La reina del camino

octubre 25, 2008

Por: Nathan Jaccard
De Usme a Torca, Bogotá de extremo a extremo, un purgatorio entre la 240 con autopista norte a la 140 sur. Un día en una buseta que circula por la ruta más larga de la capital de Colombia.

 
Los huesos le tiemblan, sus músculos suspiran y su cuerpo parece poseído por un hipo satánico. Va bajando, acelerada, la calle 48 sur, una flaca anaconda de asfalto que se enrolla en el cerro de Guacamayas, en el sur de Bogotá. A sus pies, se despliega un enorme tapete de concreto, decenas de kilómetros de la vista más hermosa de la capital colombiana. Un cálido vaho de smog grisáceo envuelve el horizonte.

Está llena, a punto de vomitar. El calor y el tufo a sudor se hacen insoportables, pero todavía faltan más de 30 kilómetros antes de llegar a Torca, en la 240 con Séptima, al lejano norte de la ciudad y poder respirar un rato.
Salió a las cinco de la mañana de Usme, un antiguo pueblo de placita, chicherías y ruanas que Bogotá está a punto de engullir. Su hogar, un lote de piso de tierra con un humilde quiosco de caldo de costilla a 1.000 pesos queda en la carrera 3 con calle 140 sur. No tiene intención de parar de correr hasta las nueve y media de la noche. Incansable.

Ella es la reina del camino, ella es la Menta.

Pesa 5200 libras, mide tres metros con cincuenta. Ostenta diez metros de largo, cuatro de ancho de pura carrocería made in Fontibón. Tan solo tiene dos años pero sus rines grasientos han recorrido 178.893 kilómetros. Como darle cuatro veces y media la vuelta al mundo. Engulle a 550 personas por día y se toma 180.000 pesos de ACPM. Su costo, 170.000.000 de pesos, lo mismo que un Porsche Boxster 2.7 último modelo.

A la Menta le gusta ponerse linda, lucir su falda blanca reluciente, con esos rayos rojos que le dan velocidad y su apellido tatuado en amarillo, Transconfort, para no perderse. Por dentro, su panorámico enseña pesadas cortinillas grises con flecos, como si se le hubiera ido la mano con el rimel. Poderosas centellas plateadas atraviesan su tablero azul eléctrico y un enorme bulldog café se asegura desde el timón de que nada malo vaya a pasar. Del retablo cuelgan chapas de Mercedes, Cadillac y la Virgen del Carmen, la trinidad del motor. Y por todo lado, luces azules que titilan como un árbol de navidad cada dos minutos, cuando la Menta frena.

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“Quien eres tú, de que te las picas, que todo te ofende, que nadie te entiende”, escupen los bafles. La robusta voz de Giovanni Ayala, el ídolo de la música popular colombiana, arrulla a Willington López, el amante de la Menta, que fatigado trata de controlarla. Tiene 26 años, 8 domando motores, 2 hijos, camisa blanca de cuadros azules, bozo, pantalón beige, zapatos de cuero café recién embetunados, un anillo plateado y corte de gallo: rapado en la base de la cabeza y el resto parado con gel.

La Menta es una puta de lujo. Su proxeneta, Alirio Guzmán, que posee 12 mozas más, le exige a Willington 320.000 pesos diarios para poderla sacarla. Y de 1.200 pesos en 1.200 pesos, que es lo que vale el pasaje, Willington espera conseguir 50.000 o 60.000 pesos limpios en 4 recorridos, 16 horas de trabajo y casi 300 kilómetros de camino. Seis días a la semana. La Menta y sus 20.000 colegas de la capital producen, según la Secretaría Distrital de Movilidad, entre 5.000 y 5.600 millones de pesos por día.

Willington se levanta a las tres de la mañana y sale de Comuneros, el barrio donde vive en la calle 65 sur, a Usme para recoger a su doncella. Tendrá que aguantarse la cantaleta de la Menta hasta las nueve de la noche, cuando vuelve a casa, visita sus hijos y se va a acostar en el hogar de sus padres. “Duermo como 4 horas diarias, pero igual esa cama es dura como una piedra”, sonríe viendo la carrera 10, a la altura de San Victorino, una de las manzanas más mercantiles del centro de Bogotá.

La Décima es el reino de los motores, una avenida de cuatro calzadas abarrotadas de ejecutivos, cebolleros, busetas y colectivos que luchan en una nube de exostos por los 1.200 pesos del viaje. A los costados, con la cara impávida, el gentío sale de centros comerciales de poca monta como El Mayorista, Puerto Locura o Edificio Cosmo.

La Menta, como en la batalla de Stalingrado, avanza palmo a palmo, combatiendo con rabia contra sus congéneres. Se detiene cada cinco metros. Sedujo un par de nuevos clientes con su tabla azul clarito y rosado fluorescente “Torca-Lijacá-Usaquén-7ª-240”. En Bogotá, según el DANE, hay 19.274 vehículos de transporte público que riñen día a día en 661 rutas diferentes por 3,6 millones de pasajeros.

“Lo más difícil del negocio es que toca pelear con los compañeros, por que cada uno tiene que hacer lo suyo”, dice Willington, mientras recibe la plata, vigila los pasajeros, está pendiente del chillido del timbre para la parada, mira el retrovisor y tiene un ojo sobre el tráfico. El pulpo del volante.

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Después de San Victorino, medio centenar de personas se apeñuscan en las 30 sillas de plástico y los ocho metros cuadrados del pasillo metalizado de la Menta. Sufren en silencio, recostados contra las ventanas, dormitando o viendo la ciudad con ojos pensativos. El recorrido es largo. Según la Secretaría Distrital de Movilidad, los habitantes de Usme tienen que viajar 17 kilómetros para ir a trabajar. Los que viven en Chapinero tan solo se desplazan seis kilómetros.

“Omar me encargó un trabajo y después la china no nos quería pagar. Le puse un abogado, como cuatro millones y medio me debía. Ahora voy para la Aurora a reclamar la plática”, le cuenta un joven de pantalón de pana café, camisa y pelo corto a la vecina que se acaba de encontrar en el sofocante vientre de la Menta.

El pregón de Antony, joven de cara torturada, tenis de tres pisos, Jean Thommy Hilfiger chiviado y maletín negro, corta de un soplido la conversación. “Damas y caballeros, excúseme interrumpirlos”, entona robotizado. “Represento el ministerio cristiano de rehabilitación Maná. Vendo flores de papel de seda aromatizada para que esto siga adelante, para ayudar a más personas que sufren el flagelo de las drogas, el alcohol, las pandillas”, añade. “1500 una flor, pero cualquier colaboración es bienvenida”. Cuatro pasajeros escarban sus bolsillos y sueltan alguna moneda. Anthony agradece. Cierra con un exaltado Corintios 5:17 “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.

