Gitanillo, tremendo y vagabundo como él solo

septiembre 16, 2008

Por: ALBERTO SALCEDO RAMOS

1

Tiene tres tornillos incrustados en la mano izquierda y uno en la derecha; tres ganchos de metal en un muslo y una costura en la mandíbula. Viendo las muchas marcas que le ha dejado el toreo, uno de sus colegas le dijo hace poco que parecía “un sobrado de tigre”.
No le gusta mirar ni palpar el bulto que le quedó en el costado izquierdo del cuello, como consecuencia de los diez tornillos que le clavaron para remendarle el hueso. Ahora, sin embargo, me pide que lo toque. Y siento como si le hubieran cambiado la clavícula por un pedazo de riel de ferrocarril.
Después, Gitanillo muestra una huella feroz que tiene en el tobillo. “El cacho me entró por este lado y me salió por el otro”, explica. “Me salvé de quedar cojo porque no me atravesó el tendón”.
También ha sido pateado en la frente y perforado en la ingle. Un toro lo babeó como para humillarlo y otro le echó tierra en los ojos. El último percance que padeció en el ruedo no fue una cornada sino un pisotón que le partió la tibia.
Un día en que se jactaba de la adultez que testimoniaban sus catorce cicatrices, el matador Roberto Domínguez lo bajó de la nube: sentenció que tantas cornadas demostraban más brutalidad que coraje. Él celebró el apunte a carcajadas – igual que en este momento – pero cuando quedó solo exclamó: “¡coño, lo que me pasa por no haber estudiado!”
Desde entonces aprendió que las heridas, que algunos utilizan como certificados de heroísmo y otros para hacerse perdonar los errores, no deben exhibirse como trofeos. En las plazas no siempre se persevera por valentía o por gusto: a menudo es porque no hay más opciones. En este punto recuerda una frase de Hemingway: la distancia entre el toro y el torero es inversamente proporcional al dinero que el torero tiene en el banco. Luego advierte que cuando habla de sus cornadas es porque le preguntan, no porque a él le nazca.
En su oficio lo menos temible son los cuernos. Peor es hacer el ridículo. O esperar, en una plaza llena, la salida de un toro que se retarda.

2

Nacido en Bogotá el dieciocho de septiembre de 1964, fue trasladado a Cúcuta a los siete años.
Cuando se convirtió en novillero adoptó el mote de Gitanillo de América, pues intuyó, con muy buen juicio, que a un matador que se llamase como él – Óver Gelaín Fresneda – nadie se lo tomaría en serio. Ni siquiera el toro. Su nombre de pila sonaba más apropiado para un trapecista de circo. De hecho, su infancia fue más circense que taurina: su padre, José Fresneda, andaba de pueblo en pueblo con un espectáculo cómico en el cual era más importante brincar por encima del toro que capotearlo.
La función del viejo, pese a su temeridad, no estaba pensada para producir tensión sino para hacer reír. Óver Gelaín veía cómo el toro más descomunal, en manos de su padre, se transformaba en un muñeco de carnaval que no inspiraba respeto. En consecuencia, cuando el niño estaba a solas con aquellos animales en los chiqueros, les tiraba bolas de barro, les mostraba la lengua o les truncaba la siesta con un grito cruel en las orejas. Ensayaba su propio sainete mientras esperaba la oportunidad de abandonar la trasescena.
Por esa época llegó a Cúcuta el empresario español Manolo Cano, al mando de una cuadrilla de toreros compuesta por ocho enanos y ocho chimpancés. Cuando Óver Gelaín vio aquello, sintió que no tenía cuerpo para contener tanta alegría. Para celebrar el hallazgo como correspondía, no se le ocurrió mejor idea que robarse una caja de whisky y repartirla entre los micos bufones. La borrachera, lejos de resultar cómica, fue dañina: los chimpancés no quisieron torear sino que se dedicaron a abrazarse y a vomitar. Sólo al tercer día se curaron de la fiebre y de la resaca.
Viviendo semejante comedia, el muchacho estaba forjando, sin saber, el estilo tremendista que años después, cuando se convirtiera en matador, los críticos le iban a reprochar. Tremendismo es farsa, desplante. Es convertir el capote en cubilete y la espada en luz de bengala. Es tratar al toro como si fuera un conejillo pero hacerle creer al público que es una bestia de espanto.
Hace poco, en la plaza de Palmira, Gitanillo dio una voltereta en el aire y cayó de bruces sobre el animal que acababa de matar. Por acciones como esa, no falta el purista que propone indultar al toro y sacrificarlo a él.
Gitanillo cuenta que no siempre fue así. Que cuando llegó a España intentó ser clásico. Pero entonces su tutor, Gabriel de la Casa, le pidió que dejara de torear como los demás, que fuera él mismo. La decisión le granjeó el favor del público y la enemistad de los expertos. Gitanillo sufría mucho cuando abría los periódicos y se veía crucificado por los principales comentaristas. Un día descubrió que no se podía ser mariposa y jaguar al mismo tiempo. Que para un hombre serio es inevitable – y hasta necesario – dejar a alguien descontento con lo que hace. Si lo que sentía en el fondo de su alma era la pirotecnia, debía asumirla con dignidad. No ser artista es una limitación, pero querer serlo a los trancazos, sin conseguirlo, es una verdadera desgracia.
Volver a sus fuentes primigenias lo reconcilió incluso con sus detractores: seguían diciendo que era un embaucador, pero ahora le reconocían el hecho de no tener dobleces.
“A veces uno, para pasarla bien en una plaza de toros, tiene que comportarse como ignorante”, observa el reportero Víctor Diusabá, conocedor del tema. “En esos casos, Gitanillo se convierte en un bálsamo porque te divierte sin hacerte pensar mucho. Le pides banderillas y te regala cuatro pares. Luego saca unos muletazos que te hacen sentir el toro más cerca de ti que de él”.

