fue la más leída el mes en que la publicamos, sobrepasando incluso otros temas como corrupción, Farc o Uribe”, dice Maria Teresa Ronderos, directora de semana.com.

Piton, un comentarista de eltiempo.com, reacciona así a un artículo del medio: “Aquí lo único que veo es una guerra sucia del sistema financiero contra esta empresa. Los cochinos banqueros están tratando es de sacar del mercado a dmg ya que esta empresa los esta dejando sin recursos”.

Facebook, el popular sitio web de redes sociales desde el cual se convocó a la histórica marcha del 4 de febrero a través del grupo “Un millón de voces contra las FARC” (al que se juntaron 366.293 cibernautas), alberga también grupos a favor de DMG. El mismo presidente de DMG abrió el grupo oficial de “Amigos de David Murcia Guzmán“, al que en menos de una semana se habían unido 13.870 miembros. Murcia, superando incluso las ambiciones de Roberto Carlos en su canción Yo quiero tener un millón de amigos, pretende sumar en su grupo a tres millones de afiliados.

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¿Hay gato encerrado?

Si alguien lo sabe, no ha logrado demostrarlo. Una fuente de Hacienda aseguró que aunque hay un grupo integrado por la Dian, la Unidad de Inteligencia y Análisis Financiero del Ministerio de Hacienda, la Fiscalía, el DAS y la Policía Judicial, trabajando para descifrar la fórmula mágica de Murcia, “cerrar DMG está muy difícil porque ya tiene muchos clientes que están empeñados en defenderlo a capa y espada”.

Aunque en la Fiscalía hay nueve denuncias vigentes contra DMG, no hay ninguna en su contra por haber incumplido sus ofrecimientos. Sus clientes, que no entienden qué puede haber de ilegal en una empresa que les da una “mejor calidad de vida”, esperan que las indagaciones por captación ilegal y lavado de activos, resulten negativas. Por otro lado, los opositores de Murcia, entre ellos muchos economistas, dicen que un negocio así solo puede funcionar mediante la usura, o especulando en finca raíz por fuera del país. Otros, que no tienen ninguna explicación económica para la reproducción de los panes y los peces de DMG, solo atinan a recordar que el último héroe colombiano similar a Murcia, se llamó Pablo Escobar.

Las dudas respecto al enigmático David Murcia Guzmán, de apenas 27 años, no se aclararán mientras él mismo no se pronuncie con claridad para explicar de dónde sale su dinero, o mientras el Gobierno no encuentre al gato encerrado en el negocio. ¿Será posible que Murcia tenga el don de Midas?

Sea lo que sea, está por verse.


1-Luego de firmar el contrato de prestación de servicios por una duración de seis meses, cada cliente compra por 10.00. pesos una tarjeta prepago inteligente azul y otra negra, ambas de carácter personal e intransferible. En la azul queda registrado el dinero que cada comprador desee cargar, sin que se le cobre ningún tipo de retención o cuota de manejo. En la negra quedan cargados los puntos que seis meses después pueden ser redimidos por dinero en efectivo, productos o servicios. Un peso equivale a un punto, es decir, si alguien carga su tarjeta azul con 100.000 pesos, la negra automáticamente queda cargada con 100.000 puntos.

3-Empresas del grupo DMG: DMG Constructores, DMG Comercializadora Virtual, Factory Models; DMG Fashion, Hosset Stylelife, Productos naturales. Empresas asociadas a DMG: El Gran Trigal, Inmuno Vida, Bussines System, Studio Pilates, Body Channel, Humor Channel, Pabón Castro Abogados, L&A, Cenco, Provitec, Searching People, Personal Collection, Funerales DMG, DMG TV, Pollo.com, Droguería DMG, Supermercados DMG, Centros de estética, Ferretería DMG, DMG Comunicaciones, Abarrotes DMG, Cultivos de savia.


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