Vaticinios para escépticas

septiembre 7, 2008

Por: Gloria Susana Esquivel G

Después de ir a dos lugares donde se me prometía la más certera adivinación sobre mi futuro, el pensamiento de que en Bogotá los astrólogos, numerólogos y quiromantes se encuentran hasta debajo de las piedras no podía abandonarme. Todos los conocidos con los que me topé, antes y durante mis consultas, me recomendaron con su brujo de cabecera y aquellos desconfiados que nunca irían a leerse las cartas o el chocolate me decían que conocían a un amigo de un amigo, a una tía política o a una prima segunda que tenía un adivino acertadísimo con el que podían contactarme.

Tan sólo en el periódico “El Tiempo”, uno de los más importantes del país, se pautan diariamente un aproximado de 35 anuncios sobre lugares en donde se prometen dar los números ganadores de la lotería, el regreso de la persona amada o los tratamientos más efectivos que pueden curar desde una gripa hasta el cáncer más terrible. Es como si todos los bogotanos, en algún momento, quisieran encontrar las respuestas sobre su salud, el dinero y el amor por medio de brujas llaneras, indios amazónicos o refinados psíquicos que están dispuestos a saciar esas ansias de saber lo impredecible por medio de una modesta suma de dinero, pues los precios para la consulta de adivinación pueden oscilar entre los $5000 a los $60.000 dependiendo de la buena o de la mala suerte del cliente.

1. Un pedazo de la Amazonía en La Caracas

 

Edipo, rey de Tebas, afligido por una peste que azotaba a su ciudad va a consultar el Oráculo de Delfos, lugar de adivinación para los griegos y templo del dios Apolo, en busca de una solución que anticipe el fin de la plaga. Apolo no da respuesta a su problema, pero sí predice que el joven rey cometerá un parricidio y se casará con su madre. Las circunstancias se desenvuelven de tal manera que la predicción se cumple y el destino, que para los griegos era una fuerza que no podía ser controlada por los hombres, lleva a Edipo a cometer tal atrocidad.

En Bogotá existe un templo similar al de Apolo, al cual acuden los afligidos en busca de curas para sus males. Es el Templo del Indio Amazónico, que se encuentra localizado en la Avenida Caracas con carrera 39, en el centro de la ciudad. Este lugar presta los servicios de la lectura del tarot, de la mano, del aura, de la bola de cristal, de la lengua y de los caracoles. Está abierto de domingo a domingo y, como anuncia su sitio web (www.indioamazonico.com) “atiende desde un niño recién nacido hasta un anciano moribundo y no falla en una.”

El Indio Amazónico se ha autoproclamado “clarividente e iluminado, superdotado, el avatar de la nueva era, el que ve lo que otros no pueden ver ni escuchar, el que hace lo que otros no han podido ni pueden hacer” y asegura que quienes visitan su templo pueden encontrar la solución a todos sus males, que pueden ir desde problemas de concentración en el estudio hasta impotencia sexual, siempre y cuando estén dispuestos a comprar variados talismanes, baños y pócimas de amor.

Y es que desde la entrada, el visitante puede encontrar los diferentes testimonios de sus clientes que alaban de los poderes curativos del Indio grabados en las baldosas del piso: “Era muy de malas en el amor. El Indio Amazónico me dio un atrayente especial. Ahora tengo buena suerte con las mujeres”, reza el primero con el que me atravieso, “Mi hogar era un fracaso. Consulté al Indio Amazónico y gracias por su ayuda, ahora vivo feliz” proclama otra de las tapias que esbozan un camino que lleva al salón principal del templo, lugar que está dispuesto a modo de auditorio o de iglesia, y en cuyo altar se encuentra un buda gigante, una estatua de José Gregorio Hernández y otra de Jesús crucificado.

El negocio ha crecido tanto que en Roosevelt Avenue, en medio de Jackson Heights, Queens, en Nueva York, el desprevenido turista puede encontrarse frente a frente con una sucursal de este templo bogotano. El Indio ha expandido su negocio hasta tal punto que su lugar de residencia es ahora la ciudad de Los Ángeles, California, en donde actualmente existen 12 de estos centros esotéricos. Tal vez esto puede explicar por qué a la entrada del templo bogotano el cliente puede observar diversas fotografías de este personaje junto con Ronald Reagan, Bill Clinton, Mario Baracus (de la serie Los Magníficos) y Julio Iglesias.

