El precio no enCaja

septiembre 18, 2008

Por: Mauricio Palma

 

Bogotá, un día de septiembre como cualquier otro. Son las dos de la tarde pero está oscuro, como si fueran las cinco. Sentado en el mismo céntrico Oma de siempre, veo las bellezas universitarias contemporáneas. Algunas, con un alto grado de desatino geográfico (o con ínfulas de exhibicionismo), portan blusas ampliamente reveladoras. Es hora de irme a casa. Tengo trabajo y no quiero quedar mal con mi jefe. De pronto suena el celular.

 

-¿Farid?… ¿Que tiene que comprar qué?… Bueno yo lo acompaño… No ni idea cuanto cueste… Si algo, regateamos… Ya nos vemos-

 

Mi mejor amigo aparece a los veinte minutos. Me cuenta rápidamente que en su viaje –acaba de llegar de España luego de haber trabajado en la oficina comercial colombiana en Madrid durante un año- compró una consola de videojuegos. Un playstation II. Sin embargo, no tomó en cuenta que el voltaje de las conexiones americanas es diferente al de las europeas. Son los problemas de un mundo globalizado.

 

Debemos conseguir un regulador de voltaje que transforme de 220 a 110 voltios la carga eléctrica de su dichoso aparato, para que pueda seguir embruteciéndose todas las noches cuando llegue a su casa. A mí no me gusta jugar FIFA, ni Doom ni nada de eso. Poco me interesa el tema. Es más, me produce furia pensar que existan personas que gasten su tiempo de esa forma pudiendo dormir. Pero al buen Badrán (un apellido muy raro, según sé viene de Omán en Oriente Medio) poco lo he visto en el último año. Es una buena oportunidad para intercambiar chismes. Además, que más da. ¿Cuántas veces no me he ido de compras por la ciudad tratando de conseguir el mejor precio hasta para la chucheria más inoficiosa?    

 

***

 

Caminando por la calle diecinueve, al son de historias de búlgaras, paraguayas y argelinas regaladas, observo las interacciones del comercio bogotano. Almacenes formales que venden desde un tarro de anabólicos para fisiculturistas hasta cajas llenas de tajalápices recién traídas de Taiwán. Comerciantes informales, que venden chontaduro, chocolates, aerografías, retratos y elixires de la eterna juventud. Y nosotros, compradores indecisos que no tenemos ni idea de que estamos buscando. De todas formas hay algo que nos une. Ellos tienen ofertas, precios bajos y “encimes” de toda clase. Farid y yo, buscamos no gastarnos más de lo debido, aunque no sabemos cuanto podría ser. Pero que no se nos olvide la máxima de los abuelos: “un descuento ganado, es un peso ahorrado”.

 

***

Juemadre, va a llover. Por fin vamos a llegar. Tengo más que curiosidad, miedo a que me roben. Más que ganas de caminar buscando el tal aparato ese, ganas de irme. Leo el aviso institucional romantizado por la banda sonora del sonido infernal que exhala un megáfono que publicita el Kama Sutra ilustrado. Av. Calle 19, Carrera 9. Llegamos a la calle con más almacenes de utensilios y armatostes electrónicos en toda la ciudad. Según dicen, el primer almacén de eléctricos que se asentó aquí, fue el “Mundo del Bombillo”. Había llegado exiliado desde la Séptima, cuando su primer habitáculo fue incendiado en el Bogotazo. Al principio, sólo los pudientes de Teusaquillo y Chapinero venían por focos nuevos. Sin embargo, la energía eléctrica se democratizó rápidamente y dejó de ser un privilegio de ricos. En los sesentas, el setenta por cien de los hogares bogotanos contaba ya con electricidad.

 

-Entremos al primero, al de la esquina- dice Farid.

 

Letrero grande en fondo azul y con letras rojas. Voy a entrar a “El Centro de la Electrónica”, y no estoy emocionado.

 

-Buenas señora. Estoy buscando un adaptador o un regulador de voltaje, creo que es lo mismo –

-Si le tengo el de nueve voltios, para el computador, para…

-No no, es uno especial. De 220 a 110 voltios. Que cambie de las paticas redondas a las planas. Pa’ poder conectar un playstation

-¿Luego eso no viene ya con eso? Reclama la dama

-No no, es que me traje un playstation de Espana y…

 

(Farid le cuenta la historia de su vida a Dona Clara –porque así se llama esta cincuentona regordeta-. Luego reacciona y vuelve en sí)

 

-¿Tiene el aparato?

-Sí. Véalo en la vitrina. Es ese blanquito. Cuesta cincuenta y nueve mil.

-¿Y lo mínimo?

-No es que no se puede, ese es el precio. Véalo marcado y todo.