3

Gitanillo se ha dedicado en los últimos años a torear en la provincia colombiana. Un día se presenta bajo una llovizna en Sogamoso, a nueve grados centígrados, y al siguiente lo hace bajo el sol despiadado de Cereté, a cuarenta y cuatro grados de temperatura. Una vez actuó por la mañana en Venta Quemada, Boyacá, y por la tarde en Granada, Meta.
La andadura por la provincia se debe, en parte, a que en las grandes ferias taurinas del país no lo tienen en cuenta. Pero también es un rezago de su niñez errante. A Gitanillo le atraen los pueblos, además, porque allí el toreo tiene una connotación más festiva y el público es más sensible a sus divertimentos. Allí la gente no va a denunciar el truco sino a festejarlo.
En 1982 compartía apartamento en España con su compatriota César Rincón, cuando ambos eran meras promesas. Y mientras Rincón soñaba con las plazas grandes, Gitanillo se divertía con las pequeñas. Todavía hoy, descoloridos y con los retablos carcomidos, están sobre las paredes los carteles de aquella época. En ellos se anuncian faenas en pueblos como Jerez, Hervas, Piedralves, San Martín de Valdivieso, San Pedro y Gavilanes, entre muchos otros.
Como torero de provincia, Gitanillo ha viajado en lancha, en helicóptero, en autobús y en mula; ha surcado ríos crecidos, ha atravesado trochas ásperas, ha dormido sobre catres opresivos, ha sentido sobre su cabeza la amenaza de un ventilador que producía más ruido que fresco, ha aprendido lo que es pasar una noche en vela para evitar que lo desangren los zancudos.
Sabrosa era la vida hace quince años, cuando toreaba en Sevilla, en Lisboa o en París. Pero ahora le toca ir es a Somondoco. Acá, con frecuencia, el carro se le atasca en un lodazal, o se le vuelca el camión que lleva los toros, o el empresario que lo contrata se fuga con el dinero de la taquilla. A Gitanillo le han dado televisores, ollas a presión y licuadoras como parte de pago. En su casa tiene una colección de más de doscientos cheques falsos, que le gustaría enmarcar para inaugurar con ellos el Museo Nacional de la Vergüenza. Sería, dice, una manera eficaz de censurar a los tramposos.
A menudo, antes de jugarse el pellejo en las plazas, Gitanillo lo expone pasando por zonas plagadas de guerrilleros o paramilitares. En cierta ocasión se topó en uno de esos retenes con una camarilla de muchachos ebrios. El que parecía comandante lo abrazó con amabilidad, pero de repente adoptó un tono agresivo. “Bueno, marica”, le dijo, “espero que no le vaya a quedar grande matar esos toros con la espada. Porque, si quiere, yo se los puedo matar hoy mismo a punta de plomo”.
Gitanillo no cree que torear en la provincia sea degradante, como señalan en privado algunos de sus colegas. “Esa es una visión elitista”, afirma él. “Voy a los pueblos por una razón muy sencilla: porque me contratan. Pero además no tengo porqué esconderme, pues voy es a trabajar, y lo hago con gusto y con respeto: me preparo para lucir bien, llevo mis mejores trajes de luces, soy puntual”.
Los amigos de Gitanillo consideran que él ha contribuido a preservar y a ennoblecer la fiesta taurina, llevándola a las veredas más apartadas aun a costa de su propia vida, poniéndola al alcance de campesinos y niños pobres. “Más bien deberían darle las gracias”, dice su mozo de espadas, Pepe Montaña.
El propio Gitanillo señala entonces que así como se le pidió mencionar las incomodidades y riesgos que enfrenta en los pueblos, se le permita hablar de las ventajas. Viajando, explica, ha visto el país y no su reflejo deformado. Gracias a esa experiencia sabe por dónde aparece y por dónde se oculta la luna. Ya no hay, como cuando fue famoso, luces artificiales alumbrando sus actos: ahora lo iluminan el sol y la risa de la gente sencilla. Por eso ya no es soberbio. En los pueblos se ha enriquecido viendo a los señores que salen a pasear el baño de la tarde y oyendo al viento rasguñar las ventanas.

