El patriarca del rock

noviembre 11, 2008

 

Por: Carolina Rincón  manolobellon2

 

      Manolo Bellon ama toda la música, pero su género consentido es el rock, palabra que clasifica más como una actitud juvenil e irreverente que como un género musical.

 

Manolo Bellon fue uno de los adolescentes que durante la década de los sesenta se contagió de la “beatlemania”, popular expresión que caracterizó una  admiración intensa y frenética hacia la legendaria  banda inglesa de rock The Beatles.  Desde ese entonces,  no ha habido un día de su vida en el que no piense en rock and roll.

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 John Lennon, líder de The Beatles,  nació en Liverpool, Inglaterra, el 9 de octubre de 1940, durante la Segunda Guerra Mundial.  Dos años antes, el alemán Waldemar Bellon, padre de Manolo Bellon, huía de Alemania con su Luisa esposa, por su activismo en la oposición contra el régimen de Hitler. Por esa razón Manolo no es alemán. Y aunque el destino de Waldemar y Luisa definió que Manolo Bellon naciera y viviera en Colombia, separado a un océano de Europa, la cuna de The Beatles, The Rolling Stones y Pink Floid; también definió que Bellon llevaría el rock en las venas.

 

La anterior afirmación cobra sentido cuando Manolo Bellon explica lo que significa la música en su vida: “Si me sacaran una muestra de sangre lo primero que podrían verificar es que está compuesta un 70% de notas musicales”.

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Bellon tiene 59 años y desde los 6 colecciona música.  A los 17 empezó a estudiar veterinaria, pero al poco tiempo entendió que no eran los animales sino más bien las guitarras eléctricas las que hacían vibrar su corazón. Por eso,  decidió ser disc-jockey. Hoy, tras 39 años de dedicación a la música tiene un gesto amable y relajado en su rostro y además tiene un largo currículo

Es un hombre irreverente y apasionado. Aunque las canas dejen ver su madurez y le den un toque sabiduría a su apariencia, su actitud es descomplicada y sencilla. Se exalta hablando de rock, parece un joven apasionado que defiende a capa y espada su banda, su ideología. Se emociona oyendo At the hop, de Dany and the juniors, una canción muy rocanrolera que hace parte de las aproximadamente 6800 que tiene grabadas en su Ipod. Últimamente adora el Alleluia interpretado por Marcos With.

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En 2003 Manolo Bellon lanzó su primer libro “The Beatles: La Historia”, en el que cuenta el surgimiento, el desarrollo y el fin  de la banda y  la vida sus integrantes, los llamados: fabulosos cuatro “fabfour,”  John, Paul, George y Ringo. Para escribir este libro, Bellon utilizó la colección de recortes de prensa que atesoró desde que era un adolescente. Aunque no ha podido acceder directamente a ninguno de los Beatles, ni a sus hijos,  asegura que mientras su salud y su cordura se lo permitan, no descansará hasta sentarse a conversar con Paul Mccartney, bajista y voz de The Beatles, y  autor de Yesterday, canción que ostenta el guiness record de la más radiada del mundo.  

Intentó entrevistar en el Dakota Building de Nueva York***, a la japonesa Yoko Ono, viuda de John  Lennon, que es conocida como una bruja entre los fans de The Beatles porque le atribuyen la separación de la banda. Sin embargo, la japonesa no permitió que Bellon llegara a ella. Le envió una razón con un hombre con cara de pocos amigos, mediante la cual le explicó que si quería hablar con ella debería hacer una solicitud escrita que pasaría a ser estudiada y respondida mínimo en dos meses. Hasta ese momento llegó la intención de Bellon de hablar con Ono.

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En 2007 Bellon publicó “El ABC del Rock”, libro que contiene un saber enciclopédico de los sucesos mas importantes de la historia del rock, ocurridos a lo largo de 90 años, en América y en Europa. Este libro es su autobiografía porque el rock es él mismo y al mismo tiempo el producto de su trabajo y su mayor compañía.

Manolo Bellon ama toda la música, pero su género consentido es el rock, palabra que clasifica más como una actitud juvenil e irreverente que como un género musical.   “El rock es un espíritu que tiene varias manifestaciones, porque recoge lo que dice la gente en la calle”.

 

Cuando tuve la oportunidad, me tomé el atrevimiento de  insinuarle a Manolo Bellon, que aunque en sus inicios el rock fue tomado como un movimiento anárquico de jóvenes rebeldes, hoy puede ser más visto como un género de leyendas representativas del siglo pasado, que todavía guarda algunos fanáticos. Inmediatamente se exaltó y me preguntó afanosamente ¿pero para usted qué es el rock? Simplemente asentí.

 

Después de unos segundos de reflexión, mi entrevistado me dio algo de razón. El rock clásico, el que hace delirar a Bellon, no es más es una manifestación de rebeldía sino más bien un clásico, socialmente aceptado. Ya no es una música que los padres consideran ruido… y eso dice mucho.  Antes de terminar con su respuesta, Bellon dejó claro que el rock sigue siendo una actitud irreverente, que tiene una inmensa capacidad para reinventarse  “siempre hay manifestaciones de lo que es la esencia del rock y siempre el rock vive el mismo proceso, por eso hoy  existe el punk y el hip-hop, porque manifestaciones anteriores se han vuelto aceptables.”

 

 En la Revista Cambio del 14 de noviembre de 2007,  encontré el siguiente título: “El Rock se aburguesó:!No me diga!”, Bellon escribe: “GRAN PREOCUPACIÓN hay porque el rock está entrando al torrente de música socialmente aceptada, absorbida por el Establecimiento. Sí, así, con mayúsculas. Hay tantas actividades alrededor del rock que parecieran ser más bien de música culta. No de la música rebelde por excelencia. ¿Cómo es posible que la expresión máxima de la rebeldía juvenil se deje absorber? Francamente no hay que ponerle mucha tiza al asunto, eso viene sucediendo desde hace cincuenta años”.

Con esas palabras Manolo Bellon terminó de explicar la molestia que le generó mi pregunta. Y Finaliza así: “… Tal vez en este momento fuera del tan vilipendiado reguetón, no esté pasando mucho, pero llegará. Y una vez más, ese feo invento ya cincuentón y canoso, reaparecerá y volverá a chocar contra el Establecimiento. Y cuando a usted le choca, significa que también ya está absorbido por el Sistema…”

Manolo Bellon está, hace casi medio siglo, deslumbrado por ese “invento cincuentón”. No obstante su deseo de continuar impulsando a los espíritus  rebeldes, ama los acetatos  y  deja ver su rechazo a la música electrónica: “porque los computadores no tienen sentimientos”.  Él, como muchos otros padres de familia,  sigue sintiendo una enorme nostalgia cuando mira el espejo retrovisor. 

 

¿Qué existe más allá de la música para Manolo Bellon?

Para poner todo en sus justas dimensiones es indispensable reproducir las siguientes palabras de Bellon: “cuando me iba a casar con mi esposa le advertí que yo ya estaba casado, que ella iba a ser mi segunda esposa porque la primera siempre ha sido la música”.  Claudia, su esposa, supo entenderlo y por eso hasta ahora siguen juntos y felices.  Bellon da la vida por ella y por sus hijas Jennifer y Jessica.  Comparten los fines de semana en las afueras de Bogotá preparando asados, y cuando  hay oportunidad, haciéndole barra a Santa Fe, tradicional equipo de futbol bogotano.

Siempre está al tanto de no dejar de lado su vida privada y su crecimiento personal. Le gusta leer sobre actualidad y sobre espiritualidad. Claro!  Siempre con música como protector de pantalla de sus pensamientos.

Su perro Shatsi también ocupa parte de su rutina diaria;  es un dálmata mediano, que tiene claro que su amo no se resiste a sacarlo a pasear cada vez que él le mueve la cola. Todos los días sale a pasearlo entre las 6:15 y las 6:45 de la mañana, a uno de los parques que quedan cerca de su casa. El perrito aparece en la pantalla de su celular. 

En el blog de Manolo Bellon, se lee que “Música se escribe con m  de Manolo”, y no en vano es hasta ahora el único colombiano que, sin haber participado en la grabación de un álbum, ha recibido por parte de EMI Music, un disco de oro por  la difusión de ONE. Un  álbum con la recopilación de 27 de las canciones de The Beatles, que alcanzaron el primer lugar de las listas oficiales pop de Inglaterra y de Estados Unidos.

Manolo Bellon hubiera dado mucho en la vida por ir a un concierto de The Beatles y por  conocer a Elvis Presley,  Jim Morrison,  John Lennon y a Frank Sinatra. Aunque eso no fue ni será posible, Bellon ha trasmitido el legado. Gracias a él, muchas personas nos hemos acercado a los íconos del rock y hemos podido revivir el espíritu revolucionario de los sesentas. Mientras viva el patriarca del rock vivirá la leyenda en Colombia.   