Dos vendedores más tarde, la Menta le da la mano a José, trigueño de bufanda y sombrero negro, mirada amable y uñas largas. Rasgando su tiple, entona unas oscuras coplas de Joropo, la música de los Llanos orientales:
“Un cantante llega desde el lejano Orinocooooo
He caminado mi patriaaa
He andado con tristezaaaaa
La paz se perdióooo
Hoy Colombia es odio y venganzaaa
La injusticia engendra guerraaaaaa
La paz viene de Dios
Si estoy con Cristo seré el hombre más feliz”
Tímidos, los aplausos se hacen más fuertes y cubren, por un momento, el rugido de la Menta. El músico hace pasar su sombrero de vaquero y logra recoger 3.200 pesos. Continuará con su concierto sobre ruedas, hasta completar lo del diario vivir para sostener a su familia.

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El día se acaba y la Menta duerme, plácida, en su lecho de polvo aceitoso de Usme. Algunos ladridos de perro callejero rompen la noche, perdiéndose entre las miles de luces que cuelgan del cerro vecino.
Al fin, la Menta descansa. Y sueña. Sueña con una ciudad sin huecos. Sueña con una ciudad sin metro. Sueña con una ciudad sin carros. Sueña con una ciudad sin buses. La Menta sueña con quedarse sin frenos y quedarse varada un rato.


Entre voces y sentidos

octubre 6, 2008

Por: Sandra Pérez, Gloria Esquivel, Nathan Jaccard, José Pablo Velez, Julio Caycedo, Esteban Borrero

  


 Entre voces y sentido: una crónica para radio sobre la vida de dos ciegos en Bogotá.


Sao Luis, bang, bang, bang

septiembre 16, 2008

Por: Nathan Jaccard

 

 

 

 

 

 

 

“No cometerás actos impuros”, leí alguna vez, no recuerdo donde. Sordo a estas palabras, iba recorriendo Brasil, mochila al hombro. A mi compañero de viaje le había dado mamitis y a esta altura del paseo vagaba solo por el Nordeste, la región más pobre, seca y africana del país.

Mis andares me guiaron a Sao Luis de Maranhao, calurosa ciudad colonial a 1500 kilómetros al norte de Barsilia.

 

Bang

 

No llevaba treinta minutos en Sao Luis y ya me había hecho mi primer “amigo”, Alex, un negro de 35 años, rasta, guía, profesor de Capoeira, el arte marcial brasilero, músico, en fin, el paquete completo. Me dio una vuelta por la ciudad, botándome dudosos datos históricos y me invitó a convidarlo a unas cervezas. Están sedientos en esos países.

Unas cinco botellas más tarde, con los bolsillos vacíos, sueño y ganas de zafarme del pseudo rasta paz y amor que se estaba aprovechando de mí, decidí irme al hostal.

          “Espera, espera, no te vayas”, me increpó Alex.

          “Ya vuelvo, vengo de 30 horas de bus (Brasil es muy grande), todo bien”, contesté.

          “Bueno, pero que Eunice te acompañe para estar seguro de que regreses rápido”, me dijo, ofreciéndome la mano de una esbelta mulata, que llevaba varias cervezas con nosotros.

 

Subimos al cuarto y  me duché con chanclas en los baños comunitarios. Volví al cuarto, limpiecito, me cambié y empecé a hablar con Eunice, en portuñol, la mezcla del castellano y del portugués, sobre el amor, el lenguaje internacional por excelencia. Mientras me contaba de su hijito, de su trabajo de vendedora de celulares, empezamos a besarnos, estilo brasilero.

Fuertes golpes en la puerta partieron el encanto.

Era el pesado de Alex, que me pedía un par de reales, la moneda brasilera, prestados. Se los dí, para deshacerme de él y seguir con mi faena.  Sólo me recomendó usar camisinha, condón en brasilero. Muchas horas después (bueno, seguro fueron diez minutos después), salimos a la calle, abarrotada. “Hoy es sexta feria, viernes, y todo las ciudad sale a bailar a la calle” me dijo Eunice al presentarme a Danielle, una amiga, e irse a cuidar al hijo. “Perfecto”, pensé  al despedirme.

 

Bang

 

Danielle tenía 19 años, bajita, mezcla entre brasilera y boliviano, de trenzas reggaetoneras tipo Don Omar y charladora. Nos fuimos errando por los callejones empedrados de Sao Luis, tomando cerveza y zapateando al ritmo del Pagode,  una especie de Samba infernal. Difícil cuando ni siquiera domino el merengue.

Envalentonado por mi éxito femenino de la tarde y pensando que ya no había nada que perder, le planté un beso. Besuqueándonos, cogidos de las manos como recién ennoviados, seguimos vagabundeando por las discotecas del centro.

Al final de la noche Danielle me dijo que vivía lejos y que tenía problemas con su compañero de cuarto, un misterioso personaje que no quería citar. 

Como buen samaritano, le ofrecí un puesto en mi solitaria cama doble. “Está un poco destendida, no le pongas cuidado”, le sugerí. A esa hora, mi portugués fluía como la brisa de la madrugada.

 

Bang

 

El guayabo entró con cuatro golpes mañaneros, secos, empapados de gritos, que trataban de tumbar la puerta. Temeroso, me levanté y Danielle abrió.

Era Alex, el rasta, iracundo. Sin entender la situación, veía con terror a un negro de dos metros arrimándose, los puños de frente. Alex rapó mis cosas, arrojándolas al suelo.

          “Qué te pasa, cálmate, estás loco”, atiné a decirle, levantando las manos al aire en son de paz.

          “Perdiste niño”, gritaba entre dientes,  tirando patadas Ninja.

El administrador del hostal, un holandés molido por el trópico, nos separó. Bueno, más bien apartó a Alex de mi garganta y lo echó del albergue. Sin decir palabra, me asomé por la ventana, viendo a Alex jalando a Danielle por el brazo, vociferando delante de un Sao Luis atónito.

Me volteé, perdido. El holandés me dio un vaso de agua. “Alex es el novio de Danielle, viven juntos”, informó. “Te tienes que ir rápido”, añadió. Las peores escenas de La ciudad de Dios, violente película brasilera, atravesaron mi cabeza. Temblando, con ganas de vomitar, empaqué, cogí un mototaxi al la terminal y me monté en el primer bus a Recife, ciudad del Nordeste.

