Geek punk o anarquía en la nevera

septiembre 24, 2008

ego;

 Por: Gloria Susana  Esquivel González

(foto: http://www.flickr.com/photos/gatocalculista/)

 

Podríamos clasificar el sonido de una licuadora como una continuidad medianamente intensa. Mmmmm, mmmmmmmm, mmmmmmm. Eso nos daría el beat. El choque de los tacones contra las baldosas del piso, clac clac clac, podría hacer las veces batería, pero tendría que estar acompañado por un sonido que llevara la melodía. Pensemos, pensemos…tal vez el de la lluvia de tarde de domingo sobre tejas de barro (ese sonido es como un murmullo, resulta irreproducible en una onomatopeya), o el golpe de la hoja del cuchillo contra la tabla plástica cuando se corta un tomate, sac sac sac. “Todos los eventos sonoros de la vida diaria pueden ser eventos musicales plenos.”, me dice Andrés Gualdrón, teclado, voz y programación de ego; , mientras intenta explicarme el núcleo de su proyecto musical. Ego; es un grupo de pop-punk que intenta introducir en sus composiciones elementos experimentales para cuestionar de manera directa lo que se entiende como música. “Asimilamos sonidos del mundo en nuestra música, pero lo más lindo seria que nuestra música se asimilara a la vida diaria. Que nuestra música no interrumpa el continuo de las músicas que hay.” Intento hacer un compendio de mis sonidos favoritos: el clic clic clic del teclado cuando escribo muy rápido, el maullido seco y profundo de mi gata cuando se pone a cazar moscas, mi esfero negro micropunta cuando hace un primer contacto con la hoja y la rasguña, tras tras tras. Puede que Andrés tenga razón, somos participes de múltiples eventos sonoros, pero no sé hasta que punto eso pueda llamarse música.

 

Andrés no es muy alto. Sus ojos y su pelo son muy negros. No se puede quedar quieto y lo primero que le dice a Juan Pablo Bermúdez, guitarra, voz, programación y contraparte de Andrés en ego; , cuando lo ve es: “Toes que care’ Vietnam”. Ése es el tipo de humor de Andrés; algo hermético y con referencias cruzadas. Cuando le digo a Andrés que me hable de él se ríe y cuestiona mis métodos periodísticos. Después me responde con la voz más seria que tiene que es un ‘pelao descomplicao’, que le gusta la rumba joven, la rumba cross over. Se ríe y baja la mirada. Su voz cambia y se aterciopela. Si las voces tuvieran texturas, la voz de Andrés tendría la textura que tiene el chocolate cuando se derrite y se vierte, pero esa textura y ese tono sólo aparece cuando se pone serio. Me dice que es una persona volátil que se deja llevar por la emocionalidad. Que tal vez esa emocionalidad es la que lo ha llevado a cometer los mayores aciertos y desaciertos que ha tenido en su vida. Su hermano Miguel confirma la pasión con la que Andrés vive la vida, pero asegura que esa emoción puede ser contraproducente, que Andrés fácilmente pasa de la euforia a la tristeza y que a veces no puede soportar el golpe del fracaso. Andrés sabe que es así y muy probablemente eso fue lo que lo llevó a ego; .

 

Su interés por la música comenzó desde muy pequeño. Su papá se desesperaba con él porque era imposible hablar con Andrés sin que estuviera haciendo ruido. Golpeaba las cucharas y los platos a la hora de comer y en el colegio tamborileaba sobre su escritorio con el lápiz. Este interés por generar ruido derivó en la compra de una batería, de la compra a la práctica, de la práctica al estudio, del estudio a la duda: “A mi me interesó la batería desde muy chiquito, pero cuando tuve que mantener el interés por el instrumento, pues, no pude porque llegó mi ser emocional a recordarme que mi verdadera obsesión era la composición.” En ese momento Andrés decidió dejar sus estudios de batería y comenzar a estudiar composición en el programa de música de la Pontificia Universidad Javeriana. Para él, la composición le abrió el horizonte como persona que quiere reflexionar sobre el arte, aunque lo alejó del interés por la interpretación de instrumentos.

Sin embargo, Juan Pablo piensa que Andrés es un muy buen músico. “Él es muy bueno en el nivel mas chévere en el que uno puede ser bueno. La mayoría de las personas piensan que un buen músico es un duro con un instrumento y a él no le interesa eso, sino los aspectos más estructurales del asunto. Además es un duro.” Juan Pablo sabe que no podría haber encontrado mejor ‘partner in crime’. Él ve a Andrés como un tipo de mente abierta que puede disfrutar tanto una copla llanera como una obra serialista, y con el que puede compartir un montón de influencias pop. Juan Pablo dice que Andrés es lo que sale si se mezcla un hippie con un punk con un geek. Yo me pregunto que tipo de música puede salir de esa mezcla.

Juan Pablo es muy alto y usa gafas. También tiene el pelo negro, pero el de él es liso y por esta razón se ve, bajo cierta luz, azulado. Juan Pablo va a otra velocidad. Su hablar es pausado y tras cada pregunta que le hago toma la grabadora y comienza a examinarla bajo diferentes ángulos. Siempre me advierte que se va a tomar su tiempo para responder y yo sólo me quedo observándolo y disfrutando los diferentes juegos que entabla con los objetos que están encima de la mesa. Toma una manzana y la hace girar, golpea un candelabro repetidamente y me pide que escuche el retorno que genera el sonido. Después de mucho pensarlo me dice que él piensa que es una persona a la que le gusta mucho escuchar. Andrés piensa algo diferente sobre él. Me dice que Juan Pablo es un hombre muy valiente, como un primitivo que se mete entre la selva a luchar contra lo desconocido. Resalta de Juan Pablo su gran tenacidad y me confiesa que si no fuera por esa tenacidad el concepto de ego; seguiría estando en pañales. Marleny, quien ha trabajado en la casa de Juan Pablo durante once años, opina igual que Andrés. Para ella Juan Pablo es un bacán, cariñoso y colaborador. No obstante, me dice que desde hace algún tiempo como que se volvió loco porque se la pasa por la casa tirando platos al piso y golpeando las puertas con todo tipo de objetos.

 

Podría decirse que soy testigo fiel de esa experiencia. Juan Pablo decide que hoy será en día en el que se grabará el sonido de un plato metálico golpeándose contra el piso de ladrillo de su casa, splaaat splaaat splaaat, y que le gustaría que yo tirara algunos platos. Después del primer golpe, Marleny sale de su cocina. “Ya me está comenzando a asustar”, dice con un tono resignado y vuelve a entrar seguida de Juan Pablo, a quien se le ha ocurrido una mejor idea. Hoy quiere grabar el sonido de la olla exprés en donde Marleny está cocinando el almuerzo, bluup bluup bluup. Yo le pregunto a ella si no le molesta nuestra presencia y desde sus ojos gigantescos me responde que ya está acostumbrada, que Juan Pablo la ha puesto a cantar, a saltar y a tomarse fotos. Y es que si entramos al myspace de la banda: http://www.myspace.com/egomusica, encontramos que en sus principales influencias, al lado de Chuck Norris y de Lucho Herrera está Marleny Cano. Ella participa en “música concreta”, le samplearon la voz diciendo “weird weird lady” y en la galería de fotos se puede ver una imagen de Marleny con una camiseta roja, frente a una pared blanca entre dos arbustos muy verdes, preparándose a saltar.