-Es para llevárselo ya

-Cincuenta y cinco…

-¿Me regala una tarjetica? Yo ahorita vuelvo…

 

¿Cincuenta y cinco mil por una cajita blanca, inerte y seguramente oxidada que ha pasado más de dos años en esa vitrina? No… Preferible ir a buscar en otro lado. No es por nada, pero estamos en la calle de la electrónica. Desde la entrada del almacén se vislumbran opciones potenciales. “Eléctricos plus”, “Sonido y efectos electrónicos”, “El zorro electrónico No. 2”…

***

Seis de la tarde del mismo lunes. Luego de emparamarme y de haber ingerido dos tintos de termo ambulante y siete cigarrillos, llego a mi casa. Me despedí de Farid en el Transmilenio, pero antes le pedí que me dejara todos los papelitos que nos dieron. Parecen llamativas tarjetas de presentación con dibujos y fotografías de consolas y parlantes, pero son en realidad cotizaciones. En ellas está descrito el mismo aparato. Las especificaciones técnicas del transformador de 220 a 110 voltios Step and Down marca Sun, de fabricación china, fueron condensadas a mano por los diferentes vendedores que nos atendieron. Además dice el nombre de quien hizo la oferta.

 

Yolanda de “El zorro electrónico No. 2” nos dejaba la bendita cajita en treinta cuatro mil doscientos, IVA incluido. Rosa de “Sonidos y efectos electrónicos” después de un aguerrido toma y dame regateador, nos lo dejaba en dieciocho mil ochocientos. Pero el ganador fue Jaime de “El imperio electrónico”, quien después de haber probado el aparato nos lo dejo en Once mil cerrados.

 

No puede ser que nuestra habilidad comercial haya producido tal efecto minimizador en el precio. Si bien es sabido que el arte de regatear hace parte de la herencia hispánica de nuestro pueblo (aunque algunos crean que es el legado de los mal llamados “turcos” libaneses y demás pueblos árabes que entraron en nuestro país a principios del siglo pasado, y no tomen en cuenta que el pueblo español ya había sido influido por ocho siglos de dominación mora antes de llegar a América), no creo que Farid y yo seamos la prueba fehaciente de ello. ¿Cuánto se están ganando los comerciantes? ¿Cuánto vale un cacharro de estos al por mayor? ¿Y en China deben ser regalados, o no? Esto de la plusvalía es bravo en este contexto globalizado…

***

Sábado, tres de la tarde. Carrera treinta y ocho con Calle novena. Hoy sí hace un calor del demonio que no se presta para hacer el ejercicio con juicio. Se me había olvidado por qué odio Sanandresito. Huele a lechona con bolsillo de loco. Budweiser, Amstel y Löwenbrau contrabandeada es ofrecida en la vía. “Si no está fría, le devuelvo la plata” grita el vendedor. Pero paso. Ni siquiera con este preludio del averno me tomo una pola tan temprano. Me quedaría un tufillo delatador, y más tarde tengo que verme con mis tías. No quiero que me la monten.

 

Básicamente el destino hizo que viniera a buscar mi cacharrito en este otrora pseudo-puerto libre que vivió grandes épocas gracias al contrabando. Aunque el comercio negro -que no fue sino el resultado de los excelentes lineamientos que propendían el desarrollo económico nacional a partir de la sustitución de importaciones- se haya casi extinguido, algo debe quedar. Hoy todo lo venden con factura, por lo menos al comprador que se acerca de primerazo. Para mí, es posible que encuentre al SUN Step and Down 220-110v más barato que en el centro. Pese a que ya había sido comprado, y que gracias a él, Farid quema diariamente sus neuronas, yo quiero ir más allá. Es que me puse a buscar el codiciado artículo en internet y los resultados fueron sorprendentes.

 

Sun electronics, el fabricante del trasformador está domiciliado en Miami, Florida. Sin embargo con esto del e-commerce, es posible que lo único que haya allá sea un box (casillero) de correo, y una oficina que es operada por tres jóvenes, dependientes de la banda ancha de ocho gigas. Lo que hacen es recibir los pedidos de sus clientes vía e-mail, y así, envían otros correos a su central productiva en la ciudad china de Kaiping, a 150 kms al oeste del antiguo enclave portugués de Macao. Desde allí, contenedores de veinte pies son enviados directamente para Asia y Europa con millones de cajitas blancas que regulan el voltaje. Si son pedidos para el hemisferio occidental llegan a Panamá -si tienen como destino final América Latina- o a Miami -si son para los consumidores norteamericanos-. El aparato es producido en masa en la ciudad china especializada en producción de eléctricos, y contando sueldos, insumos y demás, cada cajita tiene un costo neto de menos de dos dólares (cerca de cuatro mil pesos colombianos). En Florida negocian la tarifa con los clientes mayoristas, y dependiendo de cada caso (y del marrano) cobran entre cuatro y cinco dólares por transformador.   

 

Tengo la duda sobre quien es el distribuidor para Colombia del aparato. Cuando volví en la semana a preguntar por él, Doña clara –la que al principio había pedido cincuenta y nueve mil por el transformador-  guardó el secreto con recelo. Sin embargo, me dio pistas sobre el almacén del mayorista, que supuestamente estaba  ubicado en algún recoveco de este compendio de centros comerciales mal organizados y sobrepoblados.