Ahora el templo es atendido por la “profesora” Gloria, hija del Indio, quien me recibe vestida con un pantalón multicolor y una blusa beige. Calza alpargatas, tiene líneas verdes y rojas pintadas debajo de sus ojos y en sus mejillas y usa un tocado de plumas sobre su cabeza. Tal vez este atuendo sirva para reforzar la verosimilitud del ambiente amazónico del lugar, que se complementa con tarántulas de peluche, tigrillos disecados y papagayos de trapo que cuelgan del techo. Ella será la encargada de leerme las cartas del tarot, cuya consulta cuesta $20.000 y resulta ser la más barata, frente a la lectura de la mano que cuesta $30.000 o la del aura que cuesta $250.000.

Antes de comenzar la lectura, la “profesora” Gloria me pregunta si soy periodista. Esta no es una prueba de su clarividencia, ni de su comunicación con los espíritus de la selva, sino una clara muestra de mi imprudencia, pues desde que entré al templo he estado tomando notas y fotos. La “profesora” me comenta, de manera algo agresiva, que a ellos no les gustan los periodistas, que ella no va a responder ninguna pregunta personal en mi consulta del tarot, y que si no me voy a tomar en serio la lectura que mejor no entre. Después me dice que la siga a un pequeño cubículo que se encuentra ambientado con elementos selváticos similares a los del salón principal. Dentro de este cuarto se escucha una grabación de sonidos de la selva que, supongo, pretende llevar al cliente al medio de la Amazonía sin tener en cuenta que el ruido de los automóviles y del Transmilenio que pasa por la Caracas hace que esta empresa resulte imposible.

La baraja del tarot está constituida por 78 cartas que se dividen en Arcanos mayores y menores. La palabra Arcano viene del latín arcanum que significa misterio o secreto. Los orígenes etimológicos de la palabra “tarot” se remiten a las palabras egipcias “tar”, que significa real, y “ro”, que representa el camino, lo que constituiría al tarot como “un camino real” que, según la tradición, se dirige a la sabiduría. Desde que tomo asiento frente a la “profesora” y observo una lámpara de lava decorada con telarañas que hace las veces de bola de cristal, pienso que me encuentro en un camino real hacia la estafa.

La voz de la “profesora” Gloria se automatiza y, como si fuera una grabación, comienza a repetir una retahíla sobre mi futuro, sin siquiera mirar las cartas que va botando sobre la mesa. Me dice que me rodean muchas mujeres envidiosas y que esas “malas vibras” están bloqueando mi capacidad para establecer relaciones amorosas, pero que no me preocupe porque por tan sólo $50.000 podría comprar un baño amazónico y dejar mi aura limpia y reluciente. Señala que tengo muy buena suerte y que por eso resulta favorable que juegue a la lotería y también me dice que puede darse la posibilidad de que ahora o tal vez después, en algún momento de mi vida, se dé una muerte en mi familia. Después de diez minutos se acaba la consulta y yo sólo quedo con un interrogante: ¿Será que la “profesora” Gloria ha vaticinado también las propiedades líquidas del agua, o que el sol sale por el oriente?

2. La diosa de la zona rosa

En la esquina de la carrera 11 con calle 85, justo donde empieza lo que se conoce como la “zona rosa” (el epicentro de la rumba bogotana en el norte de la ciudad), se encuentra Apollo’s Men, uno de los pocos lugares de streptease de hombres. Este sitio queda en el segundo piso de un edificio con locales comerciales y justo en la puerta de al lado, oficina 206 C, está el consultorio de Diosa, quien tiene la facultad de leer el cigarrillo y de interpretar entre las cenizas el pasado, presente y futuro amoroso de quien la consulta.

El imaginario de la hechicera anciana, con verrugas en su cara y sin dientes, se desarrolló durante 1450 y 1750 en Europa Central durante la gran persecución de brujas, que dejó un saldo de 60.000 ejecutadas. Diosa no tiene verrugas, pero sí una gran mancha blanca en su mejilla izquierda. A todo el que entra en su consultorio le cuenta que se mandó a quitar una cicatriz con laser y que por esa razón tiene que estar constantemente aplicándose cremas humectantes y bloqueador solar, pues espera recuperarse rápido.