E[n 2004, la revista Rolling Stone  puso a The Beatles en el #1 dentro de su lista de 100 Greatest Artists of All Time. De acuerdo con la misma publicación, ellos innovaron la música y su impacto cultural ayudó a definir los años 1960 []y su influencia en la cultura pop aún es evidente en la actualidad, además de tener 4 álbumes entre los 10 mejores de la historia, incluyendo el 1º y el 3º. Unos años más tarde también fueron colocados en el puesto nº 1 entre Los Mejores Artistas de todos los tiempos por la página de internet de música Acclaimedmusic.net. Consultado en  Wikipedia 24 de mayo de 2008.

Ha sido locutor y director de estaciones radiales colombianas, Caracol Estéreo y La W Radio; presentador de programas musicales en televisión y en radio, Surcos del Pop, Flashback, La hora del regreso, entre otros; es conferencista y periodista de temas de cultura y del espectáculo. Actualmente es coordinador de la Discoteca Digital de Caracol,  que se encarga de la digitalización y documentación de archivos musicales y artísticos. También es líder del Departamento creativo y de producción  “Key Program”, programa orientado a clientes nuevos de la radio. También escribe en diarios y revistas colombianas.

*** Dakota Building de Nueva York es el  nombre del conocido edificio donde en diciembre de 1980, un hombre llamado David Charpman descargó 5 tiros de su pistola  sobre el cuerpo de John Lennon y acabó con su vida. Ese edificio que constantemente es asediado por fans del Lennon pues en el mismo sigue viviendo Yoko Ono.


Geek punk o anarquía en la nevera

septiembre 24, 2008

ego;

 Por: Gloria Susana  Esquivel González

(foto: http://www.flickr.com/photos/gatocalculista/)

 

Podríamos clasificar el sonido de una licuadora como una continuidad medianamente intensa. Mmmmm, mmmmmmmm, mmmmmmm. Eso nos daría el beat. El choque de los tacones contra las baldosas del piso, clac clac clac, podría hacer las veces batería, pero tendría que estar acompañado por un sonido que llevara la melodía. Pensemos, pensemos…tal vez el de la lluvia de tarde de domingo sobre tejas de barro (ese sonido es como un murmullo, resulta irreproducible en una onomatopeya), o el golpe de la hoja del cuchillo contra la tabla plástica cuando se corta un tomate, sac sac sac. “Todos los eventos sonoros de la vida diaria pueden ser eventos musicales plenos.”, me dice Andrés Gualdrón, teclado, voz y programación de ego; , mientras intenta explicarme el núcleo de su proyecto musical. Ego; es un grupo de pop-punk que intenta introducir en sus composiciones elementos experimentales para cuestionar de manera directa lo que se entiende como música. “Asimilamos sonidos del mundo en nuestra música, pero lo más lindo seria que nuestra música se asimilara a la vida diaria. Que nuestra música no interrumpa el continuo de las músicas que hay.” Intento hacer un compendio de mis sonidos favoritos: el clic clic clic del teclado cuando escribo muy rápido, el maullido seco y profundo de mi gata cuando se pone a cazar moscas, mi esfero negro micropunta cuando hace un primer contacto con la hoja y la rasguña, tras tras tras. Puede que Andrés tenga razón, somos participes de múltiples eventos sonoros, pero no sé hasta que punto eso pueda llamarse música.

 

Andrés no es muy alto. Sus ojos y su pelo son muy negros. No se puede quedar quieto y lo primero que le dice a Juan Pablo Bermúdez, guitarra, voz, programación y contraparte de Andrés en ego; , cuando lo ve es: “Toes que care’ Vietnam”. Ése es el tipo de humor de Andrés; algo hermético y con referencias cruzadas. Cuando le digo a Andrés que me hable de él se ríe y cuestiona mis métodos periodísticos. Después me responde con la voz más seria que tiene que es un ‘pelao descomplicao’, que le gusta la rumba joven, la rumba cross over. Se ríe y baja la mirada. Su voz cambia y se aterciopela. Si las voces tuvieran texturas, la voz de Andrés tendría la textura que tiene el chocolate cuando se derrite y se vierte, pero esa textura y ese tono sólo aparece cuando se pone serio. Me dice que es una persona volátil que se deja llevar por la emocionalidad. Que tal vez esa emocionalidad es la que lo ha llevado a cometer los mayores aciertos y desaciertos que ha tenido en su vida. Su hermano Miguel confirma la pasión con la que Andrés vive la vida, pero asegura que esa emoción puede ser contraproducente, que Andrés fácilmente pasa de la euforia a la tristeza y que a veces no puede soportar el golpe del fracaso. Andrés sabe que es así y muy probablemente eso fue lo que lo llevó a ego; .

 

Su interés por la música comenzó desde muy pequeño. Su papá se desesperaba con él porque era imposible hablar con Andrés sin que estuviera haciendo ruido. Golpeaba las cucharas y los platos a la hora de comer y en el colegio tamborileaba sobre su escritorio con el lápiz. Este interés por generar ruido derivó en la compra de una batería, de la compra a la práctica, de la práctica al estudio, del estudio a la duda: “A mi me interesó la batería desde muy chiquito, pero cuando tuve que mantener el interés por el instrumento, pues, no pude porque llegó mi ser emocional a recordarme que mi verdadera obsesión era la composición.” En ese momento Andrés decidió dejar sus estudios de batería y comenzar a estudiar composición en el programa de música de la Pontificia Universidad Javeriana. Para él, la composición le abrió el horizonte como persona que quiere reflexionar sobre el arte, aunque lo alejó del interés por la interpretación de instrumentos.

Sin embargo, Juan Pablo piensa que Andrés es un muy buen músico. “Él es muy bueno en el nivel mas chévere en el que uno puede ser bueno. La mayoría de las personas piensan que un buen músico es un duro con un instrumento y a él no le interesa eso, sino los aspectos más estructurales del asunto. Además es un duro.” Juan Pablo sabe que no podría haber encontrado mejor ‘partner in crime’. Él ve a Andrés como un tipo de mente abierta que puede disfrutar tanto una copla llanera como una obra serialista, y con el que puede compartir un montón de influencias pop. Juan Pablo dice que Andrés es lo que sale si se mezcla un hippie con un punk con un geek. Yo me pregunto que tipo de música puede salir de esa mezcla.

Juan Pablo es muy alto y usa gafas. También tiene el pelo negro, pero el de él es liso y por esta razón se ve, bajo cierta luz, azulado. Juan Pablo va a otra velocidad. Su hablar es pausado y tras cada pregunta que le hago toma la grabadora y comienza a examinarla bajo diferentes ángulos. Siempre me advierte que se va a tomar su tiempo para responder y yo sólo me quedo observándolo y disfrutando los diferentes juegos que entabla con los objetos que están encima de la mesa. Toma una manzana y la hace girar, golpea un candelabro repetidamente y me pide que escuche el retorno que genera el sonido. Después de mucho pensarlo me dice que él piensa que es una persona a la que le gusta mucho escuchar. Andrés piensa algo diferente sobre él. Me dice que Juan Pablo es un hombre muy valiente, como un primitivo que se mete entre la selva a luchar contra lo desconocido. Resalta de Juan Pablo su gran tenacidad y me confiesa que si no fuera por esa tenacidad el concepto de ego; seguiría estando en pañales. Marleny, quien ha trabajado en la casa de Juan Pablo durante once años, opina igual que Andrés. Para ella Juan Pablo es un bacán, cariñoso y colaborador. No obstante, me dice que desde hace algún tiempo como que se volvió loco porque se la pasa por la casa tirando platos al piso y golpeando las puertas con todo tipo de objetos.

 

Podría decirse que soy testigo fiel de esa experiencia. Juan Pablo decide que hoy será en día en el que se grabará el sonido de un plato metálico golpeándose contra el piso de ladrillo de su casa, splaaat splaaat splaaat, y que le gustaría que yo tirara algunos platos. Después del primer golpe, Marleny sale de su cocina. “Ya me está comenzando a asustar”, dice con un tono resignado y vuelve a entrar seguida de Juan Pablo, a quien se le ha ocurrido una mejor idea. Hoy quiere grabar el sonido de la olla exprés en donde Marleny está cocinando el almuerzo, bluup bluup bluup. Yo le pregunto a ella si no le molesta nuestra presencia y desde sus ojos gigantescos me responde que ya está acostumbrada, que Juan Pablo la ha puesto a cantar, a saltar y a tomarse fotos. Y es que si entramos al myspace de la banda: http://www.myspace.com/egomusica, encontramos que en sus principales influencias, al lado de Chuck Norris y de Lucho Herrera está Marleny Cano. Ella participa en “música concreta”, le samplearon la voz diciendo “weird weird lady” y en la galería de fotos se puede ver una imagen de Marleny con una camiseta roja, frente a una pared blanca entre dos arbustos muy verdes, preparándose a saltar.