 

Empecé a buscar ferreterías y almacenes de eléctricos por los andenes de Sanandresito, entre Refurbish (una mezcla de colesterol que no había visto antes, papas, salchicha, colombina de ala, todo freído y servido en un cucurucho de papel por la módica suma de mil doscientos el pequeño y dos mil el grande), libros piratas (que ya no son sólo confesiones de prepagos, ni García Márquez sino escritores contemporáneos como Quiroz y Gamboa) y hip hoppers que me trataban como su pana, su llave, su hermano y su perro (ofreciéndome lo último en moda skate y pantalones para dama). Luego de quince minutos en ese caos odiado, sudado y destilando cebolla (que buen día para haber llevado chaqueta) encontré un almacén llamado “Osrram ferretería”.

 

Les pregunté a los dos vendedores por el transformador, y aunque para mi infortunio se les había agotado, me comentaron que lo vendían a veintitrés mil pesos. No obstante, me dijeron que a dos cuadras, en el centro comercial “Islas del Rosario”, tenían todos los que quisiera –es extraño pasar de Providencia a Panamá y luego a la Mediterranee (sin tilde) atravesando la calle-. No quise darle espera y en dos minutos estuve allí.

 

***

La “Cerrajería y eléctricos Islas del Rosario” tiene una apariencia sospechosa. Exhibe en sus vitrinas a parte de cuanto candado, llave y tubo pueda existir, un certificado de la DIAN que la acredita como contribuidora honesta. Su vendedora, treinta y tantos, ombligo destapado y ojos de experiencia (y no precisamente en ventas) me atiende con un seseo deleitante:

 

-si, que se te ofrece

-no buenas, es que quería saber si venden un adaptador… (Finalmente no me puse de acuerdo, ¿es un transformador o un adaptador, o es lo mismo?)

-Ah sí, esos se venden muchos… cuesta veinticinco mil

-No no, pero es que yo quiero una cantidad grande. Estoy cotizando y me dijeron que ustedes eran los distribuidores…

-Ahh bueno. Si son más de cien, te salen a dieciocho pero si son más de mil te salen en quince…

-hmmmm (pensando en la gran cantidad que le debieron haber despachado al almacén del centro en donde me lo vendieron a once mil o en la cara de marrano inexperto que me vieron) ¿y lo mínimo, mínimo?

-No mira lindo, lo mínimo, si compras mil te los dejo a catorce. Más no puedo porque me regañan…

-Ay, dale, mira que pueden ser muchos…

-Si llamo a mi jefe de pronto te los dejan en trece. Pero menos no creo…

-Y ustedes… ¿Traen esos bichos de donde?

-Ahh no sé… el jefe es el que hace eso, pero no está (ya me había dado cuenta, y además ya lo había hecho explicito sumercé) pero ¿vas a comprar o no?

-Sí sí, regáleme una cotización…

***

Haciendo cuentas, y pensando concienzudamente, veo que el margen de ganancia de un aparato de estos puede llegar a ser muy grande. El costo neto del Sun Step up and Down es de USD 2 por unidad, que van para los operarios de las máquinas (quienes en China es bien sabido son laboralmente explotados), la materia prima y los costos operativos de la fábrica. Luego se le suman USD 3 que se reparten para los dueños de la empresa y las navieras que lo transportan (por el envío de un contenedor con unos cien mil de estos transformadores entre China y América se pueden pagar entre seiscientos y setecientos dólares, lo que daría un costo por cajita de 7 centavos de dólar, un costo mínimo). Cuando llegan a Panamá, el cliente-proveedor –en nuestro caso el dueño de la cerrajería en Sanandresito- debe pagar el transporte hasta su destino final (si es FOB –Free on Board-, el INCOTERM, o tarifa de comercio internacional, más utilizado para estos casos). Así, entra por Buenaventura y luego es traído hasta Bogotá por tierra (por lo que pagan más o menos cuatrocientos mil pesos –es decir doscientos cincuenta pesos por cajita-). Y ya en Bogota, puede suceder cualquier cosa. Le pueden cobrar al consumidor final entre once mil y cincuenta y nueve mil pesos.

***

 

Lunes, nueve de la noche. Ahh el comercio, la globalización, la desigualdad… ¿Cómo se ha vuelto de pequeño el mundo, no? Hasta ahora caigo en cuenta que el dichoso aparatejo ni siquiera era para mí… no tiene que ver nada conmigo ¿o sí?

 


Conflicto, identidad y FARC

septiembre 1, 2008

Por: Mauricio Palma

Conflicto. Una palabra que retumba en el oído de seis mil millones de personas. De Filipinas a Chiapas y del Xinjian a Angola se libran disputas entre ciudadanos y rebeldes, entre ejércitos y tribus, entre creyentes y no creyentes. Lo extraño es que aunque esto al parecer ha sido la constante de la humanidad, pues no ha habido a ciencia cierta un periodo de la existencia donde la paz haya estado presente de manera perpetua -y seguramente nunca lo habrá-, la tipología de los conflictos en el mundo ha cambiado. Esto es cierto por lo menos desde el fin de la Guerra Fría hace casi veinte años. Hoy las excepciones son pequeños grupúsculos de agitadores que aún se baten dentro de un conflicto ideológico al mejor estilo de la guerra de guerrillas. ¿Por qué éstos pretenden seguir dentro de un juego que al parecer tienen perdido? ¿Acaso la nueva suerte de disputas a partir de características mayoritariamente étnicas, culturales y religiosas hacen que los últimos conflictos herederos de la Guerra Fría terminen por ser obsoletos y por desvanecerse ante un mundo que tiene otros intereses como el establecimiento de una identidad clara y definida entre los pueblos?