 

Ego; se llena de imágenes bonitas y de analogías visuales que complementan lo sonoro. Juan Pablo y Andrés afirman que se encontraron en un momento en el que ambos tenían ganas de hacer lo que se les viniera en gana, sin regirse bajo ningún tipo de regla externa para hacer música. Ellos lo llaman “anarquía”, pues consideran que no hay nada que gobierne su música y que se podría hacer una labor política al intentar recuperar la musicalidad de los objetos que no son categorizados socialmente como musicales. Piensan que su música es geek pop – punk y para mí ese es un gran problema. No entiendo cómo una música tan pensada desde la reflexión estética puede ser pop. Las influencias de ego; se agrupan bajo el título “intelligent dance music” (otro nombre que me pone a pensar en mil y un problemas de marketing y difusión), y entre ellos se encuentran Matmos (reconocidos por grabar junto a Björk y por configurar armonías utilizando samplers de liposucciones) y The Books (quienes se autodenominan coleccionistas de sonidos). Andrés me explica que a la hora de hacer su música, la regla no es ser experimentales sino hacer lo que sienten. Para él una de las influencias más grandes que tiene ego; es Café Tacuba pues “son la prueba viva de que la absoluta libertad puede ser comunicativa”. Juan Pablo lo complementa diciendo que “no por ser experimentales vamos a negar que una batería bien puesta suena una chimba, o que una canción pop bien amarrada es una obra de arte maravillosa. Como “Niño” de Belanova.”

Ver a ego; en escena es una experiencia diferente. El espectador puede encontrar en medio de dos baladas un reggetón que toma como base una fuga de Bach, o una canción cuyo instrumento principal es la voz de Andrés leyendo las instrucciones para usar el shampoo marca “Ego”.  Este tipo de ejercicios en escena hace que algunas personas que los han visto los tilden de “chocolocos sin sentido” o que no entiendan que lo que buscan hacer es otro tipo de “música anarquista” a la que no se está acostumbrado.

Sin embargo, existe un público que si está interesado en la manera en la que ellos conciben la música y que piensan que son originales dentro de la escena bogotana. Esa originalidad resulta muy valiosa para quienes los escuchan y piensan que su música aunque industrial y electrónica resulta orgánica, “la música está muy viva, es un pequeño caos organizadito”.

Juan Pablo me cuenta que alguna vez pensó que Andrés era el gas del briquet y él la chispa, que en determinando momento él quitaba la rendija y se armaba la llamarada. Para ellos el cuestionar la materia prima de la música es un interrogante que les sale de las entrañas. Y dice Juan Pablo: “si uno hace lo que le nace de las entrañas y lo que realmente quiere hacer debe, inevitablemente, salir algo valioso.”

 

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Mike Forero al servicio del deporte colombiano

septiembre 23, 2008

Por: Miguel Saldaña

Mike Forero Nougués, con 87 años y más de 70 en el oficio del periodismo, es considerado por los periodistas como uno de los mejores cronistas deportivos que ha tenido Colombia. Fue director de las páginas de El Espectador por más de tres décadas y director nacional del Instituto Colombiano de la Juventud y el Deporte, Coldeportes.

Los años no llegan solos. Pero a Mike Forero no le duele nada. Cuenta con una salud excepcional. No solo monta en bicicleta y hace pesas también ejercita su mente al relatar los acontecimientos de los 8 mundiales de fútbol y los 7 juegos olímpicos a los que asistió, o cuando hizo que Colombia regresara a los juegos olímpicos por allá en el 54 en Melbourne, Australia. Es todo un espectador del deporte. Este viajero por naturaleza deja plasmado en los periódicos colombianos sus crónicas y sus anécdotas que se convierten en aportes valiosos para el periodismo y el deporte de nuestro país.
“Una de las mejores plumas del deporte, sus análisis hicieron historia. La facilidad en el manejo del idioma, y sus conocimientos lo hacen toda una autoridad del periodismo escrito” afirma el colega de Mike, Giovanny García.
Mike, siempre elegante, con vestido, corbata y gafas como tal intelectual, me esperaba a la entrada de su apartamento al norte Bogotá. Su interior se veía un poco apretado pues no caben los miles de libros que tiene en la sala, en su cuarto, por todos lados. En su mayoría sobre historia, deporte y periodismo. Su sala esta adornada con una pintura de más de cien años que retrata a su tatarabuelo, un mostrador heredado de su padre con fotos de su familia, condecoraciones que ha recibido a lo largo de su vida y la foto de su equipo predilecto, el Independiente Santa Fe. Cultura, conocimiento y tradición es lo que se respira en el primer piso de aquel conjunto residencial.
Sin mucha prisa nos sentamos y empezamos a conversar. Con su voz ronca y fuerte que demuestran vigor y energía me empieza a contar los retos de su existencia para convertirse en uno de los periodistas más importantes del país.

Una tradición Familiar

Su padre fue el señor Guillermo Forero Franco, un periodista destacado en los años 1900, cuando plasmaba en el periódico El Mercurio de Bogotá sus ideas liberales con las que se oponía a la dictadura del General Rafael Reyes y apoyaba al futuro presidente Enrique Olaya Herrera. Por su oposición contra la dictadura, el General Reyes lo exilió. Mandó a Don Guillermo para la Guajira a que se contagiara de fiebre amarilla, sin embargo sobrevivió y pudo salir al extranjero exactamente a los Estados Unidos. Después de unos años, cuando la marea estaba mucho más calmada regresó a Santander su pueblo natal, en donde conoció a doña Concepción Nougués, hija de un inmigrante francés, con la que emprendió viajes por todo el mundo y con la que tuvo cuatro hijos. La primera nacida en New York, Marión, que fue bibliotecóloga de la misma ciudad, seguida por Luís Guillermo nacido en México, quien fue el médico que le practicó la autopsia al líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, un político popular colombiano que fue asesinado en Bogotá. Después Santiago nacido en Inglaterra, convertido en periodista al igual que su hermano Mike quien es el último de la camada, que nació en Colombia, el 21 de diciembre de 1923, en Piedecuesta Santander,. “Esta ciudad es lo que más extraña Mike y en donde quiso haber vivido más”, dice su paisano Cristian Argüello.

Su carrera como periodista

Don Guillermo siguió viajando y en uno de esos viajes, estando en Londres en una carrera de caballos que era su afición, hizo amistad con el diplomático peruano Augusto Leguía, quien al ser elegido presidente del Perú, lo invitó a radicarse en Lima y trabajar en su diario político La Prensa, que era para ese entonces el periódico con la mayor tecnología y que contaba con la mejor rotativa de América del Sur. Y es en ese preciso momento, donde aquel niño curioso llamado Mike Forero se convirtió en el operador de aquella máquina innovadora. “Desde niño sentí que tenia que seguir los pasos de mi padre” dice Mike. Al mismo tiempo como llegaban periódicos de muchas partes del mundo, su padre lo ponía a recortar las historias y cuentos que más le llamaran la atención para reproducirlos en el periódico.
Unos años después llegó de nuevo la familia Forero Nougués a Colombia. Mike ingresó a realizar sus estudios en el Colegio Mayor del Rosario de Bogotá en donde se graduó como bachiller. Y mientras estudiaba, empezó a ganarse sus primeros pesos, enviando un artículo deportivo por semana a la Revista el Gráfico. Al desaparecer ésta, la Revista Cromos lo acogió en sus páginas y empezó a trabajar con ellos.
A la par con el periodismo, ingresó a la Universidad Nacional a estudiar educación física hasta conseguir su título profesional. Ya con los conocimientos adquiridos en deporte y con la experiencia periodística que tenía, incursionó en la radio creando al lado de un antioqueño, Miguel Zapata Restrepo, La Polémica de los Deportes de la Cadena Caracol, donde discutían la jornada del fútbol nacional. Poco tiempo después, también en radio, trabajó para el programa diario de la actualidad El país, donde comenzó a hacer sus primeras reporterías con grabadora en 1948, año en que inició el Fútbol Profesional Colombiano. “Tenía que salir a la calle con un secretario que me cargara la grabadora que pesaba un montón y que tenía un rollo de alambre largo para la grabación aunque para ese entonces era la sensación” dice Mike entre sonrisas, porque comparaba mi grabadora con la que utilizaban en ese tiempo.
Recuerda Oscar Restrepo, periodista y amigo, que Mike los domingos salía para el estadio y al terminar la fecha, llevaba las grabaciones del partido de Bogotá. Por onda corta captaban y reunían los resultados de los otros partidos de las diferentes ciudades y con sus colegas en ese mismo día hacían el programa, inventando personajes ficticios que iban de estadio en estadio para presentar una versión muy original de los partidos y las mejores incidencias en sus crónicas.
Tuvo que abandonar por un momento el periodismo por la controversia política que había para ese entonces, cuando existía el conflicto entre conservadores y liberales, y por evitarse dolores de cabeza Mike tomó la decisión de salir del país para estudiar bacteriología en la Universidad Jefferson Medical College de Philadelphia, en Estados Unidos.
Después de graduarse regresó a Colombia. El desempleo no era un problema para ese entonces y recibió varias ofertas de trabajo. Un suceso fue el que marcó su retorno definitivo hacia la profesión de toda la vida. Lo alcanzaron a nombrar como bacteriólogo en Montería y cuando tenía las maletas listas, le llegó una oferta por parte de Eduardo Zalamea Borda (Ulises), un columnista de El Espectador para que se quedara en Bogotá y trabajara en La Revista Cromos, donde le pagaban cuatro veces más de lo que le iban a pagar allá. Y fue así como comenzó su trabajo por más de 30 años en El Espectador.
Guillermo Cano director del periódico en ese tiempo tuvo afinidad con el nuevo periodista que había entrado a su diario. La pasión por los deportes hizo que se convirtieran en buenos amigos. “Don Guillermo era una persona digna de admirar, le gustaba el fútbol y hablábamos solo de eso, hasta que un día los violentos acabaron con su vida por no ocultar la verdad” dice Mike.
Allí aprendió a trabajar para todos los frentes, no solo se dedicaba a los deportes, también fue analista hípico, político y de noticias. Como era viajero y su pasaporte contenía la entrada a la mayoría de los países, era el que levantaba la mano cuando preguntaban quien podía ir a cubrir una noticia en algún lugar de la tierra. Dice Mike “le he dado la vuelta al mundo en dos oportunidades gracias a mi trabajo y me enorgullezco de haber estado en el mejor periódico colombiano”.