 

Ego; se llena de imágenes bonitas y de analogías visuales que complementan lo sonoro. Juan Pablo y Andrés afirman que se encontraron en un momento en el que ambos tenían ganas de hacer lo que se les viniera en gana, sin regirse bajo ningún tipo de regla externa para hacer música. Ellos lo llaman “anarquía”, pues consideran que no hay nada que gobierne su música y que se podría hacer una labor política al intentar recuperar la musicalidad de los objetos que no son categorizados socialmente como musicales. Piensan que su música es geek pop – punk y para mí ese es un gran problema. No entiendo cómo una música tan pensada desde la reflexión estética puede ser pop. Las influencias de ego; se agrupan bajo el título “intelligent dance music” (otro nombre que me pone a pensar en mil y un problemas de marketing y difusión), y entre ellos se encuentran Matmos (reconocidos por grabar junto a Björk y por configurar armonías utilizando samplers de liposucciones) y The Books (quienes se autodenominan coleccionistas de sonidos). Andrés me explica que a la hora de hacer su música, la regla no es ser experimentales sino hacer lo que sienten. Para él una de las influencias más grandes que tiene ego; es Café Tacuba pues “son la prueba viva de que la absoluta libertad puede ser comunicativa”. Juan Pablo lo complementa diciendo que “no por ser experimentales vamos a negar que una batería bien puesta suena una chimba, o que una canción pop bien amarrada es una obra de arte maravillosa. Como “Niño” de Belanova.”

Ver a ego; en escena es una experiencia diferente. El espectador puede encontrar en medio de dos baladas un reggetón que toma como base una fuga de Bach, o una canción cuyo instrumento principal es la voz de Andrés leyendo las instrucciones para usar el shampoo marca “Ego”.  Este tipo de ejercicios en escena hace que algunas personas que los han visto los tilden de “chocolocos sin sentido” o que no entiendan que lo que buscan hacer es otro tipo de “música anarquista” a la que no se está acostumbrado.

Sin embargo, existe un público que si está interesado en la manera en la que ellos conciben la música y que piensan que son originales dentro de la escena bogotana. Esa originalidad resulta muy valiosa para quienes los escuchan y piensan que su música aunque industrial y electrónica resulta orgánica, “la música está muy viva, es un pequeño caos organizadito”.

Juan Pablo me cuenta que alguna vez pensó que Andrés era el gas del briquet y él la chispa, que en determinando momento él quitaba la rendija y se armaba la llamarada. Para ellos el cuestionar la materia prima de la música es un interrogante que les sale de las entrañas. Y dice Juan Pablo: “si uno hace lo que le nace de las entrañas y lo que realmente quiere hacer debe, inevitablemente, salir algo valioso.”

 


Mike Forero al servicio del deporte colombiano

septiembre 23, 2008

Por: Miguel Saldaña

Mike Forero Nougués, con 87 años y más de 70 en el oficio del periodismo, es considerado por los periodistas como uno de los mejores cronistas deportivos que ha tenido Colombia. Fue director de las páginas de El Espectador por más de tres décadas y director nacional del Instituto Colombiano de la Juventud y el Deporte, Coldeportes.

Los años no llegan solos. Pero a Mike Forero no le duele nada. Cuenta con una salud excepcional. No solo monta en bicicleta y hace pesas también ejercita su mente al relatar los acontecimientos de los 8 mundiales de fútbol y los 7 juegos olímpicos a los que asistió, o cuando hizo que Colombia regresara a los juegos olímpicos por allá en el 54 en Melbourne, Australia. Es todo un espectador del deporte. Este viajero por naturaleza deja plasmado en los periódicos colombianos sus crónicas y sus anécdotas que se convierten en aportes valiosos para el periodismo y el deporte de nuestro país.
“Una de las mejores plumas del deporte, sus análisis hicieron historia. La facilidad en el manejo del idioma, y sus conocimientos lo hacen toda una autoridad del periodismo escrito” afirma el colega de Mike, Giovanny García.
Mike, siempre elegante, con vestido, corbata y gafas como tal intelectual, me esperaba a la entrada de su apartamento al norte Bogotá. Su interior se veía un poco apretado pues no caben los miles de libros que tiene en la sala, en su cuarto, por todos lados. En su mayoría sobre historia, deporte y periodismo. Su sala esta adornada con una pintura de más de cien años que retrata a su tatarabuelo, un mostrador heredado de su padre con fotos de su familia, condecoraciones que ha recibido a lo largo de su vida y la foto de su equipo predilecto, el Independiente Santa Fe. Cultura, conocimiento y tradición es lo que se respira en el primer piso de aquel conjunto residencial.
Sin mucha prisa nos sentamos y empezamos a conversar. Con su voz ronca y fuerte que demuestran vigor y energía me empieza a contar los retos de su existencia para convertirse en uno de los periodistas más importantes del país.

Una tradición Familiar

Su padre fue el señor Guillermo Forero Franco, un periodista destacado en los años 1900, cuando plasmaba en el periódico El Mercurio de Bogotá sus ideas liberales con las que se oponía a la dictadura del General Rafael Reyes y apoyaba al futuro presidente Enrique Olaya Herrera. Por su oposición contra la dictadura, el General Reyes lo exilió. Mandó a Don Guillermo para la Guajira a que se contagiara de fiebre amarilla, sin embargo sobrevivió y pudo salir al extranjero exactamente a los Estados Unidos. Después de unos años, cuando la marea estaba mucho más calmada regresó a Santander su pueblo natal, en donde conoció a doña Concepción Nougués, hija de un inmigrante francés, con la que emprendió viajes por todo el mundo y con la que tuvo cuatro hijos. La primera nacida en New York, Marión, que fue bibliotecóloga de la misma ciudad, seguida por Luís Guillermo nacido en México, quien fue el médico que le practicó la autopsia al líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, un político popular colombiano que fue asesinado en Bogotá. Después Santiago nacido en Inglaterra, convertido en periodista al igual que su hermano Mike quien es el último de la camada, que nació en Colombia, el 21 de diciembre de 1923, en Piedecuesta Santander,. “Esta ciudad es lo que más extraña Mike y en donde quiso haber vivido más”, dice su paisano Cristian Argüello.