Cada cigarrillo que lee Diosa tiene el costo de $5000 y atiende diariamente, desde las 12:30 pm hasta las 8:30 pm, a un estimado de veinticinco personas. Su local cuenta con una puerta de vidrio que separa el lugar de la consulta de una sala de espera que, generalmente, se encuentra atiborrada de mujeres desesperadas por encontrar algún norte en su vida amorosa. “Todas acá venimos a lo mismo”, me dice entre risas Marcela, una morena de veintiséis años que ha visitado a Diosa en tres ocasiones y sostiene que en todas ha acertado: “Ella me dijo que mi ex novio me iba a poner los cachos y que luego iba a volver arrastrándose como un perro. Yo no creía, pero a los seis meses ahí estaba de vuelta en la casa.”

La mayoría de clientes de Diosa son mujeres. Mientras espero mi turno veo como entran tres colegialas nerviosas que, entre risas, matan el tiempo pensando cómo quitarse el olor del cigarrillo de Diosa del uniforme; cuatro mujeres costeñas muy hermosas con ropa de última moda que sólo hablan de lo mal que las han tratado los hombres y dos señoras cincuentonas que examinan los diversos rostros que se encuentran en la sala de espera con expresión de ¿qué estamos haciendo aquí? Ninguna llegó allá por avisos de periódico, todas han sido referidas por personas de confianza que creen en los vaticinios que puede hacer Diosa sobre sus vidas.

Hay una canción del Gran Combo de Puerto Rico que dice así: “Que me habrá echao esa chica, que me tiene arrebatao, que me tiene medio loco, que ya estoy enamorao. Que tú me tienes temblando de noche y de día, tu me hiciste brujería” y expresa todas las necesidades de la clientela de Diosa. Aunque ella no se especializa en brebajes ni en pociones de amor, asegura que puede descifrar el verdadero carácter de los hombres y que puede adivinar las intenciones con las que acercan aquellos que están por venir dentro de los próximos cuatro meses. Esto puede resultar más útil que cualquier hechizo, pues Diosa dice que al conocer la verdadera personalidad del hombre uno puede saber a que atenerse.

Entro a la consulta y lo primero que llama mi atención es la capacidad que tiene Diosa para prestarle atención a múltiples cosas. Mientras “reza” el cigarrillo, atiende una llamada de su cuñada y comienza a preguntarle por el paseo que ambas realizarán el fin de semana a Girardot. Cuando cuelga, me pide que chupe y bote el humo del cigarrillo sin aspirarlo porque, según ella, si me trago el humo del cigarrillo me puede “dar la pálida”, tener mareo y hasta desmayarme. No estamos solas, ni estamos en silencio. Frente a mí se encuentra un televisor prendido en donde están pasando “Padres e hijos”, un seriado muy popular entre los colombianos que lleva quince años al aire y que es fuertemente criticado por la pobreza histriónica de sus protagonistas y por sus historias escabrosas.

Diosa me dice que si quiero saber por una persona en especial, doy el nombre de un amigo y ella comienza a describirlo físicamente. “Este pelado es alto, mono, ojos verdes.” Mi cara es de desconcierto, no hay nada cierto en lo que ella me dice. “Acuérdese de su amigo bien, es blanco como yo.” Y señala su cara, como para probar que el color de su tez, que no tiene nada de blanca, es uno de los signos de la revelación de las cenizas. Hago un gesto de aprobación y ella continúa con su lectura. “Aléjese de ese hijueputa. Ese man se la pasa de rumba en rumba. Consume marihuana y hasta pepas.” Yo sólo pienso en el pobre de mi amigo, que a duras penas se toma una cerveza, y ratifico con sonrisas incómodas cada mala referencia que me da. “Ese man no la quiere para nada serio. Créame. Usted ha dejado a muchos pretendientes por esa obsesión tan maluca. Si quiere vuelva en ocho días y le leo el cigarrillo sobre su futuro amoroso, ahí si le digo quien la quiere de verdad.”

Salgo de ahí pensando que a Diosa no le creo ni el nombre.