Polemista

Sermones Laicos, y Caras y Caretas, son sus columnas más recordadas en las que exponía, con su peculiar estilo, lo bueno y lo malo de la política y el deporte colombiano, comenta su seguidor Jorge Cárdenas, historiador.
Sus conocimientos sobre fútbol daban pie para hacer críticas fuertes, las que le originaron varios problemas.
Para 1962, la selección colombiana de fútbol estaba bajo el mando de Adolfo Pedernera. Mike no era seguidor de la forma en que jugaba la selección de ese entonces, decía que era un juego lento y que por eso nunca le ganábamos a los países de los otros continentes. En La Esfera Deportiva, una revista que fundó, escribía crónicas de lo mal que jugaba el equipo y lo mal preparado que se veía al onceno nacional. Decía que teníamos que adoptar el estilo del fútbol ingles que se caracteriza por un juego rápido, de tres o cuatro toques máximo para llegar al arco contrario. Los seguidores de Pedernera, un día después de un partido en Bogotá, lo insultaron y le arrojaron miles de objetos porque no perdonaban sus críticas. Sin embargo, dice Mike “uno que ha sido marinero sabe como capear las aguas bravas”. Para limar asperezas se encontraron Mike y Pedernera a tomarse unos tragos en Bogotá, hicieron las paces, pero Mike no quedÓ convencido, siguió contradiciendo la forma de ver el fútbol de aquel entrenador.
“Mike es un hombre de pensamientos rígidos pero argumentados”, dice su hijo Clemente.

Directivo y Docente

Estando en El Espectador, en 1978 recibió la oferta para ser el director nacional del Instituto Colombiano de la Juventud y el Deporte Coldeportes, el cual aceptó, y con ayuda del periodismo logró que Colombia regresara a unos juegos olímpicos en Australia 54, y desde ese momento no ha dejado de asistir a este evento mundial. También logró que se creara La Vuelta de la Juventud Colombiana, una de las competencias ciclísticas que sacó a más de un deportista del anonimato.
“Muy liberal y defensor de los gobiernos rojos, llegó por ese partido a la dirección nacional de Coldeportes donde fueron más las propuestas que las realidades alcanzadas” dice el periodista Giovanny García
Cuatro años después regresó nuevamente a El Espectador hasta su retiro definitivo del periódico para convertirse en docente de la Universidad Santo Tomás en la facultad de Cultura Física, Deporte y Recreación.
“Recordamos su filosofía y sus principios, entre tantos: la salud es el objetivo máximo de la vida, hay que desprenderse de lo material, hay que ayudar a la comunidad, hay que perdonar, hay que hacer el buen uso del idioma, hay que hacer lo que a uno le gusta” dicen Rodrigo López y Rafael Beltrán, estudiantes de las cátedras de Mike.
Toda esa filosofía la acaba de escribir y publicar en el libro Historia de Tres Mundos: Cuerpo, Cultura y Movimiento, que fue editado por la Universidad Santo Tomás y en el que hace una serie de reflexiones sobre las actividades de la cultura física no solo en Colombia sino en el mundo deportivo internacional. “Un valioso aporte para la enseñanza de la cultura deportiva”, lo cataloga la Fundación Santillana en el homenaje que le hicieron hace poco a Mike, el mejor cronista deportivo de Colombia.
Después de ser periodista, polemista, director y docente se dedica a dictar conferencias en diferentes instituciones educativas de Colombia y a esperar a alguien más a quien contar su historia.


La promesa…

septiembre 23, 2008

Por: Miguel Saldaña

Todo aquel que armó los arcos con dos piedras y jugó un buen picado de fútbol en el asfalto áspero de la calle de su barrio, sabe la sensación de dolor que produce llegar a la casa, entrar a la ducha y tener que poner en contacto las peladuras de sus rodillas con el agua y el jabón. Para mis pobres articulaciones era una rutina que no se podría cambiar. Sin importar que las heridas hubiesen cicatrizado, aun así, al día siguiente sacaba mi balón y me reunía con mis amigos para comenzar un nuevo encuentro. El fútbol desplazó la química, la matemática y la física. El fútbol se convirtió en una pasión.

Las aulas de clase se transformaron en campos de fútbol. Pasar, rematar y controlar el balón bien, eran mis tareas. Comencé a los 13 años a competir representando a la selección de mi colegio en campeonatos intercolegiados de Bogotá y Cundinamarca. Ganamos varios torneos. Mi experiencia como jugador y como persona crecía, pensaba que mi destino estaría ligado con ser un profesional del deporte más lindo del mundo. “Es una promesa” decían entrenadores, amigos y familiares que me veían jugar, y no es por dármelas pero mi nivel en ese entonces era superior al de muchos niños de mi edad.

Después de jugar un partido por un torneo de Bogotá, llegó la oportunidad. El entrenador del otro equipo se interesó por mis aptitudes para jugar al fútbol y se acercó para decirme que si quería empezar a entrenar con uno de los equipos profesionales de Bogotá, el Independiente Santa Fe. No me gustaba mucho el equipo, pues siempre le he seguido los pasos al equipo azul de la capital, al equipo más veces campeón del fútbol colombiano. Pero para conseguir buenas cosas hay que hacer sacrificios y sin pensarlo dije que si.

A mis 14 años ya entrenaba con las divisiones menores de Santa Fe. Con buenos entrenamientos y buenos partidos consolidé un lugar en el equipo. Mis expectativas crecían y tenía la certeza de que llegaría a jugar en el fútbol profesional, pero no contaba que por algún motivo las cosas se podrían truncar. Un día lluvioso y gris presagiaba que en el entrenamiento algo iría a pasar. Un balón dividido entre el defensa central y yo, que era volante de recuperación lo fuimos a disputar. Comenzamos a correr, ambos tomamos velocidad para acercarnos al balón. Llegamos casi al mismo tiempo, yo extendí mi pierna izquierda para contactar primero, él en su afán de poseer la pelota se lanzó en una barrida con los taches hacia arriba que arrasaría con mi tobillo, dejando como saldo un pie destrozado y mis esperanzas hechas trizas. Los médicos no dieron esperanzas, el fútbol de competencia se había acabado para mí.

