Conflicto, identidad y FARC

septiembre 1, 2008

Por: Mauricio Palma

Conflicto. Una palabra que retumba en el oído de seis mil millones de personas. De Filipinas a Chiapas y del Xinjian a Angola se libran disputas entre ciudadanos y rebeldes, entre ejércitos y tribus, entre creyentes y no creyentes. Lo extraño es que aunque esto al parecer ha sido la constante de la humanidad, pues no ha habido a ciencia cierta un periodo de la existencia donde la paz haya estado presente de manera perpetua -y seguramente nunca lo habrá-, la tipología de los conflictos en el mundo ha cambiado. Esto es cierto por lo menos desde el fin de la Guerra Fría hace casi veinte años. Hoy las excepciones son pequeños grupúsculos de agitadores que aún se baten dentro de un conflicto ideológico al mejor estilo de la guerra de guerrillas. ¿Por qué éstos pretenden seguir dentro de un juego que al parecer tienen perdido? ¿Acaso la nueva suerte de disputas a partir de características mayoritariamente étnicas, culturales y religiosas hacen que los últimos conflictos herederos de la Guerra Fría terminen por ser obsoletos y por desvanecerse ante un mundo que tiene otros intereses como el establecimiento de una identidad clara y definida entre los pueblos?

Los conflictos que han tenido algún tipo de resultado y que han sido seguidos de cerca por el lente de los medios internacionales en los últimos años, poco y nada tienen que ver con las luchas de guerrilleros que se daban en los años sesenta y setenta en continentes como el americano, al africano y el asiático. Dos marcadas excepciones, las FARC en nuestro país y, tal vez, el Ejército Popular de Liberación de Nepal, alcanzaron a tener algún grado de relevancia en el exterior –como por ejemplo en el momento del rescate de los quince secuestrados por parte del gobierno colombiano-. Sin embargo, fueron los casos de la partición en diferentes Estados independientes en el territorio de la antigua Yugoslavia, las depuraciones étnicas entre Hutus y Tutsis en Ruanda, la acentuación del conflicto arabo-israelí a partir de la proclamación de la segunda Intifada, la aparición de redes terroristas del estilo de Al-Qaeda o los atentados de grupos como ETA los que han tenido la mayor atención de la audiencia en los últimos veinte años.

Esto, sin duda, no debería ser considerado como una novedad. Cuando la Cortina de Hierro cayó, y la mayoría de los países autoproclamados como “comunistas” cambiaron su forma de afrontar la economía, -como lo hizo China desde la época de Deng Xiaoping a través de su proclama de “un sistema, dos economías”- los intereses de la gente en el globo cambiaron. Las proclamas nacionalistas, con un estrecho sentimiento de pertenencia cultural, religiosa y en muchos casos étnica, fueron las que configuraron el nuevo mundo de los conflictos en los años noventa. Además, la tecnología, el acceso a los medios de comunicación, y en un sentido claro, el “aplanamiento del mundo” a partir del proceso de globalización, hicieron que los individuos pudiesen manifestarse directamente de manera individual y así influir en la construcción de su mundo sin intermediarios. Este es el caso de las redes terroristas, las cuales pueden coordinar esfuerzos de lucha sin estar territorialmente localizados.

De esta manera se puede ver como la forma de hacer la guerra, y sobretodo, las motivaciones para hacerla ya no caen en el eco de una ideología que parece perdida. Los campesinos del mundo ya no están interesados en una reforma agraria conseguida después de una lucha abierta en contra del gobierno. Están interesados en no perder sus cosechas por culpa de los alimentos subvencionados que logran permear sus economías desde el exterior, cuando no están preocupándose por los extraños fenómenos metereológicos que deben afrontar. Todo lo anterior se ha catalizado dentro de una idea de “identidad”. Ésta ha cogido una extrema fuerza, muchísimo más diciente que la ideología. El debate sobre lo que es ser musulmán, croata, turco-chipriota, chechenio o vasco es más importante en nuestros días que ser comunista, moderado, verde, liberal o conservador.

