“Buenos Aires, hoy te falta mambo”

noviembre 11, 2008

 

 

Por: Carolina Rincón

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Desde niña soñaba con tangos y milongas, amaba el acento y el fútbol argentino, deliraba con las canciones de Charlie García y  de Fito Páez. Sin embargo, después de haber pasado una larga estadía en Buenos Aires, capital del tango y de la República Argentina, y aunque la sigo queriendo y hasta la añoro; la realidad que viví convirtió al paraíso que habitaba en mi mente infantil, en una ciudad de la furia.

 

En noviembre de 2004 finalmente se cumplía un presagio. Después de desearlo con todas mis fuerzas, compré un tiquete de vacaciones a mis sueños, empaque una maleta llena de ilusiones y desembarque en tierra gaucha, en el Aeropuerto Internacional Ezeiza de Buenos Aires.

 

Desde que llegué, amé el color barro del río de la Plata, el olor a carne asada, la antigüedad de las construcciones, la belleza de los hombres y de las mujeres, los alfajores, la presencia de los diarios y las revistas en kioscos callejeros, la nostalgia que guardan los bares de tango en San Telmo, un antiguo barrio porteño, y las tardes  en las que las onces eran sorbos de mate, acompañados con unos panecitos deliciosos en forma de luna creciente, a los que llaman “facturas”.

 

Los ojos del turista brillan, todo el mundo sabe cuándo pasa un forastero porque esa persona indaga, se maravilla, quiere encontrar la belleza en cada piedra, en cada pedazo de aire. Yo disfrutaba todo, de cada lugar que visitaba y de cada conversación que entablaba. Estaba disfrutando tanto mi corta estadía, que el día programado para tomar el vuelo de regreso, irreflexivamente decidí perderlo.

 

Salí del lindo hotel que me había incluido la agencia de viajes en el plan que adquirí en Bogotá, y visité un par de inmobiliarias para encontrar ayuda en la búsqueda de un apartamento alquilado. No tardaron en aparecer las dificultades; los lugares disponibles tenían precios exorbitantes y los requisitos para extranjeros resultaban mucho más estrictos por la cantidad de garantías que solicitaban.

 

Yo contaba con un  dinero que me alcanzaba, según mis cálculos, para vivir dos meses. Aspiraba haber conseguido un trabajo en ese lapso, y en realidad sabía que tenía que hacerlo porque no obtendría ayuda de mi casa paterna. Mis padres estaban consternados y ofendidos con mi decisión de quedarme en ese lugar.

 

Después de reflexionar lo anterior, terminé llegando al Hostel Buenos Aires o “la resi”, una residencia universitaria, que quedaba en una casa amarilla que muy lejos estaba de parecerse a la casa de Van Gogh. Desde el primer día que llegué, me recibió en la puerta una cucaracha negra y peluda de tres centímetros de largo y uno y medio de ancho. Ese mismo bicho o uno igualito a él, fue mi anfitrión durante toda la estadía en “la resi”.

 

Me tocó compartir una habitación, que no llegaba a los tres metros cuadrados, con Javiera Molina Mallea, una chilena noctámbula que me odió tan pronto me vio llegar, puesto que hacía unos días, la administradora del lugar le había propuesto que pagara 30 pesos más mensualmente, unos 10 dólares, por no seguir ofreciendo la cama de arriba de su litera en el cuarto número 12. A pesar de su rechazo inicial, el tedio de la convivencia nos obligó a hacernos amigas.

 

Las dos empezamos a vivir Buenos Aires desde el otro lado de la moneda. Comenzamos a ser habitantes, a tener afán, a buscar oportunidades, a comprar comida en el supermercado chino de al lado, a cocinar en una cocina sucia, a compartir el baño con 27 jóvenes más, a esperar un turno eterno para usar un computador, al que al prenderlo, emergían páginas pornográficas y muñequitos emotivos.

 

Salir a la calle también lo puedo contar en un antes y un después.  Cuando era turista, miraba la arquitectura, los grandes teatros, la publicidad y las vitrinas; ahora, observaba cuidadosamente el piso para no pisar mierda de perro o alguna cucaracha gigante de las que pululan por todos los rincones de la ciudad del tango.

 

Aunque ya no era lo mismo, y la ciudad ya no me olía a carne recién asada, sino a humedad y a basura, todavía no me había desencantado del todo. Escribí mi propia historia de amor con un músico paranoico, muy argentino, que me hizo leer poemas y que luego  me rompió el corazón; conseguí un trabajo en una fundación, en la que aprendí entre otras cosas trascendentales, sobre la corrupción de quienes protegen asuntos de derechos humanos; también, y eso fue lo más importante, encontré amigos leales a quienes todavía llevo en mi corazón.

 

Después de 5 meses a mi amiga chilena y a mi nos echaron a la calle porque yo me había envalentonado y no había querido firmar una cláusula de convivencia que adicionaron al contrato de alquiler del Hostel Buenos Aires, inmediatamente después cometí un error y no hubo tregua, la misma cucaracha o una igualita a la que me había recibido, fue la única que salió a despedirse en la puerta de la casa amarilla, en el verano de 2005.

 

Iniciamos un recorrido macabro por las calles porteñas, en tres meses pasamos por 6 hostales. No conseguimos ninguno mejor que el otro, todos muy sucios; en uno nos tocó compartir habitación con otras 5 personas;  el otro, sin que nos diéramos cuenta inicialmente, resultó ser un motel de mala muerte que frecuentaban homosexuales; en el otro encontramos una nueva cucaracha, más grande aún que la de “la resi”, a la que no nos pudimos acostumbrar… Al final, llegamos a un hotel que se acomodaba a nuestro presupuesto y en el que nos daban desayuno y ahí nos quedamos el último mes. Estábamos trajinadas, feas, desencantadas y económicamente arruinadas.

 

Después de mucho buscarlo, encontramos un apartamento que quedaba en el barrio donde vivían muchos judíos, sus calles estaban llenas de excrementos, pero qué más daba, por fin un sitio de donde no nos echaran y que tuviera llaves.  Nos lo alquiló sin garantía, un amigo de un amigo que nos lo prometió amueblado. Al final, nos dio un par de colchonetas, una nevera vieja cundida de pequeñas cucarachas, un televisor que nunca nos enteramos si era o no a color, y unas sillas rimax. No había teléfono,  no servían las luces de la cocina y tampoco la chapa de la puerta, los bombillos de la luz sacaban chispas de vez en cuando y una vez nos quedamos encerradas toda una mañana porque la puerta de entrada no sirvió más. 

 

Era el invierno de agosto de 2005, estábamos muertas del frío y tan desencantadas del producto argentino que no queríamos salir de la casa por desagradable que nos resultara. La realidad era muy cruel, nos dimos cuenta de  que muchos argentinos, de esos tan hermosos que antes no parábamos de mirar en la calle, eran unos aprovechados, que estábamos en riesgo permanente de que nos estafaran en cualquier tipo de negocio que hiciéramos, que las cosas que comprábamos venían con defectos de fábrica, y que la ropa que nos poníamos se descosía en la primera puesta. A pesar de todo ello, ahí seguía intacta la Avenida Corrientes, aún había librerías abiertas hasta las 2 de la mañana, aun se ofrecían recitales gratuitos y los teatros seguían presentando su arte. Aun estaba el tango.

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