Por obligación me aleje de lo que más me gusta. En ese momento el fútbol quedó reemplazado por problemas con la química, la matemática y la física que por poco no me dejan graduar. Mis padres al verme estático e imposibilitado para volver a pisar un campo de fútbol me dieron la oportunidad de comenzar a estudiar una carrera universitaria. Y tal cual jugador retirado me ilusioné con llegar a ser un profesional en el tema futbolístico.

Empecé a estudiar y aprender sobre técnicas, tácticas y conceptos del deporte. Ya no jugaba fútbol pero si lo practicaba por medio de un papel. Plantear estrategias para meter el balón en medio de los tres palos eran mis retos. Después de 6 años de estudio me gradué.

Con 25 años, ahora soy un profesional del deporte, que escribe y plasma el fútbol en un papel, que recuerda con nostalgia y alegría los grandes momentos que logré pasar con el deporte y los grandes momentos que aún me hace pasar. Y cada vez que veo en mis piernas las cicatrices marcadas por intentar hacer una jugada fabulosa, o un gol de fantasía me enorgullezco de hacer parte este mundo maravilloso del fútbol.


El precio no enCaja

septiembre 18, 2008

Por: Mauricio Palma

 

Bogotá, un día de septiembre como cualquier otro. Son las dos de la tarde pero está oscuro, como si fueran las cinco. Sentado en el mismo céntrico Oma de siempre, veo las bellezas universitarias contemporáneas. Algunas, con un alto grado de desatino geográfico (o con ínfulas de exhibicionismo), portan blusas ampliamente reveladoras. Es hora de irme a casa. Tengo trabajo y no quiero quedar mal con mi jefe. De pronto suena el celular.

 

-¿Farid?… ¿Que tiene que comprar qué?… Bueno yo lo acompaño… No ni idea cuanto cueste… Si algo, regateamos… Ya nos vemos-

 

Mi mejor amigo aparece a los veinte minutos. Me cuenta rápidamente que en su viaje –acaba de llegar de España luego de haber trabajado en la oficina comercial colombiana en Madrid durante un año- compró una consola de videojuegos. Un playstation II. Sin embargo, no tomó en cuenta que el voltaje de las conexiones americanas es diferente al de las europeas. Son los problemas de un mundo globalizado.

 

Debemos conseguir un regulador de voltaje que transforme de 220 a 110 voltios la carga eléctrica de su dichoso aparato, para que pueda seguir embruteciéndose todas las noches cuando llegue a su casa. A mí no me gusta jugar FIFA, ni Doom ni nada de eso. Poco me interesa el tema. Es más, me produce furia pensar que existan personas que gasten su tiempo de esa forma pudiendo dormir. Pero al buen Badrán (un apellido muy raro, según sé viene de Omán en Oriente Medio) poco lo he visto en el último año. Es una buena oportunidad para intercambiar chismes. Además, que más da. ¿Cuántas veces no me he ido de compras por la ciudad tratando de conseguir el mejor precio hasta para la chucheria más inoficiosa?    

 

***

 

Caminando por la calle diecinueve, al son de historias de búlgaras, paraguayas y argelinas regaladas, observo las interacciones del comercio bogotano. Almacenes formales que venden desde un tarro de anabólicos para fisiculturistas hasta cajas llenas de tajalápices recién traídas de Taiwán. Comerciantes informales, que venden chontaduro, chocolates, aerografías, retratos y elixires de la eterna juventud. Y nosotros, compradores indecisos que no tenemos ni idea de que estamos buscando. De todas formas hay algo que nos une. Ellos tienen ofertas, precios bajos y “encimes” de toda clase. Farid y yo, buscamos no gastarnos más de lo debido, aunque no sabemos cuanto podría ser. Pero que no se nos olvide la máxima de los abuelos: “un descuento ganado, es un peso ahorrado”.

 

***

Juemadre, va a llover. Por fin vamos a llegar. Tengo más que curiosidad, miedo a que me roben. Más que ganas de caminar buscando el tal aparato ese, ganas de irme. Leo el aviso institucional romantizado por la banda sonora del sonido infernal que exhala un megáfono que publicita el Kama Sutra ilustrado. Av. Calle 19, Carrera 9. Llegamos a la calle con más almacenes de utensilios y armatostes electrónicos en toda la ciudad. Según dicen, el primer almacén de eléctricos que se asentó aquí, fue el “Mundo del Bombillo”. Había llegado exiliado desde la Séptima, cuando su primer habitáculo fue incendiado en el Bogotazo. Al principio, sólo los pudientes de Teusaquillo y Chapinero venían por focos nuevos. Sin embargo, la energía eléctrica se democratizó rápidamente y dejó de ser un privilegio de ricos. En los sesentas, el setenta por cien de los hogares bogotanos contaba ya con electricidad.

 

-Entremos al primero, al de la esquina- dice Farid.

 

Letrero grande en fondo azul y con letras rojas. Voy a entrar a “El Centro de la Electrónica”, y no estoy emocionado.

 

-Buenas señora. Estoy buscando un adaptador o un regulador de voltaje, creo que es lo mismo –

-Si le tengo el de nueve voltios, para el computador, para…

-No no, es uno especial. De 220 a 110 voltios. Que cambie de las paticas redondas a las planas. Pa’ poder conectar un playstation

-¿Luego eso no viene ya con eso? Reclama la dama

-No no, es que me traje un playstation de Espana y…

 

(Farid le cuenta la historia de su vida a Dona Clara –porque así se llama esta cincuentona regordeta-. Luego reacciona y vuelve en sí)

 

-¿Tiene el aparato?

-Sí. Véalo en la vitrina. Es ese blanquito. Cuesta cincuenta y nueve mil.

-¿Y lo mínimo?

-No es que no se puede, ese es el precio. Véalo marcado y todo.

-Es para llevárselo ya

-Cincuenta y cinco…

-¿Me regala una tarjetica? Yo ahorita vuelvo…

 

¿Cincuenta y cinco mil por una cajita blanca, inerte y seguramente oxidada que ha pasado más de dos años en esa vitrina? No… Preferible ir a buscar en otro lado. No es por nada, pero estamos en la calle de la electrónica. Desde la entrada del almacén se vislumbran opciones potenciales. “Eléctricos plus”, “Sonido y efectos electrónicos”, “El zorro electrónico No. 2”…

***

Seis de la tarde del mismo lunes. Luego de emparamarme y de haber ingerido dos tintos de termo ambulante y siete cigarrillos, llego a mi casa. Me despedí de Farid en el Transmilenio, pero antes le pedí que me dejara todos los papelitos que nos dieron. Parecen llamativas tarjetas de presentación con dibujos y fotografías de consolas y parlantes, pero son en realidad cotizaciones. En ellas está descrito el mismo aparato. Las especificaciones técnicas del transformador de 220 a 110 voltios Step and Down marca Sun, de fabricación china, fueron condensadas a mano por los diferentes vendedores que nos atendieron. Además dice el nombre de quien hizo la oferta.

 

Yolanda de “El zorro electrónico No. 2” nos dejaba la bendita cajita en treinta cuatro mil doscientos, IVA incluido. Rosa de “Sonidos y efectos electrónicos” después de un aguerrido toma y dame regateador, nos lo dejaba en dieciocho mil ochocientos. Pero el ganador fue Jaime de “El imperio electrónico”, quien después de haber probado el aparato nos lo dejo en Once mil cerrados.