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El pecado mayor de Gitanillo fue haberse desquiciado cuando oyó decir que podía ser un buen matador. Andaba con fajos de dinero en los bolsillos, gastando aquí y allá con una vulgaridad penosa. Hacía y deshacía un hogar como si apenas estuviera cambiándose de camisa. Bebía mucho. Su garbo desenvuelto de acróbata derivó en unos ademanes grotescos de borracho gordo. Perdió brillo en los ruedos. Se volvió previsible, rutinario, como un cómico viejo que pretendiera hacer reír al público de un bar triste con su repertorio gastado.
Los toros, según él, se sienten irrespetados por el torero que no se cuida, y en consecuencia se rebelan. En ese trance perdió algunos de los que hubieran podido ser sus años más preciosos.
Descontando ese período desatinado, dice Gitanillo, no ha percibido sino privilegios en su vida de torero. “He hecho lo que me gusta y además he ganado lo suficiente para no tener que emborracharme con el vino ajeno”, afirma.
El balance final dirá que, gracias a los toros, conoció sitios y gentes que valían la pena, como su colega César Rincón y como el pintor Alejandro Obregón, que fue su amigo. Con Obregón, por cierto, vivió una de las historias más bellas de su vida. Un día se metió con él en un autobús destartalado, para protagonizar una corrida en Chicoral. Al término de la velada, el maestro se le acercó y le regaló un elogio memorable: “¡no joda, tú sí te ganas esa plata bien ganada! Al verte torear hoy sentí que me debería dar pena cobrar por mis cuadros”.
Después, en su casa de Cartagena, Obregón le regaló una pintura a Gitanillo.
— No te la dedico, por si acaso necesitas venderla – le dijo.
— Pero, maestro, ¡cómo se le ocurre que yo voy a vender un regalo suyo!
Tras mirarlo con malicia por encima de la cerveza que se bebía a pico de botella, Obregón sostuvo que el hombre que guarda pintura cuando lo que necesita es comida, no tiene alma de poeta sino de bobo.
Gitanillo necesitó varios años – los que habían de transcurrir mientras su desorden lo dejaba en las tablas — para entender que el gesto de Obregón aquella tarde era mucho más que un simple golpe de astucia. El cuadro fue, en efecto, lo que le permitió salir de una crisis económica que parecía interminable. “El maestro ya estaba muerto”, dice, “pero me sacó del apuro”.
A estas alturas, Gitanillo se atreve a sacar las cuentas en voz alta: ha intervenido en mil diez corridas, ha cortado mil trescientas noventa y nueve orejas y treinta y nueve rabos, ha salido a hombros seiscientas noventa y dos veces y ha matado dos mil sesenta toros. Todavía, según él, sueña. Lo que pasa es que no se ve – nunca se ha visto – asediado por una multitud frenética en la Plaza de las Ventas, de Madrid. Se ve en Caparrapí, Cundinamarca, y en Suratá, Santander, aplaudido por los niños y escoltado por una cuadrilla de micos eufóricos.