 

De rey pasé a bufón, inocente actor de una obra de teatro callejero que daban delante de todo el pueblo. Maldije a mis papás ateos por no enseñarme el maldito sexto mandamiento. “No cometerás actos impuros”. Ah, y Alex nunca me devolvió los reales que le había prestado.


¿Las FARC, especie en vía de extinción?

agosto 13, 2008

Por: Nathan Jaccard

Los contundentes golpes que han sufrido las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en el 2008 han puesto a muchos colombianos a imaginarse un país sin guerrilla. La realidad es mucho más complicada.

“El que hable de paz en Colombia, está mal”, dice Mauricio Parra, con ese tono banal y altanero que dan 17 años de militancia armada en las FARC, la guerrilla más vieja y feroz de América Latina. Con sus ojos brillantes, desafiantes, narra su huida de una muerte segura en el frente 16 de las FARC en septiembre del 2007 por problemas con su comandante, cuenta su tambaleante vuelta a la vida civil y sobretodo, deja claro que las FARC están lejos de la derrota.

El 2008 ha sido el peor de los 44 años de historia de las FARC, la organización guerrillera parece estar acorralada. Un tono triunfalista domina el gobierno del presidente Álvaro Uribe, que prometió en su campaña del 2002, “mano dura” contra los insurgentes. El ministro de defensa, Juan Manuel Santos, en una alocución el martes pasado, se ufana de presentar “los más grandes logros en la historia de la lucha de nuestra Fuerzas Armadas contra el terrorismo y el crimen organizado”.

Es verdad que durante los seis años que Uribe lleva en el poder, el gobierno ha combinado un gasto militar sin precedentes, con un aumento radical de las tropas y un fuerte trabajo de inteligencia y recompensas. Según la Contraloría General, el presupuesto de las Fuerzas Armadas en Colombia entre 2001 y 2007 representó en promedio el 4,7% del PIB cifra muy por encima del promedio del continente, que en el mismo periodo de tiempo se ubicó en 1,6 por ciento. Se prevé que la inversión militar para el 2008 alcance 18,4 billones de pesos, 20% más que en el 2007.

Esta carrera armamentista ha dado excelentes resultados al ejército colombiano. En menos de seis meses, las instancias dirigentes y la moral de las FARC se han visto golpeadas sin piedad, quitándole capacidad bélica y política a la guerrilla.

El 1 de marzo el gobierno mató a Raúl Reyes, canciller de las FARC y miembro del secretariado, la instancia dirigente de la organización, en un bombardeo a su campamento en Ecuador. La acción provocó las más vivas reacciones de los países de la región y graves tensiones con Ecuador y Venezuela, los vecinos más directos de Colombia. Pero sobretodo, demostró que Uribe está dispuesto a cualquier cosa con tal de acabar con la guerrilla.

El 3 de marzo, Iván Ríos, otro miembro del secretariado, fue asesinado por uno de sus propios hombres, Pablo Montoya, alias Rojas, que reclamó la recompensa de 2400 millones de pesos (1,4 millones de dólares). Como en una mala película de vaqueros, alias Rojas se presentó a una base del ejército con la mano de su jefe, una macabra prueba que confirmaba su acción. El episodio evidenció las divisiones que sufre la guerrilla y la actitud “sálvense quién pueda” de algunos de sus miembros.

El marzo negro de las FARC se clausuró con la desaparición, el 26, de Pedro Antonio Marín, alias Tirofijo, fundador y jefe natural de la organización, en la insurgencia desde los años cincuenta. A pesar de haber muerto de un infarto, la extinción de este símbolo deja un gran vacío en las FARC, creando tensiones, desorganización y zozobra.

Para rematar las debilitadas FARC, el ejército llevó a cabo la espectacular operación Jaque, el 2 de julio pasado. Infiltrando a las FARC y haciéndose pasar por una misión humanitaria, el ejército colombiano logró engañar a la guerrilla y rescatar a 15 secuestrados, entre los cuales la emblemática Ingrid Betancourt, ex candidata presidencial secuestrada en el 2002 y a tres contratistas norteamericanos que habían sido raptados en febrero del 2003. Esta operación, sin precedentes por su naturaleza en Colombia, no sólo fue importante por la liberación de los prisioneros, sino también porque en ella primó la inteligencia militar y la infiltración, no registró pérdidas humanas y ni siquiera hubo disparos.

Además de estos éxitos militares, por primera vez en años la opinión pública se ha movilizado para rechazar masivamente a las FARC. El 4 de febrero y el 20 de julio, millones de personas llenaron las calles y las plazas de toda Colombia, rompiendo todos los récords nacionales de manifestaciones.

El clima actual que vive Colombia mezcla un fuerte sentimiento triunfalista, con un tufillo nacionalista que pretende que todo marcha bien en el mejor de los mundos. Gran parte de los medios, el gobierno y la sociedad civil lanzan a los cuatro vientos la muerte de las FARC.

Los más de 10.000 combatientes activos de las FARC, las 3000 acciones armadas que han encendido a Colombia desde el principio del año y la presencia guerrillera en 24 de los 32 departamentos del país parecen no rimar con la retórica exultante del presidente Uribe.

Según Luis Eduardo Celis, analista del conflicto colombiano, “las FARC nunca han estado, ni están, ni estarán a punto de derrotar a las Fuerzas Armadas. Pero la guerrilla es un cuerpo vivo que puede reaccionar de manera muy violenta. Si se les acorrala y se les deja sin escape, se pueden volver tremendamente terroristas”.

Pese a los progresos en el campo militar, muchos críticos del gobierno de Uribe le reprochan que ha hecho muy poco para solucionar las raíces del conflicto. En Colombia, en el 2005, según Luis Eduardo Celis, 10 000 propietarios tenían 60% de las tierras y 15 millones poseían 40% de estas. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) agrega que 45% de los colombianos son pobres y 17% más viven en la indigencia. Por su parte la Oficina de las Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito (UNODC) afirmó que en el 2007 los cultivos de coca aumentaron de 27%, inyectando más combustible a la guerra.

Mauricio Parra, el ex guerrillero del frente 16, afirma, pesimista, que “Uribe no distingue a los pobres, no ha construido nada. Si ayuda en educación, vivienda, salud, las FARC tendrían una caída mucho más grande”.



Uno al año no hace daño

agosto 4, 2008

Por: Nathan Jaccard

En un rincón de la localidad de Kennedy, en el barrio Carvajal, al sur de Bogotá, desde hace casi 40 años se esconde Donde Rafa, un restaurante que arrastra a los capitalinos cada jueves por la senda del exceso: monstruosos huesos de marrano, aguardiente a granel, saltimbanquis y juglares criollos.