Los conflictos que han tenido algún tipo de resultado y que han sido seguidos de cerca por el lente de los medios internacionales en los últimos años, poco y nada tienen que ver con las luchas de guerrilleros que se daban en los años sesenta y setenta en continentes como el americano, al africano y el asiático. Dos marcadas excepciones, las FARC en nuestro país y, tal vez, el Ejército Popular de Liberación de Nepal, alcanzaron a tener algún grado de relevancia en el exterior –como por ejemplo en el momento del rescate de los quince secuestrados por parte del gobierno colombiano-. Sin embargo, fueron los casos de la partición en diferentes Estados independientes en el territorio de la antigua Yugoslavia, las depuraciones étnicas entre Hutus y Tutsis en Ruanda, la acentuación del conflicto arabo-israelí a partir de la proclamación de la segunda Intifada, la aparición de redes terroristas del estilo de Al-Qaeda o los atentados de grupos como ETA los que han tenido la mayor atención de la audiencia en los últimos veinte años.

Esto, sin duda, no debería ser considerado como una novedad. Cuando la Cortina de Hierro cayó, y la mayoría de los países autoproclamados como “comunistas” cambiaron su forma de afrontar la economía, -como lo hizo China desde la época de Deng Xiaoping a través de su proclama de “un sistema, dos economías”- los intereses de la gente en el globo cambiaron. Las proclamas nacionalistas, con un estrecho sentimiento de pertenencia cultural, religiosa y en muchos casos étnica, fueron las que configuraron el nuevo mundo de los conflictos en los años noventa. Además, la tecnología, el acceso a los medios de comunicación, y en un sentido claro, el “aplanamiento del mundo” a partir del proceso de globalización, hicieron que los individuos pudiesen manifestarse directamente de manera individual y así influir en la construcción de su mundo sin intermediarios. Este es el caso de las redes terroristas, las cuales pueden coordinar esfuerzos de lucha sin estar territorialmente localizados.

De esta manera se puede ver como la forma de hacer la guerra, y sobretodo, las motivaciones para hacerla ya no caen en el eco de una ideología que parece perdida. Los campesinos del mundo ya no están interesados en una reforma agraria conseguida después de una lucha abierta en contra del gobierno. Están interesados en no perder sus cosechas por culpa de los alimentos subvencionados que logran permear sus economías desde el exterior, cuando no están preocupándose por los extraños fenómenos metereológicos que deben afrontar. Todo lo anterior se ha catalizado dentro de una idea de “identidad”. Ésta ha cogido una extrema fuerza, muchísimo más diciente que la ideología. El debate sobre lo que es ser musulmán, croata, turco-chipriota, chechenio o vasco es más importante en nuestros días que ser comunista, moderado, verde, liberal o conservador.

Hoy en día, en Osetia del Sur, Abjazia y Tranistria un grupo de personas étnica y culturalmente afines luchan por dejar de depender de gobiernos que no comparten sus concepciones identitarias. Kosovo se convierte en un nuevo Estado y los bosnios musulmanes celebran el arresto de Karadzic. En Bélgica se reabre el debate entre los dos principales grupos étnicos del país, Flamencos y Walones. En China Tibetanos y Uigures buscan la autonomía de un gobierno constituido por terceros. En Sudan y Chad, en medio de gobiernos tiránicos, algunos grupos de ciudadanos tratan de traer a colación su identidad religiosa como forma de resistencia. Mientras tanto en Colombia nos tenemos que aguantar a una guerrilla corrupta cuyo único punto a favor es haber permanecido activa defendiendo un discurso que ya pocos creen gracias al mercado negro del narcotráfico, la extorsión y el secuestro.

La ideología ya no compone al conflicto en el mundo. El caso de las FARC es simplemente una excepción que perduró gracias no sólo al conformismo y al letargo de una sociedad como la colombiana, sino a gobiernos y fragilismos en la población que no habían entendido que la identidad era el nuevo vehículo. Este componente lo vemos hoy materializado en el concepto de nacionalidad. El actual gobierno ha apelado a la movilización de las personas a partir de una identidad nacional hasta hace poco dormitante y los resultados se están comenzando a ver. Aunque este componente trae consigo consecuencias, como cegar a la población de los diferentes problemas que también hacen parte de Colombia –que no son sólo institucionales y económicos, sino de justicia social-, cabe remarcar y de una vez entender que ésta es la tendencia mundial. No es un invento de un gobierno ni de un grupo de personas. Es simplemente el conducto natural del mundo. Este instrumento de lucha hará que llegue el momento en que las FARC desaparezcan, de forma violenta o negociada, pero este no será sino el resultado de un proceso, donde la ideología quedó atrás.