 

No puede ser que nuestra habilidad comercial haya producido tal efecto minimizador en el precio. Si bien es sabido que el arte de regatear hace parte de la herencia hispánica de nuestro pueblo (aunque algunos crean que es el legado de los mal llamados “turcos” libaneses y demás pueblos árabes que entraron en nuestro país a principios del siglo pasado, y no tomen en cuenta que el pueblo español ya había sido influido por ocho siglos de dominación mora antes de llegar a América), no creo que Farid y yo seamos la prueba fehaciente de ello. ¿Cuánto se están ganando los comerciantes? ¿Cuánto vale un cacharro de estos al por mayor? ¿Y en China deben ser regalados, o no? Esto de la plusvalía es bravo en este contexto globalizado…

***

Sábado, tres de la tarde. Carrera treinta y ocho con Calle novena. Hoy sí hace un calor del demonio que no se presta para hacer el ejercicio con juicio. Se me había olvidado por qué odio Sanandresito. Huele a lechona con bolsillo de loco. Budweiser, Amstel y Löwenbrau contrabandeada es ofrecida en la vía. “Si no está fría, le devuelvo la plata” grita el vendedor. Pero paso. Ni siquiera con este preludio del averno me tomo una pola tan temprano. Me quedaría un tufillo delatador, y más tarde tengo que verme con mis tías. No quiero que me la monten.

 

Básicamente el destino hizo que viniera a buscar mi cacharrito en este otrora pseudo-puerto libre que vivió grandes épocas gracias al contrabando. Aunque el comercio negro -que no fue sino el resultado de los excelentes lineamientos que propendían el desarrollo económico nacional a partir de la sustitución de importaciones- se haya casi extinguido, algo debe quedar. Hoy todo lo venden con factura, por lo menos al comprador que se acerca de primerazo. Para mí, es posible que encuentre al SUN Step and Down 220-110v más barato que en el centro. Pese a que ya había sido comprado, y que gracias a él, Farid quema diariamente sus neuronas, yo quiero ir más allá. Es que me puse a buscar el codiciado artículo en internet y los resultados fueron sorprendentes.

 

Sun electronics, el fabricante del trasformador está domiciliado en Miami, Florida. Sin embargo con esto del e-commerce, es posible que lo único que haya allá sea un box (casillero) de correo, y una oficina que es operada por tres jóvenes, dependientes de la banda ancha de ocho gigas. Lo que hacen es recibir los pedidos de sus clientes vía e-mail, y así, envían otros correos a su central productiva en la ciudad china de Kaiping, a 150 kms al oeste del antiguo enclave portugués de Macao. Desde allí, contenedores de veinte pies son enviados directamente para Asia y Europa con millones de cajitas blancas que regulan el voltaje. Si son pedidos para el hemisferio occidental llegan a Panamá -si tienen como destino final América Latina- o a Miami -si son para los consumidores norteamericanos-. El aparato es producido en masa en la ciudad china especializada en producción de eléctricos, y contando sueldos, insumos y demás, cada cajita tiene un costo neto de menos de dos dólares (cerca de cuatro mil pesos colombianos). En Florida negocian la tarifa con los clientes mayoristas, y dependiendo de cada caso (y del marrano) cobran entre cuatro y cinco dólares por transformador.   

 

Tengo la duda sobre quien es el distribuidor para Colombia del aparato. Cuando volví en la semana a preguntar por él, Doña clara –la que al principio había pedido cincuenta y nueve mil por el transformador-  guardó el secreto con recelo. Sin embargo, me dio pistas sobre el almacén del mayorista, que supuestamente estaba  ubicado en algún recoveco de este compendio de centros comerciales mal organizados y sobrepoblados.

 

Empecé a buscar ferreterías y almacenes de eléctricos por los andenes de Sanandresito, entre Refurbish (una mezcla de colesterol que no había visto antes, papas, salchicha, colombina de ala, todo freído y servido en un cucurucho de papel por la módica suma de mil doscientos el pequeño y dos mil el grande), libros piratas (que ya no son sólo confesiones de prepagos, ni García Márquez sino escritores contemporáneos como Quiroz y Gamboa) y hip hoppers que me trataban como su pana, su llave, su hermano y su perro (ofreciéndome lo último en moda skate y pantalones para dama). Luego de quince minutos en ese caos odiado, sudado y destilando cebolla (que buen día para haber llevado chaqueta) encontré un almacén llamado “Osrram ferretería”.

 

Les pregunté a los dos vendedores por el transformador, y aunque para mi infortunio se les había agotado, me comentaron que lo vendían a veintitrés mil pesos. No obstante, me dijeron que a dos cuadras, en el centro comercial “Islas del Rosario”, tenían todos los que quisiera –es extraño pasar de Providencia a Panamá y luego a la Mediterranee (sin tilde) atravesando la calle-. No quise darle espera y en dos minutos estuve allí.

 

***

La “Cerrajería y eléctricos Islas del Rosario” tiene una apariencia sospechosa. Exhibe en sus vitrinas a parte de cuanto candado, llave y tubo pueda existir, un certificado de la DIAN que la acredita como contribuidora honesta. Su vendedora, treinta y tantos, ombligo destapado y ojos de experiencia (y no precisamente en ventas) me atiende con un seseo deleitante:

 

-si, que se te ofrece

-no buenas, es que quería saber si venden un adaptador… (Finalmente no me puse de acuerdo, ¿es un transformador o un adaptador, o es lo mismo?)

-Ah sí, esos se venden muchos… cuesta veinticinco mil

-No no, pero es que yo quiero una cantidad grande. Estoy cotizando y me dijeron que ustedes eran los distribuidores…

-Ahh bueno. Si son más de cien, te salen a dieciocho pero si son más de mil te salen en quince…

-hmmmm (pensando en la gran cantidad que le debieron haber despachado al almacén del centro en donde me lo vendieron a once mil o en la cara de marrano inexperto que me vieron) ¿y lo mínimo, mínimo?

-No mira lindo, lo mínimo, si compras mil te los dejo a catorce. Más no puedo porque me regañan…

-Ay, dale, mira que pueden ser muchos…

-Si llamo a mi jefe de pronto te los dejan en trece. Pero menos no creo…

-Y ustedes… ¿Traen esos bichos de donde?

-Ahh no sé… el jefe es el que hace eso, pero no está (ya me había dado cuenta, y además ya lo había hecho explicito sumercé) pero ¿vas a comprar o no?

-Sí sí, regáleme una cotización…

***

Haciendo cuentas, y pensando concienzudamente, veo que el margen de ganancia de un aparato de estos puede llegar a ser muy grande. El costo neto del Sun Step up and Down es de USD 2 por unidad, que van para los operarios de las máquinas (quienes en China es bien sabido son laboralmente explotados), la materia prima y los costos operativos de la fábrica. Luego se le suman USD 3 que se reparten para los dueños de la empresa y las navieras que lo transportan (por el envío de un contenedor con unos cien mil de estos transformadores entre China y América se pueden pagar entre seiscientos y setecientos dólares, lo que daría un costo por cajita de 7 centavos de dólar, un costo mínimo). Cuando llegan a Panamá, el cliente-proveedor –en nuestro caso el dueño de la cerrajería en Sanandresito- debe pagar el transporte hasta su destino final (si es FOB –Free on Board-, el INCOTERM, o tarifa de comercio internacional, más utilizado para estos casos). Así, entra por Buenaventura y luego es traído hasta Bogotá por tierra (por lo que pagan más o menos cuatrocientos mil pesos –es decir doscientos cincuenta pesos por cajita-). Y ya en Bogota, puede suceder cualquier cosa. Le pueden cobrar al consumidor final entre once mil y cincuenta y nueve mil pesos.

***

 

Lunes, nueve de la noche. Ahh el comercio, la globalización, la desigualdad… ¿Cómo se ha vuelto de pequeño el mundo, no? Hasta ahora caigo en cuenta que el dichoso aparatejo ni siquiera era para mí… no tiene que ver nada conmigo ¿o sí?