Unos minutos antes de entrar a escena, Mateo Castro se toma un par de cervezas. “Para calentar motores”, dice. Enfila su camiseta roja de la suerte, lanza una mirada desafiante al público y se manda al ruedo.

Sus 36 años le pesan, pero de un soplo calla a los más de 100 comensales que se reúnen en ese momento en el piqueteadero Donde Rafa. Boquiabiertos, los clientes ven cómo se va animando el show. Empieza suave, sosteniendo con la nariz una hoja de papel periódico. “Uso solo El Tiempo, es el más liviano”, comenta sonriendo antes de prenderle candela y despertar los tronantes bravos del público.

Ya con la gente emocionada, arrebata dos botellas de cerveza Águila de una mesa y las pone en equilibrio sobre su nariz, con una picardía de niño, aclamándose para darse valor.

Cierra con lo mejor de su repertorio, levantar una mesa oxidada con la boca. Los espectadores, asustados, ven cómo se tambalea Mateo entre la multitud, bailando una cumbia con la pata del pesado mueble aplastándole los dientes.

Los aplausos retumban, Mateo mira de reojo a su conquista, un público que le dará a él y a su familia con qué comer.

Con cada espectáculo, el hombre foca se puede ganar hasta 100.000 pesos, negocio que repite varias veces por semana en restaurantes de Bogotá y ferias de todo el país.

“Trabajo Donde Rafa desde los 17 años, casi dos décadas. Aquí me va bien, sobre todo cuando la gente está tomada, sueltan la platica más fácil”, dice limpiándose la cara empapada de espesas gotas de sudor.

Son las dos y media de la tarde y Donde Rafa, el espectáculo apenas empieza. El restaurante está situado en la diagonal 30 sur No 77ª 68, una calle destapada, tapizada de monumentales charcos, donde los escuálidos perros callejeros del barrio vienen a saciar su sed. Humildes casas de ladrillo, con el último piso sin acabar y grasientos talleres de mecánica cercan un edificio nuevo, color curaba, de tres pisos y enormes ventanales. Sobre la entrada se puede ver un enorme aviso que reza “Uno al año, no hace daño. Piqueteadero Donde Rafa”.

Ostentosas burbujas último modelo, esas monstruosas camionetas de vidrio polarizado, invaden los destartalados andenes. Las furgonetas oscuras se codean con un Toyota Land Cruiser azuloso modelo 1975 y un Mazda 323 gris de los noventa. Otra gente viene a pie o en una de las numerosas busteas que surcan la vecina Avenida Primero de Mayo. Donde Rafa es un caldo de especimenes típicos de la raza colombiana, un lugar donde se encuentran policías, con su uniforme verde aguacate, taxistas de bigote impecable y panza prominente, esbeltas beldades criollas que se exceden con el perfume y políticos de la talla del presidente Álvaro Uribe Vélez, que vino en el 2002 cuando todavía no se había posesionado.

Al entrar, sonríe Ximena Díaz, voluptuosa modelo, con un uniforme negro ajustado, estampillado aguardiente Nectar a la altura de su busto generoso. Reparte, entre dos piropos, copitas del amado licor nacional a todo aquél que cruce la puerta del restaurante. “Siempre vengo”, indica la joven, cogiéndome el brazo. “La meta es vender 120 botellas de aguardiente, sin contar las de medio litro”, añade con una sonrisa pícara.

El olor a fritanga, el frenético trote de los meseros, los gritos y la música embisten al cliente que ingresa a la sala principal, un enorme galpón, de vigas rojas y paredes curuba, con 50 metros de largo, 20 de ancho y 15 de alto, por donde pasan cada jueves del año más de 600 clientes. Casi todo el mundo pide hueso de marrano, la estrella del lugar, un enorme brazo porcino, y una botella de aguardiente, para ahogar tanto gordo.

El hueso tiene el tamaño de un recién nacido, parece un mazo prehistórico y lo envuelve un capa de grasa cobriza. Cuesta 20.000 pesos. Se sirve en un solo trozo, en platos verdes de plástico duro, con yuca frita, papas criollas y una pequeña ensalada de aguacate, como para que las mujeres a dieta no se sientan culpables.

La receta de Donde Rafa se conserva con mucho celo pero una fisgoneada en la cocina revela que la preparación del hueso requiere cebolla cabezona, sal de nitro, mucho aceite, caldo y una pizquita de azúcar. El equipo de 8 cocineras de Donde Rafa salpimienta la carne, la dora cinco minutos por cada lado y después la deja cocinar media hora en enormes ollas del tamaño de un bombo.

Mientras los clientes devoran la suculenta especialidad, bulliciosas notas de música se cuelan entre los mordiscos. El festín es amenizado por grupos de música que tocan cualquier canción por cinco mil pesos. Los intérpretes son como rocolas humanas que se saben de memoria gran parte del repertorio de la frecuencia modular criolla.

En una esquina estalla un sentido Jaime Molina, canción clásica del vallenato. Al otro lado de la sala, un conjunto de música norteña, sombrero blanco tejano y camisas azules atigradas, se preparan para interpretar El príncipe de Fernando Burbano. “¡Soy un príncipe a mi modo, no le temo a la pobreza, si el dinero no es la vida, yo para qué quiero riqueza!”, entona con ardor una numerosa mesa de borrachos.

El resto de los éxitos bailables son cantados por un grupo de música llanera, con un lúgubre uniforme negro de vaquero y un clan de 5 ancianos, que tocan añejados pasos dobles.

Consuelo del Pilar Chiquiza nació Donde Rafa. Es hija del difunto fundador, Rafael Chiquiza, y trabaja entre huesos de marrano desde los 8 años. Ya tiene 38, uno menos que el sitio, que abrió en 1969.

“Al principio Donde Rafa era una cancha de tejo y todos los jueves servíamos hueso de marrano. Nos tocó quitar la cancha por cuestiones de higiene, igual mantuvimos el restaurante. Remodelamos hace un par de años, pero seguimos en la misma dirección”, añade, después de gritarle a una de las cocineras “¡Lucy, una picada de 20 para el señor!”.

Consuelo, el cabello castaño teñido, rostro chato redondo y dos decenas de kilos demás, se acomoda a la entrada de la cocina, sobre una pequeña butaca roja, debajo de un altar del Divino Niño. Una posición estratégica desde donde vigila el tráfico de los clientes que entran y salen del restaurante, así como la exitosa preparación de la receta.

Desde su mesa, cubierta de recibos, una sopa de plátano tibia y un frasco de remedio rosado para su hija agripada, Consuelo ve a su madre, Beatriz Ariza, sentada en la mitad de cocina. La anciana se asegura de que el hueso de marrano quede a punto.