El amor de una vida

agosto 13, 2008

Por: Mauricio Palma

Michael encontró a Marisela un día cualquiera mientras estaba trabajando. Ella era una de los cientos de inmigrantes que visitaban anualmente su oficina en Berlín, en búsqueda de una ayuda que le proporcionara una salida viable a su situación de ilegalidad. Al Doctor Wagner, como era conocido este alemán en aquella época, cupido lo flechó desde que vio a la hermosa morena que había entrado por la puerta de su oficina. Desde entonces son inseparables. Ya han pasado 20 años, y hoy, desde su apartamento en Bogotá, Michael recuerda como el momento más diciente y hermoso de su vida se condensa en ese instante, pese a que se ha desenvuelto en su vida como un verdadero trotamundos y ha vivido más cosas que un mortal promedio, trabajando siempre sin perder sus ideales herederos del 68 alemán.

Tal vez fue la mirada cálida y penetrante de Marisela la que convenció a Michael que frente a él se encontraba el amor de su vida. Algo que no podía encontrar en las mujeres del pueblo donde nació y creció. Holzminden, un pueblo de veinte mil habitantes ubicado en la rivera del Weser en el Land de Sajonia se caracterizaba por el aburrimiento y el desasosiego de sus pobladores. Estos eran totalmente diferentes a las personas que Michael encontraba todos los días en su oficina de Caritas, una ONG de inspiración católica que trabaja hasta nuestros días con inmigrantes ilegales que quieren regularizar su situación en Alemania.

Sin embargo, no era sólo la composición de esas dos perlas brillantes en un fondo negro que daban la entrada al alma de su hoy esposa las que inspiraron a Michael a unir su vida con esta colombiana. Desde mucho antes este alemán que hoy tiene cincuenta y ocho años, se había embarcado en una vida distinta, por lo menos de las vidas que la gente de su edad y de su pueblo habían querido llevar. Una vida en búsqueda del amor verdadero, siempre aprendiendo y enseñando, tomando como propias las alegrías y desavenencias de los que conoció en ese camino y que lo trajo hasta Colombia, mucho tiempo antes de unirse con el amor de su vida.

Con dieciocho años Michael tenía claro que las fronteras del mundo no se acababan en el río Weser. Apenas pudo, en el sesenta y ocho se fue a estudiar Ciencia Política a Berlín. Es toda una anécdota recordar cómo se llegaba a esta histórica ciudad alemana en esos días. Como residente de Alemania Occidental, Wagner tenía como única opción atravesar una carretera a través de Alemania Oriental, exclusiva para los residentes occidentales. Era necesario tener una visa y no hablar más de lo debido con las personas que atendían los cafés de paso que se ubicaban en las orillas de la vía. Esta situación cambiaría un poco luego de la llegada del Canciller Willy Brandt, quien a comienzos de los años setenta a través de una política de acercamiento a la división oriental alemana, la Ostpolitik, simplificó la labor de transportarse hasta Berlín para los alemanes occidentales. El resultado: menos burocracia y más facilidades para llegar a su destino.

Ya en la ciudad dividida desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Michael se empapó del espíritu de los movimientos estudiantiles europeos de la época. En pleno 1968, el nacimiento de una nueva generación – la primera luego de la guerra- le dio nueva vida al pensamiento político de izquierda. Como estudiante, este alemán estuvo en el seno de algunas de las más dicientes protestas reivindicativas, caracterizadas entre otros factores, por diferentes personalidades que luego darían de qué hablar. Dentro de su foco de acción estudiantil, residente en el interior de la Universidad Libre de Berlín, Michael conoció a algunos de los ideólogos de lo que sería después la Rote Armee Fraktion (RAF), que en los años setenta desestabilizarían por medio de atentados terroristas no sólo el contexto alemán sino internacional.

Con los años Wagner no perdió sus ideas. Al contrario. Se comenzaron a materializar paso a paso. Para 1974 el ya politólogo empezó con sus estudios de doctorado. Fueron estos los que lo llevaron a dar sus primeros pasos en un idioma totalmente desconocido para él hasta entonces. Ya desde su época escolar, él hablaba inglés y francés con fluidez. Sin embargo, un estudio sobre la composición de los tugurios y la desigualdad en América Latina, específicamente en una republica bananera con costas en los dos principales océanos del mundo, motivó a este estudioso a aprender español. Durante cuatro semanas y por ocho horas diarias en un laboratorio de Hamburgo, Michael y cuatro amigos más que también tenían una fijación con nuestro subcontiente, empezaron a leer “El Capital” y “El Manifiesto del Partido Comunista” en el idioma de Cervantes.