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Crónica

septiembre 9, 2008

Por: Isabel Salazar

 

 

 

La Fuerza del Amor

Historia de una banda independiente, que alcanzó el éxito gracias a su mensaje social

 

 

Un doctor es una persona vista con respeto, que aparentemente es  honesta, ética, estudiada, y tiene un conocimiento que lo hace admirable. Un crápula en cambio, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, es un borracho, un libertino, un hombre de vida licenciosa. Estas dos palabras puestas juntas, transforman su significado en una irónica dualidad: cobran fuerza de crítica a las apariencias, a las máscaras y a los falsos comportamientos. A aquellas personas que se muestran de una manera y resultan ser lo contrario. Por esto, Doctor Krápula, fue el nombre que escogieron siete músicos bogotanos, a la hora de bautizar su banda.

 

La Verdad del Payaso

“Esta es la historia del payaso mas alegre, divertido y muy burlón, que existía en una tierra encantada, de sonrisa y diversión. Todo el mundo lo aclamaba, hasta el sujeto mas gruñón, y con solo un movimiento, él causaba sensación…”  (Letra de Dr. Krápula)

 

En una casa del barrio la Floresta, al noroccidente de Bogotá, viven tres de los integrantes de Doctor Krápula: Germán Martínez, el guitarrista, Fredy Caldas, el percusionista y Sergio Acosta León, que toca el teclado y el acordeón. Hasta hace poco, vivían ahí también, Mario Muñoz,  cantante y líder de la banda, y Dib Hadra, quien le cedió su lugar a Fredy. El baterista, Niko Cabrera, y el bajista, David Jaramillo, son sus fieles visitantes, pues aunque no viven en ella, la casa se convirtió en el sitio donde todos  pasan sus días.

 

En la sala han adecuado el ensayadero, y,  en el segundo piso, está la oficina, lugar donde se reúnen a tomar decisiones, como aquella vez que rechazaron, por desacuerdo de ideas, tocar en la primera campaña presidencial del actual presidente de Colombia, Álvaro Uribe. Fue la mejor manera que encontraron para mostrar su desacuerdo con la política guerrerista del mandatario. También, en el segundo piso, hay un pequeño estudio donde graban las maquetas de las canciones que escriben en comunidad, bajo las influencias musicales de todos.

 

Los krápula son siete. No es muy usual conformar un grupo con tantos integrantes, pero es bastante lógico si se entiende que en sus inicios fueron principalmente, es una banda de Ska, género musical con una riqueza sonora  que se valida en múltiples instrumentos. Nació a finales de los años cincuenta en Kingston, Jamaica, de la fusión de la música negra americana con los ritmos caribeños. En la década de los setenta, gracias a una grande inmigración jamaiquina a Inglaterra, se contagió del Punk, un tipo de rock sencillo, con melodías de duraciones cortas y guitarras de compases y tempos rápidos, transformándose así en un ritmo más vertiginoso y contundente, pero conservando su carácter alegre y bailable.

 

En Colombia, a finales de los ochenta, el Ska tenía adeptos y exponentes clandestinos, especialmente dentro del grupo emergente de Skins -tribu urbana que se caracteriza por tener el  pelo rapado y una ideología que se divide entre  nazis, comunistas y  anarquistas- que se identificaban con la rebeldía del movimiento Punk. Se difundió masivamente alrededor de 1990 gracias a la llegada de  grupos como Mano Negra, liderado por el carismático Manu Chao, compositor y cantante de origen francés, y, de Los Fabulosos Cadillacs, de Argentina. Simultáneamente, en el continente nacía  otra línea en la cual se veía claramente la influencia de la música local: el Latin Ska.  En esta vertiente, incursionaría Doctor Krápula.

 

Fue en abril de 1998. Un grupo de amigos, entre los diecisiete y los diecinueve años, que venían de hacer música cada uno por su lado, decidieron juntarse y formar una banda. Aunque tenían diferentes procedencias sociales, sus influencias musicales eran parecidas,  por eso se veían en los circuitos bogotanos “underground”, -termino anglosajón que se refiere al movimiento cultural no comercial – donde iban a distraerse en medio de sus actividades escolares. De tanto verse, empezaron a hablar y encontraron una preocupación común: una conciencia social que  no debía quedarse  atrapada entre las cuerdas de una guitarra, sino transformarse en  llamado de acción.