Su carrera como periodista

Don Guillermo siguió viajando y en uno de esos viajes, estando en Londres en una carrera de caballos que era su afición, hizo amistad con el diplomático peruano Augusto Leguía, quien al ser elegido presidente del Perú, lo invitó a radicarse en Lima y trabajar en su diario político La Prensa, que era para ese entonces el periódico con la mayor tecnología y que contaba con la mejor rotativa de América del Sur. Y es en ese preciso momento, donde aquel niño curioso llamado Mike Forero se convirtió en el operador de aquella máquina innovadora. “Desde niño sentí que tenia que seguir los pasos de mi padre” dice Mike. Al mismo tiempo como llegaban periódicos de muchas partes del mundo, su padre lo ponía a recortar las historias y cuentos que más le llamaran la atención para reproducirlos en el periódico.
Unos años después llegó de nuevo la familia Forero Nougués a Colombia. Mike ingresó a realizar sus estudios en el Colegio Mayor del Rosario de Bogotá en donde se graduó como bachiller. Y mientras estudiaba, empezó a ganarse sus primeros pesos, enviando un artículo deportivo por semana a la Revista el Gráfico. Al desaparecer ésta, la Revista Cromos lo acogió en sus páginas y empezó a trabajar con ellos.
A la par con el periodismo, ingresó a la Universidad Nacional a estudiar educación física hasta conseguir su título profesional. Ya con los conocimientos adquiridos en deporte y con la experiencia periodística que tenía, incursionó en la radio creando al lado de un antioqueño, Miguel Zapata Restrepo, La Polémica de los Deportes de la Cadena Caracol, donde discutían la jornada del fútbol nacional. Poco tiempo después, también en radio, trabajó para el programa diario de la actualidad El país, donde comenzó a hacer sus primeras reporterías con grabadora en 1948, año en que inició el Fútbol Profesional Colombiano. “Tenía que salir a la calle con un secretario que me cargara la grabadora que pesaba un montón y que tenía un rollo de alambre largo para la grabación aunque para ese entonces era la sensación” dice Mike entre sonrisas, porque comparaba mi grabadora con la que utilizaban en ese tiempo.
Recuerda Oscar Restrepo, periodista y amigo, que Mike los domingos salía para el estadio y al terminar la fecha, llevaba las grabaciones del partido de Bogotá. Por onda corta captaban y reunían los resultados de los otros partidos de las diferentes ciudades y con sus colegas en ese mismo día hacían el programa, inventando personajes ficticios que iban de estadio en estadio para presentar una versión muy original de los partidos y las mejores incidencias en sus crónicas.
Tuvo que abandonar por un momento el periodismo por la controversia política que había para ese entonces, cuando existía el conflicto entre conservadores y liberales, y por evitarse dolores de cabeza Mike tomó la decisión de salir del país para estudiar bacteriología en la Universidad Jefferson Medical College de Philadelphia, en Estados Unidos.
Después de graduarse regresó a Colombia. El desempleo no era un problema para ese entonces y recibió varias ofertas de trabajo. Un suceso fue el que marcó su retorno definitivo hacia la profesión de toda la vida. Lo alcanzaron a nombrar como bacteriólogo en Montería y cuando tenía las maletas listas, le llegó una oferta por parte de Eduardo Zalamea Borda (Ulises), un columnista de El Espectador para que se quedara en Bogotá y trabajara en La Revista Cromos, donde le pagaban cuatro veces más de lo que le iban a pagar allá. Y fue así como comenzó su trabajo por más de 30 años en El Espectador.
Guillermo Cano director del periódico en ese tiempo tuvo afinidad con el nuevo periodista que había entrado a su diario. La pasión por los deportes hizo que se convirtieran en buenos amigos. “Don Guillermo era una persona digna de admirar, le gustaba el fútbol y hablábamos solo de eso, hasta que un día los violentos acabaron con su vida por no ocultar la verdad” dice Mike.
Allí aprendió a trabajar para todos los frentes, no solo se dedicaba a los deportes, también fue analista hípico, político y de noticias. Como era viajero y su pasaporte contenía la entrada a la mayoría de los países, era el que levantaba la mano cuando preguntaban quien podía ir a cubrir una noticia en algún lugar de la tierra. Dice Mike “le he dado la vuelta al mundo en dos oportunidades gracias a mi trabajo y me enorgullezco de haber estado en el mejor periódico colombiano”.

Polemista

Sermones Laicos, y Caras y Caretas, son sus columnas más recordadas en las que exponía, con su peculiar estilo, lo bueno y lo malo de la política y el deporte colombiano, comenta su seguidor Jorge Cárdenas, historiador.
Sus conocimientos sobre fútbol daban pie para hacer críticas fuertes, las que le originaron varios problemas.
Para 1962, la selección colombiana de fútbol estaba bajo el mando de Adolfo Pedernera. Mike no era seguidor de la forma en que jugaba la selección de ese entonces, decía que era un juego lento y que por eso nunca le ganábamos a los países de los otros continentes. En La Esfera Deportiva, una revista que fundó, escribía crónicas de lo mal que jugaba el equipo y lo mal preparado que se veía al onceno nacional. Decía que teníamos que adoptar el estilo del fútbol ingles que se caracteriza por un juego rápido, de tres o cuatro toques máximo para llegar al arco contrario. Los seguidores de Pedernera, un día después de un partido en Bogotá, lo insultaron y le arrojaron miles de objetos porque no perdonaban sus críticas. Sin embargo, dice Mike “uno que ha sido marinero sabe como capear las aguas bravas”. Para limar asperezas se encontraron Mike y Pedernera a tomarse unos tragos en Bogotá, hicieron las paces, pero Mike no quedÓ convencido, siguió contradiciendo la forma de ver el fútbol de aquel entrenador.
“Mike es un hombre de pensamientos rígidos pero argumentados”, dice su hijo Clemente.

Directivo y Docente

Estando en El Espectador, en 1978 recibió la oferta para ser el director nacional del Instituto Colombiano de la Juventud y el Deporte Coldeportes, el cual aceptó, y con ayuda del periodismo logró que Colombia regresara a unos juegos olímpicos en Australia 54, y desde ese momento no ha dejado de asistir a este evento mundial. También logró que se creara La Vuelta de la Juventud Colombiana, una de las competencias ciclísticas que sacó a más de un deportista del anonimato.
“Muy liberal y defensor de los gobiernos rojos, llegó por ese partido a la dirección nacional de Coldeportes donde fueron más las propuestas que las realidades alcanzadas” dice el periodista Giovanny García
Cuatro años después regresó nuevamente a El Espectador hasta su retiro definitivo del periódico para convertirse en docente de la Universidad Santo Tomás en la facultad de Cultura Física, Deporte y Recreación.
“Recordamos su filosofía y sus principios, entre tantos: la salud es el objetivo máximo de la vida, hay que desprenderse de lo material, hay que ayudar a la comunidad, hay que perdonar, hay que hacer el buen uso del idioma, hay que hacer lo que a uno le gusta” dicen Rodrigo López y Rafael Beltrán, estudiantes de las cátedras de Mike.
Toda esa filosofía la acaba de escribir y publicar en el libro Historia de Tres Mundos: Cuerpo, Cultura y Movimiento, que fue editado por la Universidad Santo Tomás y en el que hace una serie de reflexiones sobre las actividades de la cultura física no solo en Colombia sino en el mundo deportivo internacional. “Un valioso aporte para la enseñanza de la cultura deportiva”, lo cataloga la Fundación Santillana en el homenaje que le hicieron hace poco a Mike, el mejor cronista deportivo de Colombia.
Después de ser periodista, polemista, director y docente se dedica a dictar conferencias en diferentes instituciones educativas de Colombia y a esperar a alguien más a quien contar su historia.


La voz detrás de Satanás. Tres pinceladas sobre Mario Mendoza

agosto 16, 2008

Por: Julio Caycedo

En el 2002 la novela Satanás hizo que Mario Mendoza se convirtiera en el primer y único colombiano que ha ganado el Premio iblioteca Breve Seix Barral, galardón otorgado también a autores de la talla de Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Guillermo Cabrera Infante. Hoy, seis años después, Satanás ha sido exitosamente traducido al cine, al italiano y al portugués. Mendoza, entre tanto, ha publicado 4 novelas más, ha cultivado un público de miles de lectores y otro de incontables enemigos.