Y así se dio el viaje. Con una antigua novia, Marianna, y con algunos ahorros, Michael decidió emprender una nueva etapa de su vida en Colombia. Un día de Mayo de 1974 en el cual se libraba una recordada pelea boxística – Cassius Clay, más conocido como Mohamed Ali y George Foreman se encontraban cara a cara peleando por el titulo de los pesos completos en Kinshasa, hoy Republica Democrática del Congo- llegó este alemán al aeropuerto El Dorado de Bogotá. Pese a que los taxistas quisieron aprovecharse de su condición de extranjero, la mejor pregunta para librarse de toda estafa fue simplemente: ¿Quién gana este año, Millonarios o Santa fe?

Conforme pasaron los días, este alemán ya docto en estudios gastronómicos colombianos a través de la experiencia en las calles bogotanas (con menús que incluían empanadas, carne y helado) fue estableciendo sinceras amistades, con personalidades importantes e influyentes de la izquierda colombiana y latinoamericana. Cercano a los editores de la revista Alternativa y a algunos disidentes del régimen de Pinochet en Chile, Michael empezó a entender que su patria ya no era Alemania. Él mismo, define esta transformación en una frase: Crecí en Alemania pero maduré en Colombia. Fue aquí donde todo se confirmó. Sus ideas, su lucha y sobretodo, su idea de calidez en la gente.

En este primer viaje a Colombia, Michael conoció a un importante amor. Teresa era una paisa que conoció en Leticia, a bordo de un bote sobre el Río Amazonas. La relación fue corta y las cosas no se dieron para que perdurara –aunque años después en un segundo viaje a Colombia se encontrasen horas antes de que Wagner tomara un avión para retornar a Europa y se evidenciara un cruce de caminos, de esos que el destino pone en la vida de las personas para que estas tomen decisiones importantes y se fortalezcan internamente-. Sin embargo, esto sentaría las bases afectivas que se consolarían diez años después en la oficina de Berlín. La afección y la calidad humana que Michael encontró en su primer viaje a Colombia, sin duda influirían en el comienzo de la relación entre el alemán que trabajaba en Caritas y la colombiana inmigrante que buscaba establecerse en Alemania.

En sus casi dos años de estadía en Colombia, Michael viviría en Bogotá y en Cartagena. Entendió al mismo tiempo por qué no podía terminar su Tesis de doctorado. No era justo utilizar a aquellas personas que compartían con él lo que no tenían para conseguir un diploma. No podía ya exponer sus vidas como ratones de laboratorio. No obstante, decidió volver a Alemania para comenzar su vida laboral. Logró vincularse con organismos que propendían al intercambio social y cultural con América Latina y al equilibrio económico en esta región. Volvió a Colombia por pocos meses en 1978 como jefe de una excursión con nuevos estudiantes que veían en esta región del globo una opción para desarrollar sus conocimientos en ciencia política. Pero en ese momento, Michael consideró que podía hacer más trabajando desde Alemania. No fue por dinero ni por un interés personal que lo engrandeciera frente a los demás. Simplemente se mantuvo fiel a sus ideas, como lo sigue haciendo hasta hoy a través de una metodología diferente.

Fue en este momento de su vida que llegó el trabajo que cambiaría su vida. Y no porque fuese el trabajo menos pesado que haya tenido o en el que menos problemas haya afrontado. Simplemente porque fue gracias a éste que Marisela comenzó a ser su complemento, en otras palabras, quien perfeccionara a Michael como un ser humano íntegro.

Caritas es una ONG, como Wagner la describe, en la derecha del catolicismo. Michael, evangélico y con ideas de izquierda, no era realmente un candidato idóneo para ocupar un cargo que detentaba una amplia responsabilidad, al tener contacto con inmigrantes mayoritariamente ilegales de todo el mundo. Pese a esto, Michael caló desde el principio en su nuevo trabajo. Su forma de vida, sus convicciones y su visión sobre los inmigrantes, como personas de las cuales se podía aprender y también a las cuales se podía ayudar, complementaron su labor diaria. Aunque fue una época en la cual no había tiempo –Michael alternaba su oficio con la docencia y con la administración de una tienda donde se vendían productos fruto del desarrollo sostenible- fue tal vez una de los mejores periodos en la vida de este alemán. Fue así como el día que desde hace mucho tiempo él estaba esperando, llegó. El día en que Michael conoció a Marisela.

Ella buscaba al Dr. Wagner, el mismo que había ayudado a palestinos, tamiles, africanos y hasta norteamericanos a conseguir la residencia alemana. Alguien le había dicho que era él quien la podía ayudar a legalizar su situación. Esta colombiana se había ido de Cali buscando forjar un camino diferente lejos de su país. Sin embargo, para poder trabajar y luego estudiar, debía pasar por el engorroso trámite de conseguir un papel que así lo autorizara.