 

Diez años después, desde la casa un poco desorganizada por la cantidad de instrumentos, personas y cosas regadas, los krápula hablan de cómo su lenguaje ha cambiado. Primero fueron adolescentes con inquietudes, luego, con rabia; después jóvenes con propuestas, y ahora, cada vez más cerca de los treinta años,  ciudadanos que buscan transformar. “Queremos que nuestros mensajes lleguen y propongan algo diferente a lo que está pasando comercialmente con  la música en este país. Creemos que estamos haciendo un cambio con nuestro rock”, dice Mario Muñoz, el vocalista. Y es que hoy en día, Dr. Krápula no se puede encasillar dentro del Ska, ni dentro de ningún otro género específico, son una mezcla riquísima de sonidos con un mensaje.

 

Directo para Mucha Musica, desde Rock al parque 2007. Con Mario Muñoz y Sergio Acosta León

Directo para Mucha Musica, desde Rock al parque 2007. Con Mario Muñoz y Sergio Acosta León

 

Hágase sentir

“Latino hágase sentir. Campesino hágase sentir. Mi negro hágase sentir. Los niños háganse sentir. Nativo hágase sentir. Ustedes háganse sentir. Ausentes háganse sentir. Desterrados háganse sentir” (Letra de Dr. Krápula).

 

 

Con más de siete canciones sonando con éxito en la radio comercial colombiana, y tres discos posesionados en el mercado, El Carnaval de la Apatilla, del 2001, Déle la Wuelta al Disco, del 2003 y Bombea, del 2005, Doctor Krápula ha conseguido ser una de las pocas bandas independientes colombianas, en recibir el beneplácito de las grandes masas y de los medios de comunicación especializados y comerciales. Sin embargo, no han perdido su carácter autogestionario y  su independencia. “Salimos del underground, pero sin dejar de serlo, porque ser “under” no es vender poco, sino tener una posición clara. Somos los mismos aunque nos conozca todo el mundo”, resalta Dib Hadra.

 

Aunque siempre han sido una banda independiente de la escena roquera bogotana, desde sus inicios empezaron a diferenciarse de las demás. En el año 2000, después de pasar las duras pruebas para presentarse en la edición número seis de Rock al Parque –el festival gratuito más importante de Latinoamérica que se realiza una vez al año en Bogotá-, los jóvenes sorprendieron al exigente público con  su presentación desde la mítica Media Torta, teatrino al aire libre ubicado en el centro de la capital, en una tarima convertida en circo. Pasó entonces algo que los  marcaría para siempre: Al cierre de este concierto de tres días, Manu Chao salió a tocar  frente a más de treinta mil personas, con una camiseta que decía “Doctor Krápula”. Se trataba no sólo del artista más esperado por el público, sino también de una fuerte influencia de la banda, de uno de sus grandes ídolos.  Ese día, Manu, se convirtió en su padrino y en su guía, no solo en la música, sino también en su lucha social. Chao, un buscador apasionado de las diferentes expresiones  musicales y culturales, que con su sello y voz inconfundible, ha llevado un mensaje constante de optimismo y esperanza, les enseñó a hacer de su música un medio, un canal de comunicación, de unión y de concientización.

 

Los krápula empezaron ha manifestar su deseo de que nacieran propuestas y proyectos que contribuyeran a un mundo mejor. En noviembre de 2005, cien seguidores de la banda, crearon la Comunidad Bombea, un espacio donde, a través de los temas del grupo, se reflexiona sobre la guerra, la pobreza, las injusticias sociales, la contaminación del aire y el agua, el TLC y el incremento arbitrario de los impuestos. Con la comunidad en marcha, los músicos entendieron el valor que tenía su voz.