Consuelo hace las cuentas, recibe la plata de los clientes y meseros y le entrega el billete a su madre, que lo guarda en un viejo delantal blanco salpicado de grasa. El negocio mueve mucho dinero, las facturas alcanzan con facilidad los 400.000 pesos por mesa. Les provee trabajo a 8 miembros de la familia Chiquiza Ariza, que se dan el lujo de laborar solo una vez a la semana y a 20 empleados.

A las ocho de la noche, los últimos borrachos salen tambaleando de Donde Rafa. Los baños parecen haber sufrido el ataque de una horda de bárbaros. El largo espejo que fue hace pocas horas el mejor aliado de algún galán de oficina está salpicado de papel higiénico, manchas de grasa y ñunflas, esas hebras mañosas de carne que se cuelan entre los dientes. De los tres inodoros, inmaculados al mediodía, dos están inhabilitados. Uno por problemas de digestión, el otro por abuso de alcohol. Como sentencia Edwin, filósofo de letrina y uno de los últimos clientes, “el único lugar en que somos realmente honestos -hombres y mujeres- es el baño”.


Un midas en el trópico

agosto 4, 2008

Un midas en el Trópico

El Estado tiene al Grupo DMG bajo la lupa, pero no ha logrado descifrar el enigmático negocio. Aunque muchos opinan que mientras se permita su funcionamiento, es legal, la falta de claridad de la llamada “empresa de dinero fácil” despierta sospechas.

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En las calles, las tiendas y en las busetas de Bogotá, y de otras 30 ciudades del país, se habla de que hay una empresa que multiplica la plata. Se llama Grupo DMG, siglas del nombre de su presidente David Murcia Guzmán, de Diversificación de Mercado Global, y de “Dios mío gracias, dame más ganancias”, como la llaman algunos de sus clientes: miles de personas que conforman la gran familia DMG.

En la Autopista Norte número 197-35, rodeado por las primeras vacas de la sabana de Bogotá, e improvisados vendedores de mazorcas, pinchos, merengón y obleas, se alza el Megaoutlet, una enorme bodega de dos pisos de concreto gris y techo verdoso, que funciona como centro operativo de DMG en Bogotá.

Largas filas de carros esperan un puesto en el atiborrado parqueadero. Los que vienen en el alimentador de Transmilenio desde el Portal del Norte, cruzan el puente peatonal de la 197, custodiados por la seguridad privada de DMG. “Es que hubo muchos robos porque todo el mundo trae plata en efectivo, entonces comenzamos a vigilar nosotros mismos”, comenta Díaz, uno de los celadores de turno.

En la entrada, como en cualquier otro centro comercial, hay algunos guardias armados. “Una requisita”, invita uno de los empleados de chompa negra de 123 Logística. Una mujer mayor marca una X en su planilla cada vez que alguien entra, y afirma que “los fines de semana pueden venir hasta cinco mil personas al día”.

A continuación, esbeltas jóvenes de jeans ceñidos y zapatos plateados de tacón puntilla, reciben a los clientes con una sonrisa y los invitan a seguirlas hasta una fila interminable que acaba en la entrada de un auditorio. “Ese es posiblemente el mayor defecto del sistema. A veces las colas son muy largas y se puede uno demorar hasta cinco horas para oír la charla explicativa. No importa que uno sea cliente viejo, siempre hay que oír la charla”, dice una persona que lleva tres años comprando con DMG.

Al interior del auditorio, sobre un carrasposo tapete azul oscuro, hay 200 sillas Rimax en las que cada 25 minutos se sientan nuevos grupos de personas a escuchar
exactamente cómo funciona el sistema de tarjetas prepago de DMG. Entre ellas hay taxistas, militares, amas de casa, estudiantes, y en general, personas deslumbradas con la promesa de invertir y confiar en DMG, para multiplicar su dinero.

La conferencia la dicta, micrófono en mano, Jefferson Alfonso, un joven administrador de empresas de 22 años, vestido con saco anaranjado, camisa blanca y estricto pantalón negro. Cada vez que habla a un nuevo grupo, inicia ofreciendo el servicio gratuito de guardería y recreación de DMG: “Los menores aquí se aburren porque no entienden de qué estamos hablando, así que mejor pueden salir a divertirse y cederle su puesto a alguno de los adultos que están esperando afuera”.

Continúa en voz alta: “DMG NO es una pirámide, ni un multinivel, ni una empresa de inversiones. Es una entidad comercial que vende productos, bienes y servicios para suplir todas las necesidades de la familia colombiana. Nos parecemos al Éxito, por ejemplo, porque somos una empresa comercializadora, pero no nos parecemos, porque nuestro portafolio es mucho más amplio”.

Hacia las 12 del día, la fila de gente que espera entrar al improvisado auditorio supera las 500 personas y crece como arroz.

Para comprar a través de DMG, cada cliente debe comprar dos tarjetas prepago[1] como las que usan Transmilenio y la telefonía móvil. La diferencia está en que al comprar y cargar las tarjetas de DMG, el comprador firma un contrato por seis meses con Global Marketing Colombia S.A., en el que se compromete a prestar “servicios como activador de marcas y promotor de publicidad personalizada para activación de diferentes marcas que maneje o manejare el contratante”.

El inusual negocio es explicado por Jefferson de la siguiente forma: “No le pagamos grandes sumas a tres medios, o a tres familias que ya lo tienen todo, sino al colombiano común que trabaja duro, para que hable bien de nuestra empresa. A ver, ¿cuántas personas llegaron hoy porque alguien les habló bien de nosotros?” -pregunta con una sonrisa inocultable-. Todo el auditorio levanta la mano. “¡Esa es la prueba, nosotros tenemos fe en que nuestros clientes están felices de hacer su trabajo y de pertenecer a la gran familia DMG!”.

A pesar de la aparente legalidad del contrato, DMG no entrega una copia a los nuevos miles de contratistas, ni estos se lo exigen. Para rematar, nadie verifica que hagan su trabajo. A DMG llega tanta gente, que la eficacia de la publicidad personalizada, o “voz a voz”, habla por si sola. Hacia las cuatro de la tarde al Megaoulet no le cabe ni un alfiler más.

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¿Cómo paga DMG a los contratistas?

Con puntos que pueden ser redimidos por dinero en efectivo, productos o servicios. Según Jefferson, DMG tiene en cuenta la carga inicial de cada tarjeta para hacer sus pagos. Un peso equivale a un punto, alguien que carga 100.000 pesos, obtiene 100.000 puntos. Lo que varía -casi a diario y con una lógica que nadie en la compañía revela- es la cantidad de puntos que la empresa paga por publicidad.