Hoy en día, en Osetia del Sur, Abjazia y Tranistria un grupo de personas étnica y culturalmente afines luchan por dejar de depender de gobiernos que no comparten sus concepciones identitarias. Kosovo se convierte en un nuevo Estado y los bosnios musulmanes celebran el arresto de Karadzic. En Bélgica se reabre el debate entre los dos principales grupos étnicos del país, Flamencos y Walones. En China Tibetanos y Uigures buscan la autonomía de un gobierno constituido por terceros. En Sudan y Chad, en medio de gobiernos tiránicos, algunos grupos de ciudadanos tratan de traer a colación su identidad religiosa como forma de resistencia. Mientras tanto en Colombia nos tenemos que aguantar a una guerrilla corrupta cuyo único punto a favor es haber permanecido activa defendiendo un discurso que ya pocos creen gracias al mercado negro del narcotráfico, la extorsión y el secuestro.

La ideología ya no compone al conflicto en el mundo. El caso de las FARC es simplemente una excepción que perduró gracias no sólo al conformismo y al letargo de una sociedad como la colombiana, sino a gobiernos y fragilismos en la población que no habían entendido que la identidad era el nuevo vehículo. Este componente lo vemos hoy materializado en el concepto de nacionalidad. El actual gobierno ha apelado a la movilización de las personas a partir de una identidad nacional hasta hace poco dormitante y los resultados se están comenzando a ver. Aunque este componente trae consigo consecuencias, como cegar a la población de los diferentes problemas que también hacen parte de Colombia –que no son sólo institucionales y económicos, sino de justicia social-, cabe remarcar y de una vez entender que ésta es la tendencia mundial. No es un invento de un gobierno ni de un grupo de personas. Es simplemente el conducto natural del mundo. Este instrumento de lucha hará que llegue el momento en que las FARC desaparezcan, de forma violenta o negociada, pero este no será sino el resultado de un proceso, donde la ideología quedó atrás.


El Iron Man criollo

agosto 4, 2008

Por: Nathan Jaccard

Jorge Enrique Botero, polémico periodista, publica su último libro, Simón Trinidad, el hombre de hierro, un amplio reportaje sobre el juicio en Estados Unidos del jefe guerrillero.

Pareciera que en Colombia todavía existen superhéroes. Sí, cómo Batman, Superman o el Hombre Araña. Esa es la percepción de Jorge Enrique Botero, recorrido periodista de izquierda, en su último libro. El paladín de Botero es, ni más ni menos, Ricardo Palmera, alias Simón Trinidad, el célebre guerrillero de las FARC, extraditado a finales del 2004 a Estados Unidos, donde fue condenado a 60 años de prisión por conspiración para la toma de rehenes.

Simón Trinidad, el hombre de hierro es un libro que mezcla biografía y crónica, una narración donde el periodista Jorge Enrique Botero teje la vida del guerrillero Simón Trindad alrededor del juicio que enfrenta en Estados Unidos. El periodista, y no lo esconde, escoge con claridad su bando, pintándonos a su Iron Man criollo cómo un hijo, un marido, un profesor, un amante, un padre. Un guerrillero humano, lo que rima con extraterrestre en la Colombia de hoy. A pesar de no tener capa, trusa y poderes sobrehumanos, súper Simón sería un ser que combate al margen de la ley contra el mal social. Un luchador inquebrantable, que con generosidad, sacrificio y entrega de si, se sobrepone a todo tipo de obstáculos. Al mejor estilo del El Zorro.

El libro ha despertado el inevitable hambre de los polemistas de todo pelambre, haciendo brotar mares de tinta. “Botero se propone contar la historia del criminal honorable”, escribe, ácido, José Monsalve, de la revista Arcadia. Por otro lado, la Fundación Domingo Atrasado ensalza el periodista, diciendo que el libro “está dedicado a trazar el perfil de Simón Trinidad, guerrero por la paz”. Personajes como D’artagnan o Mauricio Botero Caicedo, columnistas, también se han metido a la pelea.