Mendoza le dio voz al Satanás que camina entre los bogotanos

Mendoza le dio voz al Satanás que camina entre los bogotanos

Mario Mendoza (Bogotá, 1964) vive en el apartamento 701 de uno de los edificios sin ascensor de un conjunto cerrado que queda sobre la calle 140 arriba de la carrera 10. Su apartamento, ocupado por varias bibliotecas y cuadros enormes, tiene grandes ventanales y claraboyas por los que entra mucha luz. Al autor de Satanás, contrario a lo que piensan muchos de sus lectores y desconocidos, no le gusta para nada la oscuridad.
Llegué a la cita con él 15 minutos antes de lo que habíamos acordado. Mario estaba ocupado enviando correos electrónicos para tratar de solucionar la falta de un certificado de vacunación contra la fiebre amarilla que le exigían para entrar a Ecuador, país al que viajará en pocos días auspiciado por la revista Don Juan para escribir la semblanza de un personaje sorprendente. “Pero no puede decir nada marica, si llega a decir algo no le vuelvo a contar un culo. Pero venga, siga guevón, espéreme un minuto que no me demoro nada y ya hablamos con calma”. Lo seguí hasta su estudio y me senté en una butaca alta que él acomodó cerca a su escritorio.
El estudio, al igual que el resto del apartamento, me pareció la antítesis de lo que muchos imaginan sobre un apartamento de soltero. Todo estaba milimétricamente organizado. La cocina estaba limpia. Los papeles puestos por ahí, sobre los muebles, dispuestos de grandes a pequeños. Los libros de sus bibliotecas (Mario lee mínimo un libro semanal, es decir, 52 al año) habían sido decididamente organizados por autores, temas y nacionalidades. Desde la butaca observé que Mario, incluso cuando escribe para internet, es ultra cuidadoso, como con todo, con sus tildes, sus comas y sus puntos.
En la puerta de madera del estudio hay clavado con chinches un afiche en el que aparece de cuerpo entero Raúl Gómez Jattin, con la mochila terciada, caminando sonriente por las calles de Cartagena. Frente al computador, a espaldas del escritor que mira la pantalla, hay un tablero de acrílico blanco en el que están enumeradas las características de todos los personajes principales de su próxima novela. Bajo el tablero, en una biblioteca de un metro de alto por dos de ancho, hay un par de cabezas del Buda y algunos papeles de esos que hacen evidente que las personas famosas también tienen vidas como las de el resto de mortales: recibos de servicios públicos, papelitos con anotaciones varias y un certificado de inscripción para correr en la media maratón de Bogotá. “Ese es mi otro lado guevón. Yo soy deportista. Pero espéreme un segundo y le muestro cosas del putas”.
Para no interrumpir más su sesión de gmail que evidentemente tenía que despachar, saqué de mi maleta un six pack de Poker, le ofrecí una y le pregunté si podía salir a fumar a la terraza. Mario ahora estaba revisando el buzón de entrada. “Claro guevón, pero también puede fumar aquí sin problema. Qué rico que se le ocurrió traer cervezas, qué pena, debería haber sido yo el que tuviera algo de tomar para su visita, pero es que me agarró ocupadísimo por estos días, usted vio cómo fue la Feria del Libro, pero espéreme un segundo que ya voy a terminar.”
La terraza se extiende por toda la cara occidental y sur del apartamento. En un extremo hay una mesita con cuatro sillas metálicas en las que parece delicioso sentarse a leer; al otro lado hay un barbecue que el mismo Mario mandó a construir porque le gusta cocinar. Una vez hizo una lasaña con salchichas bastante sabrosa de la que los invitados incluso repitieron a pesar de las salchichas. “Espéreme un segundo ya salgo guevón, qué pena, ¿quiere un vaso para su cerveza? yo me voy a servir en uno”.
Conocí a Mendoza ocho años atrás cuando entré a estudiar literatura en la Pontificia Universidad Javeriana. Él dictaba la “introducción a la literatura” en la que muchos estudiantes vislumbramos emocionados la multiplicidad sicológica que parece habitar a los seres humanos, idea que ejemplificaba, entre otras, con la lectura de El extraño caso del Dr. Jeckill y Mr. Hyde, el mismo título que la policía encontró en un bolsillo de la chaqueta del cadáver de Campo Elías Delgado, el excombatiente de Vietnam que asesinó el 4 de diciembre de 1986, en un lapso de 12 horas, a una veintena de personas en el restaurante Pozzeto de Bogotá antes de suicidarse. Mario lo había conocido. Había cruzado un par de charlas con él en los mismos pasillos javerianos por los que caminábamos los estudiantes. Todos oímos obnubilados las distintas versiones que Mario contaba, semestre tras semestre, sobre el asesino. Para él el episodio siniestro marcó una nueva era negra de Bogotá: el ingreso en las tinieblas, el descenso a los infiernos que retrataría en Satanás.
Todos los estudiantes de Mario lo admiramos, lo oímos, lo leímos y luego lo odiamos. El cabrón, durante el recorrido por los pasillos que llegaban al salón hablaba de fútbol, nos saludaba a todos por nuestros nombres y nos comentaba sus opiniones sobre los trabajos que le habíamos entregado y que él calificaba y comentaba cuidadosamente con frases como “Muy lúcidas interpretaciones”, “Muy buena relación entre los textos”. Adentro del salón, el tiempo parecía detenerse. Sus ejemplos, tonos de voz y representaciones gestuales, hacían que la realidad del texto que estuviéramos leyendo, fuera el que fuera, se sobrepusiera a la realidad real. El tipo tenía, y tiene aún, la capacidad de traer la realidad literaria.
Sus ejemplos y profundo amor y conocimiento sobre los temas sobre los que hablaba, acababan sobreponiéndose a la realidad tangible. Uno de pronto dejaba de estar en la Bogotá del siglo XX en clase de literatura, para estar en el manicomio frente al cual Nerval, el autor de Aurelia, había terminado con su vida colgándose de una farola parisina. Luego, al salir de clase, el buen Mendoza olvidaba los rostros de sus estudiantes. Si uno no le cortaba el paso para saludarlo, el muy arrogante –decíamos sus estudiantes- no era capaz siquiera de saludar. Luego me enteraría que la moral de Mario no solo le impide hacerse amigo de sus estudiantes ya que él está ahí para calificarlos, sino también acceder a las mujeres que se le ofrecían por su seductora condición de escritor: “él no obtiene favores sexuales a través de sus conocimientos de literatura, porque siente que si lo hace está prostituyendo su oficio, su pasión”, dice uno de sus amigos de más tiempo.
¿Podía haber algo más infame para el estudiante que quería pasar más tiempo con el maestro al que admiraba que el desdén? Muchos opinaron que no y dejaron de saludarlo. Incluso se crearon grupitos de estudiantes, abalados por varios profesores hipócritas, que lo llamaban el gran actor, aquel que solo seducía. Un buen día Mario renunció a la Universidad y hasta la fecha, según uno de los jesuitas que fundaron la Facultad de Literatura de la Javeriana, nadie ha podido darle la talla al reemplazarlo. Mario había decidido, después de once años de docencia como catedrático, dar el salto al vacío en el que le apostaría a convertirse de tiempo completo en escritor. Eso era lo que deseaba y estaba dispuesto a jugársela completa. Aún hoy, con la experiencia de haber aguantado hambre por dejar de trabajar y dedicarse solo a su obra, está absolutamente seguro de que nadie puede ser escritor de medio tiempo, de que los que llegan lejos son únicamente los rigurosos. “Yo encuentro la inspiración trabajando todos los días, escribiendo durante siete horas al día sin parar, releyendo, corrigiendo. ¿Usted cree que se puede escribir una novela trabajando únicamente durante los fines de semana…? Me mira a los ojos y hace una pistola enfática al aire con la que parece querer decir: ¡las guevas!
Durante la última edición de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, después de una conferencia en la que nuevamente vi al público embrujado con la voz y la precisión bibliográfica de Mario, lo abordé para preguntarle si me ayudaría a escribir un perfil sobre él. No solo me respondió que “claro guevón”, sino que además me dio los teléfonos de las dos personas que según él mejor lo conocen. Era cierto. Uno de ellos es filósofo, es su guía de lecturas de filosofía y estudió con él durante el pre-grado; el otro no solo lo salvó del hambre prestándole todo su dinero para que pudiera comer antes de que se ganara el Seix Barral, “creía en él desde siempre”, sino que además actualmente es su contador.
Cuando Mario finalmente apagó el computador, yo ya había abierto la segunda lata de cerveza y él apenas se había tomado la mitad de la primera. Dos horas más tarde, cuando yo me estaba terminando la cuarta y él apenas comenzaba la segunda, me enteré que aunque le gustaba la cerveza fría, en general no disfrutaba el trago. Su padre -ya fallecido- había sido alcohólico, motivo por el que Mario había tenido suficiente tiempo para darse cuenta de que lo suyo no era por ahí. Mario es un personaje que está cómodo entre su piel. Cuando entré de la terraza y me senté nuevamente en la altísima butaca, comenzó a hablarme, con los pies subidos ahora sobre el escritorio, del país y de su generación con ejemplos deportivos. “Mire guevón, un gringo que es vencido en una competencia deportiva, se levanta al día siguiente para entrenar desde más temprano; un colombiano en cambio, vencido en las mismas circunstancias, pide que le hagan al hijueputa que le ganó un control de doping”. Eso es lo que tiene sumido al país en el subdesarrollo: la envidia. En Colombia al que le salen las cosas bien, o es un tramposo o es un rosquero.
“Usted no se imagina la cantidad de enemigos que me gané después del 2002. Antes no, porque yo no era nadie conocido, pero ahora hay un resto de personas que me sonríen y me hacen pistola ente los bolsillos de la chaqueta”. La generación de escritores del boom latinoamericano se tiraron rayo entre ellos. En cambio en la de Mario, según él, integrada por tipos como Jorge Franco, Héctor Abad Faciolince y Santiago Gamboa, la generación mutante como los llamó el Orlando Mejía Rivera, ha funcionado más como un equipo de ciclismo. “¿Ha visto como operan?” El que va de líder es el que va poniendo el pecho y los que van atrás van chupando rueda. Nosotros funcionamos en bloque y no como individuos independientes.
A Santiago Gamboa, el autor de El Síndrome de Ulises, que fue compañero de Mario en la universidad y estuvo casi a punto de vivir con él cuando apenas cumplían los 19, le escribí para preguntarle por sus impresiones sobre Mario como persona y como escritor. El mutante me respondió en breves líneas que lo que necesitara saber sobre Mario debía preguntárselo a él, ya que sus opiniones serían simplemente eso: impresiones. La impresión que tuve es que ellos ya no son los amigos que la gente dice que fueron en alguna época. Mario habla con afecto sobre Gamboa, Gamboa en cambio, entre líneas, parecía desear un análisis de doping para su antiguo compañero de clases. Un lector agudo, de esos que no comen cuento, me dijo que la diferencia entre la obra de Mario y la de Santiago, en donde posiblemente radica su aparente enemistad, es que el primero estaba tratando de solucionar un problema vital, y el segundo uno estético.
Luego nos sentamos en la sala. Mario se acomodó cuan largo es en el sofá y puso a Jethro Tull en el equipo. A él le gusta el rock sinfónico y la salsa, ritmo con el que dicen que se desenvuelve muy bien a la hora del bailar. Hablamos durante largo rato ahí sentados y me contó que el día que Cabrera Infante le dijo, 45 minutos antes de la rueda de prensa, que el jurado del Seix Barral lo había elegido como ganador, se volvió polvo. Miró para atrás y se acordó de toda el hambre que había aguantado. En esa época tenía pegado en la nevera, vacía claro, un papelito que decía: “No puedo ir a restaurantes lujosos, no puedo comprar ropa, no puedo comprar libros (eso era lo que más le dolía)… Sí puedo ir a cine porque es barato”. Mario tuvo que encerrarse en su habitación del hotel. Lo primero que hizo fue llamar a su papá, despertar al viejo que en la madrugada colombiana estaba ya durmiendo y decirle que a pesar de todos los pronósticos, se había ganado el premio. Luego llamó a su amigo Quintero, el contador ordenado como budista zen, y le dijo feliz que por fin tenía para pagarle toda la plata que le había prestado.
Mario me mostró sus manuscritos de Satanás y de Los hombres invisibles (titulada originalmente La tribu de los hombres invisibles) archivadas cuidadosamente en fólderes divididos por capítulos con post it. Me dijo que aunque lo que más le gustaba era escribir con lápiz Berol Mirado No. 2, ahora escribía directamente en el computador porque era menos trabajo. Antes escribía a lápiz, borraba, corregía y luego pasaba al computador, proceso en el que acababa corrigiendo una vez más. “El doble de trabajo guevón”. Luego me llevó a la biblioteca del comedor para enseñarme algunos párrafos que le habían encantado. “Esto se lo tiene que leer guevón, es una putería, mire este párrafo”, y así me leyó varios párrafos de varios autores distintos. Miraba las estanterías, abría los libros y me leía párrafos que sabía exactamente en qué páginas se encontraban. En algún momento timbró el teléfono y se fue a contestar. Yo me quedé leyendo un fragmento de una novela de un Mendoza mexicano en la que un personaje reflexionaba sobre la cantidad de vulgaridades que usaba su interlocutor. La reflexión comenzaba en lo molesto que le resultaba que su interlocutor hablara así, y terminaba en que la molestia seguramente se originaba en que él también era vulgar pero tenía “menos cojones para admitirlo”. Cerré el libro, lo puse en el estante del que Mario lo había sacado y le dije en voz alta tan pronto como oí que colgó el teléfono: “que putería de párrafo, estas mierdas sí que vale la pena leerlas”.
Mario tenía que salir y me invitó a que nos reuniéramos nuevamente, esta vez con un amigo mutuo que descubrimos teníamos en común. A la salida del edificio, ya con el sol a punto de ocultarse, Mario me mostró unos limoneros que estaban plantados en el jardín de la casa del lado. “¿No los vio cuando entró? ¡Eso es lo que tiene que aprender guevón!, ¡tiene que aprender a observar! Yo creo que soy una persona que está pensando nuestro tiempo, el de la avalancha de la información, porque soy un tipo que observa. Mis libros, ese clima psicológico que los atraviesa, se nutren de la realidad, de la vida que ocurre frente a los ojos de todos.
Hablamos de libros durante un par de cuadras y luego nos separamos. Yo me senté en un andén esquinero a ver pasar los carros y las personas y a pensar un poco en lo que había hablado con Mario. A los pocos minutos, ya con el sol detrás del horizonte, se parcharon cerca de mi un grupo de skin heads jóvenes, todos con botas militares, pantalones entubados y chaquetas bomper. Uno de ellos le estaba contando a sus amigos que el man de la película Satanás, que era una putería, sí había existido de verdad, que era cierto que le había pegado un tiro a la mamá y que luego había envuelto el cadáver en periódico para quemarlo. Les dijo también que el man que había escrito el libro del que habían hecho la película vivía en el barrio, que él lo había visto en YouTube y que lo había reconocido un día en Carulla. Uno de los calvos dijo que había que buscarlo para preguntarle si la vaina del tal Campo Elías era cierta, y el otro le respondió que ni por el putas, que al tipo ese -a Mario- se le veía la maldad en la mirada. Yo entendí entonces, en la vida real, qué quería decir Mario cuando decía que la realidad y la ficción se alimentaban constantemente la una de la otra
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Contra viento y marea