3. Poderes Mágicos

El espionaje británico recurrió a los poderes psíquicos de Ludwing von Wohl para anticipar las estrategias bélicas de Adolfo Hitler, en la segunda guerra mundial. Raymond Domenech, el técnico de la selección de Francia en el mundial de Alemania 2006, no dejaba jugar a los futbolistas nacidos bajo el signo de escorpión argumentando que “siempre terminan matándose a sí mismos y eso es perjudicial para un grupo”. Sin ir más lejos, Mario Iguarán, fiscal general de la nación, se vio envuelto en un escándalo en el año 2006 cuando se descubrió que una de sus manos derechas era Armando Martí, un afamado psíquico que había sido contratado por el fiscal para “sanear el ambiente laboral.” Walter Mercado, mentalista puertorriqueño, ha vaticinado la muerte de Hugo Chávez en dos ocasiones. Algunos intérpretes creen que Nostradamus profetizó la llegada del comunismo a Rusia. Pareciera que frente a lo impredecible se mueve un amplio espectro de ambigüedad en donde la habilidad del mentalista tiene que ver más con la manera en la que se enreda al cliente que con un don milenario. Tal vez, en el fondo, resulta más fácil encontrar la solución a las situaciones adversas en un jabón o en un polvo mágico que en nuestros propios actos.

El poema “Poderes Mágicos” de Blanca Varela dice así:

No importa la hora ni el día

Se cierran los ojos

Se dan tres golpes con el

Pie en el suelo,

Se abren los ojos

Y todo sigue siendo exactamente igual.

Escépticos o no, al final todo pareciera ser cuestión de fe.

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Ay…sobre la agorafobia

agosto 20, 2008
Por: Gloria Susana Esquivel

Creo que el primer error, en una cadena interminable de errores, fue irme con Nathalia y con Andrea de paseo a San Gil, Santander, a hacer “deportes extremos”. Yo sabía desde antes que el deporte más extremo que había hecho era botarme del columpio cuando era chiquita, y ni siquiera, porque siempre me daba mucho miedo no atinarle a la arenera y prefería charlarme a mis amiguitos y decirles que dejaba la acrobacia, que ellos hacían tan naturalmente, para después. El segundo error fue descubrir el verdadero espíritu aventurero de mis amigas tan tarde. Por un lado, yo pensaba que al primer aviso de rumba la carreta del rafting y del parapente se les iba a olvidar y si eso no funcionaba pues me inventaba una vieja herida de guerra, una alergia a los zancudos o una intolerancia a la pepitoria y confiaba que cualquiera de esas excusas me iba a zafar de caminatas, baños en el río o escaladas de montaña.

El tercer desacierto fue no pensar dos veces que, de pronto, esa idea extraña que se me había ocurrido apenas llegué a Santander de bajar una piedra de ochenta metros colgada de una pita no iba a ser del todo de mi agrado. Yo que toda la vida le he tenido miedo a las alturas, que sudo pasando un puente peatonal, que habilité educación física en el colegio porque el examen final era escalar una malla de cincuenta centímetros de alto quería “seguir mis instintos” y aventurarme a hacer rappel.

Sospeché que algo iba a salir mal cuando llegamos a una parte del sendero y el instructor nos señaló unas varas metálicas fijadas a una roca que hacían las veces de escalera. “No hay forma de que yo baje por ahí. No hay forma,” fue lo único que atiné a decirle a mis compañeras, mientras ellas bajaban las barritas totalmente relajadas, como si estuvieran bajando escaleras eléctricas. “Mujer, vamos, no seas remilgada.”Y yo, no, no hay forma. Ahí les expresé el pensamiento más sensato que he tenido en toda mi vida; una cuasi epifanía: “Si me estoy cagando del susto pensando solamente en bajar esas barritas, ¿cómo pretenden que me bote desde una altura de 80 metros sólo cogida de un arnés?”

En ese momento, ese “carpe diem” que se había callado en mi cabeza se despertó en las mentes de Nathalia, de Andrea y de los dos instructores que entre risas me decían no mona, no se preocupe, eso no es nada. Paralizada, me mantuve firme en mi negativa hasta que uno de los instructores me confesó, casi en secreto, que nos encontrábamos a dos horas de la carretera, que no me podía devolver sola y que él y su compañero necesitaban hacer el descenso del rappel porque era un atajo para la carretera. Me transformé en una especie de Robinson Crusoe feminista y le dije que no había problema, que yo podía devolverme sola, que a mí como mujer independiente ninguna montaña me quedaba grande y mucho menos ninguna carretera abandonada en medio de la nada. De repente, el instructor, en un afán por preservar mi vida y tal vez por evitar demandas y escándalos, me dijo las ocho palabras más falsas que alguien ha podido pronunciar: “No se preocupe. Uno siempre puede vencer sus miedos.”