Lo cierto, según Vive.in, es que Simón Trinidad, el hombre de hierro fue uno de los títulos más vendidos en la última feria de libro de Bogotá, donde fue lanzado oficialmente.

Hay que decir que la vida de Trinidad, un intelectual de clase alta que sacrifica su familia y su posición social por sus ideales, uniéndose a la guerrilla, desentona con el discurso dominante, sofocado por los “bandoleros”, “narcoterroristas” y “bandidos”. Pero más allá de Simón Trinidad, el libro de Botero es un excelente relato, una narración que va hilando con maestría la vida y el juicio del guerrillero venido a menos. Como en un cómic de Marvel, Botero nos lleva del estrado del distrito de Columbia, en Washington, a las espesas selvas del Caquetá, pasando por el encopetado Colegio Helvetia, donde el joven Palmera estudió. El texto se empapa de suspenso, de tensión y nerviosismo.

Botero nos cuenta además la vida de decenas de personajes que se cruzan con el relato, como Martín Sombra, el carcelero de las FARC o Patricia Medina, la novia de Keith Stansell, uno de los norteamericanos secuestrados. Pero de pronto lo que más llama la atención, es la reportería, minuciosa, precisa, con detalles crujientes como la afición por los dulces del juez Lamberth o las pintas de Simón Trinidad en las audiencias.

Claro, Botero se pasa. Cortó las escenas del Trinidad en armas, del jefe guerrillero que planeó ataques, que mandó a matar, de una persona que seguro ordenó barbaries típicas de una guerra. Además, el periodista olvida, no sin cierto placer, una de las reglas básicas de la deontología periodística: no te acerques demasiado a tu fuente. Narra como le lleva libros al guerrillero enjaulado, le regala plata y le sirve de mensajero sentimental.

Pero uno de los grandes méritos de Botero es de mostrar los límites de la extradición política, en el sentido que obedece más a un castigo por parte de los gobiernos colombianos y estadounidenses que a una verdadera violación de leyes de los EEUU. Es evidente que es un juicio parcializado, donde se desenterraron todo tipo de patrañas, trapicheos, con el guiño de los jueces, para condenar a Trinidad. Los testimonios se caen por si solos, los fiscales están confundidos y nerviosos, a pesar de un trabajo enorme y profesional. Este desorden le dio una plataforma a Trinidad, donde se pudo encaramar y presentar su visión política con una contraparte muy mediocre.

Lo escandaloso no es que lo juzguen. El problema es que no lo juzguen en Colombia, porqué si hay un país donde violó las leyes, delinquió e hizo daño, precisamente es este.

La justicia no se puede amparar bajo jugarretas políticas. En este caso lo hizo y a los jueces estadounidenses les tomó cuatro años poder condenarlo, revelando el fracaso de este tipo de caminos. El caso de Sonia, experta en comunicaciones de las FARC, episodio también relatado por Botero, conoció las mismas complicaciones. Y estoy seguro que, los juicios a los 14 jefes paramilitares extraditados en mayo del 2008 vivirán similar suerte.

La extradición trata a Mancuso, Trinidad y compañía como delincuentes comunes, sin tener en cuenta los antecedentes políticos del país.

La exportación de reos políticos es un obstáculo para los procesos de paz, actuales o futuros, en Colombia, reduciendo el margen de maniobra y negociación del gobierno y alejando la sociedad al indispensable deber de memoria, reparación y reflexión. Sepultando los peores productos de nuestra país bajo pesadas puertas de acero de máxima seguridad en Texas, Florida o Washington, no estamos sino huyendo a nuestros fantasmas.

Además, como expone Adam Isacson, del Centro para la Política International, “la extradición se ha convertido en un sustituto para una verdadera reforma judicial (…), es reconocer un fracaso, confesar que el sistema judicial y penal colombiano es demasiado lento, ineficiente, corrupto”.

Más que un arma de justicia, la extradición se ha convertido en una cauchera política, un machete de doble filo que no satisface a nadie.