Un día cualquiera DMG puede ofrecer la misma cantidad de puntos por dinero, lo que significa una rentabilidad del 100%, y al día siguiente solo del 35%. La inversión mínima es de 100.000 pesos y la máxima supera los 50 millones.. “No hay pierde -afirma Gerardo López, un cajero de banco que ha firmado ya dos contratos en un año-, si Murcia se volara, que no creo, la gente perdería un sueño y no su dinero; aquí uno gasta y luego gana por hablar bien del negocio… en cambio, si usted mete 100.000 en una cuenta de ahorros de un banco, al final del año no solo no ha ganado, sino que le han descontado por manejo de tarjeta, transacciones telefónicas o de internet, y hasta por entrar al banco a pagar sus cuentas”.

A continuación, más de la mitad de la sala se dirige, turno en mano, a dos oficinas contiguas en donde compran y cargan sus tarjetas prepago con dinero. Según Jefferson, 3 de cada 5 personas que asisten a la charla firman el contrato.

Si bien los empleados de DMG, una empresa catalogada como “empresa del dinero fácil” por la Superintendencia Financiera, no revelan cifras sobre los ingresos de la empresa, Andrés Caro·, estudiante universitario recién independizado de sus padres, dice que la señorita con quien firmó su contrato tenía apuntado en una planilla, entre otros datos, la cantidad de dinero que la gente dejaba. “En la hoja que vi, había más de 120 millones de pesos cargados por menos de 15 personas”. El Megaoulet dispone los fines de semana, entre las nueve de la mañana y las siete de la noche, a más de 50 personas para atender a un cliente cada 15 minutos.

¿Qué se puede comprar en el Megaoulet?

Lo mismo que en Unicentro, con la diferencia de que en el Megaoulet puede costar un 30% más. El abanico de ofertas de los cientos de pequeños locales que comparten los 16 mil metros del enorme centro comercial es muy amplio. Los visitantes pueden gastar su dinero en bicicletas BMX o Specialized, en lavadoras Whirpool de última generación, en televisores de plasma Panasonic, en neveras Icasa, en computadores Hewlett Packard, en perfumes Lacoste, y en joyas, relojes, ropa o licor de distintas marcas reconocidas. Las mujeres pueden hacerse desde una permanente, hasta sacar una cita para mandarse a poner un par de tetas nuevas.

Al ritmo de Juanes, proyectado en un concierto sobre una enorme pantalla en el centro del establecimiento, muchas familias averiguan entusiasmadas por las vacaciones todo incluido que vende la agencia de viajes de DMG para ir a Tolú, Santa Marta, los Llanos, Capurganá, o distintos destinos en Latinoamérica y Europa.

En el sótano, entre carros de marcas chinas, ostentosas camionetas Ford, motos y scooters, un Mickey Mouse medio tuerto y un Bob Esponja trajinado, reparten a las familias invitaciones para que los niños participen en la actividad recreativa que se realiza, en rotativa, en la zona verde junto al parqueadero. La mayoría de los asociados que venden sus productos o servicios en el Megaoulet, le pagan al Grupo DMG una comisión, mínima, del 10% diario sobre el total de sus ventas.

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Cuándo el río suena…

El director de DMG Holding, Martín Márquez, explicó que el Grupo DMG está conformado por 28 empresas [3]. Unas pertenecen al Grupo y otras, asociadas directa o indirectamente, se vinculan mediante contratos de corta duración.

Aunque Márquez es más que amable al atender a quienes desean saber más sobre la empresa, también es más que hábil para no responder sobre el “don de Midas” que le permite a DMG pagar sumas tan altas a sus publicistas voz a voz.

¿Cuánto invierte DMG en publicidad personalizada respecto a empresas que invierten en publicidad tradicional?

Martín Márquez: Desde el punto de vista de publicidad nosotros gastamos más pero fidelizamos al cliente que habla bien de nuestra empresa y trae a más clientes. Un comercial de televisión es menos efectivo que el voz a voz, porque muestra un producto pero no lo respalda.

¿Cómo hace DMG para pagar cifras tan altas?

M.M.: Hay que dividirlo por seis meses. Pagar el 100% equivale a pagar el 16% mensual. Con la rotación que tenemos de productos podemos ganar el doble, o incluso el triple de ese 16%. El producto llega y se va rápido y genera consumo. Nosotros no descontamos cuota de manejo, ni cuatro por mil, como los bancos; no le ocasionamos gastos a nuestros clientes, solo les damos beneficios. Banqueros como los Sarmiento, a final de cada año, se han ganado miles de millones de pesos; nosotros no, pero estamos fidelizando a nuestros clientes.

¿Cuántas tarjetas venden mensualmente?

M.M.: El número es variable y confidencial, no puedo dar cifras porque asustaría a los bancos.

De la gente que redime sus puntos por dinero, ¿cuánta reinvierte nuevamente en DMG?

M.M.: El 80% de las personas que redimen sus puntos por dinero, lo reinvierte en DMG.

¿Le pagan a la gente que redime sus puntos por dinero con la plata con la que gente carga sus tarjetas?

M.M.: Sí, es una operación comercial. Nosotros quedamos con un capital que inyectamos a nuestras empresas. Ese sistema es el que nos genera altas utilidades. Cada empresa paga un rubro por publicidad.

¿DMG paga IVA?

M.M.: Vendemos el plástico de las tarjetas y ahí pagamos IVA, igual pasa con los productos que vendemos de nuestras empresas. Cuando un cliente redime sus puntos por dinero, es responsabilidad de él declarar sus ingresos, nosotros expedimos un certificado de ingresos por concepto de publicidad personalizada.

¿Cuál es el futuro de DMG?

M.M.: Tenemos la meta de abrir quinientas oficinas durante el resto del 2008. El pago por publicidad no se va a acabar, podemos reducir nuestros planes de mercadotecnia en el futuro, pero no dejar de pagar bien.

¿A que otros países se van a extender?

M.M.: David no tiene metas definidas al respecto. No es sino que llegue alguien y le diga que quiere abrir una oficina en la Cochinchina, le explique su actividad comercial, y listo. A continuación David le pregunta cuánto necesita para arrancar a trabajar.

¿Es verdad que hay municipios donde la gente ya no trabaja porque vive de DMG?

M.M.: En el Putumayo hay una gran fidelización de nuestros clientes, porque hemos hecho una labor más grande que la del mismísimo Plan Colombia. Allá generamos una mejor calidad de vida y ya nadie tiene que vivir del narcotráfico, o de los cultivos ilícitos: ¡ahora trabajan para DMG que es una empresa honesta y legal!