 


Gitanillo, tremendo y vagabundo como él solo

septiembre 16, 2008

Por: ALBERTO SALCEDO RAMOS

1

Tiene tres tornillos incrustados en la mano izquierda y uno en la derecha; tres ganchos de metal en un muslo y una costura en la mandíbula. Viendo las muchas marcas que le ha dejado el toreo, uno de sus colegas le dijo hace poco que parecía “un sobrado de tigre”.
No le gusta mirar ni palpar el bulto que le quedó en el costado izquierdo del cuello, como consecuencia de los diez tornillos que le clavaron para remendarle el hueso. Ahora, sin embargo, me pide que lo toque. Y siento como si le hubieran cambiado la clavícula por un pedazo de riel de ferrocarril.
Después, Gitanillo muestra una huella feroz que tiene en el tobillo. “El cacho me entró por este lado y me salió por el otro”, explica. “Me salvé de quedar cojo porque no me atravesó el tendón”.
También ha sido pateado en la frente y perforado en la ingle. Un toro lo babeó como para humillarlo y otro le echó tierra en los ojos. El último percance que padeció en el ruedo no fue una cornada sino un pisotón que le partió la tibia.
Un día en que se jactaba de la adultez que testimoniaban sus catorce cicatrices, el matador Roberto Domínguez lo bajó de la nube: sentenció que tantas cornadas demostraban más brutalidad que coraje. Él celebró el apunte a carcajadas – igual que en este momento – pero cuando quedó solo exclamó: “¡coño, lo que me pasa por no haber estudiado!”
Desde entonces aprendió que las heridas, que algunos utilizan como certificados de heroísmo y otros para hacerse perdonar los errores, no deben exhibirse como trofeos. En las plazas no siempre se persevera por valentía o por gusto: a menudo es porque no hay más opciones. En este punto recuerda una frase de Hemingway: la distancia entre el toro y el torero es inversamente proporcional al dinero que el torero tiene en el banco. Luego advierte que cuando habla de sus cornadas es porque le preguntan, no porque a él le nazca.
En su oficio lo menos temible son los cuernos. Peor es hacer el ridículo. O esperar, en una plaza llena, la salida de un toro que se retarda.

2

Nacido en Bogotá el dieciocho de septiembre de 1964, fue trasladado a Cúcuta a los siete años.
Cuando se convirtió en novillero adoptó el mote de Gitanillo de América, pues intuyó, con muy buen juicio, que a un matador que se llamase como él – Óver Gelaín Fresneda – nadie se lo tomaría en serio. Ni siquiera el toro. Su nombre de pila sonaba más apropiado para un trapecista de circo. De hecho, su infancia fue más circense que taurina: su padre, José Fresneda, andaba de pueblo en pueblo con un espectáculo cómico en el cual era más importante brincar por encima del toro que capotearlo.
La función del viejo, pese a su temeridad, no estaba pensada para producir tensión sino para hacer reír. Óver Gelaín veía cómo el toro más descomunal, en manos de su padre, se transformaba en un muñeco de carnaval que no inspiraba respeto. En consecuencia, cuando el niño estaba a solas con aquellos animales en los chiqueros, les tiraba bolas de barro, les mostraba la lengua o les truncaba la siesta con un grito cruel en las orejas. Ensayaba su propio sainete mientras esperaba la oportunidad de abandonar la trasescena.
Por esa época llegó a Cúcuta el empresario español Manolo Cano, al mando de una cuadrilla de toreros compuesta por ocho enanos y ocho chimpancés. Cuando Óver Gelaín vio aquello, sintió que no tenía cuerpo para contener tanta alegría. Para celebrar el hallazgo como correspondía, no se le ocurrió mejor idea que robarse una caja de whisky y repartirla entre los micos bufones. La borrachera, lejos de resultar cómica, fue dañina: los chimpancés no quisieron torear sino que se dedicaron a abrazarse y a vomitar. Sólo al tercer día se curaron de la fiebre y de la resaca.
Viviendo semejante comedia, el muchacho estaba forjando, sin saber, el estilo tremendista que años después, cuando se convirtiera en matador, los críticos le iban a reprochar. Tremendismo es farsa, desplante. Es convertir el capote en cubilete y la espada en luz de bengala. Es tratar al toro como si fuera un conejillo pero hacerle creer al público que es una bestia de espanto.
Hace poco, en la plaza de Palmira, Gitanillo dio una voltereta en el aire y cayó de bruces sobre el animal que acababa de matar. Por acciones como esa, no falta el purista que propone indultar al toro y sacrificarlo a él.
Gitanillo cuenta que no siempre fue así. Que cuando llegó a España intentó ser clásico. Pero entonces su tutor, Gabriel de la Casa, le pidió que dejara de torear como los demás, que fuera él mismo. La decisión le granjeó el favor del público y la enemistad de los expertos. Gitanillo sufría mucho cuando abría los periódicos y se veía crucificado por los principales comentaristas. Un día descubrió que no se podía ser mariposa y jaguar al mismo tiempo. Que para un hombre serio es inevitable – y hasta necesario – dejar a alguien descontento con lo que hace. Si lo que sentía en el fondo de su alma era la pirotecnia, debía asumirla con dignidad. No ser artista es una limitación, pero querer serlo a los trancazos, sin conseguirlo, es una verdadera desgracia.
Volver a sus fuentes primigenias lo reconcilió incluso con sus detractores: seguían diciendo que era un embaucador, pero ahora le reconocían el hecho de no tener dobleces.
“A veces uno, para pasarla bien en una plaza de toros, tiene que comportarse como ignorante”, observa el reportero Víctor Diusabá, conocedor del tema. “En esos casos, Gitanillo se convierte en un bálsamo porque te divierte sin hacerte pensar mucho. Le pides banderillas y te regala cuatro pares. Luego saca unos muletazos que te hacen sentir el toro más cerca de ti que de él”.