 

Empezó para ellos, un nuevo camino. Después de varios viajes a la Sierra Nevada de Santa Marta –el macizo montañoso más alto del país que está ubicado en la costa atlántica, y que constituye un ecosistema único en el mundo, donde habitan las tribus indígenas Arhuacos, Kogis, Wiwa Arzarios y Kankuamos- la preocupación por la pacha mama (tierra en quechua) se les volvió una obsesión. Se pusieron en contacto con Manu Chao, quien había organizado un concierto internacional de solidaridad con los indígenas Zapatistas en México, y, con su experiencia, empezaron una cruzada por la defensa de los indígenas colombianos. Junto a la banda legendaria bogotana de rock alterntivo, los Aterciopelados, el grupo de reggae, Nawal y los indígenas, Kapary  Walpa, formaron la fundación Seykiwia, arte para la Tierra. “Seykiwia, es una palabra en idioma IKuN, del pueblo Arhuaco de la Sierra Nevada, que significa semilla de pensamiento. “Escogimos este nombre para nuestra fundación, porque el propósito es expandir conocimiento para recuperar tierra, tradiciones, ideas, pensamientos positivos de transformación desde la sabiduría ancestral de los indígenas de Colombia y América, y a través del arte”, dice  David Jaramillo,  uno de los más involucrados con el proyecto.

De nuevo, Rock al Parque fue el evento en el que se consolidó la idea. Sorprendidos quedaron más de setenta mil asistentes a la edición número doce del festival, en el año 2006, al ver que la apertura del evento estaba a cargo de indígenas, que entonaban junto a varios roqueros el coro: “Cantamos por la defensa del equilibro de la madre tierra, unidos por los derechos de los mayores que la respetan”,  La canción  Amor por la Tierra, era la insignia del movimiento Seikywia, que mostraba la nueva marca de Doctor Krápula, una nueva versión de la utopía -desde la música y para la juventud- fundada en principios de justicia social, cuidado al medio ambiente y respeto por los pueblos ancestrales.

 

La Verdadera Lucha

“Hermano guerrillero, todos somos colombianos. Hermano policía, todos somos colombianos. Hermano paramilitar, todos somos colombianos. Hermano ciudadano, todos somos colombianos. ¿Para qué las armas, para qué la balas? La verdadera lucha es intentar amarnos”.  (Letra de Dr. Krápula)

 

Este no ha sido un camino fácil para la banda, a pesar de los premios y las palmaditas de espalda. En su casa, conservan los reconocimientos que la revista Shock, que realiza los premios musicales más importantes del país, les dio como “Mejor agrupación Ska”, en el 2001, y “Artista del Año”, en el 2005.  Además de tener las placas de las dos nominaciones que obtuvieron en el 2006, en los premios Mtv latinos, a “Mejor artista nuevo central” y “Mejor artista central alternativo”. También ahí, guardan celosos, el nuevo material, Sagrado Corazón, que grabaron con Day One Entertainment, una división de Sony BMG Music Colombia, (sin duda, una de las casas disqueras más importantes del mundo), de la mano del productor Pablo Arraya, que tiene en su haber laboral, producciones para grandes artistas, como el roquero norteamericano, Lenny Kravitz

Entre el éxito que ya se está convirtiendo BAM, el primer sencillo de este prometedor disco, considerado el himno de la marcha masiva contra el secuestro que se realizó el 20 de Julio de 2008 en toda Colombia, la nueva nominación a “Mejor artista centro” en los Mtv Latinos, y la felicidad que les da saber que por fin, pueden vivir de la música (de los diez años que llevan de carrera artística, cobran sólo hace tres), tienen el dolor de haber tenido que cancelar, a raíz de la escasa respuesta que tuvo en boletería, El primer Festival de Arte para la Tierra:  Música Somos, Despierta Bacatá. Un evento que tenía como misión, recuperar la tierra y cuidar el agua que nace en Tomsa, punto sagrado del mundo muisca ubicado en los cerros orientales de Bogotá.

La banda no se rinde. Singuen combatiendo como mejor lo saben hacer, tocando en todas partes, conservando su sencillez, regalando su música cada vez que los invitan a un evento que les mueve el corazón. “Es importante que nos oigan en todas partes –dice Mario Muñoz-. Que nos escuche todo el mundo. Si mañana sacan unas duchas con música, ahí queremos estar. Que nos escuchen mientras se refriegan con el estropajo. Sólo así, hará en quienes nos oyen, eco nuestros mensajes”. Mira a sus compañeros, encontrando esa mirada cómplice que les da, estar en esa casa, símbolo de la estructura fuerte y sólida, que tiene Doctor Krápula, después de diez años de carrera musical y de amistad. En todo caso, seguirán la pelea. Cómo dice la canción: lo que los hace mejor es luchar con la fuerza del amor.