El cuarto error fue escucharlo.

El quinto desatino fue pensar que cuando el hombre me decía que, para mi tranquilidad, íbamos a bajar juntos significaba que íbamos a bajar los dos por la misma cuerda, como si yo fuera un bebé canguro. En ese momento yo me desentendí de cualquier recomendación de seguridad y de cualquier instrucción de manejo de equipo (sexto, séptimo, octavo y noveno error) y me imaginaba haciendo mi descenso triunfal, abrazada a este hombre, pensando que por fin había vencido mi miedo. Para el instructor, bajar juntos era un sinónimo de bajar simultáneamente: él por la cuerda izquierda y yo por la derecha.

Cuando finalmente entendí esto, me encontraba de espaldas, al borde de una piedra inmensa, ochenta metros arriba del suelo, con las rodillas temblando y completamente confundida. El instructor encargado del descenso estaba esperando a que mi espíritu aventurero aflorara y comenzó a indicarme cómo debía iniciar la bajada. La primera instrucción fue descabellada. El hombre quería que yo apoyara mis pies en el borde de la roca y que arqueara mi espalda mientras hacia una sentadilla en el aire. Todo esto de frente a la piedra, de espaldas al mundo, y confiando que la cuerda no se rompiera mientras hacía esta hazaña. La idea era que mis piernas estuvieran siempre apoyadas y que mi cuerpo formara una especie de “L” en donde el soporte se encontraba en las plantas de mis pies, que debían descender paralelas a la peña, mientras que mi torso y mi cabeza gravitaban en la nada, supongo que para disfrutar el paisaje.

El instructor que “bajaba conmigo” sólo me decía “eso dele cuerda mona, dele cuerda” asumiendo que yo entendía ese extraño arte del dar cuerda. Mientras hacía la sentadilla en el aire, intentaba acordarme del Padre Nuestro que no rezo desde hace quince años y decía hueputa, hueputa, hueputa como mantra, este hombre pretendía que yo abriera y cerrara mi mano derecha, la que sostenía la cuerda que me sostenía al mundo, y que la dejara deslizar para que el mosquetón pudiera correr y cargar mi peso a lo largo del lazo.

¿Cómo explicarle que bajo ninguna circunstancia las leyes de la física iban a permitir esto?

Décimo error: intentar dar cuerda.

Entre golpes de mi cuerpo contra la piedra, resbalones y espasmos paralizantes logré descender la primera etapa. Algo así como unos cuarenta metros. Pero, como dice la propaganda del shampoo, “cuando uno está enredado está enredado”. En ese momento, un mechón de pelo que se salía por el casco se enredó en el mosquetón y, literalmente, quede colgada de las mechas. Esto ya no fue un error, fue un impasse doloroso.

Para este punto, yo era un solo alarido. No sabía que era peor, si la sensación de pánico o ese agudo dolor de cabeza. Los instructores al ver la situación tan ridícula no sabían si reírse o llorar conmigo. Finalmente el que se encontraba arriba bajó por mi misma cuerda, engarzó su arnés al mío y entre risas me decía “ya monita, ya le traje la tijera.” Yo sólo asentía entre sollozos y me imaginaba en Bogotá intentado explicarle a mis papás, quienes se habían reído como locos el día que les conté la idea de irme a aventurarme con los “deportes extremos”, el por qué llegaba a mi casa de vacaciones medio calva.

-Tranquilo, corte lo que tenga que cortar. Yo sólo me quiero bajar ya.

-No mi monis, fresca. Era un chiste. Eso se desenreda solo.

Ya no pude hacer nada más sino reírme con el instructor del absurdo, al cual yo solita me había llevado, e intentar seguir bajando, no de manera diestra, sino de una forma más torpe, pegándome aún más con las rocas y resbalando mis piernas temblorosas que no podían sostenerse sobre la piedra.

Cuando llegué a la etapa final, unos cinco metros arriba del suelo, mis amigas entre vivas y gritos de “sí se puede”, me recibían con una sonrisa inmensa. Tenían la expresión de orgullo más grande que he visto.

-Glori, sonriéle a la cámara. Tómate la foto de la victoria. ¡Superaste tu miedo!

-Ojalá la montaña se les caiga encima ¿En qué andan pensando? ¿Es que no escuchaban mis gritos? Me llegan a tomar una foto y yo las mato, perras. Las mato.