agosto 3, 2008

Por: Nathan Jaccard

¡Terrorista! ¡Bandido! ¡Guerrillero! ¡Vendido! ¡Traidor! A Jorge Enrique Botero, el periodista que tumbó al ex-Ministro de Defensa Fernando Botero, el que filmó en la selva a los 500 soldados y policías secuestrados por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el que divulgó la existencia del Emmanuel, el hijo de Clara Rojas, le han dicho de todo. Retrato de un hombre que ha sacrificado todo por su verdad.

Jorge Enrique Botero escarba entre fotos, libros y documentos que invaden su viejo escritorio de madera oscura, buscando unas pilas AA para ponérselas a su grabadora. Ingenioso, se las termina sacando al control del televisor gris pantalla plana de su estudio. La voz de una mujer con marcado acento antioqueño se cuela por el cuarto, bajo la mirada de un asombrado retrato de Simón Bolívar, libertador de Colombia y líder de la izquierda latinoamericana. “Por que eres así, tan pirobito. Te quiero mandar un mensaje, contestá, contestá” recita con cierto placer la mujer. “A que horas va a salir tu vuelo, decíme. Yo sé que te vas. Lo que has dicho es mentira, estás muy farreado. Necesitamos saber donde estás. ¿No querés contar nada?” agrega impaciente. Jorge Enrique Botero, con cierta sonrisa irónica, contempla los cerros de Bogotá, enmarcados por el balcón de su cómodo apartamento del centro de la ciudad, colgado en un vertiginoso piso 17. “Yo trato de rellenar el vacío informativo, de nivelar la vaina” dice acostumbrado a que lo aprieten por su trabajo periodístico. En un país en guerra, dominado por una derecha triunfante, Jorge Enrique Botero es para muchos el publicista de la guerrilla, la voz de las FARC, un enemigo del orden establecido.

Regadas sobre una mesita, fotos recientes del periodista, bigote impecable, el pelo blanco reluciente, con el jean de siempre, un saco sport bastante casual y una bufanda con los colores rastas, rojo, amarillo y verde. Lo acompañan Piedad Córdoba, senadora Liberal, Yolanda Pulecio, la madre de Ingrid Betancourt y otros personajes de la política colombiana. Las imágenes retratan el lanzamiento de su último libro, Simón Trinidad, el hombre de hierro, en el que Jorge Enrique Botero relata la historia de Ricardo Palmera, alias Simón Trinidad, un banquero de Valledupar que dejó todo para ingresar a las filas de las FARC. Sin pelos en la lengua, Jorge Enrique Botero clama en una entrevista a la revista Semana que Simón Trinidad “es uno de los hombres más sobresalientes del siglo XX en Colombia”. Las ideas ante todo.

Cada uno tiene sus referencias. Jorge Enrique Botero nace “el año que los rusos mandaron los primeros hombres al espacio”, 1956. Viene de una familia acomodada, de origen antioqueño, de un padre ingeniero textil y una madre chapada a la antigua. Su abuelo, Darío Botero Isaza, es un importante político, “conservador de ultratumba” dice Jorge Enrique Botero. Ministro de Obras Públicas en el gobierno de Mariano Ospina Pérez, senador del departamento de Antioquia, habitaba en una casona en la 71 con Novena en Bogotá, donde Jorge Enrique Botero estuvo en los primeros años de su adolescencia. El joven vivía un poco solitario, rodeado de libros y de mucha servidumbre, tres empleadas, un jardinero y un chofer, Carlos Julio Ramírez. El hombre era comunista, a escondidas del patrón. Sentados en el Opel Kapitan 61 verde del abuelo, el viejo conductor charlaba con Jorge Enrique sobre lucha de clases, materialismo histórico y barbudos que habían escrito complicadísimos manifiestos. El veneno estaba sembrado.

A Jorge Enrique Botero lo echaron del elitista Gimnasio Moderno y terminó graduándose del Juan Ramón Jiménez, colegio liberal, tal vez hippie. Doña Maria Eugenia de Botero, la madre del periodista, cuenta que era un estudiante promedio, sobretodo muy noviero, “lo llamaban el churro maravilla”.