3

Gitanillo se ha dedicado en los últimos años a torear en la provincia colombiana. Un día se presenta bajo una llovizna en Sogamoso, a nueve grados centígrados, y al siguiente lo hace bajo el sol despiadado de Cereté, a cuarenta y cuatro grados de temperatura. Una vez actuó por la mañana en Venta Quemada, Boyacá, y por la tarde en Granada, Meta.
La andadura por la provincia se debe, en parte, a que en las grandes ferias taurinas del país no lo tienen en cuenta. Pero también es un rezago de su niñez errante. A Gitanillo le atraen los pueblos, además, porque allí el toreo tiene una connotación más festiva y el público es más sensible a sus divertimentos. Allí la gente no va a denunciar el truco sino a festejarlo.
En 1982 compartía apartamento en España con su compatriota César Rincón, cuando ambos eran meras promesas. Y mientras Rincón soñaba con las plazas grandes, Gitanillo se divertía con las pequeñas. Todavía hoy, descoloridos y con los retablos carcomidos, están sobre las paredes los carteles de aquella época. En ellos se anuncian faenas en pueblos como Jerez, Hervas, Piedralves, San Martín de Valdivieso, San Pedro y Gavilanes, entre muchos otros.
Como torero de provincia, Gitanillo ha viajado en lancha, en helicóptero, en autobús y en mula; ha surcado ríos crecidos, ha atravesado trochas ásperas, ha dormido sobre catres opresivos, ha sentido sobre su cabeza la amenaza de un ventilador que producía más ruido que fresco, ha aprendido lo que es pasar una noche en vela para evitar que lo desangren los zancudos.
Sabrosa era la vida hace quince años, cuando toreaba en Sevilla, en Lisboa o en París. Pero ahora le toca ir es a Somondoco. Acá, con frecuencia, el carro se le atasca en un lodazal, o se le vuelca el camión que lleva los toros, o el empresario que lo contrata se fuga con el dinero de la taquilla. A Gitanillo le han dado televisores, ollas a presión y licuadoras como parte de pago. En su casa tiene una colección de más de doscientos cheques falsos, que le gustaría enmarcar para inaugurar con ellos el Museo Nacional de la Vergüenza. Sería, dice, una manera eficaz de censurar a los tramposos.
A menudo, antes de jugarse el pellejo en las plazas, Gitanillo lo expone pasando por zonas plagadas de guerrilleros o paramilitares. En cierta ocasión se topó en uno de esos retenes con una camarilla de muchachos ebrios. El que parecía comandante lo abrazó con amabilidad, pero de repente adoptó un tono agresivo. “Bueno, marica”, le dijo, “espero que no le vaya a quedar grande matar esos toros con la espada. Porque, si quiere, yo se los puedo matar hoy mismo a punta de plomo”.
Gitanillo no cree que torear en la provincia sea degradante, como señalan en privado algunos de sus colegas. “Esa es una visión elitista”, afirma él. “Voy a los pueblos por una razón muy sencilla: porque me contratan. Pero además no tengo porqué esconderme, pues voy es a trabajar, y lo hago con gusto y con respeto: me preparo para lucir bien, llevo mis mejores trajes de luces, soy puntual”.
Los amigos de Gitanillo consideran que él ha contribuido a preservar y a ennoblecer la fiesta taurina, llevándola a las veredas más apartadas aun a costa de su propia vida, poniéndola al alcance de campesinos y niños pobres. “Más bien deberían darle las gracias”, dice su mozo de espadas, Pepe Montaña.
El propio Gitanillo señala entonces que así como se le pidió mencionar las incomodidades y riesgos que enfrenta en los pueblos, se le permita hablar de las ventajas. Viajando, explica, ha visto el país y no su reflejo deformado. Gracias a esa experiencia sabe por dónde aparece y por dónde se oculta la luna. Ya no hay, como cuando fue famoso, luces artificiales alumbrando sus actos: ahora lo iluminan el sol y la risa de la gente sencilla. Por eso ya no es soberbio. En los pueblos se ha enriquecido viendo a los señores que salen a pasear el baño de la tarde y oyendo al viento rasguñar las ventanas.

4

El pecado mayor de Gitanillo fue haberse desquiciado cuando oyó decir que podía ser un buen matador. Andaba con fajos de dinero en los bolsillos, gastando aquí y allá con una vulgaridad penosa. Hacía y deshacía un hogar como si apenas estuviera cambiándose de camisa. Bebía mucho. Su garbo desenvuelto de acróbata derivó en unos ademanes grotescos de borracho gordo. Perdió brillo en los ruedos. Se volvió previsible, rutinario, como un cómico viejo que pretendiera hacer reír al público de un bar triste con su repertorio gastado.
Los toros, según él, se sienten irrespetados por el torero que no se cuida, y en consecuencia se rebelan. En ese trance perdió algunos de los que hubieran podido ser sus años más preciosos.
Descontando ese período desatinado, dice Gitanillo, no ha percibido sino privilegios en su vida de torero. “He hecho lo que me gusta y además he ganado lo suficiente para no tener que emborracharme con el vino ajeno”, afirma.
El balance final dirá que, gracias a los toros, conoció sitios y gentes que valían la pena, como su colega César Rincón y como el pintor Alejandro Obregón, que fue su amigo. Con Obregón, por cierto, vivió una de las historias más bellas de su vida. Un día se metió con él en un autobús destartalado, para protagonizar una corrida en Chicoral. Al término de la velada, el maestro se le acercó y le regaló un elogio memorable: “¡no joda, tú sí te ganas esa plata bien ganada! Al verte torear hoy sentí que me debería dar pena cobrar por mis cuadros”.
Después, en su casa de Cartagena, Obregón le regaló una pintura a Gitanillo.
— No te la dedico, por si acaso necesitas venderla – le dijo.
— Pero, maestro, ¡cómo se le ocurre que yo voy a vender un regalo suyo!
Tras mirarlo con malicia por encima de la cerveza que se bebía a pico de botella, Obregón sostuvo que el hombre que guarda pintura cuando lo que necesita es comida, no tiene alma de poeta sino de bobo.
Gitanillo necesitó varios años – los que habían de transcurrir mientras su desorden lo dejaba en las tablas — para entender que el gesto de Obregón aquella tarde era mucho más que un simple golpe de astucia. El cuadro fue, en efecto, lo que le permitió salir de una crisis económica que parecía interminable. “El maestro ya estaba muerto”, dice, “pero me sacó del apuro”.
A estas alturas, Gitanillo se atreve a sacar las cuentas en voz alta: ha intervenido en mil diez corridas, ha cortado mil trescientas noventa y nueve orejas y treinta y nueve rabos, ha salido a hombros seiscientas noventa y dos veces y ha matado dos mil sesenta toros. Todavía, según él, sueña. Lo que pasa es que no se ve – nunca se ha visto – asediado por una multitud frenética en la Plaza de las Ventas, de Madrid. Se ve en Caparrapí, Cundinamarca, y en Suratá, Santander, aplaudido por los niños y escoltado por una cuadrilla de micos eufóricos.


Sao Luis, bang, bang, bang

septiembre 16, 2008

Por: Nathan Jaccard

 

 

 

 

 

 

 

“No cometerás actos impuros”, leí alguna vez, no recuerdo donde. Sordo a estas palabras, iba recorriendo Brasil, mochila al hombro. A mi compañero de viaje le había dado mamitis y a esta altura del paseo vagaba solo por el Nordeste, la región más pobre, seca y africana del país.

Mis andares me guiaron a Sao Luis de Maranhao, calurosa ciudad colonial a 1500 kilómetros al norte de Barsilia.

 

Bang

 

No llevaba treinta minutos en Sao Luis y ya me había hecho mi primer “amigo”, Alex, un negro de 35 años, rasta, guía, profesor de Capoeira, el arte marcial brasilero, músico, en fin, el paquete completo. Me dio una vuelta por la ciudad, botándome dudosos datos históricos y me invitó a convidarlo a unas cervezas. Están sedientos en esos países.

Unas cinco botellas más tarde, con los bolsillos vacíos, sueño y ganas de zafarme del pseudo rasta paz y amor que se estaba aprovechando de mí, decidí irme al hostal.

          “Espera, espera, no te vayas”, me increpó Alex.

          “Ya vuelvo, vengo de 30 horas de bus (Brasil es muy grande), todo bien”, contesté.

          “Bueno, pero que Eunice te acompañe para estar seguro de que regreses rápido”, me dijo, ofreciéndome la mano de una esbelta mulata, que llevaba varias cervezas con nosotros.

 

Subimos al cuarto y  me duché con chanclas en los baños comunitarios. Volví al cuarto, limpiecito, me cambié y empecé a hablar con Eunice, en portuñol, la mezcla del castellano y del portugués, sobre el amor, el lenguaje internacional por excelencia. Mientras me contaba de su hijito, de su trabajo de vendedora de celulares, empezamos a besarnos, estilo brasilero.

Fuertes golpes en la puerta partieron el encanto.

Era el pesado de Alex, que me pedía un par de reales, la moneda brasilera, prestados. Se los dí, para deshacerme de él y seguir con mi faena.  Sólo me recomendó usar camisinha, condón en brasilero. Muchas horas después (bueno, seguro fueron diez minutos después), salimos a la calle, abarrotada. “Hoy es sexta feria, viernes, y todo las ciudad sale a bailar a la calle” me dijo Eunice al presentarme a Danielle, una amiga, e irse a cuidar al hijo. “Perfecto”, pensé  al despedirme.

 

Bang

 

Danielle tenía 19 años, bajita, mezcla entre brasilera y boliviano, de trenzas reggaetoneras tipo Don Omar y charladora. Nos fuimos errando por los callejones empedrados de Sao Luis, tomando cerveza y zapateando al ritmo del Pagode,  una especie de Samba infernal. Difícil cuando ni siquiera domino el merengue.