Michael la vio entrar por la puerta de su oficina. Fue amor a primera vista. Hacía años que no veía una mujer así de bella. Alta, esbelta y con unos oscuros y brillantes ojos, Marisela representaba toda la belleza de la raza negra. Podría venir de África o de América Latina. No fue coincidencia. Simplemente fue el destino. Este les tenía preparado a ellos dos un lugar y un tiempo exacto para que la historia cambiara su curso, y desde entonces, no se volvieron a separar. Dos semanas después de ese primer contacto Michael y Marisela estaban juntos. Hasta hoy son una familia feliz. No tienen hijos. Una vida llena de viajes deja poca libertad para que un niño pueda tener un entorno que configure adecuadamente su educación. Sin embargo, así son felices. Simplemente es una historia de amor de las que ya casi no se ven. Un complemento perfecto que justifica la larga espera, que sin querer se había venido prolongando en la vida de Michael.

Veinte años han pasado ya desde entonces. El trabajo en Caritas se volvió una carga progresiva para Michael. No obstante, él aguantó lo suficiente para que su esposa se recibiera como licenciada en educación preescolar en Berlín. Con el paso del tiempo el destino los llevaría a vivir ocho años en Tenerife, en el Mediterráneo. En ese entonces y paradójicamente, Michael ejerció como profesor de español y Marisela como profesora de alemán. Hace cuatro años, una oferta laboral condujo a la familia Wagner a reencontrarse con sus raíces. Marisela pasó su hoja de vida al Colegio Andino de Bogotá y fue llamada inmediatamente para que fuera profesora de esa institución. Michael, a su vez, se contactó con el Goethe Institut, el centro cultural del gobierno alemán para la enseñanza de su cultura y su idioma en el exterior. Hoy viven en el norte de Bogota en un tercer piso de un edificio en un barrio residencial.

La historia de este alemán es un claro ejemplo de que la convicción y la honestidad consigo mismo solo pueden tener un final feliz. El amor encontrado en la figura de Marisela es la recompensa a una vida interesada por el desarrollo y el bienestar de otros. Eso se refleja en la mirada tranquila de Michael y en su constante sonrisa. Es esta última la que le deja ver al resto de la humanidad que son sólo los pueden reír de esa forma tan sincera quienes podrán dar un parte de tranquilidad al final de sus días. Un resultado que sólo puede ser mostrado por aquellos que tienen la satisfacción del haber cumplido con creces su deber.


Un paseo escabroso

agosto 13, 2008

Por: Mauricio Palma

“Parcero, hágale… córrase pa’ atrás y usted mamita no comience a llorar que va y le pasa algo más feo”…

Con esas palabras comenzó la noche más larga de mi vida. Una de esas noches que se le vuelven a uno de esas situaciones, que entre incomodas, tristes y dicientes, no se borran con facilidad del disco duro. Como cuando mi papá llorando me dijo “Mauricio, tu mamá se nos fue” o como cuando Alejandro, mi amigo de infancia, llamó a mi casa en una mañana de domingo, como a las siete, para propinarme un golpe que hirió de muerte la poca felicidad que hasta entonces llevaba en mi alma. “Gordo, Sánchez se mató anoche” es lo que recuerdo. Pero esa noche, la del 26 de octubre de 2004 tiene un eco aún más hiriente en mi imaginario. Fue la noche que entendí que todo se puede acabar en un instante, y que el polvo en el que nos convertiremos una vez estemos muertos, es del mismo grosor que aquel por donde los insectos se mueven.

Nada parecía enrarecer el ambiente, ni darle un equilibrio de bruma a la escena, como algunos escritores describen el entorno donde sus historias toman forma. Para esa época, yo era un niño de 19 años recién cumplidos, que había decidido tomar por falsas las declaraciones de amor de su entonces novia y se daba el lujo de tener un amorío escondido. Esa escabrosa relación -que realmente nunca condujo a nada bueno- con la novia de un personaje que hasta hoy odio, uno de esos que mira por encima del hombro al resto de la humanidad porque anda con un fajo de billetes que garantiza la adquisición de cuanto capricho se le ocurre, está en el centro de esa noche de octubre.

Claro, porque fue ese amor prohibido, el que me involucró en esa situación. Mientras me encontraba conversando al frente del hogar de esa mujer maquiavélicamente bella, todo comenzó. Hacía pocos minutos había parqueado mi auto en una bahía del barrio El Batán de Bogota. De golpe y sin haberme bajado, vi un revólver a través de la ventana del conductor. No sé de qué tipo ni de que calibre eran las balas con las que se cargaba, porque nunca quise aprender de armas, pese a que mi papá en su juventud practicó la caza y trató de que me le uniera en su esfuerzo por destruir la creación de Dios. Luego, pensé acertadamente que alguien que no era yo quería quedarse con mi Corsa, que sólo tenía dos meses y medio de uso. Una mano salió de la oscuridad que se adentraba en las pupilas de las personas que estaban en la calle a las 9 y media de la noche de ese día. Ésta tomó la chapa de la puerta, con una rapidez apenas descriptible, y una voz pronunció las palabras con las que se le había dado inicio al relato.