¿Se puede caer DMG

M.M.: No, las transacciones que realizamos están respaldada por las empresas de la compañía. Estamos seguros de que jurídicamente no nos pueden cerrar. No hay nada que temer, cerrar no es la intención de David Murcia Guzmán.

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Dios Mío Gracias, de eso tan bueno sí dan tanto

A pesar de la vigilancia por presunta captación de dineros del público y de los ataques mediáticos que han tildado a Murcia de paramilitar, narcotraficante y estafador, DMG cada día tiene más clientes que se dan fe del milagroso negocio.

Los milagros ocurren únicamente cuando hay testigos que puedan difundirlos mediante su testimonio. Hoy, por ejemplo, nadie hablaría del Jesús de Nazaret que murió y resucitó a los tres días, si los apóstoles no hubieran visto su tumba vacía y luego, para rematar, hubieran hablado personalmente con él. Igual ocurre con DMG: los testigos del milagro financiero difunden la buena nueva entre sus conocidos, dan testimonio de su experiencia personal y vinculan a nuevos clientes que también desean percibir las bendiciones de la publicidad personalizada.

Fernando Aristizabal·, comunicador social y publicista independiente, llegó a DMG luego de que muchos de sus amigos le habían contado de su rentable experiencia personal. “Yo era de los que le decía a mis amigos que se acordarían de mí cuando perdieran su platica y se quedaran con los crespos hechos. En este país nadie ayuda así no mas, sin gato encerrado”.

Un día un amigo de Fernando llegó estrenando un Volkswagen Jetta que había comprado en DMG, seis meses después, la empresa la pagó 50 millones por su “publicidad personalizada”, de manera que el carro le salió gratis. Según Fernando ese tipo de compras ya no se puede hacer, “el pago del 100% en gastos millonarios lo acabaron porque los concesionarios que vendían carros en el Megaoulet, estaban comprando su propia mercancía y ganándose la plata por publicidad. La filosofía de la empresa es ayudarle al que no tiene y no multiplicar las arcas del que ya tiene”.

Lilia Facundo·, empleada domestica, llegó a DMG con 180 mil pesos en monedas y compró su tarjeta al 100% de rentabilidad. Los gastó en el hipermercado El Gran Trigal y a los seis meses le dieron de vuelta sus ahorros: “Es increíble -dice- “he hecho dos mercados con la misma plata…”

El hijo de Blanca Rosero·, un joven economista en serios aprietos económicos, fue a un banco y pidió un préstamo de diez millones al 30% de interés mensual. Fue a DMG quince días seguidos hasta que le ofrecieron 100% de puntos por su dinero. Actualmente le faltan 4 meses para que le paguen, y aunque está muerto del susto, dice que cree ciegamente en DMG. “¿Por qué habrían de robarme si le han pagado a todo el mundo? Tendrían que cambiar las leyes para que el negocio se caiga. Cuando me paguen saldo mi deuda en el banco, compro otra tarjeta con lo que me paguen y listo, soluciono mis problemas”.

“Yo quiero tener un millón de amigos”

Internet es el nuevo espacio en el que se libran todas las batallas por, o en contra de las causas más insólitas. Cada vez que un medio de comunicación cuestiona la empresa de Murcia, los comentaristas que lo defienden a capa y espada se reproducen como conejos. “La entrevista a Murcia fue la más leída el mes en que la publicamos, sobrepasando incluso otros temas como corrupción, Farc o Uribe”, dice Maria Teresa Ronderos, directora de semana.com.

Piton, un comentarista de eltiempo.com, reacciona así a un artículo del medio: “Aquí lo único que veo es una guerra sucia del sistema financiero contra esta empresa. Los cochinos banqueros están tratando es de sacar del mercado a dmg ya que esta empresa los esta dejando sin recursos”.

Facebook, el popular sitio web de redes sociales desde el cual se convocó a la histórica marcha del 4 de febrero a través del grupo “Un millón de voces contra las FARC” (al que se juntaron 366.293 cibernautas), alberga también grupos a favor de DMG. El mismo presidente de DMG abrió el grupo oficial de “Amigos de David Murcia Guzmán“, al que en menos de una semana se habían unido 13.870 miembros. Murcia, superando incluso las ambiciones de Roberto Carlos en su canción Yo quiero tener un millón de amigos, pretende sumar en su grupo a tres millones de afiliados.

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¿Hay gato encerrado?

Si alguien lo sabe, no ha logrado demostrarlo. Una fuente de Hacienda aseguró que aunque hay un grupo integrado por la Dian, la Unidad de Inteligencia y Análisis Financiero del Ministerio de Hacienda, la Fiscalía, el DAS y la Policía Judicial, trabajando para descifrar la fórmula mágica de Murcia, “cerrar DMG está muy difícil porque ya tiene muchos clientes que están empeñados en defenderlo a capa y espada”.

Aunque en la Fiscalía hay nueve denuncias vigentes contra DMG, no hay ninguna en su contra por haber incumplido sus ofrecimientos. Sus clientes, que no entienden qué puede haber de ilegal en una empresa que les da una “mejor calidad de vida”, esperan que las indagaciones por captación ilegal y lavado de activos, resulten negativas. Por otro lado, los opositores de Murcia, entre ellos muchos economistas, dicen que un negocio así solo puede funcionar mediante la usura, o especulando en finca raíz por fuera del país. Otros, que no tienen ninguna explicación económica para la reproducción de los panes y los peces de DMG, solo atinan a recordar que el último héroe colombiano similar a Murcia, se llamó Pablo Escobar.

Las dudas respecto al enigmático David Murcia Guzmán, de apenas 27 años, no se aclararán mientras él mismo no se pronuncie con claridad para explicar de dónde sale su dinero, o mientras el Gobierno no encuentre al gato encerrado en el negocio. ¿Será posible que Murcia tenga el don de Midas?

Sea lo que sea, está por verse.


1-Luego de firmar el contrato de prestación de servicios por una duración de seis meses, cada cliente compra por 10.00. pesos una tarjeta prepago inteligente azul y otra negra, ambas de carácter personal e intransferible. En la azul queda registrado el dinero que cada comprador desee cargar, sin que se le cobre ningún tipo de retención o cuota de manejo. En la negra quedan cargados los puntos que seis meses después pueden ser redimidos por dinero en efectivo, productos o servicios. Un peso equivale a un punto, es decir, si alguien carga su tarjeta azul con 100.000 pesos, la negra automáticamente queda cargada con 100.000 puntos.