Después de aburrirse un par de semestres en Derecho, en la universidad Externado de Colombia, se pasa a Comunicación Social. En una época en que muchos estudiantes de Colombia vivían una fiebre ideológica, no pasa mucho tiempo antes de que Jorge Enrique Botero se enfile en las Juventudes Comunistas (JUCO). Una de sus compañeras de facultad y de luchas, Gloria Ortega, alias Bunker, recuerda que “Quique” era un líder carismático, “era reguapo y lo sabía, tenía el don de atraer”, un pensamiento muy estructurado, íntegro y sobresaliente. Bunker añade que “de tanta gente que estaba en la JUCO, Quique es de los únicos que se ha mantenido fiel a su pensamiento”.

A finales de los setenta Colombia vivía violentas manifestaciones, lideradas por universitarios mechudos que se lanzaban a la calle a sabotear el sistema capitalista. En un operativo, las autoridades capturan a Jorge Enrique Botero regando puntillas en alguna polvorienta avenida de la ciudad, quería paralizar la circulación. Un decreto regía el orden público en la época, dándole a la policía el poder de condenar a los “revoltosos” sin pasar por un tribunal. El joven militante supo entonces que el capitán Ramón Alfonso Obispo Hernández lo había sentenciado a 180 días de prisión, seis meses en la Cárcel Distrital, un hervidero de rateros, atracadores y delincuentes de poca monta. Pasados los primeros días tras las rejas, azotado por el robo de sus zapatos, una humillante rapada y caldo fangoso decide seguir el combate. Era el mundial de 1978, en Argentina, y logra conseguir una televisión. Los otros reos podían pegarse y gritar los goles de Kempes, Cubillas y Rossi pero primero tenían que aguantarse la charla política de Jorge Enrique y los otros “políticos”. Lo soltaron un par de días antes de la final.

Sale de la cárcel y abandona a su familia para irse a vivir con Danoli Salas, caleña, hija de un zapatero. “Una mujer muy militante, un animal político, muy decidida”, recuerda con los ojos brillosos Jorge Enrique Botero. Tuvieron dos hijos, Alejandro en 1979 y Juliana, un año más tarde. Se separaron y Jorge Enrique se tuvo que hacer cargo de los niños, por el arriesgado activismo político de la madre. “Me tocó hacer de papá y mamá, pero fue muy enriquecedor, más que una familia fuimos cómplices, aliados”. Danoli desaparece en 1985, los Botero creen que la asesinaron.

En los ochenta trabaja para el semanario comunista Voz, para la agencia soviética Novosti y termina uniéndose a la agencia cubana Prensa Latina en La Habana. Regresa a Colombia en 1991 tras el colapso de la Unión Soviética. Con dificultad, consigue un puesto en Colcultura, en radio y después en el noticiero AMPM donde cubre Congreso y política.

En 1994 trabaja en Buenos Días Colombia, el primer noticiero mañanero del país. La madrugada a las 3 de la mañana todavía le saca muecas pero el sacrificio le cambia la vida. Estaban en pleno proceso 8000, investigación que buscaba determinar si la campaña de Ernesto Samper, presidente electo, había sido financiada por el cartel de Cali. Recuerda que Samper estaba contra las cuerdas, hacía un par de días Santiago Medina, tesorero de Samper Presidente, aseguraba que el presidente y el jefe de campaña, Fernando Botero, si sabían del ingreso del dinero sucio. Fernando Botero, que era Ministro de Defensa y su par de Interior, Horacio Serpa, dieron una rueda de prensa, limpiando el presidente, desmintiendo el contenido de la indagatoria de Medina. “Yo les pregunté que como habían obtenido la indagatoria de Medina, si era parte de la reserva del sumario de la Fiscalía”. Fernando Botero balbuceó, se puso blanco y no pudo justificar estar en posesión de documentos que habían sido robados. Al día siguiente, Fernando Botero renunció.

“Quedé como el que tumbó al Ministro de Defensa”. Aparece una nueva estrella en el firmamento mediático, todos los noticieros quieren a Botero, le proponen sueldos suntuosos, condiciones de príncipe. Termina yéndose a 24 Horas, donde después de seis meses es el presentador principal. Autógrafos, gente que se queda mirándolo, a Jorge Enrique Botero le llegó la fama. Cuenta aburrido que, cuando iba al Campín a ver a su Santa Fe del alma y se dirigía al baño toda la tribuna coreaba “va orinar, va orinar, va orinar”.

De ahí se pasa al ministerio de Cultura, como director de comunicación y trabaja un tiempo en NCA, Noticias de la noche como subdirector hasta que le proponen montar un programa de grandes reportajes en el recién nacido Canal Caracol. El primer número tenía que ser muy impactante, escogieron producir un relato sobre los policías y soldados secuestrados por las FARC. “Me fui para el Caguán, donde me encontré con mucha gente de la JUCO, lo que me facilitó un poco las cosas. Después de cuatro viajes llegué hasta donde el Mono Jojoy y le expliqué el proyecto. Aceptó.” Se fueron un equipo de tres y dos madres, Marleny Orjuela y Amparo Rico. Una aventura de más de quince días por trochas embarradas, caños solitarios, un aguacero constante y mucha caminata. Grabaron cada campamento, imágenes de soldados enmarcados en afiladas rejas de alambre, ahogados por las chicharras de la selva. “Yo estaba asustado, era un mundo desconocido de armas, conspiración, secretos. Una situación desgarradora, el camarógrafo lloraba todo el tiempo”. Apenas llegaron a Bogotá editaron el documental El verde mar del olvido, para que salga rápido al aire. “La partió, Botero” lo felicitaron los colegas. Al par de días lo llamaron de la dirección, argumentando que esas imágenes no podían ser publicadas, muy delicadas, que desprestigiaban a las fuerzas armadas, que era mala influencia para los niños. “No sale dijeron, mejor déselo a Yamid para que muestra algunas tomas”.

“Me emputé y escribí un artículo en Semana, La autocensura está de moda”. Cuando vuelve a Caracol ya nadie lo saluda, no le hablan, se apartan de él. Lo despidieron del canal, pero se llevó sus latas y una muy buena indemnización. “Con esa plata compré una cámara y fundé una empresa, TV MULA, Mundo Latino” dice mientras echa madrazos y muestra recortes sobre el incidente, clasificados con esmero en un fólder rojo. Ahora trabaja de independiente, produciendo documentales y escribiendo libros sobre el mundo insurgente.

Botero parece estar condenado al reconocimiento internacional. No es profeta en su tierra. Ha ganado el premio Rey de España, en el género crónica de televisión (Madrid, 1995) y el premio Nuevo Periodismo Iberoamericano (México, 2003), además mostró sus documentales en programas tan prestigiosas como 60 Minutes de la CBS norteamericana, universidades en Europa y es publicado por Random House Mondadori, una editorial italiana. En Colombia poca gente conoce su trabajo. Insatisfecho declara “me jodo para que vean mis cosas y nada, todo se va afuera. Hay que tratar de penetrar la radio, la televisión, superar el tapón Es muy frustrante, pero no bajo los brazos”. Alejandro, su hijo, resalta con admiración su empuje de “guerrero”. “Pudo llegar a ser uno de esos periodistas ricos, pero dio un paso al lado por sus ideales” subraya. Doña Maria Eugenia, la madre del periodista, rescata que “siempre tuvo sus convicciones y las tendrá hasta el final”.

Jorge Enrique Botero tiene un carácter fuerte, testarudo, a veces extremo, lo que lo ha llevado a pelear con muchos colegas, ex amigos y ex novias.

Sus colegas le reprochan de ser a veces muy exagerado, demasiado extremo y de creerse superior a los demás. María Elvira Samper, de la revista Cambio, cree que “alimenta el morbo nacional”. Una misteriosa organización que se esconde detrás del nombre de Observatorio Independiente de Medios de Colombia (OIMC) declara que Botero se aprovecha del dolor ajeno, “se beneficia del amarillismo humano con el fin de lograr un objetivo económico, político o simplemente egocéntrico”. En el foro virtual que dio el eltiempo.com para el lanzamiento de su último libro, varios participantes le reprochan su “falta de equilibrio”, que “rellena la falta de datos con imaginación y simpatía política” y que “encubre secuestradores y asesinos”.