El resto transcurrió como muchos otros lo han contado. Tardíamente y al mismo tiempo que me di cuenta de que estaba siendo asaltado, víctima de uno de los planes con todo incluido que comprenden las diferentes modalidades de paseo millonario que se presentan en la capital colombiana, me di cuenta de que el carro estaba en movimiento y de que mi musa prohibida estaba todavía en él. Para mi sorpresa, cuando terminé de salir del aturdimiento que produce la agitación de este tipo de situaciones, vi que eran dos los asaltantes con los que me enfrentaba. Que uno, bizco, manejaba y que otro, que no paró de decirme en todo el trayecto que agachara la cabeza y mirara hacia abajo era quien daba las ordenes. Fue este último quien comenzó a preguntar por el dinero, por los objetos de valor y quien parecía tener la potestad para decidir sobre la suerte de sus, en ese momento, rehenes.

“Celulares, billeteras y si tienen plata ahí, dénmela de una” dijo el no muy agraciado hombre que dejaba ver una amplia cicatriz en su cuello. Mi reacción fue de inmediato darle lo que pedía. Pensé que si hacía lo que el personaje decía, no nos harían nada. El problema fue que no contaba con la reacción de Carolina, mi entonces amante. Comenzó a llorar desaforada, y la situación empeoró cuando se dio cuenta de que no había traído su cédula de ciudadanía. Nuestros dos captores, sí captores, porque por casi una hora ellos nos secuestraron, comenzaron a hacer comentarios al respecto. “Ah, que embarrada, no la van a reconocer rápido cuando dejemos su cuerpo botado” dijo el bizco. Y scarface replicó con un “pero primero la pasamos rico los tres”. Soltó luego una carcajada que me hizo pensar en lo que uno siempre oye en los relatos de las personas que han ido y vuelto del más allá. Se me pasaron por la cabeza algunas de las imágenes de mi vida, de mi familia, de la Virgen María, y sobretodo, la imagen de cuando vi a Carolina por primera vez.

Media hora después de haber comenzado una travesía por algunos barrios del norte de Bogotá, de repente nos detuvimos. Reconocía esa calle y el banco frente a nosotros. Estábamos en Colina Campestre, el sector donde había crecido. “Bueno, espero que me haya dado bien la clave de la tarjeta” dijo mi acompañante del puesto trasero. Guardó su arma por primera vez en toda la noche. Seguramente estaba cansado de ponérmela en la sien. Caminó hacia el cajero y volvió pocos minutos después. “Listo chino. Por ser legal, sólo los vamos a asustar. Bizco, camine pa’l ghetto” dijo con la cara de satisfacción que produce tener 800.000 pesos robados en el bolsillo. A partir de ese momento el ambiente se logró caldear un poco. Nos dirigimos por la calle 138 en dirección hacia Suba. Carolina se había calmado, y aprovechando la coyuntura, decidí empezar a hablar con mi nuevo amigo, que entre otras cosas, encontraba de buen gusto la forma en que me había puesto lo pantalones con el fondillo casi en las rodillas. “Yo estudio derecho de día y soy ratero por la noche. Así toca” dijo, no sé si mintiendo o diciendo la verdad. En todo caso, ya nos acercábamos al final del camino. De esto me había percatado cuando comenzamos a subir por una carretera alterna que conduce hacia unas colinas despobladas en la mitad de la localidad de Suba.

Lo último que recuerdo haber oído de mis captores fue “comiencen a correr o les echamos bala”. Una extraña fuerza se apoderó de mi cuerpo, tomé a Carolina de la mano y corrimos en la mitad de la nada por cinco o diez minutos. Lo mejor de haberme percatado de que los sujetos nos habían dejado ir sin habernos tocado un pelo, no fue respirar el aire de libertad en mis atareados pulmones que aguantan 22 cigarrillos al día, sino sentir el cuerpo tenso y las lagrimas de felicidad de Carolina en mi cara y en mis manos. El saldo material del incidente no fue poco. 1’350.000 pesos en efectivo, un bajo Washburn XB 100 con el cual había aprendido a tocar y el dolor que dejó el vació de mi Corsa Active color azul rey, del cual sólo había pagado las tres primeras cuotas se perdieron para siempre. Carolina perdió 25.000 pesos y un celular Nokia 3300.

Para hablar enteramente de lo que pasó después necesitaría escribir un tratado que explique el origen del comportamiento incompetente e insultante de la policía bogotana. Lo que quedó de esa noche me hizo ver simplemente que todo puede acabar en un instante. Así fue de hecho con Carolina. Aunque tendremos la misma marca por toda la vida, preferimos entonces no hacer comentario alguno, salvo a nuestras familias. Pocos meses después, ella empacó sus maletas y se fue a vivir a Suiza. Los maleantes, por supuesto gracias al interés de la fuerza pública por las necesidades de los ciudadanos, nunca fueron identificados. Luego del trauma que me causó esa divergente y extraña noche, de la cual restan en mí algunas secuelas que no me dejan caminar tranquilo por las calles de mi ciudad, comencé a pensar en algo. El polvo en que me convertiré será la pared del hogar de miles de insectos. En cualquier momento, sin que yo lo sepa, mutaré en esa forma, sin poder hacer nada para cambiarlo.