3-Empresas del grupo DMG: DMG Constructores, DMG Comercializadora Virtual, Factory Models; DMG Fashion, Hosset Stylelife, Productos naturales. Empresas asociadas a DMG: El Gran Trigal, Inmuno Vida, Bussines System, Studio Pilates, Body Channel, Humor Channel, Pabón Castro Abogados, L&A, Cenco, Provitec, Searching People, Personal Collection, Funerales DMG, DMG TV, Pollo.com, Droguería DMG, Supermercados DMG, Centros de estética, Ferretería DMG, DMG Comunicaciones, Abarrotes DMG, Cultivos de savia.


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El Iron Man criollo

agosto 4, 2008

Por: Nathan Jaccard

Jorge Enrique Botero, polémico periodista, publica su último libro, Simón Trinidad, el hombre de hierro, un amplio reportaje sobre el juicio en Estados Unidos del jefe guerrillero.

Pareciera que en Colombia todavía existen superhéroes. Sí, cómo Batman, Superman o el Hombre Araña. Esa es la percepción de Jorge Enrique Botero, recorrido periodista de izquierda, en su último libro. El paladín de Botero es, ni más ni menos, Ricardo Palmera, alias Simón Trinidad, el célebre guerrillero de las FARC, extraditado a finales del 2004 a Estados Unidos, donde fue condenado a 60 años de prisión por conspiración para la toma de rehenes.

Simón Trinidad, el hombre de hierro es un libro que mezcla biografía y crónica, una narración donde el periodista Jorge Enrique Botero teje la vida del guerrillero Simón Trindad alrededor del juicio que enfrenta en Estados Unidos. El periodista, y no lo esconde, escoge con claridad su bando, pintándonos a su Iron Man criollo cómo un hijo, un marido, un profesor, un amante, un padre. Un guerrillero humano, lo que rima con extraterrestre en la Colombia de hoy. A pesar de no tener capa, trusa y poderes sobrehumanos, súper Simón sería un ser que combate al margen de la ley contra el mal social. Un luchador inquebrantable, que con generosidad, sacrificio y entrega de si, se sobrepone a todo tipo de obstáculos. Al mejor estilo del El Zorro.

El libro ha despertado el inevitable hambre de los polemistas de todo pelambre, haciendo brotar mares de tinta. “Botero se propone contar la historia del criminal honorable”, escribe, ácido, José Monsalve, de la revista Arcadia. Por otro lado, la Fundación Domingo Atrasado ensalza el periodista, diciendo que el libro “está dedicado a trazar el perfil de Simón Trinidad, guerrero por la paz”. Personajes como D’artagnan o Mauricio Botero Caicedo, columnistas, también se han metido a la pelea.

Lo cierto, según Vive.in, es que Simón Trinidad, el hombre de hierro fue uno de los títulos más vendidos en la última feria de libro de Bogotá, donde fue lanzado oficialmente.

Hay que decir que la vida de Trinidad, un intelectual de clase alta que sacrifica su familia y su posición social por sus ideales, uniéndose a la guerrilla, desentona con el discurso dominante, sofocado por los “bandoleros”, “narcoterroristas” y “bandidos”. Pero más allá de Simón Trinidad, el libro de Botero es un excelente relato, una narración que va hilando con maestría la vida y el juicio del guerrillero venido a menos. Como en un cómic de Marvel, Botero nos lleva del estrado del distrito de Columbia, en Washington, a las espesas selvas del Caquetá, pasando por el encopetado Colegio Helvetia, donde el joven Palmera estudió. El texto se empapa de suspenso, de tensión y nerviosismo.

Botero nos cuenta además la vida de decenas de personajes que se cruzan con el relato, como Martín Sombra, el carcelero de las FARC o Patricia Medina, la novia de Keith Stansell, uno de los norteamericanos secuestrados. Pero de pronto lo que más llama la atención, es la reportería, minuciosa, precisa, con detalles crujientes como la afición por los dulces del juez Lamberth o las pintas de Simón Trinidad en las audiencias.

Claro, Botero se pasa. Cortó las escenas del Trinidad en armas, del jefe guerrillero que planeó ataques, que mandó a matar, de una persona que seguro ordenó barbaries típicas de una guerra. Además, el periodista olvida, no sin cierto placer, una de las reglas básicas de la deontología periodística: no te acerques demasiado a tu fuente. Narra como le lleva libros al guerrillero enjaulado, le regala plata y le sirve de mensajero sentimental.

Pero uno de los grandes méritos de Botero es de mostrar los límites de la extradición política, en el sentido que obedece más a un castigo por parte de los gobiernos colombianos y estadounidenses que a una verdadera violación de leyes de los EEUU. Es evidente que es un juicio parcializado, donde se desenterraron todo tipo de patrañas, trapicheos, con el guiño de los jueces, para condenar a Trinidad. Los testimonios se caen por si solos, los fiscales están confundidos y nerviosos, a pesar de un trabajo enorme y profesional. Este desorden le dio una plataforma a Trinidad, donde se pudo encaramar y presentar su visión política con una contraparte muy mediocre.

Lo escandaloso no es que lo juzguen. El problema es que no lo juzguen en Colombia, porqué si hay un país donde violó las leyes, delinquió e hizo daño, precisamente es este.

La justicia no se puede amparar bajo jugarretas políticas. En este caso lo hizo y a los jueces estadounidenses les tomó cuatro años poder condenarlo, revelando el fracaso de este tipo de caminos. El caso de Sonia, experta en comunicaciones de las FARC, episodio también relatado por Botero, conoció las mismas complicaciones. Y estoy seguro que, los juicios a los 14 jefes paramilitares extraditados en mayo del 2008 vivirán similar suerte.

La extradición trata a Mancuso, Trinidad y compañía como delincuentes comunes, sin tener en cuenta los antecedentes políticos del país.

La exportación de reos políticos es un obstáculo para los procesos de paz, actuales o futuros, en Colombia, reduciendo el margen de maniobra y negociación del gobierno y alejando la sociedad al indispensable deber de memoria, reparación y reflexión. Sepultando los peores productos de nuestra país bajo pesadas puertas de acero de máxima seguridad en Texas, Florida o Washington, no estamos sino huyendo a nuestros fantasmas.

Además, como expone Adam Isacson, del Centro para la Política International, “la extradición se ha convertido en un sustituto para una verdadera reforma judicial (…), es reconocer un fracaso, confesar que el sistema judicial y penal colombiano es demasiado lento, ineficiente, corrupto”.

Más que un arma de justicia, la extradición se ha convertido en una cauchera política, un machete de doble filo que no satisface a nadie.