Envalentonado por mi éxito femenino de la tarde y pensando que ya no había nada que perder, le planté un beso. Besuqueándonos, cogidos de las manos como recién ennoviados, seguimos vagabundeando por las discotecas del centro.

Al final de la noche Danielle me dijo que vivía lejos y que tenía problemas con su compañero de cuarto, un misterioso personaje que no quería citar. 

Como buen samaritano, le ofrecí un puesto en mi solitaria cama doble. “Está un poco destendida, no le pongas cuidado”, le sugerí. A esa hora, mi portugués fluía como la brisa de la madrugada.

 

Bang

 

El guayabo entró con cuatro golpes mañaneros, secos, empapados de gritos, que trataban de tumbar la puerta. Temeroso, me levanté y Danielle abrió.

Era Alex, el rasta, iracundo. Sin entender la situación, veía con terror a un negro de dos metros arrimándose, los puños de frente. Alex rapó mis cosas, arrojándolas al suelo.

          “Qué te pasa, cálmate, estás loco”, atiné a decirle, levantando las manos al aire en son de paz.

          “Perdiste niño”, gritaba entre dientes,  tirando patadas Ninja.

El administrador del hostal, un holandés molido por el trópico, nos separó. Bueno, más bien apartó a Alex de mi garganta y lo echó del albergue. Sin decir palabra, me asomé por la ventana, viendo a Alex jalando a Danielle por el brazo, vociferando delante de un Sao Luis atónito.

Me volteé, perdido. El holandés me dio un vaso de agua. “Alex es el novio de Danielle, viven juntos”, informó. “Te tienes que ir rápido”, añadió. Las peores escenas de La ciudad de Dios, violente película brasilera, atravesaron mi cabeza. Temblando, con ganas de vomitar, empaqué, cogí un mototaxi al la terminal y me monté en el primer bus a Recife, ciudad del Nordeste.

 

De rey pasé a bufón, inocente actor de una obra de teatro callejero que daban delante de todo el pueblo. Maldije a mis papás ateos por no enseñarme el maldito sexto mandamiento. “No cometerás actos impuros”. Ah, y Alex nunca me devolvió los reales que le había prestado.


¿Que pasa Willy?

septiembre 10, 2008

por: José Pablo Vélez

Era Halloween de 1990, yo tenía 13 años y mi mama me disfrazó de ALF. Sí, el mismo que ustedes están pensando, el alienígena de Melmak. Eso fue algo que nunca olvidaré.

A esa tierna edad, a los 13 años, se están forjando cosas en uno que no tienen ni nombre. Se están haciendo valer ciertos derechos de un prematuro adolescente. Se están imponiendo los derechos a sentarse en la mesa con los adultos, a opinar con propiedad, a no ser llamado un niño, para que mi mama me haga semejante retroceso.

Esa misma tarde mis compañeros de colegio y yo, teníamos la intención de enfrentarnos contra “Camino Real” un barrio del sur de Cali en una batalla campal con bombas de agua y yo era uno de los protagonistas. – “José Pablo, usted tiene que ir con sus hermanos donde sus tías y después lo dejo donde quiera”. Esta fue la respuesta de mi mama. Como si yo pudiera llegar a Camino Real así no más, con una bolsa llena de bombas de agua y un atuendo de ALF.

Mi hermano ya lucía su parche de pirata y mi hermanita un disfraz de hada rosado. Cuando llegué al cuarto lo vi ahí, inmóvil, ese atuendo peludo sobre mi cama. Me voltee con ojos de asombro hacia mi madre y le planteé mi protesta categórica, me negué rotundamente a ponérmelo. No había forma de explicarle a mi mama que a pesar que yo disfrutaba la serie televisiva de los 80’s no había poder humano que me iba a hacer poner un traje enterizo de ALF. No había.

Aparentemente sí había, todo mi esfuerzo fue en vano, el poder humano existía y era la terquedad de mi mama. Traté de convencerla que podía ir de mimo, pintarme la cara y listo. Que podía coger el parche de mi hermano y voltear la varilla de mi hermana e ir de pirata, pero nada. Ella ya había comentado el disfraz entre mis tías y yo tenía que llegar a la reunión anual vestido de ALF. Odie a mi familia entera.

No sé donde fue mi lapso mental pero me lo puse y me quedaba estrecho. El disfraz parecía robado del set. Pies peludos de 4 dedos gigantes, traje enterizo hasta el cuello, guantes de 5 dígitos que hacían ver los dedos enanos y peludos y una mascara similar a los disfraces de bebe que promociona “Parmalat” solo que con trompa larga y un lunar “melmakiano” sobre ella.

Ya en el carro, con el traje peludo, tratando de hacer explotar la cabeza de mi mama con mis pensamientos, deshidratándome y habiendo perdido por completo el respeto de mis hermanos, empecé a meditar sobre esta situación tan absurda. Por un lado, trataba de entender como funcionaba el cerebro de mi mama, ella no había captado que su hijo había crecido a pesar de su tamaño. Pasamos por donde vivía mi traga infantil y nos detuvimos un instante y visualizaba lo peor. El carro deteniéndose abruptamente, yo bajándome a empujar en mi traje peludo y Maria Alejandra doblándose de la risa enfrente mío. Me escurrí lo que más pude en el asiento repitiendo “Es imposible, es imposible” tratando de prevenir mi completo fracaso. 

Llegamos donde mis tías:

-“¡Diviiiiiino!”

– Las miré asesinamente. – Coooma mierda –pensé, mientras buscaba desesperadamente a mi papa que ya nos esperaba ahí.

Pensaba reclamarle sobre esta prematura emasculación. Al verme se regó el whisky que se estaba tomando y mi tío se cagó de la risa. Me paré enfrente de él con mis brazos peludos abiertos y le dije: “¿que pasa willy? Ve y habla con tu mujer. Mirá lo que me ha hecho”. Vi a mi mama lanzarle una mirada asesina desde el final de la sala como diciendo: “¡No me vas a desautorizar enfrente del niño!”.

Estaba jodido. Mi papa también había sido emasculado hacia ya un tiempo y no había salvación esa noche, el disfraz permanecía. Me iba tocar salir por el barrio a pedir dulces, cruzarme quizás con alguna chica bonita y perder completamente mi honra, volver a los 8 años o pretender que tenía síndrome de Down. Mi novia todavía me pregunta por qué no me gusta disfrazarme.

Uno de los puntos que abogaban a favor de mi madre en el publico familiar era que mi estatura oscilaba alrededor de la de ALF, casi el metro con cincuenta, y eso me hacía ver digamos: “mas tierno”. Me hubiera gustado comérmele el gato a mi tía a ver si le parecía tierno.

Después de los apretones de cachetes de mis tías, me arrodillé en el baño, junté mis manos peludas, cerré los ojos y le pedí a Dios que me dejara crecer. Para Octubre del siguiente año había crecido 14 centímetros y parecía un adulto de 15. Crecí tanto que sufrí una patología de las rodillas adolescentes llamada “Osgood Schlatter”. (Me gustaría darle las gracias a ALF por esta patología). Recuerdo preguntándole a mi mama el siguiente año sino me tenía un disfraz de Plaza Sésamo o de He-Man. Solo sonrío y terminó de disfrazar a mi hermana de alguna de las Malibú Barbies.

Esa noche, donde ALF y yo fuimos uno, me di cuenta que la boleta llega tan lejos como uno deja a la mamá llegar. Al siguiente día en el colegio las interrogativas por mi ausencia en la batalla campal no se hicieron esperar. Respondí furtivamente que algo me había sentado mal y no pude salir de mi casa. Los oí contar sus historias mientras yo recreaba mentalmente una escena donde me hubieran visto sentado en esa sala al lado de mi papa en un traje peludo. Sonreía ocasionalmente con las historias y por dentro pensaba: “ojala cancelen ese pinche programa”.