Jorge Enrique Botero sabe lo que significa la palabra sacrificio, le ha tocado más de uno. Por cuestiones políticas desapareció la madre de sus hijos. En el 2001 saca a sus hijos de Colombia, los manda a Cuba y después a España. Alejandro, el mayor, que está de visita en Colombia, cuenta que se perdió unos días, no llamó a la casa, como le puede pasar a cualquier adolescente. Jorge Enrique se puso loco, hasta sale en la televisión pidiendo la liberación de su retoño, “parecía una hecatombe” recuerda Alejandro. Vuelve a una casa ahogada de gente y lágrimas, sorprendido de tanto alboroto. Jorge Enrique no soporta más la situación y se los lleva para afuera. Gloria Ortega sostiene que “Botero siente miedo por los suyos, las relaciones a distancia han sido muy dolorosas”.

Las amenazas, intentos de secuestro y una paranoia constante empapan el mundo de Jorge Enrique Botero. La triste situación parece serle familiar a muchos colegas que hacen periodismo independiente. El corresponsal de la CNN Karl Penhaul, que ha trabajado con las FARC no quiso dar declaraciones sobre sus condiciones de trabajo, argumentando que estaba de viaje, que no podía y finalmente, que creía que organismos del estado lo estaban intimidando. Dick Emanuelsson, periodista sueco declara que está por fuera de Colombia por que “las amenazas fueron muy duras, y eso también es una confirmación de que hacer periodismo cuestionando, hacer periodismo crítico, periodismo con principios éticos –como debe ser- es imposible hoy en día en Colombia. Por eso han asesinado a tantos colegas”. Según Eduardo Márquez, catedrático de periodismo de la universidad privada Sergio Arboleda, “desde 1988 hasta la fecha en Colombia han sido asesinados 126 periodistas, la gran mayoría por cuenta del ejercicio del oficio. Para Reporteros Sin Fronteras, ONG que defiende la libertad de prensa, Colombia atraviesa una situación difícil, en el ranking el país está en el puesto 126 de 169 en el mundo. Es el peor notado en Sur América. Amiga personal de Jorge Enrique Botero y ex directora de Medios para la paz, colectivo de periodistas que buscan un cubrimiento ético del conflicto nacional, Gloria Ortega asegura que el periodista “carga con la cruz de ser un colombiano que cree en cosas diferentes, ha generado confianza en la guerrilla y en este país eso es peor que ser el diablo”.


La leona del Borsalino

agosto 3, 2008

Por: Nathan Jaccard

Doña Rosa Bermúdez vende sombreros en el centro de Bogotá desde hace 50 años. Una mujer de temple e ímpetu que ha sabido mantener el improbable negocio a flote.

Barbisio, Borsalino, Stetson, Merino, Charlot y Panamá. A usted le sonará a chino, pero para Rosa Bermúdez de Ayarza, 81 años, son nombres que retumban en su tienda de sombreros de la calle 11 con 8-88 desde hace casi medio siglo. Con autoridad, pasión y un alma de vendedora feroz lleva las riendas de un negocio anacrónico, un islote cachaco en el centro de Bogotá, cercado por cachuchas de los Yankees de Nueva York, la charrera calentana y la deprimente extinción de los verdaderos caballeros.

Rola de toda la vida, Doña Rosa se enamoró hace 55 años de Ernesto Ayarza y se casó con la industria del sombrero. Su esposo trabajaba en la tienda de en blanco y negro, un páramo con tranvía y gabardinas, que vestía un inevitable sombrero, gardeliano de preferencia. “El negocio era bueno, todo el mundo usaba la prenda. Pudimos levantar una familia, comprar tres tiendas más”, declara Doña Rosa, rodeada de sus tres hijos, Germán, Marta y Marina.

La tienda queda a media cuadra de la plaza Bolívar, epicentro histórico del país. Desde su mostrador, la matriarca, de tez blanca y mirada verde, maquillaje coqueto y un elegante conjunto terracota recuerda cuando estalló el grito de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, caudillo liberal asesinado en 1948, y tocó cerrar la tienda. “Corra, corra gritaba la gente. Nos encerramos cinco días en la casa y cuando volvimos toda la cuadra se había quemado, la mercancía perdida, robada por la turba”, dice Doña Rosa.

“Pero también han venido muchos famosos”, resalta con orgullo. La foto de Rafael Escalona, legendario compositor vallenato, posando con un distinguido vaquero de ala ancha comparte muro con un emotivo ‘para Rosa con cariño’, firmado Armando Manzanero, afamado músico romántico mexicano. Uno de los más asiduos es Wilson Borja, sindicalista, baluarte de la izquierda colombiana y representante a la Cámara, que tiene un sombrero para cada pinta. “El otro día vino y le compró uno a Uribe, un Panamá. Se lo tenía prometido hace rato”, sonríe Doña Rosa.

La calle 11, es su entorno natural, su territorio, su monopolio. El comercio es su lucha, un reto diario. Los Ayarza tienen cuatro tiendas de sombreros, un parqueadero. Doña Rosa es un felino al acecho, “prácticamente es dueña de la cuadra, la quisieran toda para ellos”, se queja Rafael Mendoza, valiente vecino de Sombreros Finos, uno de los dos almacenes que hacen competencia.

En una buena jornada despachan hasta diez sombreros. Otras días, ninguno. Los hay de mariachi, rojo y plateado, el volteado de la Costa, unos chatos, de paño verde oliva, otros tipo australiano, en cuero café, cachuchas de pana y el rey del almacén, el Stetson Cowboy 4X, un tejano de 600.000 pesos. El negocio es muy variado, vienen campesinos, cachacos, políticos, carrangueros, grupos de música llanera, ganaderos, esmeralderos. Lo mejor son las producciones de telenovelas, como Pasión de gavilanes o El zorro que compran de a veinte. De todo, pero siempre fanáticos del sombrero. “Es un estilo de vida, una personalidad”, cree Doña Rosa. “Hay una evolución de materiales, de modas, pero sigue por que es una prenda elegante, con clase”, añade con entusiasmo. La dueña es un imán, una hechicera que ha atornillado a más de un cliente. “Siempre vuelven, son muy fieles”, se alegra la octogenaria. “El negocio es peculiar, lo adoro”, comenta, mientras se fija con cariño en la montaña de sombreros que la rodea.

Rosa no madruga mucho, llega tipo diez y media al almacén, de lunes a sábado sin falta, eso sí. Se instala en una butaca empinada, con oficio de trono y pone a correr a todo el mundo. Observa, manda, atiende. “Es una mujer de armas tomar, con una vitalidad impresionante”, indica su hija Marina, que a retomado las riendas del negocio familiar. La última vez que la vio el médico dijo, medio aterrado medio fascinado, que era un general de tres soles. “Un temperamento recio, estricto, un poco autoritaria tal vez”, añade Germán, arquitecto, el varón de los Ayarza. Sus empleados le tienen afecto pero hay un halo de respeto, un poco de temor también. Poco conversan, no les gusta hablar sobre la patrona, se esconden detrás de un “apenas llevo tres meses trabajando”, no muy persuasivo.

El día está flojo. Los empleados matan el tiempo planchando los sombreros en una máquina de metal en forma de sandía, ordenándolos, cuidándolos como recién nacidos. Un viejo teléfono verde de los setentas repica, quebrando las rancheras mal sintonizadas que escupe la radiola. La gente pasa por delante de la tienda, con la cara del que va al museo. De pronto, el afiche autografiado de Bilardo Ariza “una voz gigante de la música norteña”, chaqueta de flecos y sombrero blanco, ve llegar un comprador. Un tipo con aire campesino y su nieto, joven adolescente, de jean y camiseta Puma chiviada. Doña Rosa no suelta al cliente, no lo deja escapar. “Si entró tiene que comprar”, subraya Marina Ayarsa.

“Busco un sombrerito negro, talla 30, que aguante el aguacero”.

El vendedor saca con delicadeza columnas de Barbisios apilados, una de las marcas más prestigiosas de la tienda. Operación demorada, no es el cliente que encuentra el sombrero sino el sombrero que acierta una cabeza.

“¿Cuanto?”

“125 000 pesos”

“¡Uy, no! 120 000 pesos”

“Vea que es bien elegante. Me echan si no paga lo que es. Son cinco mil que no le duelen”, convence Doña Rosa.

¡Vendido!

Germán cree que pese a ser católica, muy practicante, su mamá tiene sangre judía.

Con un pulso de acero, esta matrona de “raca mandaca” como le dice Germán, ha logrado ser inevitable en el difícil medio del sombrero. Una mujer completa, que ha basado el éxito en la familia, la pasión y una autoridad sin límites.

Doña Rosa sale a la calle y ve a un viejito, de saco roído, corbata azul clarita, camisa amarillenta y una cachucha de béisbol azul y blanco. Mira la vitrina con envidia, pensando a voz alta: “Han subido berracamente, bárbaro. Yo nunca he sido de cachucha, pero ya no tengo pelo.”

Doña Rosa lo mira de arriba abajo, “esa cachucha si está horrible”.